La muerte que respiras Capítulo 52. A las puertas de la verdad
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Capítulo 52. A las puertas de la verdad

A las puertas de la verdad

Selkis deambulaba por la cámara que se había convertido en su prisión particular, angustiada y cavilosa.

Tenía que escapar de allí como fuera.

Tras asomarse al balcón y comprobar la gran altura a la que se encontraba, descartó la idea de descolgarse por él.

Se asomó todo lo que pudo calibrando la posibilidad de izarse hasta el piso superior o hasta el tejado, pero no encontró asideros suficientes.

La puerta estaba cerrada con llave. Y lo único que se le ocurrió fue ingeniarse un arma, montar un escándalo y atacar al primero que apareciera por la puerta.

Registró la estancia y sus ojos se posaron en un espejo de mano que había sobre una mesilla.

Lo tomó y lo golpeó contra la esquina del mueble.

Con cuidado, cogió una afilada esquirla y, con un trozo de lino que arrancó de su túnica, logró crear una empuñadura segura. Inspiró hondo y miró en derredor.

Se acercó a una de las altas ánforas de arcilla y la empujó contra el suelo con ímpetu. Ya se precipitaba sobre todo lo susceptible de ser destrozado cuando un sonido extraño llamó su atención.

Era un quejido pétreo y rasposo, como si las fauces de una montaña rocosa se abrieran hambrientas. El sonido provenía de una de las paredes. Lo reconoció en el acto. Se puso en guardia con el pulso latiendo atronador en su sien.

Una puerta en el muro se abrió mostrándole un resquicio oscuro y amenazador. Retrocedió alerta. Venía a por ella.

El gemido de la piedra arrastrándose cesó de pronto. La negra abertura ya era lo suficientemente amplia para dejar pasar a la figura que comenzaba a perfilarse ante sus ojos.

Esperó ver el siniestro rostro de Anubis, una vez más. Todo su cuerpo se encogió de terror ante el reciente recuerdo de su último encuentro con el Chacal. Combatió el pánico con ira. Esta vez le plantaría batalla, esta vez descargaría su furia vengativa sobre él.

—Ven por mí, miserable... —susurró entre dientes.

Sin embargo, la silueta que se definió ante ella distaba mucho de lo que aguardaba enfrentar.

—Nada debes temer de mí, Selkis.

Tendió la mano hacia ella y su rostro compuso una sonrisa tranquilizadora.

Anjesenamón la alentó a seguirla. Selkis titubeó.

—¿Por qué conocéis los túneles tan bien?

—Mi querido Tut y yo los recorríamos de niños.

Aquello confirmaba que la llave de Tut la tenía ella y, por ende, era cómplice del Chacal. No obstante, Selkis también supo que debía dejarse guiar por ella y averiguar la verdad.

—¿Qué queréis de mí?

—Ayudarte.

—¿Por qué?

—Para arrancar a un usurpador del trono.

El tono resentido de sus palabras siseó entre sus dientes.

—¿Qué tengo yo que ver en eso?

—Todo.

—Necesito entenderlo.

La reina suspiró largamente y la miró con gravedad.

—Pronto lo entenderás, pero habrás de seguirme para eso.

Se introdujo de nuevo por la sombría abertura, como si hubiera sido tragada por la negrura hacia una dimensión desconocida.

Selkis avanzó lentamente, derribando sus reservas y enmudeciendo a su instinto. Aquella oquedad se le antojó la entrada al inframundo, de donde no sabía si podría salir, y, de hacerlo, tuvo la certeza de que no volvería a ser la misma.

La atravesó y la losa de piedra regresó a su lugar entre chirridos discordantes. El mecanismo era accionado por el anclaje de la antorcha que había junto a la puerta. Anjesenamón la esperaba con la tea en la mano.

El frío y la humedad la recibieron y ella se dejó acoger siguiendo el eco de los pasos que la precedían.

Quizá la llevara hacia donde estuviera Najmint, se dijo en un intento por aligerar su recelo. Quizá él y Amsu la estuvieran esperando y todo aquello fuera un plan para desarticular las intenciones del faraón.

Su instinto la llamó ilusa, burlándose de ella. Era el Chacal el que la aguardaba, para obtener de ella lo que tanto necesitaba, y cuando lo obtuviera, la mataría.

Sólo contaba con su astucia y el puñal improvisado medio oculto en su mano.

Con cada paso que daba hacia las entrañas de la Tierra, en un descenso paulatino y laberíntico, sintió como si el mundo que había conocido fuera tan sólo una proyección irreal, el espejismo de un oasis, un dibujo de arena soplado por el viento.

Y que la realidad, yerma, dura y vacía, fueran aquellos lúgubres túneles, rebosantes de secretos por descubrir, de peligros que enfrentar y dolor que superar.

Lo percibió como una puerta hacia el verdadero sentido de su vida, como si cada instante de su existencia la condujera a su destino final.

No prestó atención a las direcciones que con tanta desenvoltura tomaba la reina.

Ni a los dibujos extraños que lucían los muros en algunos tramos, sólo se dejó guiar preparando su mente y su cuerpo para lo que la aguardaba al final del trayecto.

Fuera lo que fuese, sabía que debía hacer acopio de toda su fortaleza.

Cuando llegaron a aquella sala circular decorada con grabados insólitos de soles y estrellas, de gigantes con báculo y cabeza de chacal, de pirámides escalonadas, de triángulos voladores, fue un charco de sangre en el suelo lo que llamó su atención.

Anjesenamón se detuvo frente a una losa enorme encastrada en la pared frontal.

En los dinteles había cinceladas imágenes similares de aquella especie de advenimiento divino.

Dioses que bajaban del cielo y que eran adorados por hombres.

El dios chacal, representado por un ser alto y corpulento, entregaba una tablilla a uno de los hombres que se postraban de rodillas.

En otra secuencia, el hombre mostraba a su pueblo la tablilla y un papiro, uno en cada mano.

Absorta en aquella contemplación, Selkis recorrió ávida la siguiente sucesión de escenas, su corazón se detuvo cuando uno de aquellos dioses tomaba a una mujer sobre lo que parecía una mesa ceremonial. La siguiente representación le heló la sangre en las venas.

Un bebé en una cuna, sobre ella un símbolo: un escarabajo alado.

En el marco superior estaba grabado con todo lujo de detalles.

Era el único labrado con color. El cuerpo del insecto era azul, representando el lapislázuli, las alas presentaban una intrincada composición en la que se engastaban varias tonalidades: azules, verdes, rojos y dorados, como si fueran las piezas originales, turquesa, oro, lapislázuli y cornalina.

El vistoso escarabajo sostenía sobre sus patas un disco solar rojo.

Aquél era el dios Jepri, «el que llega a la existencia», el dios que se creó a sí mismo, símbolo de la vida eterna, la imagen de la constante transformación de la existencia.

Acometida por un inefable impulso, posó las palmas de las manos en la fría losa. Aquélla era la tumba de su madre.

Cerró los ojos y se conminó a acompasar sus latidos y a apartar las emociones.

Ahora no las necesitaba, muy al contrario, podían perjudicarla.

Precisaba de la mayor lucidez, de una mente fría y analítica.

De su más hábil capacidad manipuladora. Sabía qué hacía allí. Ella era la llave de aquella puerta.

Inspiró profundamente y se volvió hacia Anjesenamón.

—Me sorprende que Ay no haya descubierto quién es realmente su enemigo.

—Lo he tenido bastante entretenido.

—¿Cuándo conocisteis a mi hermano?

La reina alzó las cejas y la contempló con franco asombro. Al cabo sonrió indulgente y sacudió la cabeza.

—Conocí antes a tu padre. Al verdadero.

—Acudía a palacio con su hijo, a diario, suplicando justicia.

Lo echaban a patadas, pero él regresaba.

Uno de esos días, unos soldados lo apresaron y su hijo quedó huérfano, mendigando en las calles.

Yo era una niña y me compadecí de él. Le ofrecía comida y él empezó a acudir como un perro hambriento.

Me contó sus miserias, dijo que su hermana estaba aquí, en palacio, que se la habían arrancado del vientre a su madre, y que por su culpa él lo había perdido todo.

Anjesenamón se acercó a ella con expresión relamida, parecía disfrutar de su desconcierto.

—Un día, el gran general salió de palacio y el niño lo reconoció. Me dijo que aquel hombre había matado a su madre para robarle a su hermana.

—¡Él no la mató! Acudió en su ayuda y ella le entregó la tablilla para que la custodiara. Fue su esposo quien acabó con su vida y...

Se detuvo de pronto, la risa de Anjesenamón retumbó en la piedra resaltando su ingenuidad.

—No sé qué cuento absurdo te ha contado, pero estoy segura de que si lo repasas bien en tu cabeza le encuentras más de un cabo suelto. Piensa, Selkis.

—Se prendó de ella en el mercado y la siguió..., intentó defenderla del maltrato de su esposo y... luego ella lo buscó para...

Conforme hablaba, la solidez con que había teñido aquel relato se fue diluyendo paulatinamente, dejando a sus pies el vergonzoso charco de su propia estupidez.

—Creí que conocías sobradamente al general, pero veo que no es así.

Un hombre poderoso, codicioso, sin escrúpulos, se ofrece a ayudar a una muchacha desvalida de la crueldad de su esposo.

¡Por Isis!, ¿acaso no ves lo inverosímil que es eso?

Y ella es tan ilusa que le entrega a un completo desconocido el secreto de su pueblo. Así, sin más.

Selkis cerró los ojos ahogándose en su propia necedad.

No había ceguera más grande que la que imponía el corazón.

Aquella desesperada construcción de una ansiada figura paterna se había impuesto a la razón.

Su hambre de cariño paternal, de ternura, de complicidad había sido utilizada burdamente por un hombre que únicamente la había acogido con un solo propósito.

Aunque en su interior, la furia, el dolor y la impotencia formaban un bolo desolador en su interior, mantuvo la compostura y no se dejó arrastrar por ninguna emoción. Cubrió su expresión con una máscara de acero y le dirigió una mirada afilada y fría.