Capítulo 52. A las puertas de la verdad #2
—Ayudé a tu hermano a infiltrarse en palacio, a instruirse en la meli .
Se convirtió en un guerrero formidable, a la sombra de uno aún mejor.
Pero él lo prefirió. Necesitaba estar en la sombra para trazar su venganza.
Como comprenderás, mi ayuda tampoco fue desinteresada.
Necesitaba a alguien en el cuerpo de élite de los medjay de mi parte y no del lado de Ay, un confidente.
Sabía que tarde o temprano él atentaría contra la vida de mi esposo para usurpar el trono de Kemet y no me equivoqué, y él necesitaba descubrir dónde escondía la tablilla Horemheb.
—¿Cómo sabía que existía?
—Su padre se lo contó todo antes de que los soldados se lo llevaran.
Ese «todo» le dio escalofríos.
—Pero entonces encontró un amigo en el cuerpo —prosiguió Anjesenamón—, el hijo del embalsamador real, Adom, y le contó que su padre había trabajado en una tumba oculta dentro de los túneles secretos y que había robado un papiro que no entendía.
Estaba escrito en una lengua extraña y se lo había entregado al sumo sacerdote para que lo tradujera.
Lo creyó un mandato divino valioso, pues llevaba la marca del escarabajo.
Tu hermano siguió esa pista y, con mi ayuda, encontramos la tumba, pero no la manera de entrar en ella.
Necesitábamos el papiro. Pero Perennefer ya había informado a Ay sobre él, y además ya sabía que hacía referencia a ese legado sumerio que hablaba del secreto de la inmortalidad.
Ella conocía la versión de su padre y la había modificado a su conveniencia.
Todos mentían y, no obstante, había vestigios de verdad en aquellos embustes.
Pero ¿cómo filtrarlos? Se convenció de que, al igual que la arena pesaba más que el agua, si los agitaba, las mentiras se diluirían y quedaría el poso de la verdad.
—El Chacal y vos os aliasteis para combatir a Ay, ¿qué pasará cuando sólo quedéis vos y él?
—Que seré la reina más poderosa del mundo conocido. Ni la gran Hatshepsut estará a mi altura.
Su mirada refulgió enajenada por sus ansias de grandeza.
—Me sorprende que tengáis esa fe ciega en un sortilegio sumerio que bien podría ser una simple fábula.
—De estar aquí tu maestro, podría rebatírtelo él. Su hermandad custodia textos médicos de los antiguos dioses, enseñanzas que te son transmitidas y que no pones en duda.
—Enseñanzas que son efectivas y demostrables.
—Sólo hay un modo de comprobar algo, y es ponerlo en práctica. Y si proviene de la misma fuente que nos enseñó cuanto sabemos, a nosotros y a otros pueblos, sí, albergo bastante fe en ese saber.
—Subestimáis al Chacal.
—O él a mí.
Estaba claro que Anjesenamón se disputaba la tablilla con Ay, ambos enfrentados por el mismo propósito: la inmortalidad y el poder absoluto.
—¿Por qué no habéis matado al faraón?
—Por la misma razón por la que él no me mata a mí. Nuestra prioridad es abrir esta condenada puerta. Él posee unas claves y yo otras, ambos ansiamos resolver el enigma en una carrera que determinará el destino de cada uno.
Selkis comprobaba con aguda extrañeza que no supiera quién había mandado construir esa tumba y, por tanto, quién conocía la forma de abrirla.
Y justo por eso supo que mentía. Ella conocía los túneles, debía de estar al tanto de la construcción de esa tumba.
Y sin embargo, nadie parecía fijar su atención en Horemheb.
No obstante, decidió obviar de momento esa cuestión y seguirle el juego.
—El Chacal y vos decidisteis involucrar a Najmint para que resolviera el caso. Y Ay lo apartó justamente por eso.
—Evita que nos anticipemos.
—Y ahora vos evitáis que él se adelante arrebatándole la garantía de que Najmint le entregue la tablilla. Pero no estoy aquí sólo por eso, ¿no es así?
La sonrisa de Anjesenamón le erizó la piel. No sabía qué era verdad y qué era mentira de cuanto le contaba, lo que tenía claro era que era capaz de todo por lograr lo que ambicionaba.
—Conseguí sacarle información a Perennefer sobre el contenido del papiro justo antes de que lo asesinaran.
—Quizá por eso murió.
El temeroso asombro que asomó a sus ojos reveló que no había barajado aquella posibilidad, pues, de ser así, el Chacal ya sabía que ella lo estaba traicionando.
—Ay tiene el papiro traducido, pero no sabe interpretarlo. Yo tengo una de las claves, tendremos que llegar a un acuerdo.
—¿Y qué pasa con el Chacal?
—Me utilizó, me arrebató lo que más quería para ganarme de aliada. Todavía no sabe a qué temible enemiga se va a enfrentar. Y más ahora que ya no lo necesito.
Selkis alargó el brazo descubriendo su daga improvisada.
—Ya no hay alianzas, sólo chacales devorándose unos a otros.
La reina fijó su vista en la reflectante esquirla que Selkis enarbolaba, el desdén de su rictus le mostró la escasa preocupación por un posible ataque.
—No creo que te convenga matar a la única persona que puede salvarte de tu hermano.
—Mi hermano nos matará a las dos, o al menos lo intentará.
—Ya sabes quién es, ¿verdad?
Selkis asintió.
—¿Cuál es exactamente vuestro plan?
—Najmint está vivo, irá a por el faraón y después vendrá a por mí. En el trayecto tendrá que enfrentarse al Chacal. Nuestro destino dependerá de quién sobreviva.
—Yo soy vuestro salvoconducto y la llave de esa maldita puerta.
—Así es. Pero yo os dejaré vivir a los dos cuando sea portadora de la inmortalidad.
—¿Y cómo pensáis detener al Chacal si Najmint no logra hacerlo?
—Conozco sus debilidades —respondió con mirada lobuna.