La muerte que respiras Capítulo 56. De dioses y hermanos
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Capítulo 56. De dioses y hermanos

De dioses y hermanos

Amsu se adelantó para despejarle el camino. Najmint sabía que Bomani no había entrado en los túneles por la puerta camuflada de la sala del trono, la única que él conocía, sino por alguna situada en un lugar más discreto.

Se escondió tras una columna y aguardó a oír gritos y pasos acelerados. El anciano ya había anunciado que había visto al Chacal del Templo deambulando por el palacio. Aguardó hasta que el silencio regresó.

Najmint avanzó cobijándose en las sombras, escondiéndose en cuanto rincón le ofreciera amparo, evitando toparse con nadie.

Se ocultaba entre las columnas y correteaba en los espacios abiertos hasta el siguiente escondrijo que encontrara.

Llevar en la mano aquella cabeza tan llamativa que lo acusaría peligrosamente lo estaba retrasando, pero prefería ser prudente.

Si lo detenían ahora, todo estaría perdido.

Finalmente logró llegar a la sala del trono, completamente vacía, por fortuna. Encajó la llave en la oculta ranura y la puerta comenzó a abrirse con un rasgado quejido. Cogió una de las antorchas de palacio y se adentró en los túneles.

Recordó la dirección que debía conducirlo hacia la cámara secreta.

Titubeó en algunas bifurcaciones, pero elegía siempre la que tomaba un camino descendente.

Se detuvo ante el último pasadizo para cubrirse con la cabeza de chacal.

Sintió su peso sobre los hombros y oyó el eco de su propia respiración.

En aquel momento pensó en cómo podía haber evitado inhalar el veneno, pues podía respirar sin problemas a través de los orificios del hocico puntiagudo.

Quizá los había cubierto con un lienzo para evitar aspirar la ponzoña.

Y mientras se acercaba, una inaudita cuestión lo detuvo.

¿Cómo sabía el asesino del oráculo qué veneno utilizar para emular los crímenes de los escribas?

Y entonces comprendió que únicamente había un asesino. El ingenuo Hapi sólo había facilitado información. Nada más. Y si su hipótesis era correcta, entonces aquello significaba que...

Corrió angustiado hacia el final del corredor, con el pulso retumbándole en la sien y el miedo estrangulándole el estómago.

Cuando llegó a la sala circular con el corazón batiendo alocado en su pecho se encontró con el que sería su vivo reflejo en aquel instante.

El Chacal del Templo lo estaba aguardando frente a la puerta de la cámara secreta. Selkis se encontraba tendida en el suelo, maniatada a su lado, de rodillas. Anjesenamón, con una mueca demoníaca en el rostro, sosteniendo entre sus manos un afilado cuchillo que tenía posado en el pecho de Selkis.

Najmint se detuvo sobrecogido. Su última y tardía teoría era la correcta: Bomani y Anjesenamón eran cómplices, y seguramente también amantes.

Su interés era común, eliminar la posibilidad de que Selkis fuera anunciada ante el pueblo como la elegida de los dioses para gobernar Kemet, matando al oráculo y camuflando el objetivo principal con una cadena de crímenes que desviarían la atención hacia un asesino ritual.

Un plan brillante que, además, lo involucraba a él en la investigación, consiguiendo de ese modo un peón que los llevara hacia su otro gran objetivo: el papiro donde estaban las claves de la apertura de la cámara.

El papiro que él mismo les llevaba en bandeja.

El Chacal tendió la mano hacia él.

—Sabía que lo conseguirías —pronunció altanero—. El gran y sagaz capitán nunca defrauda.

Najmint se quitó la cabeza de chacal y la depositó en el suelo. Procuró que sus movimientos fueran pausados. No sólo para no provocar una reacción ofensiva, sino para barajar sus posibilidades.

Cualquier movimiento en falso causaría la muerte de Selkis.

El Chacal lo imitó.

—No puedes imaginar cuánto he ansiado este momento —musitó Bomani.

Incluso sin máscara, el capitán no reconoció a su amigo de la infancia, a su mano derecha, a su confidente.

Era su rostro, pero no su expresión, ni tan siquiera su mirada.

Aquel hombre que tenía frente a sí era alguien desconocido, el verdadero Bomani, el que había estado oculto al mundo, el que se había escondido tras una personalidad impostada, era un completo extraño.

Buscó en aquellos ojos tan similares a los de su hermana un mínimo atisbo de humanidad, pero no lo encontró.

—Suelta a Selkis y tendrás el papiro.

Acercó la antorcha al pliego peligrosamente.

Los ojos de Bomani se agrandaron con espanto.

—¡No! Si lo quemas, ella morirá en el acto.

—Suéltala —insistió— y te daré el papiro.

—Dámelo y la soltaré.

Se miraron largamente, calibrando ambos su próximo movimiento.

—Está claro que no hay confianza mutua —remedó Bomani.

Un gemido dolorido atrajo su atención.

Anjesenamón presionaba con la punta de la hoja el cuello de Selkis. Un hilillo de sangre descendió por su garganta.

—La cuestión es... ¿es más importante el papiro para nosotros o la vida de Selkis para ti?

La reina lo retó con una sonrisa pérfida.

Selkis clavó su mirada en él, no fue suplicante, ni siquiera rezumaba temor, fue apremiante. Comenzó a negar sutilmente con la cabeza.

—Desátala y yo dejaré el papiro en el suelo. Por cada paso que ella dé hacia la salida, tú darás uno hacia el papiro —propuso Najmint.

Bomani y Anjesenamón se miraron indecisos. Finalmente ambos asintieron. Dejó el papiro en el suelo, cerca de sus pies.

La tensión de aquella antecámara se volvió más densa cuando Bomani desenfundó su espada. El capitán hizo lo propio con su jedesh .

Distribuyó su atención entre el Chacal y la reina, pendiente de cada movimiento, alerta a cualquier cambio, a cualquier mirada o gesto que anticipara un ataque.

Anjesenamón segó las cuerdas que aprisionaban las muñecas y los tobillos de Selkis y la ayudó a ponerse en pie.

—Comencemos —anunció Bomani.

En aquella sala circular había dos entradas, una en la que se encontraba él y otra, en el lado opuesto.

—Necesitará una llave para salir de aquí —musitó el capitán.

—Dale la que has usado tú —repuso la reina.

Selkis lo miró con gravedad y negó con la cabeza.

Najmint sacó la cruz anj de su zurrón y se la lanzó. Cayó a los pies de su esposa, que seguía negando con la cabeza. Su mirada se humedeció.

—¿Cómo saldrás tú?

—Soy un hombre con recursos, no lo olvides.

Ella sonrió entre lágrimas. Su hermoso rostro se contrajo en un sollozo abrupto.

—No podría olvidar al hombre que amo.

Najmint sintió como si le abrieran el torso y lo acariciaran por dentro.

A pesar de la angustiosa situación, de sentir la muerte acechando, de la preocupación porque ella lograra escapar, su pecho rezumó plenitud.

Lo amaba, y aunque muriera en aquella oscura madriguera, al menos lo haría sabiendo que había conseguido lo que había ansiado toda su vida.

—Ni yo a la mujer a la que entregué mi corazón.

Selkis se refregó burdamente el rostro con las manos, pero en lugar de limpiar las lágrimas, brotaron unas nuevas.

—No puedo dejarte aquí a tu suerte.

—Yo elegí mi suerte, y volvería hacerlo mil veces más sólo por oírte decir que me amas, sólo para ponerte a salvo de todo y de todos. Y ahora coge esa maldita llave.

Ella asintió llorosa y la atrapó entre sus dedos.

—No hay tiempo para sensiblerías estúpidas —gruñó la reina impaciente.

Bomani dio un paso hacia el papiro. Era el turno de Selkis.

—Najmint...

—Ve, mi amor..., haz que merezca la pena.

Selkis dejó escapar otro sollozo y avanzó un paso.

La necesidad por acudir a su lado y abrazarla lo desgarró. Apretó los puños y oprimió los labios en un sobresfuerzo por reprimir sus impulsos.

El Chacal avanzó de nuevo. Selkis también.

Anjesenamón se acercó a la puerta de piedra repleta de inscripciones y aguardó ansiosa.

Najmint pulía en su mente un último y desesperado plan para salir de allí con vida. No sabía si lo conseguiría, pero no tenía más opciones.

Un paso más. Selkis ya se acercaba al recodo.

—Cuando llegues a la esquina, corre todo lo que puedas, todas las puertas que llevan al exterior tienen una antorcha junto a ellas, o al menos el anclaje.

Sabía que, si él moría, nada les impediría que la atrapasen.

Bomani avanzó hacia él; sin embargo, su mirada se desplazaba a menudo hacia su hermana.

Un oscuro resentimiento lo apuñalaba por dentro.

Fue tan perceptible su debate interno como escalofriante.

El odio que le profesaba pulsaba en su interior, como si una mano invisible lo alentara a dar rienda suelta a la venganza que tanto había logrado controlar todos aquellos años.

Najmint empuñó con más fuerza su jedesh , preparado para cargar contra él si detectaba el más mínimo movimiento hacia Selkis.

Bomani estaba a tan sólo dos pasos de él.

Selkis se volvió para mirarlo por última vez. En sus grandes ojos reverberó titilante, entre gruesas lágrimas, todo el amor que le profesaba. Se vanaglorió de su suerte y tomó aquel torrente de afecto para convertirlo en fuerza y determinación. No le importaba morir de nuevo si ella vivía.

Imprimió en su mirada un mensaje que supo que Selkis había captado, aun así adelantó levemente la barbilla para indicarle que corriera ya; le quedaban dos pasos para desaparecer por la esquina, pero él necesitaba ganar tiempo y que Bomani se distrajera.

Selkis echó a correr, atrapando la atención sobre ella. Aquella anticipación desconcertó a Bomani, que se dejó arrastrar por el impulso de seguirla. Era el momento.

Najmint alargó el brazo con la antorcha y lo acercó al papiro, que reposaba en el suelo, ajeno a su importancia. El pliego prendió. Y la reina gritó como si fueran sus carnes las que ardieran.

Aquel desmán los aturdió lo suficiente para que él cargara contra Bomani.

La espada de su oponente entrechocó con la suya en un pulso que midió sus fuerzas. El gran tamaño de Bomani y su fortaleza le daban una ventaja física; la ferocidad y la desesperación de Najmint le otorgaban una prerrogativa mental a la que debía confiarse.

Las hojas se trababan en lances estudiados restallando en chispas luminosas, manifestando la igualdad de ambos contendientes.

Najmint lanzaba envites que Bomani frenaba hábilmente. De soslayo vislumbró cómo Anjesenamón se cernía ansiosa sobre el papiro envuelto en llamas. Su treta funcionaba, nadie perseguía a Selkis.

Apretó los dientes y embistió de nuevo. Esta vez trazó un arco ascendente con la espada girando a toda velocidad y un surtidor de sangre punteó su hoja. Bomani retrocedió y se cubrió el costado herido. La brecha abría oblicuamente su carne, regueros escarlatas tiñeron su túnica.

De nuevo se movieron lentamente en círculos, tanteándose.

Anjesenamón había logrado apagar el fuego y sacudía la tizne y los trozos chamuscados del papiro con gesto furioso.

—Acaba con él —siseó retrocediendo.

Bomani clavó en Najmint una mirada rebosante de odio.

—Voy a matarte —susurró—, y después iré a por ella, le tengo reservada una muerte lenta y agonizante.

—Llevas mal no haber nacido con la marca del elegido. Al parecer, el escarabajo sabe distinguir dónde mora la maldad y huye de ella.

Aquellas palabras alentaron un ataque.