Capítulo 58. Allí donde tú vayas, allí iré yo
Allí donde tú vayas, allí iré yo
Selkis observó el rostro de su hermano.
Su expresión suplicante no disfrazó la verdadera intencionalidad de su mirada.
Bomani estaba de pie, con la antorcha en la mano. Tras él, una tumba sellada y paredes repletas de grabados oscuros. Resultaba evidente su temor a moverse por miedo a activar cualquier otro artilugio.
—Este legado es nuestro —musitó en tono conciliador—, tuyo y mío, podemos compartirlo. Nuestro deber es ocupar el lugar que nos pertenece por linaje. Juntos podremos desvelar el secreto que escondió aquí Gilgamesh, el secreto de nuestra estirpe, y gobernar el mundo conocido como hermanos.
Selkis se mantuvo en silencio, contemplándolo, sintiendo conmiseración por un alma emponzoñada y mezquina.
—No deseo poder ni riquezas, mucho menos gobernar a los hombres. Sólo deseo vivir en paz, junto a las personas que amo, tú podrías haber sido una de ellas. Pero elegiste el odio, la codicia y la venganza. Tras de ti tienes lo que tanto ansiabas. Todo tuyo.
Comenzó a empujar la puerta para dejarlo atrapado dentro de lo que sería su propia tumba. No halló en su corazón ni una brizna de arrepentimiento por la decisión que tomaba. Lamentó que su único pariente de sangre hubiera sucumbido a la más infame bajeza. No obstante, eso no la hizo titubear.
Cuando Bomani vio lo que su hermana pretendía, el pánico lo asaltó y su impulso fue impedirlo. Saltó hacia delante, pisó una baldosa que cedió por su peso y una hoja afilada emergió de algún recoveco de la puerta perforándole el pecho. Lo atravesó de parte a parte.
Agrandó los ojos mirándola con horrorizado estupor. De su boca entreabierta brotó un hilo de sangre. Cuando miró su pecho, la estupefacción se trocó en derrota.
Profirió un gemido agónico y un último estertor lo arrancó del mundo de los vivos.
Selkis bajó la vista. La mueca de pavoroso asombro de Bomani, congelada por siempre en aquel rictus que se descompondría en la más profunda oscuridad, la acompañaría mucho tiempo.
Continuó cerrando la puerta y, cuando lo logró del todo y la piedra gruñó su encaje, sólo tenía una cosa en mente. Y era salvar la vida de su esposo.
Se había vuelto a desplomar en el suelo, tenía el papiro en la mano y, aunque parecía tener la vista fija en él, algo le dijo que su mente estaba muy lejos de allí.
—Tienes que hacer un último esfuerzo —le pidió en tono apremiante.
Najmint negó con la cabeza. Su expresión hierática la asustó.
—Escapé una vez de Anubis, no podré dos.
—En esta ocasión se enfrentará a mí, porque no pienso permitir que te lleve.
—Escúchame, Selkis —su voz era apenas un susurro.
Ella acercó el oído a su boca—, tú no tuviste nada que ver con la muerte de Tutankamón.
Nada. Lo mató Bomani, lo atropelló con un carro, llevando la máscara puesta.
Tu padre lo sabía, todos lo sabían, por diferentes motivos decidieron ocultar la verdad.
—¿Mi padre?
—Sí, él sabía que... habías robado el remedio para entregarlo a Nun. Temía que te... escaparas con él, deseaba... atarte a mí. Amsu conoce el resto de la historia, excepto que sólo había un asesino: tu hermano.
—¿En qué beneficiaba a la reina la muerte de su esposo?
—En nada, ella sólo fue una pieza del Chacal, la primera.
—Su resuello comenzó a ser sibilante, agónico—.
Bomani... necesitaba un aliado poderoso, alguien que odiara tan profundamente a Horemheb como él y que ansiara vengarse.
Mató a Tut y le dijo a la reina que había sido el general.
La muerte de... Tut benefició a todos. Después, la ambición por poseer el poder de la tablilla los gobernó. Pídele a Amsu que te lo cuente todo.
—Me lo contarás tú. Ahora no es momento.
Najmint la miró con una intensidad que le detuvo el pulso, de repente cerró los ojos y exhaló un gemido extraño. Se desvanecía.
Selkis intentó levantarlo de nuevo, pero pesaba demasiado.
—Maldita sea, no puedes rendirte.
Una voz que ya creían extinguida los conmocionó.
—Está tan muerto como yo...
Anjesenamón los miró sin expresar ninguna emoción, como una efigie petrificada, desprovista ya de toda vida, pero todavía con el suficiente aliento para permanecer presente, quizá para cobrarse su particular venganza.
Najmint pareció reaccionar ante la afirmación de la reina. Abrió los ojos, apretó los dientes y gruñó determinado a salir de allí. Selkis lo animó con palabras alentadoras, lo ayudó a ponerse en pie y tiró de él cuanto pudo hacia delante.
La reina rebuscó entre los sangrientos pliegues de su túnica y sacó una ampolla de arcilla.
Najmint se envaró de repente y su rostro se tensó.
—¡Suéltame y corre, Selkis!
—No pienso dejarte.
El capitán pareció sacar fuerzas de flaqueza y las invirtió en precipitar sus renqueantes pasos hacia la salida del túnel más próximo.
Selkis rodeaba su cintura, sosteniéndolo cuanto podía. Oyeron el resonar hueco de la arcilla estrellándose contra el suelo justo cuando doblaban el recodo.
Impelidos por la urgencia de salir de allí lograron llegar a una de las puertas marcada por el anclaje para antorchas. Sumidos en la penumbra, Najmint distinguió cómo Selkis, astutamente, ya había dejado entreabierta aquella salida.
Empujó con el hombro y lograron salir al interior de palacio. No bien se adentraron en una solitaria sala que no reconoció, Najmint se desvaneció lanzándolos a los dos al suelo.
Selkis miró a su alrededor y supo que tenía que encontrar ayuda para poder trasladar a su esposo a la Casa de la Vida. Comprobó angustiada su pulso y respiró con alivio al encontrarlo: era débil, pero regular.
Evaluó concienzuda su estado, tenía un largo corte en el costado, sin embargo no parecía representar gravedad.
En la parte baja de la espalda lucía un herida más pequeña pero más profunda.
Por fortuna, la sangre que manaba era clara; cuando afectaba a órganos importantes, la sangre solía ser más oscura y densa.
Lo que realmente la preocupaba era el puñal que seguía clavado en su pecho.
Su instinto le dijo que extraerlo podía ser peligroso. Necesitaba a Amsu e instrumental para poder curarlo allí mismo. No daría tiempo a un traslado.
Se arrancó los bajos del kalasiris y le vendó la cintura presionando cuanto pudo para contener la hemorragia. No podía hacer más por él en aquel lugar y el tiempo corría en su contra.
Miró en derredor. Aquella sala parecía un almacén abandonado. Se dirigió a la única puerta y la atravesó a la carrera.
Ante ella apareció una escalera. Ascendió presurosa y continuó avanzando sin rumbo, sólo con la premisa de seguir subiendo niveles.
Por fin emergió a un corredor que conocía. Enfiló hacia las dependencias reales deseando toparse con Amsu, no lo encontró por ningún lado.
La desesperación comenzaba a hacer mella. Finalmente se dirigió hacia la cámara de Horemheb. El resentimiento le impedía llamarlo padre.
El alivio la inundó en el umbral. Amsu estaba con él. Ambos la miraron alarmados.
—¡Loado sea Amón, Najmint lo consiguió!
Selkis reprimió un acceso de llanto y se precipitó hacia ellos.
—Está malherido, necesita que lo asistas.
—¿Y el Chacal? —preguntó sobrecogido.
—Muerto...
—¿Los dos?
—Sólo había uno: Bomani; su cómplice era Anjesenamón. Ambos lo urdieron todo. Pero ya habrá tiempo para explicaciones. Najmint está al borde de la muerte.
Recogió el cesto con los remedios y útiles con que habían curado al general y apremió a Amsu a seguirla.
—Deseo de corazón que se salve.
Selkis dirigió una mirada tan dura como acusadora a Horemheb.
—La codicia ha provocado todo esto. Si él muere, tú también serás su asesino.
Salió de la estancia seguida de Amsu, perseguida por el resentimiento, por el miedo y por la rabia.
Cuando por fin llegaron al almacén. Najmint continuaba inconsciente, tendido de costado.
Amsu se precipitó hacia él. Su ceño evidenció la gravedad de su caso.
—Si vuelve a pisar el reino de Anubis, no podré traerlo de vuelta de nuevo. Esa concesión sólo puede hacerse una vez.
Volver a pisar el reino de Anubis... La connotación de esa frase le provocó escalofríos a Selkis.
Lo puso al tanto de las heridas que sufría y de la que más la preocupaba.
Amsu evaluó la posición de la herida y la inclinación del puñal que había insertado en el torso.
—Si la hoja ha penetrado en alguno de los metu vitales o en el corazón, morirá en el acto cuando lo extraigamos; si no, morirá de todos modos, más lenta y agónicamente.
La conclusión final fue que había que correr ese riesgo.
Amsu aferró la empuñadura y ambos se miraron graves.
Ya comenzaba a tirar hacia fuera cuando Selkis lo detuvo. El pánico la constreñía.
—¡No!
El anciano se detuvo y la miró inquisitivo.
—Es el momento de poner a prueba la tablilla.
Amsu enarcó asombrado las cejas y negó con la cabeza.
—Muchacha, incluso si se hallara en el interior de esa cámara secreta, no sabemos si contiene algún poder, y, si lo tiene, cómo despertarlo. Ninguno de nosotros conoce la lengua acadia.
—Si alguien merece la inmortalidad es él.
—Él ya tuvo su oportunidad, yo mismo se la di.
—Habrá algún sacerdote del templo que la conozca, aparte de Perennefer —insistió tenaz.
Amsu la observó de forma extraña.
—Najmint no cuenta con tanto tiempo. Debemos aceptar lo que los dioses dispongan.
Selkis lo miró derrotada y finalmente asintió. El miedo ya campaba a sus anchas en su interior. Ayudó al anciano a colocar boca arriba a su esposo. Le temblaban las manos.
Los huesudos dedos de Amsu rodearon de nuevo la empuñadura de nácar taraceado y, con gesto sombrío y tenso, comenzó a sacar lentamente la hoja del pecho de Najmint.
Selkis le cogió la mano y se la llevó a los labios. Entibió los dedos con su aliento, como si en aquel gesto pudiera insuflarte parte de su fuerza vital. Ciñó el dorso de la mano contra su boca, percibió un sabor salado en su piel. Le costó darse cuenta de que eran sus propias lágrimas.
Amsu rodeó la hoja del puñal con un lienzo mientras lo extraía. La sangre comenzó a brotar. Y el pánico mordió el corazón de Selkis.
Una filamentosa flor escarlata tiñó el lienzo, extendiendo sus tentáculos carmesíes por todo el pecho de Najmint.
La expresión del médico fue desoladora.
Negó apesadumbrado, su faz arrugada se contrajo, cerró un instante los ojos y su boca se frunció en un mohín pesaroso. Al cabo, los abrió, mostrando una feroz e inaudita determinación.
—¡Ayúdame a presionar la herida!
Selkis se cernió sobre el torso de su esposo y posó las manos sobre las de Najmint. La calidez de la sangre que manaba a borbotones contrastaba con el frío que sentía en el corazón.
Lo estaban perdiendo. Una anunciadora lividez se extendía progresiva como un velo mortuorio por su cuerpo. La impotencia se mezcló con el sufriente tormento de verlo partir, de saber que su corazón marchaba con él. Pues allá donde él fuera iría ella.
El destino, cruel e inmisericorde, parecía empeñado en arrebatarle cuanto amaba.
Acerbas lágrimas acompañaron sus sollozos.
—¡No me dejes, maldito seas!
Continuaba oprimiendo con todas sus fuerzas. Amsu había quitado las manos de la herida, pero ella no se rendía.
—Esa herida es mortal, Selkis —murmuró derrotado—. Su destino siempre fue éste: salvarte la vida.
La muchacha se derrumbó sobre el cuerpo inerte de Najmint. Aferraba su túnica ensangrentada y se ceñía a su pecho, suplicándole regresar a su lado. Clamando ayuda a los dioses. Pidiendo por su vida, ofreciendo la suya a cambio...
Ningún dios escuchó sus plegarias.