Capítulo 60. El guardián de la eternidad
El guardián de la eternidad
La muerte tenía una curiosa virtud: dar conciencia de la vida, de su brevedad y su fragilidad.
Era capaz de sobredimensionar detalles nimios que antes pasaban desapercibidos. Despertaba los sentidos con una intensidad abrumadora y, sobre todo, ofrecía una perspectiva más amplia de lo realmente importante.
Nada superaba al hecho de poder compartir tiempo con las personas amadas, de tener las necesidades cubiertas y de vivir en paz.
Se podía encontrar goce y plenitud en las cosas más ordinarias.
En la caricia de la brisa, en el perfume de una flor, en el rumor del agua, en la risa de un ser querido, en el sabor de un beso, en el calor de un abrazo.
La felicidad, si acaso esa palabra podía convertirse en un estado permanente, se encontraba al dejar de anhelar lo que no se necesitaba.
Selkis cerró los ojos y sonrió para sí, apoyada en la baranda del balcón exterior.
La vida poseía a su vez una virtud similar, asumir la muerte como parte del camino. No verlo como el final, sino como un principio, en un ciclo interminable de vida y renacimiento.
Había transcurrido el suficiente tiempo como para reflexionar sobre lo acontecido aquel día y todos los anteriores.
Tras la muerte de Najmint, el dolor más inmisericorde la había flagelado día y noche.
Ni siquiera habían podido consumar su unión ni disfrutar como merecían de aquel amor que se había gestado a fuego lento, asaeteado por momentos duros, por ambiciones cruzadas, envuelto en peligro y aderezado con engaños.
No obstante, afloró fuerte y hermoso y se arraigó en su corazón, sin saber si podía equipararse con todo el amor que él le había guardado durante tantos años.
Lloraba amargamente sin encontrar solaz ni consuelo, día y noche, hasta que Amsu le transfirió su saber, y ella se convirtió en el custodio de un legado ancestral.
Guardó en su corazón la pérdida y el vacío para consagrarse por entero a su elevado cometido, llegar a ser una gran senut .
La misma noche de la muerte de Najmint, ella y Amsu habían abierto de nuevo la cámara secreta. Armados con varas largas para tantear amenazas y con mucha prudencia, irrumpieron dispuestos a descubrir ese gran secreto. Ninguno sabía qué se iban a encontrar, pero lo que hallaron los enmudeció.
Todos los muros estaban grabados con escenas de los dioses llegados del cielo.
Todos portaban cabezas de animales sobre las propias.
De chacal, Anubis; de halcón, Horus; de ibis, Thot; de leona, Sejmet; de gato, Bastet; de escarabajo, Jepri; de halcón, Montu; de cocodrilo, Sobek. .. Y ante ellos tenían la explicación.
Tras abrir las tapas de las tres tumbas que había, descubrieron tres esqueletos con cráneos ovalados.
La fisonomía del rostro era similar a la humana, pero la longitud de los huesos del cráneo, con forma de cono, evidenciaba un origen diferente.
Por eso, las coronas de los faraones tenían esa forma característica.
Los símbolos cincelados sobre las tumbas revelaban la identidad de los allí sepultados: Osiris, Isis y Horus.
La disposición de las tumbas estaba en paralelo, la más grande en el centro. En el suelo, en la base de cada una, se erigía un pequeño triángulo. Parecían representar a las tres grandes pirámides. Lo curioso era la constelación estelar que coronaba la cúspide de cada uno.
Era el cinturón de Orión.
La constelación alineada parecía señalar una estrella más brillante y grande. Sirio.
De aquella estrella provenían los dioses.
La losa donde estaba grabada Sirio parecía algo más elevada que el resto. Como supuso Amsu, ahí se encontraba la verdadera cámara secreta. Giraron las pequeñas pirámides para enfocar la punta de cada estrella hacia la principal y, tras oír un suave resorte, la losa de Sirio se despegó del suelo.
—Debes hacerlo —lo alentó ella.
El motivo por el cual estaban allí no era otro que Bomani.
La estirpe del escarabajo era también susceptible de caer en bajezas humanas y era preciso que hubiera un vigía que siguiera esa estirpe de generación en generación, traspasando el secreto y encomendando su custodia hasta que la humanidad mereciera de nuevo el favor de los dioses.
La inmortalidad correspondía a Amsu. Ella ansiaba la muerte para reencontrarse con su amado Najmint.
No obstante, mientras la aguardaba, viviría siendo útil a los demás, ofreciendo su don a quienes lo necesitaran, sabiendo que él la esperaba en el Aaru .
Amsu asintió solemne. Una dura carga para un espíritu tan cansado, pero aceptaba el sacrificio en pos de ellos y del legado de un pueblo extinto que perdió los privilegios otorgados por el dios Anu.
Aferró la tablilla con ambas manos y la miró indeciso.
—¿Y ahora qué?
Selkis deslizó la mirada por los numerosos dibujos que poblaban los muros. No era necesario conocer la lengua acadia. Todo estaba allí escenificado, camuflado en una mezcolanza confusa de imágenes diversas, sólo había que saber mirar.
Recorrió con la vista una de esas sucesiones.
Vio a Osiris con un puñal dentado en la mano, de color negro.
Frente a él, una figura, más pequeña, postrada de rodillas sobre la baldosa de la estrella Sirio, en actitud oratoria.
En la siguiente escena, el dios clavaba el puñal en el pecho del hombre.
A priori parecía un sacrificio, pero un poco más abajo, la misma figura con el puñal aún en el pecho parecía flotar con los brazos en jarras.
En el siguiente dibujo ya no estaba el puñal en su pecho y al hombre lo rodeaba un aura, un halo de un tono dorado.
Selkis se dirigió hacia la tumba del centro, la de Osiris. Ver aquel esqueleto pardusco y aquel cráneo en forma de cono la subyugó un instante. Observó el interior de la sepultura y en una de las manos encontró lo que buscaba.
Era un puñal con la hoja de hierro negruzca y ornamentada empuñadura en oro y lapislázuli. A su lado estaba la funda, labrada en oro.
Lo que sugerían los dibujos le erizaba la piel.
—Osiris no puede otorgarme la inmortalidad clavándome él su puñal —apuntó Amsu—, deberás hacerlo tú.
—Quizá sólo tenga esa dispensa el dios y mueras para nada. —Hizo una pausa y su semblante se oscureció—. No podría cargar con eso en mi conciencia.
Amsu tomó las manos de Selkis y le dedicó una mirada tierna pero firme.
—Escúchame, muchacha, funcione o no, no veré otro amanecer.
Crucé límites que ningún hombre debe transgredir y debo pagar mi temeridad.
Soy un viejo al que de todas formas no le queda mucha vida.
Muera o no, tú no tendrás la culpa. Si funciona, mi cometido será eterno; si no, descansaré en paz. No arrastres pena alguna por mí.
Se aproximó a la tumba de Osiris y tomó el extraño cuchillo.
—Nunca había visto un material tan extraño, hierro negro. Imagino que pertenecerá a la estrella de donde vinieron.
Se lo entregó a Selkis en gesto ceremonial.
—Tu destino es el más ingrato de todos, pero saber que tendré tu compañía hasta que mi vida se extinga en estos momentos es cuanto me reconforta. Sé que soy egoísta y que ese deber quizá me corresponda más a mí, pero carezco de tu generosidad y tu entrega.
—No, muchacha, consagrarás tu vida a los demás. Renunciar al poder, a la inmortalidad y a la felicidad sólo denota la pureza de tu corazón y el coraje de una mujer que, a pesar de la adversidad y del sufrimiento, no se rinde y sigue adelante.
Amsu le cerró los dedos en torno a la empuñadura.
Selkis sintió una tenaza en su pecho.
El anciano se dirigió hacia la baldosa representada con la estrella Sirio y se postró de rodillas.
—Como descendiente de la estirpe de los Anunnaki, posees la potestad de empuñar esta daga en nombre de tu dios. Sólo vosotros podéis ejercer ese derecho y utilizar su magia.
Ella titubeó, el miedo la pinzaba.
—Adelante, Selkis, que los dioses guíen mi destino, tú sólo eres su mano.
La joven empuñó la daga con ambas manos y tomó una profunda bocanada de aire. Si se concedía un solo pensamiento, no podría hacerlo, así que descargó la hoja contra el pecho de Amsu.
Atravesó su corazón. El médico abrió los ojos con desmesura, boqueó profiriendo un gemido rasgado y se desplomó como un saco.
Selkis cayó de rodillas a su lado, trémula y devastada por una nueva pérdida.
Sollozó abruptamente y cerró los ojos, dejándose arrastrar por el dolor.
Cuando los abrió, Amsu permanecía inerte en el suelo, de costado sobre un charco de sangre. Recordó que debía quitarle el puñal del pecho.
Giró el cuerpo del anciano y lo puso boca arriba. Titubeante y llorosa, aferró la empuñadura y tiró de ella suavemente.
¿Y si había que pronunciar algún rito para traerlo de vuelta?
Entonces sus ojos se detuvieron en la tablilla. La cogió y se la puso a Amsu sobre el pecho.
La desesperación comenzó a hacerle mella.
—¡Osiris, acude a mí! —gritó suplicante.
Y entonces, sucedió.
Un halo dorado empezó a envolverlo.
Selkis sintió como si el corazón le saltara del pecho.
Se puso en pie y retrocedió. Los latidos le atronaban, el pulso se había desbocado. Todos sus sentidos despuntaron presos de una emoción desgarradora.
El cuerpo del anciano comenzó a levitar como si una fuerza invisible lo tomara en sus brazos.
Le temblaron las rodillas y sintió el aire crepitando a su alrededor. Un calor extraño envolvió su tobillo izquierdo, se miró alarmada y descubrió cómo la marca del escarabajo se tornaba incandescente.
Cayó de rodillas respirando de manera agitada.
Amsu flotaba ante ella. El halo ganaba intensidad. La luz que emitía comenzó a deslumbrarla. Agachó la cabeza y cerró los ojos cuando un fogonazo inundó por completo la cámara.
Cuando los abrió, Amsu estaba de nuevo en el suelo, ya sin aura, todo parecía haber vuelto a la normalidad, excepto su corazón, que latía desacompasado.
Se abalanzó hacia el sunu y comprobó estupefacta cómo en su pecho ya no había ninguna herida. Esta vez, las lágrimas que brotaron fueron de alivio y felicidad.
* * *
Una brisa cantarina silbó en su oído sacándola de sus recuerdos. Se notaba ya el frescor del inicio del tercer mes de la nueva estación de Peret , famenoth . Las noches requerían de manto grueso y los días, de capa.
Pensó con cierta nostalgia en su sueño fallido.
Ella no pariría un hijo que cambiaría el destino de Kemet, pero al menos sí había alguien que traería al mundo un descendiente de su estirpe.
Al cabo de unos meses, Salama daría a luz al hijo de Bomani, quizá en ese pequeño podría redimir su conciencia.
Al final, ningún destino estaba escrito totalmente, cada acto, cada decisión podía modificarlo. La tumba de los dioses sumerios había sido cerrada, pero la tablilla y el cuchillo ya no moraban con ellos.
Tanto ella como Amsu eligieron trasladarlos a otro lugar.
A uno protegido con una maldición. No perturbaron el descanso de Tutankamón, sólo adelantaron el muro oeste para tapiar dentro ambos tesoros.
En los murales decidieron no dar tanta información, sino más bien algunas pistas que indicaran lo que el muro escondía.
Pistas imposibles de descifrar para quienes no conocieran el secreto.
De ese modo, contaban con más garantías de protección.
En cuanto a Ay, seguía gobernando el reino, achacoso y abatido.
Tras la muerte de sus rivales y creyendo que todo rastro de la tablilla había desaparecido con ellos, se dedicó a ampliar fronteras y a negociar tratados que engrandecieran la Tierra Negra.
A su muerte, que se adivinaba temprana, pues Selkis le había detectado una dolencia cardíaca que pronto lo llevaría con Anubis, gobernaría su padre.
Horemheb tampoco era ya el mismo. Los fantasmas de su pasado lo perseguían, hostigándolo inclementes, en especial uno con nombre de mujer. Gozaba de la indiferencia de su hija, y las heridas sufridas lo habían retirado del campo de batalla definitivamente.
La codicia, con o sin logro, terminaba convertida en un puñal contra uno mismo. La conciencia era como un sarpullido, podía aparecer en cualquier momento y, cuando lo hacía, escocía y picaba hasta arrebatarte la cordura.
Se envolvió en su ruana y salió de palacio.
Atravesó los imponentes pilonos y caminó por el dromos ribeteado de esfinges con paso tranquilo, absorbiendo la belleza que tenía frente a sí.
Disfrutaba de aquellos paseos vespertinos imaginando a Najmint junto a ella. Cuando sabía que nadie podía oírla, solía hablarle. Le contaba su día y le repetía cuánto lo amaba.
A veces se abrazaba a sí misma y suspiraba evocando su aroma, su mirada y su sonrisa.
Anhelaba tanto oír su voz que el solo recuerdo de ella le dolía.
No bien salió por la puerta que daba a los arrabales, una mano se cerró en torno a su brazo.
Se detuvo molesta y ya se revolvía cuando reconoció al hombre que la sujetaba.
—Creí que nunca volvería a verte.
—En cambio, yo he soñado con este momento desde hace mucho tiempo.
La mirada de Nun despedía rencor. Su rictus destilaba amargura.
Después de todo, quizá vería a Najmint antes de lo esperado.