Capítulo 54. Se avecina tormenta
Se avecina tormenta
Amsu había conseguido una máscara de Anubis del taller de carpintería de su amigo Japari.
Todo estaba preparado. Pero antes Najmint debía cerciorarse de algo importante.
Cuando atravesó las puertas del salón del trono, no le importó la concurrencia, ni las miradas recelosas de la guardia, ni el ceño del faraón. Avanzó con determinación hacia el sitial.
Ay se puso en pie de manera precipitada y se aproximó al capitán para conducirlo al balcón exterior, donde ondeaban las cortinas de gasa, como si fueran alas de mariposa.
La brisa los agasajó con aromáticas briznas de jazmín.
Desde aquella balconada se apreciaba con mayor magnificencia el amplio dromos flanqueado por esfinges con cabeza de carnero y los pilonos que daban acceso al palacio real.
Las palmeras agitaban sus filosas hojas como si fueran dedos alborozados que los saludaran.
El cielo, parcialmente cubierto, comenzaba a malhumorarse por el este, oscureciendo el ceño de nubes deshilachadas.
Se acercaba una tormenta.
Cerró los ojos, como solía hacer su abuelo, frunciendo levemente las fosas nasales. En efecto, detectó en el aire notas húmedas y levemente dulzonas, y un repunte sutilmente picante.
—¿Qué haces aquí? No veo que me traigas nada —increpó Ay.
—Necesito el papiro traducido para lograr descifrar los códigos y desellar la puerta donde se halla la tablilla.
—Te creía un hombre inteligente con recursos.
—No soy un oráculo —musitó Najmint eligiendo intencionadamente esa palabra. Disfrutó de la consternada e incómoda expresión del faraón—. Mi sagacidad precisa de datos con que hacerla trabajar.
»Y, ya que estoy aquí, me gustaría ver a mi esposa, tan sólo un instante.
Ay lo contempló con desagrado.
—No voy a hacer traer a Selkis precisamente aquí.
—Sin embargo, yo necesito corroborar que está bien. Creo que mi desconfianza está más que justificada. Si voy a jugarme la vida por esa maldita tablilla por salvarla a ella, necesito... incentivos.
De nuevo, hacer uso de las palabras del faraón le proporcionó un placer que paladeó ante su evidente irritación.
Sus aviesos ojillos se entornaron recelosos, su boca se frunció disgustada y finalmente asintió a desgana.
—De acuerdo, pero te recuerdo que, además de la tablilla y la vida del Chacal, debes devolverme la llave.
Mandó llamar a uno de sus hombres, un joven y apuesto medjay que parecía haberse convertido en su más fiel protector, llamado Hapi. Tras observarlo con atención, Najmint descubrió en él rasgos que le resultaban familiares.
Ay le susurró las órdenes al oído y el muchacho se aprestó a obedecerlas.
Debía confiar mucho en aquel joven para confiarle un cometido tan singular.
El faraón regresó al salón y él permaneció en el exterior, apoyado en la baranda, absorto en la nutrida agrupación de nubes que, al chocar erráticas unas contra otras, se irritaban, trocando aquel blancor sereno en grises beligerantes.
A la brisa también se le agrió el humor y ahora silbaba ventosa y huraña. Los dedos de las palmeras ya no saludaban indolentes, ahora se agitaban con urgencia, avisando de la tormenta. Se le antojaron aspavientos apremiantes, conminándolo a guarecerse en el interior.
Pero él adoraba las tempestades. La furia de los elementos.
La viveza del genio de los dioses. Uno de sus grandes placeres era sentir la lluvia sobre el rostro, el viento drapeando sus ropas, el rugido del cielo retumbando en sus oídos.
Lo hacía sentirse más vivo, más vibrante, más en sintonía con la naturaleza. Más parte de algo pero nada de todo.
Y, tras las ráfagas de aires bravos, llegó la lluvia, tímida al principio, colérica y oblicua al final.
La sintió en la piel como afiladas agujas, frescas y furiosas. Cerró los ojos y dejó que su vigor lo impregnara, confiriéndole esa serenidad que precisaba para encarar con lucidez la culminación de aquel misterio que los había enredado en sus siniestras guedejas, poniendo sus vidas en juego.
No le importó mojarse ni exponerse a la furia de la tormenta.
Su mirada se centró en la virulencia con que la lluvia horadaba la tierra, como si una miríada de flechas picotearan incisivas su carne, ávidas por llegar al corazón del mundo.
Pronto, el polvo se convirtió en lodo y las ondas de los impactos restallaban en todas direcciones, burbujeando calle abajo.
La cortina de agua desdibujó su alrededor, transformándolo en un mundo irreal, difuso, onírico.
Sobre él retumbó el cielo, estentóreo y furibundo. La oscuridad se cernió sobre Waset y la ciudad dejó de existir, para convertirse en el desdibujado fondo de la furia de Baal, dios de las tormentas.
Un restallido luminoso cruzó el cielo, quebrándolo. Aquellas ramificaciones deslumbrantes, como latigazos en una noche impostada, fustigaron los prietos nubarrones, que, estoicos, resistían tan feroz azote sin romper su formación.
Divagar de manera tan militar hizo que sus pensamientos derivaran hacia un hombre que hasta entonces le había pasado desapercibido.
A veces la mente tenía una curiosa manera de despertar recuerdos dormidos.
Y en ese preciso instante una sucesión de imágenes asomaron clarividentes.
Ahora que todo cobraba sentido, incluso los detalles más nimios adquirían su verdadera dimensión.
Asintió para sí, ahora ya conocía la identidad de los dos asesinos.
Uno, al servicio de la ambición; otro, al de la venganza.
Enfrentados bajo un mismo símbolo, el de Anubis.
Inspiró profundamente. Una voz femenina lo sacó de su abstracción, llamándolo por su nombre.
Se volvió hacia ella.
—Estás empapado... —murmuró en apenas un susurro.
Merit lo contemplaba con una expresión tan penetrante que no supo interpretarla.
La mirada de la mujer lo recorrió sin ocultar la ardiente lascivia que le provocaba.
—Hathor derrama su crueldad conmigo, eligiendo inoportunamente los momentos en los que más entereza debo demostrar.
Najmint no pudo evitar recordar sus anteriores encuentros con ella, la fogosa pasión que siempre le había dedicado.
Que ahora supiera que iba acompañada de profundos sentimientos le provocó una emoción extraña.
Era como verse a sí mismo respecto a Selkis.
Al menos, él gozaba del cariño de su esposa, y quizá, cuando aquella pesadilla pasará, quizá, podría aspirar a algo más.
Lamentó que una mujer de la talla de Merit no consiguiera un amor recíproco y deseó que su corazón dirigiera su atención a quien realmente fuera merecedor de él.
—Los dioses no suelen tener en cuenta nuestros deseos; bien al contrario, somos marionetas de sus humores caprichosos.
—Así es. No obstante, por fortuna mi sentido del deber y de la justicia pesan más que mis propios deseos.
—¿Qué has venido a decirme?
—Selkis ha desaparecido. La están buscando como locos en la planta superior. No entienden cómo ha podido escapar, la puerta de la cámara donde se encontraba estaba cerrada con llave y seguía así.
Najmint supo quién le había ganado la mano a Ay y cómo habían sacado a Selkis del cuarto.
Se acercó a Merit y le dedicó una sonrisa agradecida.
—Eres una gran mujer, Merit, de corazón generoso y alma pura, ojalá algún día los dioses sean los que te veneren a ti.
—Con olvidar lo que duele no tenerte me conformo.
Sus miradas se engarzaron un intenso instante. La de ella con sufrido anhelo, la de él con franca admiración.
—Nadie te comprende mejor que yo.
Ella sonrió y asintió esgrimiendo una sonrisa conmovida.
—Debo irme, no sé bien qué está pasando, sólo sé de qué parte me nace estar.
Y desapareció tras las cortinas como si la envolviera una crisálida.
«Bien —se dijo él—, veamos qué nuevo resorte se acciona ahora.»
Se adentró en la vasta sala, donde los cortesanos se habían diseminado en grupos de conversación reducidos, los murmullos soterrados escondían rumores maledicentes. Las miradas que detectaba fijas en él rebosaban recelo. Najmint los ignoró y deambuló paciente ordenando sus pensamientos.
Cuando por fin apareció Ay, portaba un ceño tan oscuro como la tormenta que arreciaba en el exterior.
Lo buscó por la estancia y, cuando lo descubrió junto a la mesa de la comida, ocultó su ofuscación en una expresión displicente.
Caminó hacia él y, ante un gesto de su mano, los guardias que lo escoltaban se disgregaron.
Alargó el brazo y le entregó un papiro enrollado.
—Ahí van los dos, el original y el traducido.
—¿Y mi esposa?
Ay desvió la mirada hacia una fuente con uvas.
—No ha querido verte.
Najmint clavó la suya en el faraón. Aquél era el momento de empujarlo hacia su contrincante más poderosa.
—Voy a traeros cuanto me pedís por recuperar a Selkis, pero tened bien claro que, si ella no está presente, no habrá intercambio.
Ay tragó saliva y se limitó a asentir. Su rictus tirante evidenció la preocupación que comenzaba a invadirlo.
El capitán inclinó respetuoso la cabeza y salió de la sala seguido de cuchicheos.
Empezaba una nueva partida, sólo que ahora sabía qué casillas pisar.