La muerte que respiras Capítulo 55. El código sumerio
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Capítulo 55. El código sumerio

El código sumerio

Amsu se inclinó sobre aquel pliego de papiro desenrollado con caracteres cuneiformes, fijando su atención en los símbolos, que eran fáciles de interpretar.

Najmint ya lo había puesto en conocimiento de cuanto había averiguado, de la verdadera historia de Horemheb y de quiénes eran los asesinos. Ahora sólo faltaba desenmascararlos.

—¿Por qué no le pides a Selkis, cuanto todo esto acabe, que te opere esa molesta subida de agua en el ojo?

—Lo único que me queda por ver es justo lo que no deseo ver.

El capitán sonrió y sacudió la cabeza.

—Aún tienes mucho que curar.

El anciano prefirió callar sobre aquel respecto.

Comparaban con minuciosidad ambos papiros. El escriba que lo había traducido había replicado también los dibujos.

—Ahora entiendo por qué Ay no ha podido interpretarlo, es un condenado galimatías —rezongó Amsu exasperado.

Najmint releyó de nuevo algunas frases.

—Aquí habla de un héroe sumerio llamado Gilgamesh y de su búsqueda de la inmortalidad.

Menciona un viaje épico sorteando montañas, mares y toda clase de dificultades hasta que llega a la cima de una montaña donde un anciano que ha sobrevivido al gran diluvio posee el secreto de la inmortalidad.

Y el héroe suplica que se lo transmita. Pero no es lo que cuenta lo que me llama la atención, parece una fábula sin más.

Lo que realmente me intriga es la disposición de los dibujos: siguen una serie, que se repite a lo largo del texto.

Amsu siguió con la vista el índice de Najmint señalándole los diferentes iconos que parecían únicamente destinados a adornar las esquinas.

—Estas ilustraciones las he visto antes.

Pero, fíjate, casualmente, están dispuestas cerca de un signo numérico.

El triángulo está al lado del siete. En esa parte, la historia sólo cuenta que el anciano le pide a Gilgamesh una prueba de resistencia, que esté despierto siete noches.

Un poco más arriba, durante el trayecto cuenta que se enfrenta a dos escorpiones, y justo en esa esquina vemos un símbolo esférico con ramificaciones como de insecto, a mí se me antoja un escarabajo.

Y a continuación, ya en el final, aparece otro número y un símbolo a su altura.

Menciona que Gilgamesh, entristecido por no haber conseguido su propósito, se alista con nueve ropas, y a su lado el símbolo que aparece se asemeja a una lanza.

Esos tres iconos están grabados en la puerta, más concretamente en el dintel.

—¿Y qué crees que puede indicar eso?

—Una secuencia. Una clave numérica.

Amsu lo miró con absoluta fascinación.

—¡Es la combinación para abrir esa puerta!

—Eso creo, pero sólo hay un modo de comprobarlo.

—Deberían embalsamar tu cerebro para que pudiera ser estudiado en siglos venideros.

—Preferiría que me embalsamaran entero y que me resucitaran cuando el mundo fuera un lugar mejor.

—Quién sabe, hay conocimientos ocultos en hermandades secretas que podrían hacer convulsionar el mundo tal y como lo conocemos. Hemos de esperar a que la humanidad esté preparada para recibirlos.

—Soy viva prueba de ello.

—Debo pedirte algo.

La expresión del sunu adquirió una gravedad solemne.

—No puedo partir sin transmitir mi legado al siguiente custodio.

Soy descendiente de Thot, ahora convertido en dios, pero fue hombre en aquellos tiempos remotos.

Unos pocos linajes se salvaron de la gran inundación, provocada por la ira de los dioses celestes.

Aquellos hombres de mi raza no supieron valorar aquel saber divino, ni la bonanza de una vida plena en una civilización avanzada.

Por el contrario, la codicia y el egoísmo proliferaron y estallaron reyertas que los enfrentaron, por eso fueron privados del mundo que les fue otorgado.

Pero esos pocos linajes supervivientes fueron los elegidos para proteger aquel saber de la codicia, sabedores de que el hombre debía ganarse semejante privilegio con méritos propios, con humildad y con la entrega al prójimo.

Yo descendí de Thot, hombre y sabio, Selkis de Gilgamesh, que fue un príncipe sumerio, descendiente de los dioses que bajaron del cielo para mezclarse con los humanos, creando una nueva raza.

Ahora sé que esa raza se identificaba por la marca del escarabajo, con lo cual, por las venas de tu esposa discurre sangre real y de un linaje superior.

Desconocía eso cuando mi instinto me indicó que ella era la elegida; sus habilidades y sus dones para la curación y su carácter intrépido pero leal la convertían en la discípula perfecta.

No obstante, como ves, el instinto suele ser infalible, tomé como alumna a quien podría ser mi maestra con los conocimientos adecuados.

Selkis sí está preparada para ser el receptáculo del saber que protejo y utilizo sólo para aliviar los males del mundo, jamás en mi beneficio.

No obstante, hay normas que no se pueden transgredir sin pagar por ellas.

Cuando cruzas una línea, debes asumir los riesgos.

Yo me dejé ver en un plano donde nada sabían todavía de mí.

Proyecté mi fuerza vital, mi Ka , en forma de luz para que tú pudieras verme y salir de las sombras, regresando a la vida.

Me han visto, Najmint, y ahora el verdadero Anubis vendrá a por mí.

—Hizo una pausa para tomar aliento—. No me queda mucho tiempo, tampoco me importa partir, he vivido mucho y he cumplido dignamente mi labor aquí.

Dudo que ninguno de mis antecesores haya sabido elegir tan sabiamente como yo a mi sucesora.

Así que me iré feliz de este mundo, para quizá poder iluminar el otro.

—No permitiré que mueras —alegó el capitán vehemente.

—Podrás detener a los Anubis enmascarados, pero nadie puede enfrentar al Anubis real. Cuando te tiende la mano, has de seguirlo.

—Me dijiste hace poco que no hay nada que no se pueda hacer si se tiene la convicción necesaria. Yo la tengo, gracias a ti.

Amsu sonrió emocionado. Posó la mano en el hombro de Najmint y lo miró con ternura.

—Nada me satisface más que saber que a un gran hombre como tú, de grandes valores y brillantes dones, además he podido hacerle ver que no hay barreras cuando se desea algo con el corazón.

Pero ahora, préstame atención. En el sanctasanctórum del templo de Amón, justo en la baldosa central, bajo ella, en un hueco excavado, hay un cofre; dentro está el saber de Thot y los mandatos que el custodio debe seguir.

Deberás entregárselos a Selkis en mi nombre si no veo el amanecer de otro día.

Dile quién es ella en realidad y el inmenso cariño que ha despertado en este viejo médico.

—Se lo dirás tú mismo.

Najmint le guiñó un ojo, y Amsu sonrió afectado.

—¿Qué haremos ahora? Tengo todo dispuesto como acordamos.

—Antes de sembrar el caos en palacio, debemos dejar pistas a los chacales para que se devoren entre ellos.

* * *

Encontró a Bomani en los barracones.

—Debo ponerte al día de la investigación.

Advirtió con claridad el atisbo de ansiedad que asomaba a sus ojos. Unos ojos grandes y almendrados en los que hasta aquel momento no había reparado con la suficiente atención.

Bomani asintió y se sentó tras la mesa, en la silla que debería ocupar él. Aquellas posiciones invertidas representaban perfectamente el cambio en la relación. Aquel hombre, siempre a la sombra de su mentor, ahora se erigía altivo exponiendo su verdadera naturaleza.

—Anjesenamón tiene a Selkis en los túneles. Ha conseguido descifrar la clave para entrar.

La alarma que pintó sus facciones terminó de cuartear la máscara de subordinado competente con que se había cubierto todos esos años.

—¡Debemos salvarla! —exclamó dejándose llevar por la urgencia. Se levantó de la silla y se acercó a él. Su imponente altura y la fiera determinación de su rictus resultaban amedrentadoras.

—Adelántate tú, yo debo impedir que el faraón pueda acudir en su ayuda.

—¿Ay también está implicado? —inquirió Bomani sin conseguir teñir de asombro aquella pregunta.

—Ambos se disputan la tablilla.

—¿Cómo ha conseguido la reina la clave para entrar?

Aquel interés lo inculpaba ya sobradamente. Najmint se encogió de hombros.

—Le ha robado el papiro a Ay —mintió—. Al parecer, ella ha sabido interpretarlo. Ha capturado a Selkis para impedir que me acerque demasiado, ella es su garantía para poder escapar.

—No lo permitiremos —aseguró Bomani atildando aquellas palabras de una furia con claras connotaciones personales.

Ya salía apresurado de los barracones cuando Najmint lo llamó.

—Te olvidas de algo.

El oficial lo miró con extrañeza.

—¿De qué?

—No te he dicho dónde has de esperarme.

—Cierto. Mi preocupación se ha adelantado a mi juicio.

—Espérame en la sala del trono.

Asintió y salió del corredor casi a la carrera.

Bien, la primera pieza ya estaba engrasada y lista para su acople.

Najmint regresó a su cámara, donde lo aguardaba Amsu. Junto a él, sobre una mesa de alabastro, una flamante máscara de Anubis parecía mirarlo amenazante.

—¿Recuerdas el día que te arrollaron con un carro?

Amsu frunció el ceño sorprendido por su pregunta.

—Pues no mucho, la verdad.

—¿Era un carro real?

—Apenas pude distinguir nada, fue todo muy rápido. Pero Selkis me socorrió, quizá ella sí se fijó en más detalles.

—Creo que, ese mismo día, ese mismo carro atropelló también a Tutankamón. Y me atrevería a asegurar que el auriga es el mismo que se vistió de chacal para matar al oráculo.

—El hijo de Adom.

Esta vez fue Najmint quien exhaló un gemido admirado.

—Tu agudeza también es digna de alabanza.

—El Chacal obtenía información de ese muchacho, tan cercano al faraón.

Trabó amistad con él y de ese modo supo de algunas técnicas de embalsamamiento en las que se empleaban toxinas letales.

También sabía que había sido él quien había atropellado al faraón.

Es fácil suponer asimismo que Hapi es el esbirro de Ay y que le ordenó matar al oráculo escondido de nuevo bajo la máscara de Anubis.

—Selkis quizá pueda identificarlo o recordar algo de aquel día.

—De todos modos, no es relevante, Hapi tan sólo es un subordinado más. El verdadero asesino de este lado del tablero es quien ordenó matar a Tutankamón y al oráculo.

— Los —puntualizó Amsu.

—Así es, se han ido aliando unos con otros en virtud de su propia conveniencia. Pero ahora, ahora hay tres claras facciones diferenciadas. Dos ansían lo mismo, el tercero es el que tratará de acabar con ellos.

—¿Y nosotros?

—Nosotros habremos de encargarnos del que quede con vida.

—Un chacal contra una serpiente, interesante duelo.

—Ya le he dado a Bomani la ventaja que necesita para ocuparse de Anjesenamón. No puedo arriesgarme a llegar demasiado tarde. Para Bomani, su hermana supone una amenaza.

Najmint suspiró hondo, enrolló el papiro y se ciñó el cinto donde portaba su jepesh , palpó la daga que sujetaba en los correajes de su sandalia. Tomó la máscara de Anubis y se dirigió a la puerta.

—Que los dioses te sean favorables —deseó Amsu.

—Todos menos uno... —Alzó la cabeza de chacal y, tras una sonrisa tirante, añadió—: Ya sabes qué tienes que hacer.

—Sembrar el pánico —murmuró el anciano con mirada excitada.