La muerte que respiras Capítulo 61. El final de un principio
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Capítulo 61. El final de un principio

El final de un principio

—Veo en tus ojos con qué intención me buscas.

Nun la miró con desconcierto; no obstante, la tensión que congestionaba su rostro seguía siendo de ira.

—Destrozaste mi vida, Selkis. Y aunque mi instinto me lo advertía, me embaucaste en tus redes. Sólo fui un mero instrumento de tus planes. De ese sueño que te obsesionó y que nos llevó a esto.

Ella lo miró con aguda compasión. Aquel buen hombre era otra víctima de su impetuosidad y su terquedad, también de un amor apasionado que no supo controlar.

—Y no sabes cuánto lamenté haberme entrometido en tu vida. Aquel sueño trocó nuestro destino. El mío ha sido accidentado pero me ha puesto en el camino correcto. El tuyo... quizá puedas enderezarlo, eres joven, vigoroso y astuto, siempre podrás empezar de nuevo con tu familia.

—Podría haberte perdonado si el daño sólo me hubiera concernido a mí, pero golpeó a mi familia. Me arrebataron a mi padre, todo por tu culpa, todas mis desgracias recaen sobre ti.

Nun le abrió la capa que la cubría y fijó la vista en su vientre.

—El odio arrancó a nuestro hijo de mi vientre —musitó ella con hondo abatimiento—, la codicia me arrebató a mi esposo, las mentiras a mi padre. Si quieres mi vida, tómala, nada me ancla aquí.

Nun la observó con fijeza, desgarrado por dos impulsos contrapuestos. Pudo ver cómo se debatía entre la venganza y el perdón.

—Te he odiado todo este tiempo. He soñado con tu muerte, la venganza me ha sostenido en mi destierro, pero a mi regreso me topo con una sombra de la mujer que conocí.

Selkis lo observó con profunda pesadumbre.

Alargó el brazo y pasó la yema de los dedos por el mentón de Nun. Le prodigó una sonrisa dúctil y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Ya morí, Nun, ya fuiste vengado. La vida se ha encargado de ello. Vago por este mundo con un solo propósito, ser una buena senut , aliviar dolencias y proporcionar solaz.

—También me prometí matar a Ay. —Su tono perdía determinación.

—La vida te está dando una nueva oportunidad, no la malgastes en la venganza. La muerte del faraón no te devolverá a tu padre ni diluirá el dolor sufrido, bien al contrario, te condenará a un nuevo infierno.

Posó la palma en la mejilla del hombre. Su mirada se suavizó.

—Éste puede ser un gran principio tras el final. Deja que el perdón florezca en tu corazón, mira al frente, camina, elige la vida que deseas vivir y, cuando sientas la necesidad de mirar atrás, que sea para valorar cada paso que des hacia delante.

—Selkis...

Sus ojos se humedecieron. El tormento sufrido asomó a su apuesto rostro, contrayéndolo en un llanto que se afanaba por estrangular.

—Nun, el destino nos separó, mi corazón yace en una tumba, el tuyo está roto, pero aquí seguimos, y sólo nos queda aceptarlo.

¿Crees que es fácil para mí asumir cada noche que la fatalidad condena a los hombres a los que entrego mi corazón?

Te amé y la desgracia se cernió sobre ti.

Lo amé a él, y la muerte se lo llevó. No necesito más señales para aceptar que debo vivir en soledad.

Porto un estigma que marcará mi vida para siempre.

El escarabajo no quiere compañía. Quizá algún día renazca sin él y pueda aspirar a compartir mi vida con alguien.

Esta vez fue Nun quien alargó el brazo y recorrió con sus dedos la suave mejilla de Selkis.

En sus ojos ya no había dureza. En su semblante comenzaba a anidar la comprensión, la compasión y el perdón.

—Ve en paz, Selkis, eres tan víctima como yo. Pero antes de dejarte marchar, me gustaría recibir una compensación.

Ella asintió.

—Un abrazo —añadió él.

Selkis abrió sus brazos, pero fue él quien la envolvió en los suyos. El calor de su pecho atrajo recuerdos que le mordieron el corazón. Dejó que el dolor emergiera, que las lágrimas aflojaran el nudo, que la culpa se diluyera en sollozos.

Fue un llanto compartido.

Un dolor común.

Un amor truncado.

Una despedida sentida.

Un perdón dado y recibido.

Y dos vidas separadas.

Cuando Nun la soltó, la expresión afectada y compungida que mostró casi la impelió de nuevo a sus brazos. Logró manejar sus emociones y se apartó unos pasos. Le debía la oportunidad de rehacer su vida. Además, ella no tenía ya nada que ofrecerle.

El frío que sintió la hizo añorar el calor de un pecho, pero no el de él.

—Sé todo lo feliz que la vida te deje, mi buen Nun.

—Yo te deseo paz, Selkis, nadie la merece tanto como tú.

Se volvió y prosiguió su camino.

En él halló esa paz cuando lograba salvar una vida.

Cuando recibía una sonrisa agradecida. Cuando conversaba en su imaginación con su esposo en la ribera del río.

Cuando se acostaba y lo resucitaba en sus sueños.

Cuando despertaba por las mañanas y todavía percibía su presencia junto a ella.

Cuando compartía momentos con Amsu. Cuando la brisa se engarzaba en su cabello.

Cuando la risa de su sobrina cascabeleaba en el aire.

Cuando descubrió la redención de su padre.

Cuando traía una nueva vida al mundo. Cuando mediaba en disputas.

Cuando se enfrentaba a injusticias. Cuando defendía al indefenso.

O cuando simplemente veía la vida pasar.

Pues cada paso que daba la acercaba a un nuevo principio.

A otra vida, a otro cuerpo, a otro mundo, y en él sería recompensada, libre de su carga.

Un mundo donde él estaría, donde se encontrarían de nuevo, para disfrutar de lo vedado, para compensar las ausencias, el vacío y la nostalgia.

Porque allí donde él fuera, allí iría ella.