Capítulo 53. La profecía
La profecía
Najmint despidió a los oficiales que custodiaban la entrada a la cámara de Horemheb y atravesó las puertas con paso firme.
Precisaba encontrar las últimas piezas de aquel entramado para resolverlo con total nitidez. Todavía quedaban flecos sueltos que necesitaba coser, todo debía encajar a la perfección.
Horemheb estaba recostado en su lecho con profusión de almohadas tras la espalda. Cuando volvió el rostro hacia él, le sonrió cordial hasta que reparó en la severa expresión del capitán.
—¿Ocurre algo?
Se envaró alarmado al no ver a Selkis con él.
—¿Dónde está mi hija?
—La tiene el faraón en su poder.
Su gesto se contrajo furioso.
—¿Qué está pasando?
—A eso he venido —repuso él encarándolo—, a que me digas tú qué está pasando.
El general lo miró confuso y su mirada se entrecerró remarcándole el ceño.
—No sé a qué te refieres.
—A mí no me ciega el cariño de tu hija, por fortuna tengo el suficiente entendimiento para distinguir una fábula de una historia real. Y lo que le contaste a Selkis sobre su madre no se sostiene con el hombre que yo conozco.
—En aquella época, yo era otro —justificó.
—Aun así —insistió Najmint—. Y si albergas un ápice de cariño en tu corazón por Selkis, uno solo, es el momento de revelarme toda la verdad. Su vida corre peligro y el tiempo actúa en nuestra contra.
El general bajó la mirada y la posó en las manos, que cruzaba sobre el regazo. Su ceño se acentuó y su rictus adquirió un matiz apesadumbrado, casi contrito.
—Yo maté a su madre —confesó.
—Fue por el oráculo, ¿verdad? —conjeturó tiñendo su voz de firmeza.
—Sí —confirmó.
Najmint comprendió que tendría que ser él quien tirara del hilo, pues el general parecía retraído en sus recuerdos.
—Hizo una predicción en el templo que fue lo que desató toda esta rocambolesca historia.
Silencio. Horemheb se mostraba ausente.
Se acercó a él y lo abofeteó.
—¡Maldita sea, vomita de una vez toda la verdad o juro por Horus que te la sacaré a golpes!
El general lo miró aturdido, sacudió la cabeza y asintió.
—Profetizó que la estirpe de faraones egipcios sería derrocada por una raza nueva.
Que el último faraón de sangre real moriría joven y que habría una guerra donde se alzaría un nuevo linaje que gobernaría las Dos Tierras.
Que una mujer de la estirpe del escarabajo pariría al usurpador.
El padre de Tut, Akenatón, nos ordenó averiguar más sobre aquella casta.
La profecía hablaba de la marca del escarabajo, una señal de nacimiento.
Nuestra misión fue buscarlas y eliminarlas.
Tut estaba a punto de nacer y Akenatón, como padre, intentó proteger a su hijo.
Hizo una pausa, su semblante se ensombreció y su porte se abatió, pareció replegarse sobre sí mismo, como si languideciera ante el peso de su conciencia.
—Yo la encontré en el mercado, llevaba un niño en brazos y lucía una barriga prominente.
Me llamó la atención su belleza, pero fue la marca que tenía en el tobillo lo que hizo que la siguiera.
Mi cometido se complicaba. Debía matar a una mujer embarazada, pero o lo hacía yo o lo haría otro de los esbirros de Akenatón.
Estuve acechándola hasta que se quedó sola y pude asaltarla.
Cuando la tuve frente a mí, titubeé. Ella se abrazó la barriga y suplicó por su vida.
Mi decisión flaqueó, la compasión pugnaba contra mi deber, por muy miserable que éste fuera.
Yo era joven, tenía grandes aspiraciones, y aquél no era más que un oscuro escalón hacia mis metas.
Pero ella comenzó a llorar y entonces ofreció entregarme un secreto a cambio de que la dejara vivir.
Me habló de la tablilla, me dijo que mi faraón me compensaría por ella, una loseta de piedra que revelaba el secreto de la inmortalidad.
Un legado de su pueblo. Me dijo que estaba oculta en uno de los túneles subterráneos de palacio, que un escarabajo sagrado custodiaba la entrada. No la creí.
—Y la mataste.
El general asintió.
—Y le arrebataste a la criatura que llevaba dentro, pero no por piedad, ¿cierto?
—adivinó Najmint—, sino para averiguar si era niña y si tenía la marca; de haber sido niño, lo habrías dejado morir.
Y así podrías criar bajo tu seno a la descendiente de una estirpe que amenazaba al reino, la criatura de un vaticinio podía convertirse en una importante baza en tu ascenso al poder.
Si los faraones caían, tú estarías del lado del vencedor.
En tu mano tendrías una hija con la que poder derrocarlos.
Sería fácil hacer que el oráculo recordara aquel augurio cuando todo estuviera listo para destronar al faraón.
Necesitabas apoyos extranjeros, probaste con los cusitas y ahora con los hititas para organizar la conquista de Kemet.
Aliados para tu causa. Pero necesitabas un apoyo crucial que supiera negociar con el rey hitita y que odiara a Ay lo suficiente para traicionarlo.
Y ahí es donde ella entra en juego. La reina mandó una carta al rey hitita Suppiluliuma ofreciéndose para desposarse con el hijo, de ese modo, contaríais con las tropas hititas en la conquista.
Cabría suponer que fue Ay quien interceptó la misiva y pudo matar al príncipe hitita antes de la boda, pero no fue él, ¿verdad? Fuiste tú.
Los hombros hundidos de Horemheb evidenciaron la carga que portaba. Un hombre devorado por una ambición mayor que la suya. Utilizado cuando su conciencia despertaba, como si el destino se confabulara para pagarle con la misma infamia.
—Esa perra traidora... No pensaba vengar la muerte de Tut, sino hacerse con el reino. Debía impedirlo.
—Como impediste que Selkis se fugara con Nun y favoreciste que se casara conmigo, ¿no? Por eso le hiciste creer que ella era la culpable de la muerte de Tut, cuando sabías que no había muerto de fiebres. Todo fue un pérfido ardid.
Aquello transmutó su rostro apesadumbrado en una máscara sorpresiva y alerta.
—Sí, Horemheb, lo sé todo. Todas esas piezas sueltas por fin encajan donde deben.
Tanto tú como Ay me creísteis con el suficiente poder para estar cerca del trono.
Él quería un heredero que se opusiera a ti, tú necesitabas que me casara con ella para ponerme de tu lado y, así, poder respaldarla y protegerla, colocándola en una posición adecuada para convertirla en reina cuando el oráculo repitiera ante todos, quizá en el festival de Opet, el auspicio de los dioses.
Ésa era la semilla que deseabas que brotara.
Y luego anunciar al pueblo que tu hija Selkis era la elegida, porque tenía la marca del escarabajo.
No es lo mismo ser un mero general subordinado a los faraones que el padre inmortal de una diosa.
Sin embargo, en tu objetivo se interponen fuerzas poderosas y un asesino que busca venganza.
Horemheb volvió la cabeza hacia la ventana. Su ceño se acentuó como el frunce de un plisado pulcramente dispuesto. La línea de sus labios se recrudeció en una mueca frustrada.
—Alguien ordenó a Nun matarme en el campo de batalla.
Najmint recibió aquella revelación como un empujón mental. Una sacudida inesperada. Lo miró con estupor. De todas las cosas que esperaba oír, ésa era la más inaudita.
—¿Nun?
—Así es, él y su compañero nubio intentaron matarme aprovechando el fragor de la batalla.
—¿Quién crees que pudo haberlo ordenado?
—Pensaba que era Ay, sabía que pretendía desembarazarse de todas las amenazas que se interpusieran en su camino al trono. Y yo suponía una amenaza. Muchos en la corte me preferían. Pero ahora creo que, aunque mi muerte le convenía, no fue él quien la ordenó.
—Fue ella —apuntó Najmint.
—Eso creo.
—¿Por qué le contaste esa sarta de mentiras a Selkis?
Ésas en concreto y no otras, o simplemente no omitiste el tema.
No he dejado de pensar en ello. Me figuro que tu intención era enfocar su atención hacia esa tumba, vincularla con ella.
Porque si algo creo es que esa cámara secreta lleva siglos ahí.
Desde mucho antes de que se construyera Tebas sobre ella.
Esos túneles son tan viejos como la civilización que los habitaba.
Esos grabados los hicieron sus habitantes originarios.
Y esa cámara permanece cerrada desde entonces.
—He pensado muchas veces en la historia que podría ofrecerle cuando tuviera que revelarle su verdadero origen. Ésa era la que más me protegía, la que menos la heriría. Y la manera de hacerle sentir su vínculo con esa cámara y su legado.
—Nadie tiene la tablilla, ¿verdad? —concluyó el capitán—.
Está dentro de esa cámara sellada, que nadie puede abrir.
Sólo tenéis el papiro, lo trajo Akenatón de la biblioteca de Menfis y se lo dio a su hijo Tut, pero fue Ay quien se hizo con él y quien descubrió la verdadera importancia del papiro.
Lo custodiaba Perennefer en el templo, en la biblioteca de los escribas.
Por eso el Chacal comenzó a matar, para llamar mi atención.
Quería que yo encontrara el papiro, que mis pesquisas me llevaran a descubrir toda esta trama, pero no fue él quien mató al oráculo.
Por eso sé que alguien aprovechó los crímenes para eliminar una amenaza.
Y ese alguien es el mismo que intenta impedir que Selkis llegue el trono de Egipto, alguien que pretende vengarse de quien hizo que se desmoronasen sus planes maritales: Anjesenamón.
—Esa mujer es más sibilina que Apofis. Su ambición no tiene escrúpulos. Ha ido eliminando todas las piezas que la separan del trono.
Najmint sintió cómo otra pieza pugnaba por encajarse.
—¡Por Amón..., no puede ser!
Horemheb lo observó con gesto hierático.
—Con ella, todo es posible —barbotó indiferente.
El capitán se pasó ambas manos por la cabeza, hundiendo los dedos en su espeso y desordenado cabello. Resopló ante la perfección del acople, abrumado por cuanto representaba.
—El asesino, el hermano de Selkis, usa la cabeza de chacal no porque represente el guía del inframundo, sino porque quiso conducir mis pasos al embalsamador, Adom, porque él sabía la verdad, porque era el único que podía revelármela.
Su hijo es un medjay , y el asesino también lo es, o lo fue.
—Detuvo un instante aquella línea argumental para poner definitivamente un nombre al Chacal, y era un nombre que conocía sobradamente—.
Se ha estado ocultando bajo la misma identidad para denunciar el crimen principal.
Alguien con cabeza de Anubis a bordo de un carro arrolló a Tutankamón y lo mató.
Por eso comenzó a usar esa máscara, para mostrarme el asesinato de Tut y para señalarme al culpable.
—Ella...
—Eso parece —prosiguió trazando finalmente el dibujo final de aquel intrincado tapiz—.
Y, de ser así, Anjesenamón mató a su esposo respaldada por Ay.
Pero al igual que te traicionó a ti, ha traicionado a Ay, y también al Chacal.
Ha jugado astutamente sus cartas, desbancando a sus tres aliados, pues erais oponentes en realidad.
Sin embargo..., no logro comprender en qué beneficiaba a ella la muerte de su esposo.
Su posición sigue siendo la misma, es la reina de Kemet y resulta obvio que detesta a Ay, ¿por qué matar a un esposo que adora para unirse a uno que odia? No tiene sentido.
Horemheb se encogió de hombros.
—¿Qué podría querer el Chacal de ella?
—Que lo ayudara a conseguir todas las llaves de los túneles, amenazándola con descubrirla. Pero me temo que la ha subestimado.
—El Chacal desea preservar el secreto de su estirpe.
—Es su finalidad, y mata para conducirme a la verdad y ahora para recuperar las llaves de los túneles, sellar de nuevo la tumba y sumirla de nuevo en el olvido.
—Eso parece —murmuró abatido el general—, pero ahora es Selkis quien está en juego. Ella es el arma que ahora tienen contra nosotros. Imagino que Ay la utiliza para conseguir la tablilla.
—Quiere la tablilla y la vida del Chacal.
—¿Y le darás ambas?
—Para ello debe entregarme la traducción del papiro sumerio. Se supone que es ahí donde están las claves para abrir la cámara secreta de los túneles.
Horemheb continuaba mirándolo inquisitivo.
—No, sé que nos matará en cuanto la posea —respondió finalmente.
—¿Y cómo piensas salvar a Selkis de sus garras?
—Poniéndolo a él en unas más afiladas.