La muerte vive en mí 2 Vivienne
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2 Vivienne

I ba a ser un muy mal día. Vivienne Farrow podía sentirlo en los huesos.

Esta mañana se había despertado en el suelo alicatado del baño, con las baldosas hexagonales marcadas en la mejilla izquierda y una incipiente jaqueca justo detrás de los ojos.

Tenía el camisón desgarrado y los brazos arañados en carne viva, como si se hubiera esforzado por sacarse a sí misma de su cuerpo a zarpazos en plena noche.

Y quizá lo había hecho.

No sería la primera vez.

Se vistió lentamente, sintiéndose extraña, rota, mientras se deslizaba dentro de unos leotardos y una falda rosa con capas en forma de pétalo.

Por fuera de la ventana de su habitación, el cielo estaba blanquecino como la leche y la humedad era tan densa como una sopa.

Aun así, se puso un jersey de punto, que estiró hasta que las mangas se tragaron el inflamado enrejado que tenía en los brazos.

Para cuando se enrolló el pelo en un moño y salió al pasillo, ya estaba sudando.

Empezó a ver borroso por el ojo derecho.

Había pasado gran parte de la noche sin dormir, con sus pensamientos girando como un molinillo irisado de pánico, demasiado consciente del nuevo inquilino instalándose en la habitación de invitados debajo de la suya.

Él no lo sabía todavía, pero Thomas tenía el poder de tirar por la borda todo por lo que ella había estado trabajando.

Era inevitable. Iba a ser muy difícil seguir guardando sus secretos con él siguiéndola como un perrito todo el verano.

Una sola palabra a Philip y estaría acabada.

Necesitaba que se fuera, eso estaba claro.

El problema era cómo . Se había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, preocupada y pensativa. El aire de su habitación se había vuelto sofocante. La casa, demasiado tranquila. Todo parecía encajar de forma errónea: las sábanas le raspaban, el pijama le picaba y la piel le hormigueaba.

Y, entonces, como solía pasar en noches como aquella en las que la luna era afilada como una hoz, algo frío y desagradable se había retorcido hasta emerger a la superficie.

Como una lombriz que se contorsiona para salir del barro bajo la lluvia.

Vivienne no había podido mantenerlo a raya ni dejando las luces encendidas, ni tapando los espejos, ni dibujando con tiza un círculo protector alrededor de su cama.

Hasta a los perros, que gruñían a su lado, se les erizaron los pelos del lomo.

Se había pasado las horas siguientes intentando quitarse la sensación de larvas en el estómago.

De rodillas en el suelo del baño, se había abrazado a la taza del váter y había inhalado el olor del agua, que olía a porcelana y lejía.

Había hecho todo lo posible para que los retortijones desaparecieran.

Así era la mayoría de sus noches: largos episodios de insomnio seguidos de intensas luchas de arañazos. Su vida llevaba siendo así años. Era prácticamente parte de su rutina.

Sin embargo, normalmente no se desmoronaba con tanta intensidad.

Lo que significaba que la cosa estaba empeorando.

Su ya pésimo día empeoró aún más en cuanto salió por la puerta.

Se detuvo nada más pisar el porche cubierto de la entrada, protegiéndose los ojos del sol de media mañana.

Thomas Walsh estaba en la curva con forma de herradura del camino de entrada.

Iba vestido con un traje que, sin duda, le había comprado su padrastro e inspeccionaba la llamativa fuente que su madre había hecho que instalaran hace poco.

No parecía haberse dado cuenta de su presencia, pero aun así, estaba segura de que la estaba esperando específicamente ahí para tenderle una emboscada.

Haberse encontrado a Thomas en la sala de estar el día anterior le había caído como un jarro de agua fría, aunque quizá no debió ser así.

Vivienne sabía que esto iba a pasar. El accidente de Mikhail el invierno pasado había quebrado algo vital en ella, mientras que, para Philip, esa pérdida había sido un mero inconveniente.

Solo otro problema que solucionar. Una vacante que ocupar.

Vivienne cometió el error de asumir que el sustituto de Mikhail sería una copia de este: de mediana edad, con aspecto amenazador y, aunque él siempre lo negó vehementemente, un presunto exmiembro de la mafia rusa.

Pero Thomas Walsh no era ninguna de esas cosas. Apenas era mayor que ella, tenía una cara amable, el pelo rubio arena corto en un degradado y, cada vez que sonreía, le salía un marcado hoyuelo en la mejilla izquierda.

«Guapo» era la palabra que le venía a la mente, y eso era lo peor que le podía pasar.

Iba a ser humillante tener a un chico como él merodeando por ahí todo el verano.

La idea de que fuera detrás de ella, de que la controlara —de que viera su faceta más horrible, más miserable, su yo más depravado— se le antojaba lo más indigno que podía imaginar.

Sintió una punzada de resentimiento en el pecho e, instintivamente, dio una patada al suelo, con tan mala suerte que su arrebato hizo que una piedrecita suelta saliese rebotando por la gravilla hasta chocar contra el talón del arañado zapato de Thomas.

Este miró hacia abajo con calma antes de volverse hacia ella.

—Buenos días.

Sus ojos eran de un tono difícil de definir. Azules. O quizá verdes. Vivienne no tenía intención de acercarse tanto como para determinar de qué color eran. Su cara tenía un aspecto ligeramente atormentado, aunque Thomas se esforzaba por ocultarlo con una sonrisa.

—Tu padre me ha pedido que te lleve hoy —dijo, cuando el largo silencio entre ambos se había vuelto incómodo.

— P-h-i-l-i-p no es mi padre —signó ella, y después maldijo para sus adentros.

No tenía intención de decirle nada. Su plan era ignorarlo completamente hasta que se le ocurriera cuál era la mejor forma de deshacerse de él, como quien mete a su hámster muerto en el congelador hasta que llega la primavera y la tierra se ablanda lo suficiente para cavar una pequeña tumba.

—Ah. —Thomas se tocó la nuca con la mano—. Vale. Tu… padrastro, entonces.

Estaba claro que Philip le estaba pagando unos honorarios desorbitados para que jugase limpio. Pero eso no iba a ser suficiente. En sus dieciocho años de vida, Vivienne había aprendido que todo el mundo tiene un límite. Y ella iba a encontrar el de Thomas muy pronto.

— Voy al estudio —signó ella—. Estaré sola. No necesitaré un intérprete.

Thomas no parecía saber qué responder a eso. No sin admitir que no era nada más que un empleado con pretensiones. Finalmente, y todavía algo dubitativo, optó por decir:

—Me han dicho que no tienes carnet de conducir.

Ella agitó el puño hacia delante, provocándole:

— ¿Y qué?

—Pues que no hay nadie más en la casa —replicó él con vehemencia.

De inmediato, la expresión de Thomas se tornó en una de arrepentimiento, y respiró profundamente por la nariz. Vivienne casi podía oírlo contando hasta diez en su cabeza. Reprimió una incipiente sonrisa.

Así que Thomas era de mecha corta. Podía usarlo en su favor: molestarle hasta que saltara. Provocarle, solo lo justo, hasta que se cabreara lo suficiente para renunciar al trabajo.

Había estado toda la noche en vela preocupada para nada.

Deshacerse de Thomas iba a ser pan comido.

En el jardín, se encendieron varios aspersores que rociaron de gotas el camino de la entrada en una bruma fresca que reflejaba los colores del arcoíris. Vivienne sacó el móvil de su bolsa de danza y miró la hora.

—Si quieres que te lleve alguien —dijo él—, soy tu única opción.

En el primer golpe de suerte de Vivienne esa mañana, a Thomas le respondió el rugido de una moto acercándose.

Entre los ruidos del tubo de escape, la moto deportiva rojo brillante de Frances Lefevre dobló la esquina y apareció ante su vista.

La antigua compañera del colegio de Vivienne giró bruscamente hasta pararse a pocos metros de distancia, dejando un rastro negro con las ruedas por todo el camino de la entrada que, con toda certeza, haría que la madre de Vivienne se pusiera hecha una furia.

Se quitó el casco y se encontraron con una apelmazada melena rubia estilizada en un shag y una piel color melocotón pálido. Todo esto acompañado por el característico ceño fruncido de Frankie.

—Es demasiado temprano para estar despierta —se quejó cuando Vivienne la saludó con la mano—. Luego no me digas que nunca te hago favores.

Thomas no esperó a que se presentara.

—¿Tú quién eres?

—Su carruaje. —Frankie cerró un ojo y lo miró de arriba abajo—. ¿Y tú de dónde vienes?, ¿del planeta Krypton?

—Casi —dijo Thomas—. De Worcester. Y, en realidad, yo soy su carruaje.

—¿Eh? —Frankie se giró para mirar a Vivienne—. ¿Viv?

— El nuevo niñero —signó en respuesta.

—Intérprete —le corrigió Thomas, girando primero las manos y luego bajándolas en vertical en el signo correspondiente.

Vivienne le lanzó a Frankie una mirada cargada de significado y pasó la pierna por encima de la parte trasera de la moto.

Mientras se ataba el casco por debajo de la barbilla clavó la mirada en Thomas.

Él la miraba con ojos severos y tenía la mandíbula muy tensa.

No hacía falta ser adivino para darse cuenta de que no sabía qué hacer, ni hasta qué punto podía presionarla, ni cuánta autoridad tenía.

Ninguna , quiso decirle ella. Ríndete. Vete a casa.

El motor arrancó. Vivienne movió los dedos, burlona, como despedida.

—Ya nos veremos, Superman —dijo Frankie en voz alta.

Y se marcharon, dejándolo atrás.

La academia Saylor era un emblema del pintoresco centro de Greenwich, con su alto edificio de ladrillo ubicado entre un deslumbrante atelier de vestidos de novia y una tienda de artículos de lujo de segunda mano.

En su interior, la entrada principal estaba adornada con estanterías y estanterías de brillantes trofeos: una clara evidencia de la excelente reputación y del espíritu competitivo de la academia.