La muerte vive en mí 2 Vivienne #3
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2 Vivienne #3

Vivienne quiso preguntarle por el tatuaje, pero era necesario que siguiera enfadada. Así que, en su lugar, lo esquivó, golpeándole el brazo con el hombro al pasar. Sin desanimarse, Thomas aceleró el paso hasta alcanzarla.

—Siento que tú y yo hemos empezado con mal pie —dijo él, siguiéndole el ritmo—. ¿Podríamos empezar de cero?

Ella lo ignoró mientras se desplomaba en un banco cercano para quitarse las puntas de ballet .

Afortunadamente, no le insistió más. Se puso a observar los trofeos, con las manos en los bolsillos y mirándola de vez en cuando por el rabillo del ojo.

Vivienne estaba atándose las deportivas cuando Thomas volvió a hablar.

—Tu nombre está en muchos de estos. Debes de ser bastante buena, ¿no?

No quería hablar de danza. No con él. No quería contarle cómo solía soñar con ser la bailarina principal del New York City Ballet.

Odette, Coppélia, Giselle. Había sido ridículo por su parte haber considerado la idea siquiera.

Ridículo haber pasado años en secreto albergando esperanzas de representar a esas mujeres malditas, solo para acabar convirtiéndose en una ella misma.

Con la excepción de que, en su trágica historia, no había un impresionante pas de deux .

Ni rosas a sus pies. Ni fuertes aplausos.

Solo silencio, insoportable y eterno.

Se puso en pie, ignorando el dolor en el muslo mientras se dirigía hacia la puerta. Thomas la siguió, irritantemente sereno, dando un paso largo por cada dos que daba ella.

—¿Te gusta la pizza? —le preguntó, mientras pasaba la correa de la bolsa de danza del hombro de Vivienne al suyo con facilidad—. Cuando venía con el coche he pasado delante de un sitio que tenía muy buena pinta. Daba la impresión de ser el típico cuchitril que luego tiene la mejor…

Vivienne se giró bruscamente hacia Thomas, obligándolo a pararse de repente para no chocar con ella.

— ¿Qué estás haciendo?

—¿Pensando si pedir una pizza?

— Error —signó, girando la mano en la barbilla—. Estás siendo amable. Estás mirando mis trofeos. Me estás haciendo preguntas. Me estás llevando la bolsa.

Él se reajustó la correa.

—¿No quieres que te lleve la bolsa?

— No quiero que seas amable. Parece una e-s-t-r-a-t-e-g-i-a.

—Es que es una estrategia. —Thomas deslizó las manos de un lado al otro del pecho, el signo correcto de «estrategia», palabra para la que Vivienne había recurrido al deletreo manual.

Le irritaba que Thomas supiera más que ella.

Él la irritaba. La forma en la que caminaba.

La forma en la que sonreía. Y también la forma en la que se le marcó el hoyuelo como un cráter cuando dijo—: Mi madre siempre me decía que más moscas se atrapan con miel que con hiel.

— ¿Y yo soy una mosca?

Él dio un paso atrás y la evaluó.

—No, de hecho, no me lo parece. Creo que si fueras un insecto serías una mantis religiosa.

Ella parpadeó.

—Oye —dijo Thomas, levantando un dedo—, que la mantis es un bicho brutal. Después del apareamiento, las hembras matan a los machos y se los comen.

Las palabras resonaron entre ambos como el tañido de una campana. Vivienne observó cómo Thomas las repasaba en su cabeza y, acto seguido, ponía una mueca.

—Ahora que me he escuchado decirlo en voz alta, admito que podía haber elegido algo mejor.

Reprimiendo una repentina necesidad de gritarle a la cara, Vivienne echó a andar hacia el aparcamiento, cerrando de un portazo a sus espaldas. Thomas se vio obligado a pelearse con la puerta para abrirla de nuevo, cosa que hizo con el mismo aplomo con el que había gestionado todo lo anterior.

Fuera, el sol, amarillo y despejado, había evaporado la mayor parte de la neblina matutina.

El voluminoso SUV que Philip reservaba para el uso del personal estaba aparcado en paralelo justo en frente.

Mientras Vivienne esperaba a que Thomas desbloqueara las puertas, le sonó el móvil dentro de la bolsa.

Lo sacó apresuradamente y bajó la vista hacia la pantalla.

En esta ocasión, el mensaje de Jesse era largo.

Jesse

Soy residente de Cirugía. Un estudiante. Eres consciente de eso, ¿no? Escribí esa tesis de broma. Todo es hipotético. Solo he participado en operaciones como observador. Nunca he operado solo.

Llegó Thomas, que ya estaba sudando del calor, y desbloqueó el seguro del coche.

—Su carruaje —entonó, mientras le abría la puerta.

Ella lo ignoró y se deslizó hasta el asiento del copiloto, demasiado ocupada tecleando una respuesta.

Vivienne

No seas tan derrotista. Confío en ti.

Jesse

Bueno, pues no deberías. Porque si seguimos adelante con esto, no sobrevivirás.

El motor se encendió y el aire acondicionado se puso en marcha. En ese frío artificial, Vivienne notó la piel extrañamente húmeda y pegajosa. Como si de repente tuviera fiebre. Sintió cómo su reflejo la observaba con desprecio desde el retrovisor. Ella no miró.

—¿Estás bien? —Thomas la estaba mirando fijamente, con expresión impasible—. Parece que ese último mensaje te ha molestado.

Le pagaban por husmear. No le importaba de verdad . No le importaban ni sus trofeos, ni la pizza, ni mucho menos cómo se sentía ella en ese momento.

— Sí, bien —signó, aunque nada iba bien en absoluto.

Estaba perdiendo a Jesse. Si quería convencerlo para que aceptara el plan, necesitaba hacer algo mucho más drástico. Y rápido.

En el asiento del conductor, Thomas aún la estaba mirando. Estando así de cerca, Vivienne vio que tenía los ojos grises, claros y tranquilos como un lago en un día de verano. No pretendía fijarse.

— Deja de mirarme —signó ella, estirando y moviendo dos dedos entre ellos—. Limítate a hacer tu trabajo y llévame a casa.