2 Vivienne #2
Tiempo atrás, cuando Vivienne aún era pequeña y perfeccionista, soñaba con convertirse en la prima ballerina de la compañía. Supuso que si trabajaba duro —si fingía que era una chica normal, con sueños normales—, finalmente lograría abrirse camino hasta el codiciado puesto de bailarina principal.
Pero entonces las cosas dieron un giro.
Se hizo mayor. Su cuerpo cambió, como hacían todos los cuerpos.
Solo que, mientras que sus amigas lidiaban con unas hormonas revolucionadas y el acné adolescente, ella tuvo que enfrentarse a las consecuencias del pasado.
Todo sucedió de un día para otro. Una mañana, se miró en el espejo y vio a una chica mirándola a los ojos.
Pelo negro. Ojos negros. Unos labios oscuros y delicados.
A la siguiente, algo que no reconocía se reflejaba en su lugar.
Algo que había estado dormido se despertaba poco a poco.
Las noches se volvieron muy duras después de aquello.
Y, más tarde, también los días. Cuando eligieron quién sería el Hada del Azúcar en El cascanueces , no fue Vivienne.
Cuando la compañía se fue de gira, ella se quedó atrás.
Sin alejarse, tal y como Philip la quería.
Atada en corto, para que la maldición que llevaba en los huesos no pudiera sangrar a su antojo.
Hoy en día, Vivienne entrenaba sola.
Normalmente, la academia era su santuario, su oasis.
Allí nada se retorcía. Nada le reptaba, ni le picaba, ni le arañaba.
No había unos dedos largos y fríos desgarrándole las entrañas.
Pero esto no era casualidad, era disciplina.
Eran años de riguroso ejercicio, horas de entrenamiento diario.
El dolor de los dedos del pie destrozados, los pies vendados y un infinito y agotador trabajo de puntas era su vía de escape.
Mantenía su alma bajo control. Tranquilizaba su espíritu.
Normalmente, sí, pero ese día no.
Hoy, su reflejo estaba un poco demasiado quieto. La Vivienne del espejo no se movía nerviosa como ella, no parpadeaba cuando ella lo hacía. Vivienne no confiaba en ella. Se inquietaba cuando no era capaz de diferenciar si la criatura la estaba vigilando o no.
Estaba siendo especialmente cautelosa esta mañana. Estaba a punto de poner en marcha algo monumental. Algo que por fin, por fin , podría cambiar su vida a mejor. No quería que la criatura viese nada.
En las manos, sujetaba un elegante documento encuadernado en espiral.
Era una de las dos únicas copias que existían.
La otra, la había enviado por mensajería urgente junto con una concisa lista de requisitos.
Si sus cálculos eran correctos, el mensajero tendría que estar llegando en bicicleta a su destino para entregarlo de un momento a otro.
La página de la portada era tersa y blanca, y la tipografía una pulcra fuente con serifas:
Comparativa biomecánica entre una extirpación quirúrgica y un exorcismo ortopédico
Autor: Jesse C. Grayson
Debajo del título estaba el resumen, marcado con notas a lápiz:
Objetivo: establecer las similitudes biomecánicas entre un crecimiento maligno y una posesión demoniaca.
Metodología: un análisis cualitativo de libros de texto históricos que detallan los exorcismos religiosos que se realizaban de manera análoga a los procedimientos quirúrgicos actuales.
Para la mayoría, aquella tesis solo eran los delirios de un loco.
Para Vivienne, era esperanza. El primer rayo de luz tras años al borde de la oscuridad.
Un precipicio por el que estaba lo suficientemente desesperada para saltar.
Le tembló la mano con la que sujetaba el documento.
Por el rabillo del ojo, vio cómo la cara del espejo se alzaba hacia la suya.
El miedo le recorrió toda la columna vertebral.
Poco a poco, dejó la tesis boca abajo en el suelo y levantó la vista hacia el espejo.
La estaba mirando fijamente.
La criatura en el espejo.
Lo peor de su aparición infernal era que tenía casi su mismo aspecto. El parecido era asombroso, perturbador, como si una mano divina hubiera dibujado a la auténtica Vivienne Farrow de memoria y hubiese alterado algunos de los detalles más sutiles.
Sus labios eran demasiado finos y su sonrisa más ancha de lo que humanamente debería ser.
Sus ojos estaban más separados y cada uno tenía dos pupilas que parecían manchas de tinta sobre una esclerótica amarillenta.
Sus dedos, más flexibles de lo normal, eran demasiado largos y terminaban en unas puntas que se oscurecían hasta ser del color de la gangrena.
Cuando sonreía, sus dientes eran afilados como cuchillas.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó con voz áspera y grave—. ¿Qué pone en esos papelitos tuyos?
—Nada —susurró Vivienne. Ante su reticencia, la sonrisa de la criatura se abrió aún más.
—Ya sabes que no puedo oírte si murmuras.
Vivienne cerró los ojos, lo que era algo ridículo.
No podía desear que aquella criatura maligna desapareciese.
Estaba dentro de ella. Tenía cuatro años cuando ocurrió; cuando se cayó de cabeza por un desfiladero, como Alicia por la madriguera del conejo, y se encontró cara a cara con algo siniestro esperándola en lo más profundo.
Cuando la criatura le dio consuelo, Vivienne lo tomó.
Cuando le ofreció ayuda, ella la aceptó.
No sabía que todo aquello tendría un precio.
¿Cómo iba a saberlo? Solo era una niña, perdida y asustada, y la noche empezaba a caer.
Hubiese confiado hasta en un lobo si este le hubiera prometido la salvación.
No supo que se la había llevado consigo a casa. No supo que la criatura se pasó los siguientes años esparciendo sus semillas en silencio por sus venas, echando raíces. Nunca sospechó nada hasta que, un día, poco después de su decimosegundo cumpleaños, brotó.
Empezó por su voz, convirtiendo en veneno hasta el susurro más débil.
La primera vez que Vivienne mató a alguien, aún llevaba aparato en los dientes.
Philip se topó con ella en el vestíbulo, horrorizada junto al chofer, con las manos agarrándose la garganta.
Pero la pesadilla no terminó ahí. Insaciable como una mala hierba, la criatura continuó consumiéndola.
Año tras año. Poco a poco. Le rodeó los huesos, de la misma forma que una enredadera podía tragarse todo un árbol.
Esta mañana se había despertado en el suelo del baño.
Un día podría no llegar a despertarse.
—Estoy haciéndonos mejores —dijo la criatura, como si Vivienne hubiera dicho todo eso en voz alta. Su voz era una percusión que le resonaba dentro del cráneo—. Más fuertes. Eso es lo que me pediste que hiciera.
Empezó a palpitarle la pierna derecha, como solía ocurrir con las antiguas lesiones cuando hacía frío.
De forma instintiva, Vivienne se frotó el muslo, masajeándoselo para quitarse el dolor.
No se había tomado el tiempo suficiente para estirar adecuadamente.
Si empeoraba un poco, se pasaría toda la tarde cojeando.
—Me estás ocultando cosas —canturreó la criatura—. Y eso no me gusta. Tú y yo no deberíamos tener secretos.
Aquella horrible voz fue interrumpida por el sonido de un mensaje entrante. Todavía agarrándose el muslo, Vivienne fue hasta su bolsa de danza y sacó el móvil. Cuando desbloqueó la pantalla, la recibió un solo mensaje.
Jesse
¿Es que estás mal de la cabeza? Estoy en el trabajo.
Eso quería decir que el mensajero había hecho la entrega según lo previsto. El corazón le golpeaba las costillas con un ruido sordo mientras escribía una respuesta.
Vivienne
¿Le has echado un vistazo a lo que te he enviado?
Jesse
Por desgracia, sí.
Vivienne
¿Y?
Pasó bastante rato hasta que obtuvo una respuesta. En el espejo, la criatura empezó a caminar lentamente de un lado a otro, arrastrando una larga uña contra el cristal. Cuando le sonó el móvil en la mano fue un alivio.
Jesse
Lo que me estás pidiendo que haga es imposible.
Vivienne
¿Dónde está tu sentido de la aventura?
Tras pensárselo un poco, añadió:
Vivienne
Si logras hacer esto, serás un dios.
Esta vez, ya no obtuvo respuesta. Esperó, sintiéndose cada vez más inquieta. La decepción la estaba corroyendo como el óxido. Daba igual. Si él se negaba, ya encontraría otra forma de someterlo.
Todo el mundo tenía un límite.
Fuera, en la entrada, la puerta principal se abrió y se cerró.
—Señorita Farrow. —La voz de Thomas Walsh sonó con eco. Reverberó nítida hasta ella, como una cuerda pulsada en un instrumento—. ¿Estás aquí?
Vivienne lanzó una mirada horrorizada al espejo, donde la espalda de la criatura ya estaba en posición depredadora.
Había replegado los labios, enseñando los colmillos.
Había olido una presa. Vivienne metió el móvil y el documento en su bolsa y derrapó hasta la entrada, cerrando de golpe la puerta del estudio tras ella.
—Ah —dijo Thomas, deteniéndose nada más verla—. Aquí estás.
— ¿Qué haces aquí?
—Ya te lo he dicho antes —respondió él, decidido, pese a la indignación de Vivienne—. Hoy te llevo yo.
— No. F-r-a-n-k-i-e me lleva —le corrigió ella—. Vendrá a buscarme en cualquier momento.
—En realidad no, no vendrá. —Tuvo, al menos, la decencia de parecer avergonzado—. Me he encontrado con ella fuera cuando iba a entrar. La he mandado a casa.
— ¿Que has hecho qué? —Una ira incandescente le burbujeó debajo de la piel—. No hables con mis amigos.
Hacía calor y Thomas se había quitado la americana.
Sin ella, aún parecía más imponente, como si hasta ahora hubiese estado contenido en una caja demasiado pequeña.
Llevaba la camisa arremangada y, por debajo, asomaba la tipografía fina de un tatuaje.
Vivienne solo pudo distinguir una palabra, tatuada en el antebrazo: moriar .
Reconoció esa palabra en latín, que, sola, significaba «yo moriré».
—Solo intento hacer mi trabajo, señorita Farrow —dijo él con suavidad.