Capítulo 57. La trampa de la verdad
La trampa de la verdad
Fue un movimiento astuto, a pesar del arrebato iracundo con que lo acompañó.
Lo engañó haciendo un amago hacia la derecha y, cuando Najmint se pertrechó para proteger aquel costado, cambió la dirección del lance y lo hostigó por la izquierda.
Fue tan rápido que no pudo anticiparse. Sintió la curva hoja hundiéndose en su carne, casi a la misma altura donde había sido apuñalado.
Se contrajo dolorido y gimió retrocediendo.
Ciñó el codo a su costado herido y empuñó la espada con ambas manos.
Había sido instructor de Bomani y sabía cuáles serían sus reacciones ante determinadas ofensivas.
Su estrategia debía basarse en el desconcierto, en la sorpresa y en la previsión precisamente de esas respuestas.
Debía esgrimir movimientos inusuales en un combate cuerpo a cuerpo frente a un enemigo de igual talla y agudeza.
Cruzaron los aceros en una serie de ataques rápidos y contundentes, calibrando la fuerza del rival.
El dolor en el costado se expandía en latigazos punzantes hacia su espalda cada vez que frenaba un lance o asestaba una estocada.
Apretaba los dientes centrándose en su oponente, cuando su instinto lo avisó de una presencia peligrosa acechando tras él.
La reina, daga en mano, se había acercado lo suficiente para lograr hundir la hoja en su espalda. Gimió alarmado y en un instintivo movimiento defensivo descargó su acero sobre ella.
La curva de su espada trazó una línea sanguinolenta en el pecho de la mujer. Su estupefacta expresión la acompañó en la caída.
Oyó un grito, pero no de ella. Se agachó justo cuando la hoja de Bomani arremetía contra su cabeza. Sintió el aire cortado sobre él y el silbido del acero le erizó la piel.
Anjesenamón convulsionaba contra las losetas del suelo y Bomani enloqueció, descargando con arrojada fiereza una serie de envites que lo arrinconaron contra la pared. Najmint logró sortearlos, pero estaba perdiendo demasiada sangre y la debilidad comenzaba a hacer mella en él.
Un nuevo pulso de hojas lo hizo flaquear. La cercanía de Bomani facilitó que pudiera golpearlo flexionando la rodillas. Éste retrocedió trastabillando y Najmint avanzó hacia él para descargar lo que necesitaba que fuera la estocada definitiva.
No vio que Bomani había desenfundado con la mano izquierda y que alargaba el brazo hacia su pecho. Con ambas manos en la empuñadura y la espada en alto, lo único que pudo hacer fue girarse ligeramente. El puñal se clavó en la parte derecha de su torso.
Trastabilló hacia atrás, tropezó con el cuerpo de la reina y se desplomó al suelo.
Cerró los dedos en torno al mango y dudó si extraerlo.
En el campo de batalla había presenciado cómo a veces, al sacar un cuchillo del pecho, un torrente de sangre brotaba incontenible y el soldado moría en el acto.
Se apoyó en los codos para alzarse y vio a Bomani precipitarse sobre él con la espada en la mano, embravecido por la furia de Seth.
Un gemido a su izquierda los sobrecogió a ambos. La reina seguía viva. Aquello no detuvo a Bomani.
Alzaba su acero sobre él cuando una voz lo paró.
—Hermano...
Najmint contempló horrorizado a Selkis acercándose a ellos.
—¡Vete!
—Es a mí a quien quieres, es mi sangre la que ansías.
Un susurro ininteligible desvió su atención hacia el papiro medio chamuscado. Anjesenamón lo señalaba agonizante.
Bomani clavó en Selkis una profunda mirada de encono.
—Yo maté a tu madre —acicateó ella—, te robé el destino con mi nacimiento. Aquí me tienes, ven por mí.
Bomani avanzó hacia ella y Selkis retrocedió.
—Me lo robaste todo... —silabeó timbrando de odio cada palabra—, y ahora me arrebatas el legado que me pertenece por derecho...
Miró el maltrecho papiro y gruñó de rabia.
Su rostro adquirió un expresión maléfica, como si el Amenti lo hubiera poseído. Alzó su espada hacia ella.
—¡Sé cómo abrir esa puerta! —gritó Najmint—. No necesito el papiro, descubrí el modo de entrar.
Bomani volvió la vista hacia él. Había logrado atraer su atención.
—Ese legado..., la tablilla será tuya si la dejas vivir.
Un jadeo quebrado proveniente de la reina intentaba llamar la atención de Bomani. Éste se acercó a ella y la tomó en brazos. La brecha que cruzaba su pecho no era lo suficientemente profunda para haberla matado en el acto, pero sí sus consecuencias si no era atendida de inmediato.
—Puedo salvarla si prometes dejar con vida a Najmint —ofreció Selkis—. De esa forma, ambos tendremos lo único que deseamos. Tú, una reina y un legado; yo, a mi esposo y mi propia vida. No preciso más.
—Yo sí, pero ahora mi prioridad es esa cámara.
Bomani depositó a la reina en la pared junto a la puerta y apuntó a Selkis con su jedesh .
—Dale las instrucciones a ella. Si mientes, moriréis los dos.
Najmint se arrastró hacia la pared más cercana, afanándose trabajosamente por recostarse en ella. Estaba malherido y, esta vez, Amsu no podría hacer nada por él.
La debilidad lo arrastraba, enturbiando su visión.
Apeló a su mente aún lúcida y entrecerró los ojos para buscar con la mirada los símbolos relacionados con las secuencias.
Los encontró. El triángulo en el dintel izquierdo, la lanza en el derecho y el escarabajo arriba.
Curiosamente, estaban dispuestos formando un triángulo.
Recordaba con claridad los números asociados a cada uno, pero no sabía en qué modo debía unirlos.
Entonces se le ocurrió una idea, la única plausible que podía probar.
—El triángulo... en el dintel izquierdo...
Bomani deslizó su mirada por el reborde de piedra y pasó sus dedos por el relieve que formaba ese símbolo.
—Intenta... presionarlo.
Rezó por que así fuera.
Su corazón se solazó al oír un suave crujido.
—No pasa nada —indicó Bomani ceñudo.
—Presiona siete veces.
Tras una mirada dubitativa, obedeció.
En la séptima, un sonido hueco los sobresaltó. Quiso creer que era un perno encajando en algún mecanismo interno.
Bomani compuso una mueca expectante.
—Es el turno de la lanza, presiónala nueve veces.
No conocía el orden, pero por la relevancia del escarabajo decidió dejarlo en último lugar. También porque, por su posición elevada, era más factible que activara alguna polea que al caer pusiera en funcionamiento algún tipo de engranaje.
Najmint aguardó tenso la novena pulsación.
De nuevo, un impacto seco, un bloque se había movido ensartándose en algún hueco.
Sintió frío. Sus extremidades comenzaban a entumecerse. Esa pérdida de sensibilidad llegó acompañada de sopor. Los párpados le pesaban. «No —se dijo—, aún no.» Sacudió contumaz la cabeza y apretó los puños.
Cerró los ojos un instante, para descansarlos, y cuando los abrió sintió dos miradas muy distintas sobre él.
La inquisitiva de Bomani, y la angustiada de Selkis.
Verlos juntos resultaba abrumador, el parecido físico ahora saltaba a la vista, tan impetuoso como una bofetada, y se preguntó cómo lo había pasado por alto todos esos años.
—Escarabajo..., dos.
Fue cuanto pudo decir. La garganta se le secaba.
La estatura de Bomani facilitó que alcanzara el símbolo con cierta facilidad.
Pulsó dos veces y una serie de sonidos cobraron vida tras la enorme losa de piedra. Najmint contuvo el aliento cuando oyó un chirrido rasposo y el quejido de cuerdas arrastrando un peso.
Bomani se apartó unos pasos, toda su atención estaba centrada en los invisibles movimientos que estaban teniendo lugar tras la puerta. Selkis aprovechó su distracción para acudir junto a su esposo.
Lo abrazó y él apeló a la escasa fuerza que le quedaba para cerrar los brazos en torno a ella.
El resonar chirriante de la piedra anunció que la puerta estaba desbloqueada. Al instante, una escalofriante exhalación acompañó un oscuro quicio, como si aquella sala oculta resollara aliviada ante aquel viso de libertad.
Bomani, a pesar de la ansiedad que pintaba sus facciones, se mostró sabiamente prudente y, receloso, comenzó a arrastrar la gruesa losa sin exponerse a la abertura que se agrandaba paulatinamente.
Cuando la abrió lo suficiente para entrar, cogió la antorcha anclada e iluminó con ella el interior, sin atreverse a pasar. Estaba claro que temía la aparición de alguna trampa.
—Voy a sacarte de aquí —le susurró Selkis a Najmint, encajando el hombro bajo su brazo—, pero debes ayudarme, no puedo cargar contigo.
—No tengo fuerzas... —confesó. Ella negó con la cabeza, abrazada a la esperanza—. Escúchame bien, debes matarlo, mientras siga con vida te perseguirá.
—Primero debo sacarte de aquí.
—No hay tiempo..., ahora es el momento.
Le ofreció su daga y la obligó a empuñarla cerrando sus manos sobre la de ella.
Selkis lo miró ansiosa. Regueros de lágrimas zigzagueaban por su rostro.
—Vamos a salir juntos de aquí —prometió. Acercó su boca a la de él y depositó un beso tierno y cálido. Luego lo besó con la mirada, derramando cuanto sentía.
—Ayúdame a ponerme en pie, sólo quiero estar contra la pared. Luego irás hacia él y le clavarás la daga en el cuello.
En realidad, necesitaba estar de pie para reunir sus últimas fuerzas por si precisaba intervenir. Si las utilizaba para incorporarse, no llegaría hasta ellos si Selkis erraba su ataque.
Gruñó conteniendo las oleadas de dolor que se extendían por su cuerpo, como si fuera lava lo que recorría sus metu . Y con su ayuda logró levantarse, apoyando la espalda en la pared.
Las rodillas le temblaban, temió volver a desplomarse.
Ella se cernió de nuevo hacia él para besar sus labios, para cobijarse en su sangrante torso, para refugiarse en el calor que escapaba de cada fibra de su ser, para otorgarle el suyo. Si el amor procurara curación, él en ese instante sería un titán.
Cuando ella se apartó de su boca, Najmint sintió un vacío tan atroz que su pecho se constriñó con un dolor más punzante que el que manaba de sus heridas.
Sintió quemazón en los ojos y en el corazón, viéndola alejarse de su lado. Apartó cuanto pudo la debacle emocional que lo embargaba para aglutinar la fortaleza que precisaba.
Con cada paso que ella daba hacia su hermano, su cuerpo se tensaba. Apeló al miedo y a la rabia para poder reaccionar a tiempo.
Bomani atravesaba aquel umbral de negrura con la cabeza de la antorcha, trazando arcos por si al otro lado lo aguardaba algún peligro.
La llama oscilaba en la oscuridad apenas dorando un cerco solitario.
Desde donde se encontraba no atisbaba gran cosa, tan sólo una cortina anaranjada de polvo en suspensión.
Selkis avanzaba hacia él con el puñal tras su espalda. El tiempo pareció detenerse. Najmint apeló a los dioses y se inclinó ligeramente hacia delante con el pulso aleteando en su sien.
Algo en su interior lo avisó de un peligro inminente. Aquella voz interna lo envaró, todos sus sentidos se agudizaron, sus latidos bombearon atronadores. Sintió una presencia ominosa, pesada y lóbrega palpitar en torno a la abertura.
Selkis, a tan sólo unos pasos, alzó el brazo enarbolando el puñal. Un gemido estirado advirtió a Bomani. Anjesenamón lo estaba avisando del peligro.
Se volvió justo cuando ella descargaba el golpe mortal.
Apresó la muñeca de Selkis y la obligó a soltar el cuchillo.
Forcejearon y ella, tan astuta y corajuda como Sejmet, supo golpearlo en la herida de su costado.
Bomani se inclinó profiriendo un quejido y ella lanzó su rodilla a la mandíbula de él.
Najmint se precipitó hacia delante, a trompicones, todo lo velozmente que pudo, temiendo el contraataque de Bomani.
El rodillazo de Selkis precipitó a su hermano hacia atrás, impeliéndolo contra la oscuridad de la cámara. El arco que trazó la llama de su antorcha en la caída iluminó una tumba. El cuerpo de Bomani impactó sonoramente contra el pavimento.
Najmint oyó un resorte y, temiéndose lo peor, llegó justo a tiempo de derribar a Selkis hacia un lado. Cayeron juntos al suelo en el momento en que la punta de una guadaña desfilaba el aire con un siniestro silbido. La hoja penduló atravesando el umbral, ávida por cobrarse el alma del profanador.
Bomani, desde dentro, exhaló un gemido temeroso. Los arcos de la guadaña se enlentecieron hasta detenerse. A Najmint no le cupo duda de que habría más trampas mortales en el interior.
El dolor se intensificó por el impacto contra el suelo. Selkis se incorporó sobre él e intentó alzarlo. Con su ayuda, Najmint logró ponerse en pie de nuevo. Comenzó a temblar. El tiempo se le acababa.
—Acércame el papiro —pidió.
Ella obedeció y se lo entregó.
El pliego estaba medio devorado por el fuego, sus rebordes ennegrecidos aún calientes. Y aunque la parte inferior prácticamente había desaparecido, releyó intentando recordar algún dato que le hubiera pasado por alto.
Dentro de la cámara oyeron los gruñidos de Bomani. Selkis se precipitó sobre la daga que había caído al suelo y se puso en guardia frente a la puerta.
—¡Ayúdame, hermana!