33 Vivienne #2
Ya no dijo nada más. No forzó una conversación, ni la atosigó con preguntas, ni propició una incómoda charla trivial.
Con Philip, el silencio siempre significaba que ya se había hartado de ella.
La despachaba, la despedía, la volvía a colocar en la estantería hasta que la necesitaba otra vez.
Con Colton, el silencio fue más como una invitación.
Y ella la aceptó, quedándose en la puerta abierta estudiando el perfil del chico.
Supuso que, si las buscaba en serio, había similitudes. Ambos tenían unos rasgos bastante afilados, angulosos y agudos. Tenían el mismo pelo negro y una nariz recta y respingona, solo que la de Colton le pegaba con la cara y no era muy bonita. Ahí acababa toda semejanza, pero era suficiente.
El gallo soltó un irritante cacareo. Colton dejó su lápiz y alzó la vista para mirarla. Vivienne se preguntó si él estaba haciendo lo mismo que ella: enumerar sus similitudes en silencio.
Finalmente, él le preguntó:
—¿Quieres ver la habitación de nuestro hermano?
El silencio reinaba allí también. En el cuarto de Liam.
Se sentaron en el borde de una cama impecablemente hecha, en una habitación repleta de docenas de trofeos decapitados.
Vivienne no preguntó por ellos, y Colton no le explicó nada al respecto.
En su lugar, le entregó una fotografía. El marco dorado estaba descascarillado y el cristal resquebrajado por el centro.
Años de exposición al sol habían hecho que el kayak amarillo y los chalecos salvavidas naranjas perdieran un poco el color, pero las caras sonrientes de los dos chicos eran inconfundibles.
El más joven de los dos era Colton, con algún diente de leche caído y quemado por el sol. Y el mayor…
Era el chico que aparecía en sus sueños.
El chico ahogado, quien había sido su enemigo y su amigo.
Vivienne pasó un dedo por la grieta del cristal y sintió una profunda y terrible tristeza.
El tipo de pena que no tenía un nombre. Durante lo que duró un latido, sopesó el contárselo a Colton, pero enseguida se lo pensó mejor.
También Mikhail le había estado persiguiendo y, al final, había resultado que no era él en absoluto.
Solo una deplorable copia, enviada para atraerla hasta el interior de las tripas de una bestia.
—Estaba pensando en redecorar esta habitación —dijo Colton de repente. Había sacado una pelota de béisbol firmada de su soporte y le estaba dando vueltas una y otra vez entre las manos—. He decidido que estoy harto de vivir en una tumba.
Aquello la sorprendió y le hizo volver los ojos hacia él.
Ella había tenido ese mismo pensamiento mil veces en su casa de Connecticut, gélida con sus vastos pasillos que hacían eco y ese frío perpetuo.
Lo miró en silencio mientras Colton volvía a dejar la pelota en el soporte y se levantaba de la cama.
Este se apoyó en una cómoda, también sin mediar una palabra, con las manos en los bolsillos.
Sus ojos vagaron por todo el espacio, cubierto de polvo, empapándose de él.
—Podría ser para ti —dijo—. Si la quieres.
En la fotografía, los dos hermanos le sonreían. Uno vivo. Uno muerto. Pero ambos sus hermanos. Sus dedos se tensaron alrededor del marco. Vivienne no sentía que se los mereciera.
—Mi madre se estará preguntando dónde estoy —dijo ella por fin. Le salió áspero y raro.
—¿Estáis muy unidas? —preguntó Colton, mirándola, perspicaz—. Tu madre y tú.
Después de considerarlo un momento, Vivienne respondió:
—Solo me tiene a mí.
Colton asintió, como si la comprendiera.
E igual lo hacía. Igual él podía entenderla mejor que nadie.
Igual habían tenido vidas muy similares sin haberse conocido nunca.
Una vez leyó eso acerca de los gemelos idénticos: que tomaban las mismas decisiones, que perseguían los mismos sueños.
Quizá también era así para el resto de hermanos. Incluso para los medio hermanos.
—Bueno, si alguna vez lo necesitas —dijo él—, aquí tienes un lugar donde quedarte.
Lo dijo con total desinterés, sin advertencias ni condiciones.
Debería haberla reconfortado, pero aun así, se le pusieron los pelos de punta.
Odió lo rápido que se puso a la defensiva, cómo quiso preguntarle de inmediato que qué esperaba él a cambio.
Porque seguro que quería algo. Todo el mundo quería siempre algo.
Pero Colton solo le lanzó una sonrisita y añadió:
—Solo si te sientes cómoda con la presencia de algún poltergeist de vez en cuando, claro.
— Y de un gallo —añadió ella, tocándose la frente con la punta del pulgar.
—Y de un gallo —estuvo de acuerdo Colton—. Lane les está cuidando a Cabrón a unos amigos. Con un poco de suerte, vendrán hoy a por él. Según las ordenanzas de la ciudad de Boston está prohibido tener gallos.
Se encontró a sí misma sonriendo, pese a sus recelos.
Una amplia sonrisa abierta que imitaba la de él.
Este era otro reflejo, en esta ocasión en forma de hermano.
Era curioso cómo no dejaba de descubrir su propia humanidad en las caras de los que la rodeaban.
En cómo la cuidaban. De repente, quiso decirle que sí, que se quedaría, pero consiguió morderse la lengua justo antes de que se le escapasen las palabras, atrofiadas y entusiastas.
Aún había cabos sueltos que atar de vuelta en casa. Disculpas que pedir. Peleas que arreglar. Vivienne había dejado un reguero de destrucción en su huida de la ciudad. Hadley. Frankie. Hudson. Reed. No podía desaparecer. No cuando aún les debía una explicación.
—Quizá algún día —dijo con suavidad, volviendo a dejar la fotografía en el estante.
El ligero rastro de una incipiente sonrisa brilló en los ojos de Colton.
—«Algún día» me vale.
Ahí fue cuando, por fin, Thomas los encontró: sentados juntos en un silencio compartido, con el sol derramándose por las ventanas en unos haces dorados y polvorientos.
Lo oyeron llegar antes de verlo, con sus fuertes pisotones por el pasillo.
Patinó hasta la puerta abierta un pelín demasiado rápido, haciendo una mueca cuando se chocó contra el marco.
—¿Es que hay un incendio? —preguntó Colton, con aspecto divertido.
Thomas le lanzó una mirada amenazadora.
—Han sido unas cuarenta y ocho horas muy largas.
—Ahí te voy a dar la razón —dijo Colton—. Me alegro de verte en pie.
Thomas alternaba la mirada entre los dos, frunciendo el ceño ligeramente.
—Sabéis —dijo—, ahora que os veo a los dos sentados el uno junto al otro así, lo encuentro un poquito perturbador.
La boca de Colton se abrió en una sonrisa.
—No pasa nada, Walsh. Puedes admitir que te parezco guapo.
Más tarde, cuando el sol ya había salido por completo, se despidieron a la sombra del porche cubierto delantero. Lane estaba junto a Colton, vestida de negro de la cabeza a los pies, con el gallo bajo el brazo.
—Qué pena que tengáis que iros tan pronto —dijo Lane—. Luego vendrán unos amigos y creo que os caerían muy bien.
—Les tomas cariño con el tiempo —dijo Colton—. Pero bueno, Vivienne volverá.
Lo dijo con confianza, como si su vuelta fuera algo inevitable, pero en su expresión pudo ver que no estaba del todo seguro. En ese momento, Vivienne supo que la soledad había hecho mella en Colton, de la misma forma que la había hecho en ella. Que él la odiaba también.
— Volveré —coincidió ella, y lo dijo de verdad.
—Excelente. —La sonrisa de Colton fue lenta pero sincera.
En la calle, Thomas abrió la puerta del copiloto de la camioneta.
Con el pie en el primer escalón, Vivienne vaciló un momento, preguntándose si debería lanzarse con un abrazo.
Lane tomó la decisión por ella, dejando al gallo en los brazos de Colton sin miramientos y atrayendo a Vivienne hacia sí.
Esta experimentó un segundo de incertidumbre antes de devolverle el abrazo.
—Me alegro mucho de que existas —le susurró Lane al oído, justo antes de soltarla.
Vivienne pensó en ello durante todo el camino a casa, sentada en el asiento delantero de la camioneta de Thomas, con la música a todo volumen y las ventanillas bajadas.
Me alegro mucho de existir , pensó. Más adelante, la carretera se desplegaba en una interminable cinta negra.
Parecía no acabar nunca, tallando las montañas hasta quedar fuera de su vista.
—He llamado a mi hermana —dijo Thomas, bajando el volumen de la música— y creo que vamos a tener un problema. Se ha enamorado de Molly y Judd. Está decidida a luchar por la custodia exclusiva.
El viento le agitó el pelo a Vivienne por la cara. Ella se lo apartó de los ojos mientras le venía a la mente un pensamiento en una repentina y preocupante avalancha.
— ¿Te irás a casa —signó ella— cuando me hayas dejado a mí en la mía?
Pasó un buen rato antes de que Thomas le contestara. Empezó a sonar otra canción, y la voz del cantante se filtraba por los altavoces en un tenor mordido por el viento.
—No sé si te habrás enterado o no —dijo Thomas— pero me han despedido.
Vivienne se giró para mirarle a la cara. Ni siquiera había pensado en eso.
—Tiene sentido —añadió él, rápidamente, antes de que a ella se le ocurriese algo alentador que decirle—. Volver a casa, me refiero. Es lo que suelen hacer quienes dejan la universidad y están sin trabajo.
— Lo siento —signó ella.
—No lo sientas —respondió—. Me alegro de haber aceptado el trabajo. Volvería a hacerlo.
Los adelantó un enorme camión abierto que transportaba madera. Thomas tamborileó con los dedos en el volante al ritmo de la música.
—Price, eh… —empezó a decir, y se aclaró la garganta—. Price tiene algunos contactos. En Boston. Tengo una entrevista telefónica programada para el próximo lunes.
— En B-o-s-t-o-n —repitió ella.
—Sí, bueno —dijo Thomas—, el trabajo sería en Boston. —Volvió a lanzarle una miradita a Vivienne—. Yo, eh…, he oído el rumor de que puede que tú también vayas para allí.
— Puede —signó ella—. Todavía no lo he decidido.
—¿No? —Thomas miró por el retrovisor y cambió de carril—. Bueno, tampoco tienes que decidirlo hoy. Tienes tiempo.
— Tú también —signó.
—Sí. —Tensó un músculo de la mandíbula—. Eh, oye, si los dos terminamos en la misma ciudad, quizá podría invitarte a una cita de verdad.
A Vivienne le dio un vuelco el corazón.
— ¿Una cita? —signó, juntando los puños con los pulgares hacia arriba.
—Sí, una cita. Una cena, una peli, un paseo por el puerto. —Thomas hizo una pausa. Se le ruborizaron las mejillas y añadió—: Ya sabes, la clase de cosas que haces con una novia.
Una novia. Era una palabra normal, para una chica normal.
En voz muy baja, Vivienne dijo:
—¿Tommy?
Él se giró rápidamente para mirarla antes de que dijera nada más y la camioneta se desvió un poco hacia el otro carril. Alguien les pitó y Thomas corrigió el rumbo, maldiciendo entre dientes.
—Perdona. —Sus ojos volvieron a clavarse en los de ella. Sus mejillas estaban sonrojadas—. ¿Qué?
—¿ Soy tu novia?
La risa de Thomas fue silenciosa.
—Espero que sí.
Vivienne se ahuecó un poco el cinturón, se inclinó sobre la consola central y le dio un beso a Thomas en la mejilla.
—Te quiero —le susurró al oído—. Me alegro de que existas.
Él la tomó de la mano mientras ella volvía a sentarse en su asiento.
—Yo también te quiero —respondió él—. Pero eso ya lo sabías.
Frente a ellos, la carretera se extendía sin fin. Vivienne echó la cabeza hacia atrás en el reposacabezas y cerró los ojos. Iba ser un gran día. Podía sentirlo en los huesos.