La muerte vive en mí 1 Thomas #2
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1 Thomas #2

—Tampoco hace falta que seas tan melodramática —dijo Philip, mientras se quitaba una pelusa inexistente—. Si, por casualidad, Walsh oyera algo que cree que puede poner en riesgo la seguridad de Vivienne, espero que me lo haga saber. Ni que fuera espionaje encubierto.

—Es una violación de su privacidad.

—Tú y yo sabemos que Vivienne perdió su derecho a la privacidad hace mucho tiempo.

—Disculpen —dijo Thomas lo suficientemente alto como para que la atención volviese a recaer sobre él—. Yo, eh…, no sé si me siento cómodo espiando a alguien sin que lo sepa.

Philip le lanzó a Amelia una breve y acusadora mirada de «mira lo que has hecho». Para cuando volvió a dirigir su atención hacia Thomas, su ceño fruncido ya se había transformado en una sonrisa apaciguadora.

—Te aseguro que puedes estar tranquilo, hijo, Vivienne sabe perfectamente que quienquiera que trabaje con ella me estará informando de todo.

Lleva toda la vida viviendo bajo mi techo, sabe cómo dirijo mi casa.

Espero cierto tipo de orden, y tu presencia aquí servirá, simplemente, para reforzar ese orden.

—Ah… —dijo Thomas, que no se sintió para nada tranquilo tras escuchar eso.

Por una milésima de segundo, se imaginó a sí mismo rechazando la oferta educadamente. Después, se imaginó también en el coche de vuelta a su casa en Worcester —a esa nevera vacía y a esa encimera llena de facturas—, y la visión empezó a desvanecerse hasta que se esfumó por completo.

Su madre estaba a unos pocos impagos más de la ejecución hipotecaria. A él no le quedaba dinero de la beca. Si quería tener un futuro, por cualquiera que fuese, no le quedaba otra opción que aceptar este trabajo.

—No me parece bien —dijo Amelia tras un tenso silencio—. Y tampoco se lo parecerá a Vivienne.

—Vivienne sobrevivirá —dijo Philip, tajante—. Y tú también.

—¿Y qué pasa con él ?

—¿Cómo que qué pasa con él? —preguntó, brusco, Philip.

—¿Y si las cosas se descontrolan? ¿Qué pasaría si ella…? —Amelia se contuvo y miró nerviosa a Thomas—. ¿Y si la situación se complica cuando estén fuera de casa? Solo es un crío. ¿Qué se supone que debe hacer?

Thomas se había estado preguntando exactamente lo mismo.

Si bien era cierto que su altura le daba una presencia imponente —había heredado el metro noventa y el temperamento irlandés de su padre—, el tamaño no implicaba que alguien fuera un buen defensor.

No estaba seguro de con qué tipo de gente indeseable pasaba el tiempo Vivienne Farrow, pero podía imaginárselo.

Frente a él, Philip se inclinó hacia delante y evaluó a Thomas con un interés repentino que lo dejó frío.

—Yo también he estado investigando —dijo—. Estás en una fraternidad, ¿no es así?

A Thomas no le gustaba hablar de ello, de su breve experiencia universitaria.

De cómo su facultad perdió la acreditación.

De cómo no pudo permitirse volver cuando se le hubo acabado el dinero de la beca.

Definitivamente, no tenía planeado mencionar esto en una entrevista de trabajo .

En cualquier caso, su fallido primer semestre fue poco más que un sueño febril.

Y su iniciación en la exclusiva hermandad de la facultad aún más todavía.

—Lo estuve —dijo, prudente—. Pero ya no.

—Ah, bueno. —Philip le quitó importancia con un gesto de la mano—.

Una vez que formas parte de algo así, siempre eres uno de ellos.

Yo mismo fui miembro de Phi Epsilon Nu. Me gradué en el 91, pero aún veo a algunos de los miembros de mi alma mater una o dos veces al año.

Eso es lo bonito de una hermandad, que puedo acudir a cualquiera de ellos, por la razón que sea, y estarán ahí.

Sin preguntas. Esa clase de lealtad es algo de otro mundo.

No se puede comprar. ¿Entiendes a dónde quiero llegar?

—Sí, señor —respondió Thomas, quien empezaba a entender por dónde iban los tiros.

—Formar parte de sociedades como estas —reflexionó Philip— implica cumplir cierto nivel de discreción, ¿no crees?

Thomas se imaginó a un montón de novatos apiñados y una pared llena de nombres, con la tinta aún húmeda brillando a la luz del fuego.

—Sí.

—Y tú nunca traicionarías la confianza de tu hermandad, ¿verdad que no?

—No, señor.

—Exacto. Yo tampoco la de la mía. —Philip lo observó durante un rato—. Creo que tú y yo nos entendemos bastante bien. Vamos a facilitar un poco las cosas, ¿te parece?

Metió la mano en el bolsillo interior de la americana y sacó un talonario y una lujosa estilográfica. Rellenó un cheque, lo arrancó y se lo entregó a Thomas. Un solo vistazo a la cantidad casi hizo que se le parase el corazón. Cualquier intención de marcharse de allí se evaporó de inmediato.

Era más dinero del que Thomas había visto en toda su vida.

—Considera esa la cantidad que estoy dispuesto a pagarte cada quince días —dijo Philip—, por tu tiempo, así como por tu confidencialidad.

—Esto es… eh, bueno, es…

No sabía ni qué decir. Pero Philip sí:

—Es justo lo suficiente, si no me equivoco.

Lo suficiente para pagar todas esas facturas que se te acumulan en casa.

Lo suficiente como para ayudar a que tu madre empiece en ese ensayo clínico para el que lleva cinco años en la lista de espera.

Lo suficiente para pagar una asignatura o dos, en el caso de que decidas continuar con tu educación superior.

Thomas levantó la vista, sorprendido de oír cómo soltaba todos sus secretos con tanta facilidad. No podía negarlo: Philip Farrow lo tenía calado. Thomas necesitaba el dinero, y ambos lo sabían.

Ante su sorpresa, Philip sonrió:

—Como te decía, yo también he estado investigando. Bueno, ¿tienes alguna pregunta?

Se le ocurrieron por lo menos una docena. Pero tenía en las manos un cheque con el dinero suficiente como para cambiarle la vida, así que solo hizo una:

—¿Cuándo empiezo?

Desde el exterior les llegó el inconfundible retumbo de una moto acelerando por el camino de entrada.

Philip alargó la mano para estrechar la de Thomas.

—Ya lo has hecho.

—Ha vuelto —susurró Amelia conforme la puerta principal se abría de golpe.

Philip se puso en pie, y Thomas también, agradecido de poder dejar el vaso sin que lo vieran. Con cuidado, dobló el cheque y se lo guardó en el bolsillo. Se sentía como si llevara un lingote de oro macizo encima.

En el vestíbulo, un par de tacones mordían el mármol con un rítmico tac, tac, tac .

—Vivi —la llamó Amelia—. Vivi, cariño, estamos aquí, en la sala de estar.

Una pamela apareció ante ellos. Debajo de ella, había una chica menuda con un vestido rosa palo.

Llevaba los ojos ocultos tras un oscuro par de gafas de sol y unos tacones de plataforma que la hacían parecer unos veinte centímetros más alta de lo que era en realidad.

Tenía el pelo negro liso y recto. Sus labios, oscuros y delicados, tenían forma de corazón.

Estos se torcieron al ver a sus padres esperándola juntos.

—Ahí estás —soltó Philip—. Pasa, quiero que conozcas a Thomas Walsh.

Vivienne observó a Thomas por encima de la montura de sus gafas. Toda ella exudaba un palpable desdén. En la distancia, la moto se marchó, hasta que, poco a poco, el motor dejó de oírse.

—¿Con quién has salido? —El tono casual de Amelia no fue muy convincente—. Ahora, me refiero.

— F-r-a-n-k-i-e —deletreó ella. Vivienne seguía observando fijamente a Thomas y, de algún modo, se las apañó para mirarlo por encima del hombro pese a ser casi medio metro más baja que él.

Hizo una pequeña mueca con el labio que hizo sentir a Thomas como si fuera un insecto que Vivienne llevaba pegado a la suela del zapato.

—Ya sabes lo que opino de que te lleve de paquete en esa moto —se preocupó Amelia—. Espero que por lo menos hayas tenido la sensatez de ponerte un casco.

Vivienne continuó observando a Thomas, sin responderle a su madre. Él le aguantó la mirada como pudo e intentó por todos los medios no parecer amenazador.

En su interior era una maraña de nervios.

Tendría que haber hecho más preguntas. Viendo la situación, no estaba seguro de qué se esperaba de él.

¿Debía decir algo? ¿Signar algo? ¿Presentarse?

De lo que sí estaba completamente seguro es de que no se esperaba de él que se quedase ahí embobado, como un triste mimo atrapado en su caja invisible.

Al final se decidió por una sonrisa con los labios cerrados.

Vivienne no se la devolvió.

—El señor Walsh viene de Worcester —explicó Philip, en un tono demasiado alto—. Va a ser tu nuevo intérprete.

Solo un ligero arqueo en una de sus cejas dejó entrever que Vivienne había escuchado a su padre.

—Sabe signar —se apresuró a añadir su madre—. Podría estar bien tener a alguien a mano que pueda hacer de intérprete cuando la situación lo requiera. ¿No te parece, cariño?

La única respuesta de Vivienne fue quitarse las gafas y tirarlas contra el perchero que tenía al lado. Cayeron con tal estrépito que su madre pegó un brinco. Thomas se encontró con una mirada del color del ámbar quemado.

—Estoy impaciente por trabajar contigo, señorita Farrow —dijo él, porque sentía que debía decir algo . De todos modos, pareció ser la decisión incorrecta.

— Ya soy mayorcita para tener un niñero —signó Vivienne.

Su sintaxis imitaba el inglés oral, no la ASL, la lengua de signos americana.

Thomas se preguntó si quizás había aprendido por su cuenta en lugar de recibir clases, si quizás ella misma había improvisado una lengua a partir de un batiburrillo de lenguas.

—No estoy aquí para eso —le aseguró—. He venido para…

— Controlarme —concluyó ella, interrumpiéndole—. No mientas —trazó una línea recta y acusadora con la mano plana a la altura de la barbilla.

—Vale —dijo él—, no lo haré.

Vivienne ladeó la cabeza, como estudiándolo con otros ojos. Era evidente que había dado por hecho que él no iba a dar su brazo a torcer. Sin embargo, su sorpresa se esfumó tan pronto como había aparecido, y volvió a quedarse con la misma expresión inescrutable.

— Pareces demasiado joven para este trabajo. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinte?

—¿Qué estás diciendo? —exigió saber Philip—. ¿Qué está diciendo?

—Tengo dieciocho —respondió Thomas. No tenía muy claro qué órdenes debía obedecer, si las de la Farrow que era su clienta o las del Farrow que le firmaba los cheques.

En el vestíbulo, la boca de Vivienne se abrió en una bonita y amplia sonrisa. Nada más verla, Thomas sintió que le atravesaba como una flecha.

—Yo, eh… —Se tapó la boca con el puño y se aclaró la garganta—. Estoy impaciente por trabajar contigo.

— Solo eres un bebé.

Amelia Farrow palideció.

—Cariño, no olvides tus buenos modales.

La tez de Philip se había enrojecido varios tonos.

—El señor Walsh —añadió de modo brusco— está excepcionalmente cualificado para lidiar con tu situación .

— Excepcionalmente —signó Vivienne, tirando hacia arriba de su dedo índice—. ¿Y qué es lo que tiene de excepcional?

El rojo de la cara de Philip se tornó morado.

—Ya sabes lo que pienso de que signes delante de mí. Si insistes en no hablar, podrías al menos escribirlo en una libreta.

Vivienne lo ignoró y continuó arremetiendo contra Thomas:

— ¿Ya te ha dado P-h-i-l-i-p «la charla»? ¿Ya te ha dado el discursito de «mantener la privacidad de la familia»? ¿Ya te ha hablado de su fraternidad?

—Puede que lo haya mencionado —admitió Thomas.

— Típico —signó moviendo los puños en círculos con los pulgares y los meñiques extendidos.

—Vivi, por favor —dijo Amelia—. Ya es suficiente.

Vivienne se quitó la pamela y la tiró también al perchero, junto a las gafas.

— Ya tuve otra persona controlándome en el pasado —signó— , solo para que lo sepas. No eres el primero. El primero está ahora mismo pudriéndose en el fondo del S-o-u-n-d.

—¡Vivienne!

También ignoró a su madre.

— Dile que no aceptas el trabajo —signó.

—¿Y por qué debería hacer eso? —preguntó Thomas, aunque tuvo el mal presentimiento de que estaba tentando demasiado a la suerte.

Vivienne movió los dedos furtivamente, como si le estuviera contando un secreto. Entonces, Thomas se fijó en que debajo del pintauñas rosa que llevaba había unas finas medias lunas marrones. Toda ella estaba impoluta, arreglada y pulcra, pero sus uñas… sus uñas estaban llenas de tierra.

Como si hubiera estado excavando en el suelo.

— ¿Por dónde empiezo? —signó ella—. Primero, porque no quiero que lo aceptes. Segundo, porque no me gusta la idea de que vivas en mi casa y te dediques a husmear en mis cosas.

—Ah —dijo Thomas. Se sorprendió al notar que eso había herido su orgullo—. ¿Eso es todo?

— Para nada —signó, cerrando el puño y estirando el pulgar. Su sonrisa era toda falsa dulzura—. Tercero, porque si no lo rechazas, haré que desees no haber nacido.