La muerte vive en mí
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1 Thomas
T homas Walsh estaba acostumbrado a hacer trabajos temporales de poca monta.
De esos que uno hacía durante el tiempo que pasa entre el instituto y la universidad.
El pasado invierno, Thomas se pasó esos fríos meses en Massachusetts quitando la nieve de los caminos de entrada de las casas hasta que se le dormían los brazos.
Pasó las mañanas esparciendo sal y las tardes aprendiendo a utilizar la quitanieves.
En primavera, una vez que todo el mundo dejó de preguntarle por qué aún no había retomado los estudios, empezó a trabajar a tiempo parcial con su tío reparando tejas en los abrasadores tejados hasta que la piel de la nuca se le ponía roja como un cangrejo.
Cortó el césped. Limpió el estiércol en establos.
Cargó mierda de caballo en carretillas con una pala, para luego volcarla como abono en huertos apestosos.
Cuidó de dos peces betta machos que parecían estar determinados a palmarla, de una vieja cacatúa que no paraba de lanzarle silbiditos seductores y de siete gatos seniles.
Thomas limpió mucha mierda de gato.
Y aun así no había sido suficiente. La pila de facturas en la encimera de su madre era cada vez más alta y las notificaciones de pagos vencidos, en letras rojas, se deslizaban por la rendija del buzón.
Mientras, en el piso de arriba, su madre veía sus telenovelas en la cama, se tomaba la medicación y le aseguraba a Thomas que todo iba bien, muy bien.
Pero su madre mentía.
Y, por eso, él limpiaba la mierda de esos gatitos sin quejarse lo más mínimo, desatascaba baños públicos y ahorraba hasta el último centavo. Aceptaba cualquier trabajo que se le presentara.
Y este no sería una excepción.
Eso fue lo que se dijo a sí mismo mientras estaba sentado en el silencio de la sala de estar de la familia Farrow con un vaso largo de un coñac carísimo en la mano.
Solo tenía dieciocho años —ni siquiera alcanzaba la edad legal para beber—, pero supuso que ese tipo de cosas no les importaban a personas como Philip Farrow, con una fortuna millonaria que él mismo se había labrado y socio director del bufete Farrow & Goldman.
Sentado frente a él se encontraba Philip Farrow en persona, un auténtico hombre de éxito con un traje de tres piezas hecho a medida.
Embutido en el viejo traje de funeral de su padre, Thomas se sentía completamente fuera de lugar.
Se preguntó si Philip Farrow tendría una opinión distinta de él si supiera cuánto tiempo se había pasado limpiando mierda de gato solamente durante la última semana.
Un hombre como Farrow esperaría recibir candidatos de las mejores universidades de la Ivy League y con unas referencias excelentes. No a un chico que hubiera abandonado los estudios y tuviera un expediente disciplinario más que decepcionante.
Y aun así, aquí estaba sentado Thomas.
—Obviamente, esperamos discreción por tu parte —dijo Philip—. Eso es primordial. Nuestra familia es muy discreta. Cualquier cosa que veas u oigas mientras estés trabajando aquí se considera un asunto familiar y, como tal, debe mantenerse en la más estricta privacidad de la familia.
Thomas se aferraba firmemente al vaso, que le sudaba entre las manos.
—Entendido.
—Ya hemos entrevistado a varios intérpretes, pero ninguno de ellos cumplía con los requisitos necesarios para las exigencias específicas del puesto. Pero tú sí los cumples, ¿verdad?
—Eso espero, señor.
Ese era el primer requisito que se especificaba en la carta que había recibido, escrita a ordenador sobre un papel fino del bufete Farrow & Goldman: «Comprender con fluidez la lengua de signos es un prerrequisito indispensable para el puesto».
Como hijo oyente de una madre sorda, Thomas había aprendido a hablar con las manos mucho antes de decir sus primeras palabras. Ahora, tras tantos años de práctica, era algo que le salía de forma natural, pero eso era todo.
—Como ya le comenté por teléfono —dijo Thomas—, no soy intérprete profesional.
—Ah, bueno —Philip le quitó importancia con un movimiento de la mano—, eso no me preocupa. ¿Qué es un título sino un trozo de papel? A mí me interesa más la experiencia .
Thomas consideró decirle que ese era exactamente el problema: él no tenía experiencia. No de forma profesional, al menos. Observó cómo Philip Farrow bebía un largo trago de coñac y se preguntó si debería hacer lo mismo, si era de mala educación seguir agarrando el vaso así, sin siquiera probarlo.
—Vivi puede ser sumamente peculiar —añadió una voz desde las cortinas. La mujer de Philip, Amelia, estaba de pie entre las telas, mirando hacia el camino de entrada—. No te olvides de decirle eso.
Philip se desabrochó el botón de arriba de la americana y prosiguió hablando, como si su mujer no hubiese dicho nada:
—A menos que se dé alguna ocasión especial, se espera de Vivienne que cumpla con un estricto toque de queda. El sol se pone a las ocho y media. Ella sabe que se la espera en casa no más tarde de las ocho y cuarto, aunque a veces necesita un empujoncito, ya me entiendes.
—Entiendo —respondió Thomas, aunque se le pasó por la cabeza que, normalmente, el trabajo de los intérpretes no incluía dar un empujoncito a sus clientes, de la forma que fuera.
Se abstuvo de decir eso. Tan solo llevaba diez minutos en presencia de Philip y ya se había dado cuenta de que el hombre no era el tipo de persona que se tomaba bien que lo contradijeran.
Thomas se había gastado lo que le quedaba de dinero para gasolina en el trayecto hasta Greenwich esta mañana.
No tenía planeado hacer o decir algo que pudiera acarrear que lo mandasen para casa.
En consecuencia, Philip le sonreía radiante desde el otro lado de la habitación. Parecía estar profundamente satisfecho consigo mismo, como si Thomas fuera un rubí rojo y perfecto que él mismo había extraído de la tierra.
—Eres un buen chico —dijo, y levantó su vaso para brindar—. Responsable. Entregado. Leal hasta la médula. Tengo buena intuición para estas cosas.
En la ventana, Amelia emitió un sonido que, en alguien menos refinado, podría haberse confundido con uno de burla. La contracción del ojo izquierdo de Philip fue casi imperceptible.
—Entre las clases de verano y sus numerosos compromisos sociales, Vivienne tiene un horario bastante ocupado. Tú la acompañarás siempre que salga de la casa. Nos hemos encargado de que el servicio lleve tus cosas a una de las habitaciones de invitados.
Ese era el segundo requisito que indicaba la carta: «La oferta requiere que la persona contratada tenga disponibilidad para vivir in situ durante la vigencia del contrato».
Esa condición casi hizo que Thomas rechazara la oferta de inmediato.
No quería estar lejos de su madre. No ahora que, aunque ella fingiese lo contrario, estaba demasiado enferma como para salir de la cama.
Él había querido quedarse cerca, pero aun así, los cobradores de deudas siguieron llamando a su casa y el prestamista hipotecario continuó metiendo cartas por debajo de la puerta.
Poco a poco, su cuenta de ahorros para gastos médicos se quedó sin fondos.
Al final, la promesa de un salario estable fue demasiado buena como para dejarla escapar.
Un salario estable y considerable .
—Lo mencioné también en la carta, como ya sabes —dijo Philip evaluándolo mientras bebía de su vaso—, pero Vivienne ha decidido, ya desde hace bastante tiempo, no hablar.
—No lo ha decidido —dijo Amelia entre dientes—. Está traumatizada, por eso guarda silencio.
—Amelia.
El nombre sonó como una advertencia. Ella no le hizo caso.
—¿ Qué ? Si va a vivir bajo nuestro techo, tendrás que contárselo.
Se hizo un tenso silencio. Durante unos segundos, lo único que se oyó en la habitación fue el tintineo de los cubitos de hielo en el vaso y el amortiguado zumbido de la podadora eléctrica del jardinero.
—Todo a su debido tiempo —respondió Philip antes de vaciar el coñac de un trago.
Clavó los ojos en Thomas y sonrió de manera forzada—.
Estoy bastante seguro de que no has conducido hasta aquí sin haber investigado un poco por tu cuenta.
Los jóvenes de tu edad encontráis todo en internet.
Doy por hecho que habrás visto las distintas cuentas que tiene Vivienne en redes sociales.
—Las he visto, señor —admitió Thomas, ya que no tenía ningún sentido mentir.
—Es una chica muy guapa, nuestra Vivienne —dijo Philip—. Estoy seguro de que te habrás fijado.
A Thomas se le atascó la voz en la garganta. Cualquier respuesta le parecía inapropiada.
— Philip . —Amelia reapareció de detrás de las cortinas—. Esto no es la sala de audiencias. No le hagas sentir incómodo.
—¿Qué? El chico tiene ojos. Es muy guapa, ¿verdad que sí, Walsh?
—Lo es, señor. —Las palabras sonaron monótonas.
—Exacto, lo es. —Parecía que Philip se había apaciguado al ver que Thomas cooperaba—. Y, pese a nuestros esfuerzos, Vivienne no es especialmente cuidadosa con lo que sube a internet. Una chica así suele llamar la atención. Atención de todo tipo, ¿sabes a lo que me refiero?
—Pues, eh…, no estoy del todo seguro.
—Vivienne ha pasado toda su vida en una burbuja. Admito que soy responsable de eso, siempre hemos sido sobreprotectores con ella. Pero ¿quién puede culparnos sabiendo cómo está el mundo?
Esta vez, la burla de Amelia no dejó lugar a dudas. La sonrisa de Philip vaciló.
—En lo que llevamos de año —continuó él—, su presencia en internet ha explotado esa burbuja.
Está conociendo a gente nueva. Gente indeseable, gente que no forma parte de los círculos en los que nos movemos.
A su madre y a mí nos preocupa que estas nuevas amistades suyas puedan estar afectando negativamente a su capacidad para tomar buenas decisiones.
—Demasiada palabrería para decirle lo que realmente quieres de él —saltó Amelia, saliendo por fin de detrás de las cortinas—. No te andes por las ramas. Ve al grano y díselo. Está aquí para ser tus ojos y tus oídos.
La inquietud abrió una grieta en el pecho de Thomas.