La muerte que respiras Capítulo 51. La muerte que respiras, la vida que espiras
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Capítulo 51. La muerte que respiras, la vida que espiras

La muerte que respiras, la vida que espiras

Estaba muerto.

No había tiempo que perder.

Ayudado por varios criados, Amsu logró llevarlo a su cámara.

Comprobó angustiado que, aunque no había inhalado el veneno suficiente para haberlo matado en el acto, la mancha de tinta que lucía en su dedo índice sí había hecho bien su trabajo.

Lenta y paulatinamente, había impregnado su sangre.

Y ésta había regado cada órgano con su ponzoña, en especial los pulmones, cerrando sus vías respiratorias.

Gracias a la información del capitán antes de morir, sabía que el componente principal del veneno era aceite.

Y el olor que envolvía el cuerpo de Najmint correspondía al efluvio que había percibido en la cámara de Anjesenamón.

Un aroma acre y picante, mezclado con el cobre de la tinta.

Repasó mentalmente las letales toxinas de los aceites naturales y se detuvo en la única capaz de matar a un hombre.

¡Las semillas del ricino!

Solían usarse en el proceso de embalsamamiento de un cadáver como secante natural.

Sus pensamientos apuntaron en una sorprendente dirección. Y de pronto, las piezas comenzaron a encajar.

Sin embargo, no era momento de completar el misterio del Chacal, sino de luchar contra la muerte, si acaso eso era posible.

Su pragmatismo médico, su desdén por todo lo mágico, su incredulidad racional contra esos métodos sin fundamento caían ahora a sus pies, impelido por la desesperación de recuperar un alma.

En su hermandad, donde los conocimientos elevados de la medicina otorgados por los dioses antiguos venidos del cielo estaban destinados a unos pocos elegidos, él siempre había descartado y eludido los hechizos, considerándolos meros salmos quiméricos sin fundamento sólido.

Y ahora, debía cruzar al otro lado, o intentarlo al menos. El futuro de la orden estaba en juego.

Inspiró hondo, apartó sus reservas y desenrolló el papiro de Ani para recitar el sortilegio que permitiría a Najmint regresar al punto de partida, ayudándolo a sortear las trampas del Duat y huir de Ammyt, la devoradora de muertos.

Debía iluminar su regreso, alejándolo del juicio de Osiris, esquivando a su vez al pertinaz Anubis.

Comenzó a recitar en voz alta, como maestre de su hermandad sagrada y único representante de Thot, receptáculo de un saber antiguo, secreto y mágico transmitido por su maestre y éste a su vez por el anterior, en una cadena que se remontaba a los primeros tiempos.

Al primer dios, Anu, que vino del cielo en un artefacto volador de forma triangular.

Ese dios primigenio iluminó a los hombres con su sabiduría, revelándoles conocimientos elevados que los ayudaron a crear una sociedad avanzada.

Pero el poder los cegó, y la ambición los destruyó.

El dios Anu montó en cólera, la inundación arrasó la tierra y los dejó a su suerte regresando al mundo de donde procediera, en algún astro en los confines del universo, pero confiando su saber a un grupo de sabios, entre los que se encontraba Imhotep.

Él pertenecía a esa estirpe, y ahora incumplía su juramento, puesto que su único cometido era transmitir su legado al siguiente elegido, no poner en práctica ningún paradigma contenido en los papiros que custodiaba.

No obstante, las circunstancias así lo exigían. Su elegida moriría si su esposo lo hacía. Y el legado moriría con ellos.

Continuó con las declamaciones mientras posaba su diestra en el pecho de Najmint, a la altura del corazón.

La muerte que había respirado debía exhalarla.

La vida que había espirado debía inspirarla.

Cerró los ojos y focalizó su mente en esa llama que anidaba en todo ser vivo. Él era el canal, el puente que debía atravesar Najmint para escapar del Duat . Debía iluminarse para que él lo viera.

Concentró su vitalidad en un punto concreto, y lo hizo crecer.

Cuando su mente entró en conexión con su interior, volvió a abrir los ojos para continuar leyendo los salmos.

En plena abstracción, sintió cómo cada palabra que emergía de su garganta vibraba. A su alrededor todo comenzó a perder definición, como si la realidad se diluyera, desdibujada en una cortina de lluvia.

Alzó la voz.

Los sortilegios rebotaron contra las paredes, regresando a ellos.

La magia se desató.

De la boca de Najmint brotó una inspiración abrupta, seca, rasposa.

La vida entraba en él.

La muerte salía.

Completó el hechizo.

Y al cabo, una larga y serena exhalación.

Y de repente, su cuerpo se convulsionó un instante. Se arqueó como si alguien tirara de su pecho hacia el techo. Y luego se desplomó inerte y laxo.

Amsu se inclinó sobre él y comprobó que su respiración había regresado, débil pero regular.

Enrolló el papiro y respiró aliviado. Se sentía exhausto, pero tan pleno y feliz que su corazón se expandió liberándose por fin de las garras del miedo.

En ese instante, las lágrimas asomaron, descargando parte de la angustia vivida.

Se sentó a esperar mientras dormitaba en una suerte de duermevela inquieta.

La noche llegó y, con ella, los demonios.

Infames pesadillas lo atormentaron en sus sueños. Los monstruos más aterradores lo persiguieron, los tormentos más atroces lo atemorizaron, pero él sabía que ése era el precio por enfrentarse a la muerte. Pronto debía entregarle su alma a cambio.

Abrió los ojos cuando el despertar de Ra parpadeaba en el horizonte.

Aquel momento del día siempre le había parecido mágico.

Era como presenciar el nacimiento de la vida en sí.

La noche paría un orbe de luz entre sus sombrías piernas, y verlo emerger, tan hermoso y radiante, eclipsando la oscuridad y alzándose en el firmamento, era un regalo que no todos sabían apreciar como debían.

Amsu se puso en pie y caminó hasta la ventana.

Se embebió de aquel singular parto, viviéndolo con una emoción más intensa. Sabiendo que sería el último que vería.

Suspiró y agradeció aquel lapso de paz.

Tebas despertaba, el día se presentaba largo y duro, pero ya tendría tiempo de descansar, toda una vida eterna en el más allá.

Oyó un gemido tras él y se volvió hacia su último paciente.

Najmint había abierto los ojos y lo miraba confuso.

—Te he traído de vuelta, capitán, ahora debes ganarte esta dispensa.

Intentó incorporarse, pero una punzada en el costado lo hizo apretar los dientes.

Le había cosido la herida y aplicado emplastos para su correcta sanación. Por fortuna, no había afectado a ningún órgano importante, sólo había sesgado carne y músculo. Nada que un hombre de su complexión y vigor no pudiera olvidar en unos días.

—¿De vuelta?

—Moriste.

Najmint lo observó como si hubiera perdido el juicio.

—No se puede regresar de la muerte, sólo se puede volver a nacer —replicó confuso.

—Cuando el ser humano comprenda que no hay nada que no se pueda, el mundo cambiará.

—Queramos o no, hay limitaciones que no está en nuestra mano solventar.

—Hay cosas que no están a nuestro alcance, pero las hay que sí pueden influir en ellas, acercándolas.

A veces sólo hay que estirar el brazo para tomar lo que se desea, sin creer cuando nos dicen que nuestro brazo es corto o que esa cosa está demasiado lejos, la perspectiva de cada cual difiere según donde esté.

Si te ves haciéndolo, puedes. No hay nada que no se pueda hacer si lo crees posible. Ése es el primer paso. El inicio.

—Pero la muerte...

—La muerte es sólo otro plano, un estadio intermedio, un laberinto del que se puede salir, hacia delante en otro cuerpo, o hacia atrás en el mismo. Yo pude hacerte retroceder antes de que Osiris te llamase a su presencia. Una vez que eres juzgado, el retroceso es inviable.

Najmint arrugó el ceño y su mirada se perdió en su interior.

—Recuerdo... oscuridad, y seguir una luz.

—La mía.

El capitán lo observó con hondo estupor, asimilando todo aquello que le era revelado con aquella grave solemnidad.

—Ella es la elegida, y tú su protector. Tú eres el elegido y ella tu protectora. Siempre ha sido así, desde que erais unos niños. Vuestros destinos siempre han estado unidos.

—¿Y qué pasa con Nun?

Amsu suspiró y negó con la cabeza.

—Ella se equivocó de hombre. La fatalidad de ese día la ayudó a enfilar sus pasos hacia el correcto.

—Algo me dice que si sigue vivo regresará por ella.

—No, lo hará por el hijo que cree es suyo.

—No hay ningún hijo ya.

—Lo habrá. Y debes estar preparado para protegerlos a ambos.

Najmint sintió un vuelco en el estómago. Su corazón se aceleró.

—¿Dónde está ella?

—En poder del faraón.

Le explicó el trato que le ofrecía Ay para recuperarla. Y el relato que le había contado el general a Selkis sobre Anat. Sus recientes teorías sobre la muerte de los escribas, la puesta en escena y las direcciones que cada pista en sí indicaba.

—Hay algo en todo este asunto que se nos sigue escapando —musitó Najmint impaciente—. Todos intentan utilizarme para conseguir esa condenada tablilla. Todos ansían beber ese supuesto poder que esconde. Todo menos uno.

—Horemheb —completó Amsu.

Najmint asintió, su rictus se endureció. Sus cavilaciones tomaban un rumbo que lo inquietaba.

—¿No te parece extraño que el único hombre que sabe del paradero de la tablilla no haya mostrado cierta curiosidad por un legado tan antiguo, por un secreto tan perseguido? Un hombre como Horemheb, ambicioso, curioso y prudente.

—Quizá la haya mostrado pero no haya descubierto dónde radica ese poder —barajó Amsu.

El capitán logró incorporarse entre gruñidos doloridos. La lucidez de su mente iluminaba su rostro con la excitación de quien sigue de cerca una presa y la tiene casi al alcance.

—Recapitulemos —musitó caviloso—. La tinta me llevó a Perennefer, que fue el que me puso sobre la pista de la tablilla; el escarabeo involucró a Selkis, abriendo el camino hacia su madre, y Anubis..., ¿adónde me lleva Anubis?

—A Adom.

Aquella respuesta categórica envaró a Najmint. Su mirada refulgió depredadora como la de un halcón presto para la caza.

—¡Maldición, él es la clave! Siempre lo ha sido. Anubis es el patrón de los embalsamadores...

—No, la clave no es él, él es otra flecha que el Chacal nos muestra. Nos está guiando, necesita que desvelemos este enigma, que desenmascaremos la verdad por alguna razón primordial para él.

Najmint entrecerró los ojos, exprimiendo su cerebro con mano firme, como si de ese modo pudiera hacer rezumar el dato que se le escapaba. Y de repente, lo halló.

Se puso en pie, todavía trémulo e inseguro, y, ligeramente encorvado, lo miró con determinación. Posó su mano sobre el metódico vendaje que circundaba su cintura y probó a caminar.

—Gracias por ayudarme a ver la verdad.

—Lo complicado no es verla, sino demostrarla —apuntó Amsu—, y en eso no puedo ayudarte.

—Sí puedes, necesito artificios que camuflen mis pasos.

Amsu lo observó con excitante expectación. Asintió ladino y sonrió impaciente.

—Vayamos a por ellos...