Capítulo 59. En el valle de la muerte
En el valle de la muerte
Desde la negrura en la que estaba sumido, Zaid oyó su nombre en una especie de eco lejano. La voz era de mujer y el tono brilló urgente y asustado. Aquel timbre ansioso y trémulo difuminó progresivamente la oscuridad que lo envolvía.
Despertó con las palmas de unas manos presionando su pecho. Parpadeó esperando ver el lloroso rostro de Selkis sobre él, pero fueron unos vivaces ojos zarcos los que lo miraban esperanzados.
Con la conciencia también despertó el dolor, punzante, agudo, ardiente.
Alzó la cabeza, aturdido y consternado.
Un manchón de sangre se extendía por la pechera de su caftán. El olor ferroso de la sangre se conjugaba ácidamente con el rancio aroma del encierro y el acre de la pólvora.
La opresión que sentía en el tórax le recordó que acababan de descerrajarle un tiro.
Lo primero que sintió fue miedo, lo segundo asombro: seguía vivo con un disparo en el pecho.
El hermoso rostro de una mujer lo observaba entre el pánico, la confusión y la ansiedad.
A Alison le temblaba el labio inferior. Estaban detrás de la tumba de piedra. De algún modo, ella había conseguido arrastrarlo hacia allí. Se asomó precavida por el borde, la linterna, tirada en algún lugar del suelo, proyectaba un haz de luz que apenas iluminaba su alrededor.
Oyeron pasos, suaves y delicados. Lo primero que pensó Zaid fue que eran pasos femeninos.
Y de repente, supo quién era «la señorita» a la que se había referido Safiya. En su mente, las incógnitas se despejaban, lenta y paulatinamente, como el descorrer de unas cortinas dejando entrar la luz del sol.
La punción del dolor se expandió por su pecho como las ondas de un guijarro contra la superficie del agua. Intentó mantener la mente clara, era la única arma que podía empuñar.
La figura se les acercó y los enfocó con una linterna. La silueta oscura se perfilaba ante ellos. El cañón de un arma los apuntaba.
Le pareció distinguir una Beretta semiautomática, por fortuna, de escaso calibre, una pistola manejable en manos femeninas.
Intentó incorporarse. Alison lo ayudó.
—¡No somos profanadores! —alegó pensando que era uno de los guardias.
—Pero ella sí, ¿verdad, lady Evelyn?
La hija de lord Carnarvon se adelantó y dejó la linterna sobre la losa de la tumba.
—Es usted muy astuto, señor Stone, pero no tanto como yo.
—Necesitabas la concesión de la tumba, por eso mataste a tu padre echándole veneno en la colonia. Por eso mandaste matar al príncipe Fahmy, porque iba a asociarse con Carter, convirtiéndose en su nuevo mecenas. Y eso te alejaba del objetivo.
—Continúa, quiero ver hasta dónde llega tu ingenio antes de matarte.
Zaid sabía que buscaba acercarse para que la siguiente bala fuera letal, el pequeño calibre exigía proximidad para ello. Él necesitaba distraerla, atraparla en sus elucubraciones, que ahora se definían con asombrosa clarividencia.
—Leíste la carta que envió Marie Corelli a Carter y a tu padre donde advertía del peligro de abrir la tumba de Tutankamón, en ella mencionaba los misteriosos textos árabes en los que avisaba de la maldición.
Por eso fuiste a visitarla, querías esos legajos.
Pero yo me adelanté, Marie te habló de mí, también te contó lo de la profecía, lo de sus sueños, y me has estado vigilando desde entonces.
Veías cómo me acercaba, cómo la inoportuna aparición de Alison lo precipitaba todo, y nos has seguido hasta aquí.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Por la marca del escarabajo que tienes en el tobillo.
—¿Qué sabes tú del escarabajo?
—Lo que tu antepasada me hizo saber. Y ahora comprendo por qué.
Lady Evelyn dio otro paso en su dirección.
—Eres descendiente de una gran estirpe —prosiguió Zaid—, las mujeres son las que nacen con la marca de nacimiento, ese escarabajo que simboliza la inmortalidad y el renacimiento.
Sois custodios de un secreto ancestral que podría cambiar el curso de la humanidad.
Pero como humanos sois vulnerables a los mismos estigmas que el resto: la codicia.
No todos los corazones poseen la misma pureza para resistirla.
Llevas buscando la tablilla desde que descubriste que existe.
No sé quién te descubrió tus orígenes y te traspasó ese conocimiento, pero es una tentación que imagino muy pocos logran contener.
Tampoco entiendo qué te hace pensar que está en esta tumba ni qué puede vincularla con Tutankamón.
Hizo una pausa, el pecho le ardía. La bala no había traspasado la caja torácica, no tenía tanto ímpetu, pero la sentía abrasando su interior, quizá encajada en alguna costilla próxima al esternón.
—Te diré quién me reveló mi origen y cuál era mi misión si tú me dices quién te contó todo eso.
—Fue Selkis, la hija de Horemheb, el general del rey Tut. Tu antepasada y portadora de la marca.
—¿Un fantasma? —barbotó incrédula.
—Así es.
—¿Y por qué a ti?
—No lo sé, quizá porque esos legajos tienen algo que ver conmigo. Tal vez porque las profecías y las maldiciones son tan reales como esta tumba que nos rodea.
—Me habló de ella —profirió en tono ausente, su voz adquiriendo un matiz inquieto.
—¿Quién?
—El anciano.
Zaid sintió un vuelco en el estómago.
—¿Qué anciano?
—Apareció un día y me lo contó todo. Lo tomé por un chalado, pero me enseñó un papiro y me explicó quién era yo y cuál era mi cometido: impedir que se abriera la tumba de Tut.
—¿Cómo... cómo era?
—Enjuto, de pequeña estatura, completamente calvo y con una catarata en el ojo izquierdo.
Zaid dejó escapar un gemido sobrecogido. ¡No podía ser él!
—Traicionaste tu cometido —musitó intentando ganar tiempo—. De todos modos, la tablilla no está aquí.
—Sí que lo está. El anciano así lo aseguró.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde antes de que Carter encontrara la tumba.
Fui yo quien le sugirió a mi padre financiar el proyecto de algún arqueólogo y aprovechar para visitar Egipto y aventurarnos en una apasionante expedición.
Lo contagié de mi excitación y consintió a mi capricho, como siempre hacía.
Que Carter diera con la tumba fue un auténtico golpe de suerte.
El destino me llamaba. El escarabajo conectó con su morada.
—Pero la tablilla no está aquí. —No pensaba confesar que la cámara que lo preservaba estaba en los túneles del ya inexistente palacio de Tebas.
—Veo que Selkis no te ha mostrado toda la verdad. Escondieron la tablilla aquí, en la tumba de Tut, y la protegieron con la muerte.
—¿Con la maldición?
Ella negó con la cabeza. Aún en las sombras, Zaid pudo apreciar el brillo malicioso de una sonrisa desdeñosa.
—No, con la muerte que se respira —respondió ella—. En el ostracón de arcilla de la entrada donde cincelaron la advertencia sobre el peligro de entrar.
—«La muerte golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del faraón» —murmuró Alison, tan abrumada por cuanto oía que apenas había conseguido pronunciar palabra hasta aquel momento.
—En realidad, la muerte golpea con su aliento. En el ostracón hay escondido un veneno letal extraído de...
—Semillas de ricino... —completó él—, lo que pusiste en la colonia de tu padre.
La joven se encogió de hombros, como si, en lugar de ser acusada de parricidio, la hubieran pillado hurtando una baratija.
Otro paso hacia ellos.
—Si sabes que está aquí, ¿por qué no la tienes ya en tu poder?
—La tumba está completamente desvalijada, yo misma he inspeccionado el catálogo de objetos y registrado concienzudamente cada rincón y no he encontrado nada.
Así que pensé en la posibilidad de que hubiera una cámara sellada oculta tras alguna de las paredes.
Y así es. En la pared oeste, el sonido hueco que me devuelve el martillo evidencia una cámara escondida.
Pero antes de apropiarme de lo que me pertenece por derecho, he de eliminar dos obstáculos.
Apuntó hacia ellos. Se había posicionado en su misma línea, y ya no tenían dónde esconderse.
—Yo conozco la combinación para entrar —improvisó él mientras intentaba ponerse en pie.
—No se te ocurra dar un paso...
—Necesito ver el mural para descubrir los símbolos que hay que presionar.
Había perdido sangre, punzadas lacerantes lo asediaban, pero el instinto de supervivencia le insufló un vigor inaudito.
Alison se puso en pie tras él.
—¿Qué símbolos hay que buscar? —preguntó Evelyn ansiosa.
Zaid observó el mural oeste. Comprobó atónito la barcaza con el escarabajo, el dios solar egipcio.
La siguiente imagen eran cinco divinidades, y abajo los doce babuinos en cuclillas representando las doce horas nocturnas que debía pasar Tutankamón en su tránsito al más allá.
Descubrió con intenso sobrecogimiento el triángulo representado en forma de ojo, y la lanza convertida en un tridente junto a una divinidad.
Pero aquel mural mostraba más información de la que ojos profanos podrían captar.
En las dos casillas inferiores del centro se encontraban los grabados que concordaban con las inscripciones sumerias de los túneles.
En una de ellas, un babuino parecía proteger una tablilla; en la siguiente, otro miraba dos advenimientos: de dos artefactos voladores descendían dos figuras de apariencia humana.
Contuvo el aliento, el pulso se le disparó.
Ahora entendía la extraña frase que Marie Corelli le había dicho aquel día: «En la muerte se esconde la verdad».
La verdad moraba en el interior de una tumba, protegida por una maldición, por un veneno, por un faraón condenado a vagar toda la eternidad por el Duat .
Protegida y amenazada por una misma estirpe según el corazón que more en el interior del escarabajo.
Por eso..., justo por esa incertidumbre sobre la pureza del custodio, debía haber un guardián, alguien que vigilara el cumplimiento del cometido impuesto, la misma persona que informaba. El misterioso anciano.
La joven que tenía ante él había sido presa de la codicia y su guardián debía saberlo.
Miró alrededor con el corazón en un puño.
Lady Evelyn lo observaba con extrañeza.
—¿Qué ocurre?
—No estamos solos.
Aquella afirmación, además de sentirla en los huesos y en cómo se le erizaba el vello de la nuca, la pronunció en voz alta para implantar el miedo y conseguir que ella repartiera su atención. Sólo necesitaba un segundo de distracción para caer sobre ella.
La joven lo miró con alarmada aprensión. No tardó en revisar la sala, apartando la vista de él.
Era justo lo que estaba esperando.
Zaid saltó sobre ella y la desarmó. La pistola se disparó. El estruendo resonó en la piedra, ensordeciéndolos.
La sujetó con fuerza, hasta que se percató de que era un cuerpo inerte lo que sostenía.
Alison se precipitó hacia ellos y entre los dos la depositaron en el suelo.
—¡Dios míos, está muerta!
Un orificio de bala atravesaba su pecho. Se miraron estupefactos. No había sido un disparo accidental de la Beretta.
Otro cañón humeaba en la oscuridad que precedía a los escalones.
Una figura encorvada avanzó hacia ellos.
El guardián clavó su penetrante mirada en él.
—Me alegra encontrarte de nuevo —profirió con voz cascada.
Aquella enigmática aseveración golpeó su conciencia despertando recuerdos dormidos.
—Hola, Amsu, creo que me falta recordar el final de la historia.
El anciano asintió y se acercó a ellos con porte cansado.
—Éste es un buen lugar para contar historias de muerte y resurrección.