La muerte que respiras Capítulo 50. El fuego aleja el frío y la luz, la oscuridad
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Capítulo 50. El fuego aleja el frío y la luz, la oscuridad

El fuego aleja el frío y la luz, la oscuridad

Tiritaba.

El frío, mordiente, fue lo que lo hizo apreciar que seguía vivo, sintió sus afilados colmillos en cada palmo de su piel.

Abrió los ojos lentamente. La oscuridad vibraba.

Un resplandor latente, casi moribundo, parpadeaba rojizo sobre la piedra.

Un escalofrío lo convulsionó. Aquel espasmo desencadenó un latigazo dolorido que lo hizo apretar los dientes. Un dolor punzante lo atravesaba de parte a parte.

Palpó la fuente del dolor y entonces recordó la puñalada que había sufrido en el costado a manos del Chacal. La visión de lo ocurrido en aquella sala lo sacudió y la sensación de asfixia regresó.

Comenzó a toser convulsivamente, como si en aquel acto reflejo su cuerpo pudiera expulsar la ponzoña del veneno inhalado. Las punzadas se agravaron y la herida manó sangre.

No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, ni cuánta sangre había perdido, ni si el veneno comenzaría a roerlo por dentro. Sólo sabía que tenía que salir de allí como fuera.

Se volvió hacia el origen del resplandor para descubrir que en el charco del suelo seguían danzando algunas llamas, azuladas y tenues. No podía dejar que se apagaran. Necesitaba luz para escapar.

Clavó la mirada en los anclajes de la pared y vislumbró aliviado una antorcha apagada.

Hizo acopio de toda su fuerza y su resistencia para ponerse en pie.

Entre gemidos doloridos y gruñidos de esfuerzo, logró incorporarse y apoyarse contra una pared.

Le picaba la garganta, respirar le quemaba por dentro, pero no sintió que le faltara el aire.

Aquello le dio alguna esperanza. Seguramente que el veneno tuviera un compuesto elevado de aceite y que la llama de la antorcha caída lo hubiera prendido le había salvado la vida.

Desconocía si porque se había quemado la toxina o porque el fuego había absorbido gran parte de la ponzoña del aire.

Pero estaba vivo, o al menos de momento.

Se arrancó la túnica del pecho y se la ató a la cintura presionándola con fuerza para cortar la hemorragia. Gimió de nuevo y comenzó a deslizarse por la pared, sin apartarse de ella por temor a caer. Cada paso era un tormento, no sólo por el dolor, sino por la debilidad que lo doblegaba.

El veneno no había acabado con él, pero lo había mermado a nivel muscular, de algún modo.

La herida del costado no justificaba su estado.

Sentía calambres por todo el cuerpo y la vista se le nublaba.

Los mareos se agudizaron a medida que se movía.

Apoyado en la pared, se veía obligado a detenerse para recuperar parte de la conciencia que la flaqueza le arrebataba.

Jadeaba agotado cuando por fin alcanzó la antorcha. Las llamas del suelo morían. Se precipitó sobre ellas y cayó de rodillas muy cerca del charco. Alagó el brazo hacia ellas y mantuvo la cabeza de la antorcha sobre el fuego hasta que prendió.

Respiró aliviado y cerró los ojos en un intento de recuperar la determinación.

Una languidez pesada e invitadora lo empujaba al sopor.

Y en aquel momento entendió que, si permanecía un instante más allí, moriría.

El aire viciado de aquella sala circular estaba impregnado de la ponzoña, y, aunque no ya tan potente, ésta todavía flotaba letal a su alrededor, más paciente, pero igual de mortífera.

Sacudió vehemente la cabeza y rugió más para espabilarse y recordarse que no iba a rendirse que por rabia.

Trastabilló varias veces, pero logró ponerse en pie de nuevo. El esfuerzo fue titánico, sintió como si estuviera despegándose de una pegajosa tela de araña que lo tenía adherido. Se conminó a no desfallecer.

Entre gruñidos y jadeos, llegó a la entrada del corredor por donde había venido.

Lo iluminó con la antorcha y descubrió de nuevo los extraños grabados. Era por allí, sin duda.

Con el hombro derecho apoyado en la pared de roca, fue arrastrándose mientras hacía verdaderos esfuerzos por alzar el brazo izquierdo para sostener la antorcha.

Ascendió el pasadizo hasta llegar a una bifurcación.

Intentó recordar la dirección por la que había llegado.

Y eligió el corredor que creyó correcto.

Hizo lo mismo en los siguientes cruces. Sin embargo, tras varios recodos, supo que se había equivocado.

Y que estaba atrapado en un lúgubre laberinto a merced de una llama que se extinguiría sumiéndolo en la más absoluta negrura.

Completamente desorientado, avanzó sin rumbo.

La debilidad hacía flaquear sus rodillas, el dolor detenía sus pasos, el miedo le secaba la garganta. La muerte caminaba tras él, guarecida en las sombras que dejaba atrás, sonriendo malévola y relamiéndose impaciente ante la pieza que anhelaba cobrarse.

Y, de pronto, la llama fluctuó vehemente ante un golpe de viento inesperado. Provenía del corredor de la derecha.

Esa corriente debía de proceder de alguna salida.

La llama había oscilado hacia la izquierda, tan ávida de ese torrente de aire fresco como él.

Caminó hacia aquella dirección, con más vigor, alentado por la posibilidad de salir de allí.

Al final del recodo le pareció incluso ver grisear la oscuridad.

Y entonces comprendió que quizá lo que creía su salvación podía ser una trampa mortal.

Alguien había entrado en los túneles. Y ese alguien era más que probable que fuera el Chacal. Regresaba a comprobar que había muerto, quizá a retirar su cadáver, o simplemente a entrar en aquella misteriosa cámara secreta donde se lo había topado.

Retrocedió hasta la bifurcación anterior, dejó la antorcha en el suelo de un pasadizo y se escondió en el otro, amparado por la oscuridad. Aguardó expectante, nervioso, conteniendo la respiración.

Afinó el oído y pudo discernir el lejano eco de unos pasos, no supo si acercándose o alejándose. Todo su cuerpo se tensó, los latidos atronaron feroces en su pecho, el miedo lo recorrió con la viscosidad de una serpiente reptando por su espina dorsal.

No tenía nada para defenderse, excepto sus ganas de vivir.

Los pasos se acercaban. La extenuación se diluyó en el acto, un inusitado brote de energía invadió cada rincón de su ser, preparándolo para un enfrentamiento.

Pudo sentir cómo sus músculos cosquilleaban, cómo su mente se afilaba, cómo sus sentidos se agudizaban.

Su mente bullía, más despierta que nunca.

Cerró los puños, cuadró los hombros y se puso en guardia. El dolor de su costado se relegó pasando a un segundo plano, un tercero quizá.

El parpadeo de un cerco luminoso se aproximaba, lamiendo la piedra. Najmint se ciñó a la pared y contuvo el aliento.

Los pasos llegaron a aquel recodo y se detuvieron. Había visto la antorcha en el suelo.

—¿Najmint?

Aquella ajada voz...

La figura que se recortaba contra las sombras se volvió en su dirección. La antorcha que portaba iluminó sus facciones.

Dejó escapar el aliento contenido, el alivio fluyó como el agua de un manantial, llevándose consigo aquel acopio de coraje y vigor, devolviéndolo a su lamentable estado real. Cayó de rodillas y gimió.

Amsu se sobresaltó ante el movimiento que oía en un corredor oscuro. Se acercó prudente y, cuando la antorcha desveló su presencia, el anciano corrió hacia él.

—¡Horus ha guiado mis pasos!

Se acuclilló a su lado. Najmint comprobó que el alivio del sunu era casi mayor que el suyo.

—También los míos, erré mi camino y hallé el correcto.

—¡Estás herido! —descubrió.

—Al Chacal se le ha caído un puñal en mi costado.

Amsu torció el gesto reprobador, aunque sonrió con abierta complacencia.

—Tus chanzas no impedirán que sigas desangrándote. Déjame ayudarte y salgamos de aquí.

Logró ponerse en pie y, ayudado por Amsu, logró avanzar.

—Pesas como un demonio —se quejó el sunu socarrón.

—Es lo que vas a sacar de este infernal laberinto.

Apoyado en el anciano, procuraba aligerarle la carga, no sin mucho éxito. Comenzó a sentir calambres en las piernas.

—He inhalado veneno, y creo que empieza a hacerme efecto.

El médico lo observó con preocupación.

—Imagino que no debías de estar muy cerca o ahora mismo estaría arrastrando un cadáver.

—Lo lanzó a mis pies, pero la antorcha cayó en el charco del veneno y lo prendió, eso fue lo que me salvó la vida. Sin embargo, comienzo a sentirme cada vez peor.

—Aguanta, muchacho, si te desvaneces no podré contigo. Estamos a un paso de la salida.

Najmint apretó los dientes y procuró no prestar atención a los síntomas que comenzaban a agravarse. El malestar empezó a ser generalizado. Le costaba respirar y sus jadeos se convirtieron en agónicos.

—¡Maldición, aguanta!

Ante ellos, una luz cegadora se proyectaba contra uno de los muros. Los jadeos se convirtieron en toses violentas que lo doblaban en dos.

—Me muero..., Amsu...

Un esputo sanguinolento escapó de sus labios.

—No te dejaré —aseguró el anciano.

Najmint sintió una quemazón abrumadora en el pecho. El aire que pasaba por sus pulmones se le antojó flama.

Amsu comenzó a gritar pidiendo ayuda mientras se afanaba con desespero en hacerlo atravesar aquel umbral luminoso.

Najmint gimió dolorido. El pánico lo asaltó y su visión comenzó a emborronarse.

Cayó de rodillas, arrastrando al anciano consigo.

—Amsu..., dile a Selkis que...

—Se lo dirás tú mismo.