La muerte que respiras Capítulo 49. La llave de tres vidas
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Capítulo 49. La llave de tres vidas

La llave de tres vidas

—¿Qué me ocultas, Amsu?

Selkis se había plantado frente al anciano con la urgente determinación de aclarar la misteriosa conversación que había mantenido con la reina.

—Algo que muy pronto compartiré contigo, pero hasta entonces habrás de confiar en mí, tal y como te pedí.

—¿Vas a dejar que la semilla del desasosiego siga germinando en mí? Porque no puedo confiar en quien me oculta cosas.

—Sé que te pido una prueba de fe ciega, pero ni es el momento ni estás todavía preparada para la iniciación pertinente.

—¿Qué iniciación?

Amsu maldijo la testarudez de la joven, por mucho que la comprendiera.

—Selkis, dame tiempo, es cuanto te pido por ahora. Nuestra prioridad es Najmint. Está atrapado en esos túneles, no sabemos si está en peligro, nos urge entrar en ellos. Hemos de buscar a Ineni y conseguir su llave.

Ella asintió ceñuda e inspiró hondo, quizá para serenar su ánimo o para apelar a su paciencia.

—Vayamos en busca de Ineni.

Amsu caminó tras ella; sin embargo, se detuvo asaltado por una ocurrencia.

—Tu padre mandó construir la tumba de Anat en los túneles secretos. Imagino que lo hizo de manera clandestina. Él debe de tener una llave de los túneles y podrá indicarnos cómo recorrerlos.

—Pero se supone que sólo hay tres llaves, y las tres sabemos de qué cuellos cuelgan.

—En realidad sólo tenemos constancia de dos. Es posible que Ineni no tenga la suya. Si alguien pudo construir esa tumba secreta, debió de ser él. Por tanto, fue su llave la que usaron.

—Pronto lo sabremos.

Amsu se detuvo golpeado por la contundencia de una pieza que había estado suspendida y ahora caía sobre él, aplastándolo con su significado.

Se detuvo turbado. Selkis lo miró con preocupación.

—Tu padre es el único que sabe dónde se encuentra la tablilla si, como él asegura, la enterró con Anat.

Y el único que tiene acceso a ella. Tu hermano debe de saberlo.

Entonces, las pistas no eran amenazas al dueño de la tablilla.

Tampoco tiene sentido que si busca la tablilla no haya enfrentado directamente a tu padre en lugar de complicarse matando escribas y dejando pistas.

Aquí hay algo más, algo crucial que se nos escapa.

—Quizá alguien robó la tablilla de la tumba y él tuvo conocimiento de ello —conjeturó Selkis—, por eso ha montado todo esto.

Amsu oprimió los labios. Su rostro se contrajo en un rictus concentrado. Su instinto le dijo que debía meditar sobre aquella cuestión, que nada era lo que parecía. No obstante, mientras tanto, debía centrarse en encontrar a Najmint.

Caminaron a buen paso, hacia el lado administrativo de palacio, donde los oficios reales tenían sus dependencias y atendían sus quehaceres. Ya enfilaban hacia el pasillo donde Ineni tenía su cámara cuando oyeron un grito femenino.

Corrían en su dirección cuando una sirvienta emergió despavorida de una puerta. Se dio de bruces con ellos y casi derribó a Amsu. Selkis logró aferrarla del brazo y detenerla. La mujer continuaba gritando histérica mientras señalaba hacia el fondo del pasillo.

Se debatió frenética y finalmente se desasió, alejándose de ellos.

Avanzaron hacia la puerta de donde había salido la sirvienta y se detuvieron en el umbral. Lo que hallaron frente a ellos les robó el aliento.

Ineni se había convertido en la última víctima del Chacal. Tendido en el suelo, ofrecía el mismo aspecto que los escribas. La asfixia provocada por el veneno había conseguido que se arañara la piel de la garganta en su desesperación por respirar, los surcos sanguinolentos aún rezumaban sangre.

Amsu se precipitó sobre el cuerpo y le posó el dorso de la mano en el cuello.

—Acaba de morir, aún está caliente.

Selkis miró insidiosa a su alrededor. El asesino podía estar ahí todavía. La tarde avanzaba y las sombras de los rincones podían ofrecer refugio. Las escudriñó con atención mientras sentía el pulso martilleándole en la sien.

—¡Aprisa, ayúdame a buscar la llave, debe de llevarla encima!

Lanzando miradas precavidas a su alrededor, registró el cadáver sin encontrar nada.

—Se nos ha adelantado. Ya tiene dos llaves.

Aquella aseveración los hizo sostenerse la mirada compartiendo un mismo pensamiento.

—Ahora irá a por la tercera.

Amsu se fijó en la yema del dedo índice de Ineni, manchada de tinta. Lo cogió y lo acercó a su nariz. Aspiró.

Constató su sospecha y resopló desbordado por lo que las evidencias le mostraban.

—Será mejor que nos vayamos. La mujer ya habrá alertado a la guardia, y puedo imaginar quién es el nuevo encargado del caso.

—¿Quién?

—Hasani.

—¿Por eso ahora Mosi es el nuevo médico de la corte?

—Así es.

Salieron prestos al pasillo y se escabulleron entre las gruesas columnas. Una patrulla de medjay corría ya hacia la cámara de Ineni. Se escondieron en las sombras y aguardaron a que el barullo entre los cortesanos se diseminara y los curiosos regresaran a sus rutinas.

—El faraón no nos recibirá —anticipó Selkis.

—Le va la vida en ello.

* * *

Ay los miró sin ocultar su desagrado.

Amsu reparó en las bolsas oscuras bajo sus ojos, en las acentuadas arrugas de su ceño, en el rictus agrio posado en las comisuras de su boca, como un pájaro de mal agüero, sombrío y acechante.

Era un hombre enjuto cuya encorvada espalda, fruto quizá de las responsabilidades tempranas o de la inmisericorde edad, y pese a su antaño alta estatura, lo empequeñecía considerablemente, encogiéndolo como una uva al sol.

Sus oscuros ojos, bruñidos y almendrados como los de los cuervos, siempre alertas para la rapiña, se entrecerraban ahora suspicaces.

Ya le había llegado la noticia de la muerte de Ineni, y una tenue sombra de inquietud oscurecía su faz.

—Ya le dije a la esposa de mi capitán que nada sabía de su paradero. —Dirigió a Selkis una mirada hastiada.

—Nosotros, en cambio, sí sabemos dónde está.

Ay alzó las cejas, observándolos con asombro.

—¿Y para qué acudís a molestarme en circunstancias tan aciagas?

—Porque no podemos llegar a él sin vuestra ayuda.

—No estoy para enigmas, Amsu, habla con claridad.

—Lleváis en el cuello la llave de su prisión.

Señaló el colgante que lucía en su pecho. Y Ay sujetó la llave anj entre los dedos, mirándolos intrigado.

—¿Qué sabes tú acerca de esto?

—Lo sé todo, majestad. Sé lo de los túneles secretos, y que los recorre el Chacal para huir de sus crímenes.

Se guardó muy bien de revelar que en esos túneles estaba la tablilla sumeria. No albergaba duda alguna de que el faraón la buscaba con denuedo y, aunque sospechara que estaba en ellos, tenía el poder suficiente como para encargar esa labor a otros.

—¿Y crees que el capitán se ha quedado encerrado en ellos?

—No lo creo, lo sé. Y que corre grave peligro, como lo corréis vos, mi señor.

Ay tragó saliva. Sus labios formaron una delgada línea blanquecina.

—El Chacal ya tiene dos de las tres llaves, intenta proteger su guarida.

El rostro del faraón se contrajo en una mueca aprensiva.

—¿Intentas decirme que vendrá a por mí?

—Lo hará, sí. A menos que lo detengamos antes. Y sólo hay un hombre en todo Waset que puede hacerlo.

—Mi esposo, vuestro capitán —intervino Selkis.

El ceño del faraón profundizó en el ajado valle de su entrecejo, como un desfiladero profundo e insondable. Su mirada reverberó cargada de indecisión. Se debatía. Calibraba sus opciones o quizá apelaba al favor divino de los dioses aguardando que le susurraran la respuesta que necesitaba.

Al cabo, y tras una encarnizada lucha interna en la que debió de barajar sus posibilidades, comenzó a comprender que la resignación que comenzaba a invadir su semblante le anticipaba el triunfo de su petición.

Exhaló un suspiró abatido y se levantó del trono real.

Se quitó el colgante con la llave y se la entregó a Amsu. A continuación instó a su escolta a que los rodearan.

—No me subestimes, sunu , tendrás lo que has venido a buscar, como yo tendré lo que busco.

Y para asegurarme de que este beneficioso trato se cumple, Selkis se quedará conmigo hasta que Najmint me traiga al Chacal.

Ella vivirá si el Chacal muere, así como ella regresará a sus brazos cuando lo que ansío regrese a los míos.

Llévale este mensaje al avispado capitán.

Selkis ya se debatía entre los brazos de dos medjay . Amsu la miraba horrorizado. La vil astucia del faraón le había ganado la partida.

—Ella es mi garantía —continuó Ay—, es el incentivo que necesitaba el buen capitán, ¿cómo no me di cuenta antes?

Barbotó una carcajada hueca y relamida y regresó al trono.

Amsu intentó acercarse a la muchacha, pero no lo dejaron. Se volvió resentido hacia el rey.

—Si algo le sucede a ella, Najmint olvidará que sois un dios, para convertiros en un despojo humano.

Aquella amenaza borró ipso facto la sonrisa de su rostro.

—Si no cumple su cometido, podrá reunirse con ella en el Duat . Por cierto, si yo muero antes de que lo consiga, ella será enterrada viva conmigo.

Selkis miró a Amsu llorosa y suplicante.

—Dile que... lo amo.

—Se lo dirás tú misma.