Capítulo 48. Entre rosas, preguntas y perfumes
Entre rosas, preguntas y perfumes
—No la tiene —siseó Selkis sin volver la cabeza hacia él.
En aquel momento, el palacio estaba demasiado concurrido para poder conversar con libertad.
La muchacha condujo a Amsu hasta el jardín central, donde el gorgoteo de las fuentes pudiera arropar sus confidencias.
Rodeados de sicomoros, duraznos, higueras, datileras y tayares, alternados con parterres de amapolas, rosas y jazmines, eligieron un banco de piedra junto a un gran estanque donde flotaban lotos acuáticos.
El rumor de las fuentes encastradas en el muro ofrecía el amparo que buscaban.
—¿Has mirado bien? Quizá los cordeles de la sandalia...
—No tiene mi marca, al menos no en el mismo lugar —insistió ella.
—Sin embargo, y a pesar de su tupida barba, comparte rasgos contigo.
—Eso tampoco puede asegurarnos nada.
—Cierto, me estoy dejando llevar por mi intuición, pero eso no basta. Aunque creo que Najmint también sospechaba de él.
Selkis alzó las cejas en una mueca sorprendida.
—¿Qué te lleva a pensar eso?
—Ha compartido mucha información con él, excepto la referente a ti.
¿Por qué no le ha dicho que el escarabeo lo que simboliza es tu marca de nacimiento?
Tampoco parece haber acudido a él tras su encuentro con Anjesenamón.
Y si su intención era explorar los túneles para convertirse en el cebo del asesino, lo lógico habría sido que se hubiera cubierto las espaldas.
No lo hizo por alguna razón. Najmint no es un hombre imprudente.
—Quizá su desesperación por capturar al Chacal lo llevó a confiarse demasiado —presumió Selkis.
Su mirada se veló con un paño oscuro.
—Najmint es un hombre inteligente con sobrados recursos —recordó Amsu—. Sabemos dónde está, nos falta la llave para dar con él.
Ella asintió. El miedo por su esposo reveló los sentimientos que por fin habían anidado en ella. El anciano rezó por que no fuera demasiado tarde para ellos.
—Bien, debemos ir con extremo cuidado, sabemos que nos enfrentamos a esferas elevadas. Si te das cuenta, han conseguido anular a quienes hemos supuesto una amenaza.
Selkis asintió. La languidez de la tristeza dio paso a la tirantez de la rabia.
—A mí me han echado del templo, a ti te han arrebatado un hijo y han cesado a Najmint en la investigación. Protegen un secreto, uno que parece de vital importancia.
—Intentaron matarme —matizó ella.
Amsu negó con la cabeza.
—No, de haber querido matarte, lo habría hecho, no tengas ninguna duda. Iba a por tu hijo.
—Pero estuve a punto de morir.
—Tus heridas eran muy graves, perdiste mucha sangre, y la muerte claro que era una posibilidad, pero la intención verdadera era tu hijo. Las heridas se centraron en tu vientre.
De repente, el gesto de Selkis se estiró en una mueca sobrecogida.
—¡Shu, acaba de iluminarme! —exclamó en un gemido entrecortado.
Se llevó la mano al pecho y cerró los ojos. Amsu posó una mano en el hombro de la joven, sin saber muy bien cómo reconfortarla. Algo había acudido a su mente que la había impactado de aquella manera.
—Respira hondo, muchacha, y ordena bien tus pensamientos.
Tras unos instantes de abstracción, abrió los ojos, su mirada se mostró afectada y su boca trémula.
—Hace ya algún tiempo, yo... yo consulté al oráculo.
Amsu se envaró sentado en aquel banco de piedra, aguardando la llegada de la siguiente pieza.
—Quise conocer el destino de Nun y el mío. Yo... yo lo amaba, sabía que su posición inferior sería un escollo en mis pretensiones, pero llevaba tiempo asediada por un sueño reiterativo.
—¿Cuál?
—Que debíamos gestar a un niño que cambiaría el destino de Kemet.
Amsu guardó silencio en una clara invitación a que continuase.
Los recuerdos y el dolor se amalgamaron en una pasta densa que a Selkis le costó tragar para poder proseguir su narración.
—Necesitaba una confirmación a esa revelación, pero no la obtuve. El oráculo me sorprendió con una predicción que se cumplió poco después.
Un nuevo silencio, Selkis se afanaba por terminar de entender la relevancia de aquel auspicio en la trama que ahora la envolvía.
—Profetizó que había sido elegida por Amón-Ra para un importante cometido, salvar la vida de mi faraón o, en caso contrario, caería presa de una maldición.
—Entonces, nada tiene que ver la revelación de tu sueño con la profecía del oráculo. ¿Llegaste a contarle tu sueño?
—No, sólo le dije que no coincidía, pero él únicamente insistió en que mis deseos nada tenían que ver con la magnitud de mi destino.
Amsu meditó sobre aquel dato.
—¿Quién conocía tu sueño?
—Nun, sólo se lo conté a él.
—¿Cabe la posibilidad de que él se lo haya contado a alguien?
—No puedo saberlo.
—De todos modos, de lo que no hay duda es de que para el Chacal tu embarazo suponía una amenaza.
—¿Por qué no me mata sin más?
—Debe de necesitarte para algo.
Amsu suspiró y la observó con semblante preocupado.
—Nos enfrentamos a figuras demasiado poderosas, que la madre Isis nos proteja, muchacha.
No sólo la reina está implicada en esto.
También el faraón. Resulta evidente que conocen la existencia de la tablilla y que todos la ambicionan, unos para absorber la sabiduría y el poder que cree posee y otros, para proteger ese saber de mentes sacrílegas.
—Entiendo entonces que ahora el objetivo principal es encontrarla y apartar de su camino todo estorbo. Estorbos como nosotros.
—Así es, muchacha. —Paulatinamente, la clarividencia comenzó a abrir un sendero en la mente del médico, comprendiendo la verdadera motivación de los crímenes de los escribas y las pistas dejadas.
Esta vez fue él quien cerró los ojos un instante para asimilar el impacto de la verdad que emergía—.
Finalmente, todo parece tener sentido —reanudó—.
Najmint ha conducido al Chacal hacia la pista correcta, hacia el lugar donde se encuentra la tablilla.
Sabía que sólo él podía conseguirlo, su inteligencia portentosa ha sido utilizada para que descifre las pistas y lo lleve hacia la morada del legado sumerio.
Por eso mataba, para implicarlo en la investigación, las pistas que dejaba no eran más que huellas que quería que él siguiera y analizara.
La tinta era el vínculo para conectar las muertes de escribas, para centrar la investigación en un papiro que lo condujera a Perennefer.
El escarabeo era el modo de fijar su atención en ti, en la importancia que tienes en la trama.
Todo, absolutamente todo, son puertas que ha abierto para que Najmint las atraviese.
Puertas para conducir al Chacal hacia su objetivo.
Por tanto, si la tinta ha conducido a Najmint hacia el sumo sacerdote y el escarabajo hacia ti, la cabeza de Anubis debe de apuntar a una dirección determinada. Pero ¿a cuál?
Selkis negó con la cabeza. Sintió cómo la información giraba en su mente como un remolino de arena. Turbándola, mareándola, confundiéndola.
—En ese caso —discernió apartando aquella nube de polvo que opacaba su lucidez—, los que ambicionan hacer uso de ese poder que esconde la tablilla terminarán enfrentándose con el Chacal una vez ésta aparezca, en unas manos o en otras.
—Así es, pero es necesario matizar una diferenciación entre el proceder de ambos —precisó Amsu—.
El Chacal se sintió amenazado por la semilla que gestabas y la eliminó.
A mí y a Najmint nos han apartado de su camino porque lo que temen es ser descubiertos.
Ahora, en el tablero de juego sólo quedan ellos, o eso deben de creer.
—A mí ya sólo me importa encontrar a mi esposo con vida y huir de esta condenada pesadilla.
—Y lo encontraremos —aseguró Amsu convencido. Se puso en pie y tendió su arrugada mano hacia ella.
* * *
—La reina no se encuentra bien, no puede recibiros.
—Por eso estamos aquí —mintió Selkis—, para aliviar su dolencia.
La sirvienta los miró suspicaz.
—Ya está siendo atendida por el médico de la corte.
—Dile a tu señora que no nos iremos sin hablar con ella —intervino Amsu.
Aguardaron en la antesala, deambulando pensativos, cada cual inmerso en sus diatribas particulares.
El médico que atravesó la puerta doble no fue el que esperaban ver.
Mosi, el más anciano de los sacerdotes del templo, uno de los esbirros junto con el atolondrado Ebo de Hasani, clavó en ellos una mirada ceñuda.
—La reina está indispuesta.
—¿Dónde está Hasani?
—Ahora soy yo el médico de palacio.
Amsu lo escrutó desconfiado.
—¿Qué le ha ocurrido?
—No tengo por qué dar cuentas a un médico desterrado y caído en desgracia. Aparta de mi camino.
Amsu lo fulminó con la mirada.
Mosi gruñó molesto y salió farfullando palabras ininteligibles.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Selkis angustiada—. Najmint puede estar en grave peligro. No podemos dejarnos apartar otra vez.
—Tengo una idea —replicó el sunu .
Avanzó de nuevo hacia las puertas de la cámara privada de la reina y golpeó con rudeza.
La sirvienta volvió a asomar tras ellas. Arrugó la nariz con desagrado y lo miró irritada.
—Dile a tu señora que me envía el Chacal en su nombre.
El rostro de la joven palideció instantáneamente.
Cerró de nuevo y esperaron pacientes.
Unos pasos se acercaron y las puertas se batieron hacia dentro para dejarlos pasar.
Amsu supo que debía perfilar con cuidado su jugada o todo estaría perdido. Mientras atravesaban la fastuosidad de aquella antecámara, su mente trazaba la estrategia que seguir.
Percibió un intenso aroma a incienso, a mirra y un efluvio oleoso y acre que no supo identificar pero que le resultó peculiarmente familiar.
Encontraron a la reina de espaldas a ellos, abrazada a sí misma, mientras contemplaba cómo Atum-Ra extendía su velo cobrizo sobre Tebas. Selkis se rezagó a propósito.
Amsu distinguió una inaudita vulnerabilidad en el porte de la reina. Cuando se giró hacia ellos, lo que vio en su rostro lo desconcertó todavía más. Tenía miedo, aunque logró esbozar una sonrisa capciosa.
—Ya he cumplido mi parte del acuerdo —masculló con hastío.
Cuando reparó en Selkis, la alarma pintó sus facciones.
—¿Qué hace ella aquí?
—Como bien sabéis, es mi discípula.
—¿También en esto, anciano?
—También.
Selkis avanzó y lo observó con extrañeza. Amsu rezó por haberse ganado suficientemente su confianza. Aunque se mostraría si fuera preciso, con el riesgo que eso conllevaba.
—¿Dónde está mi esposo? —intervino Selkis beligerante.
—Donde él quiso estar.
Aquella respuesta empujó a la joven hacia Anjesenamón. Amsu logró interponerse entre ambas.
—Sólo queremos encontrarlo —manifestó el sunu conciliador—, sabemos que Najmint precisaba de vos una llave y una entrada a los túneles.
—Anoche quedé con él y le entregué la llave. No he vuelto a verlo.
—¿A qué os referís con cumplir vuestra parte del trato? —planteó Selkis recelosa.
—Pregúntale a tu maestro.
Selkis clavó en el anciano una mirada confusa.
—Has de confiar en mí, muchacha. Ya habrá tiempo de explicarte.
—¿Qué... qué está pasando?
—Después, tienes mi palabra.
Se volvió hacia la reina y la encaró estirándose en toda su longitud. Su espalda curvada se rectificó en un ademán autoritario que nunca le había visto.
—Si Najmint muere, dejaréis de contar con nuestra protección. Conducidnos hasta él.
—Si lo hago, me matará, nadie podrá protegerme de él.
—Lo hará igualmente, como hizo con Perennefer. Yo puedo sacaros de aquí y poneros a salvo.
—Ya es tarde para mí, anciano. Mi única posibilidad es servirlo.
—¿Conocéis su identidad?
La reina negó con la cabeza.
—¿Ha conseguido la tablilla?
—No me quedé a comprobarlo.
—¿Cómo puedo entrar en los túneles?
—La llave de Tut la tiene el Chacal, tendrás que robársela al faraón o a Ineni, el arquitecto real.
—¿Os ha pedido el Chacal algo más?
Anjesenamón mantuvo una expresión hierática. Sin embargo, en sus ojos afloró un brillo apesadumbrado, inquieto, derrotado.
—Y yo a él.
Aquella inquietante respuesta flotó en el ambiente enturbiando el aire que respiraban. La reina volvió a darles la espalda y, en ese giro, aquel aroma indescifrable resurgió, una nota ferrosa destacando en él. Le pareció discernir un manchón oscuro en los bajos de su kalasiris blanco.
Amsu asintió sabiendo que la conversación acababa ahí.
—Vete, anciano, mis pasos conducen a un solo lugar, harás bien en alejarte de mi camino o los seguirás.
Él esquivó la mirada aturdida y recelosa de Selkis y se dirigió hacia la puerta.
—Una cosa más. —La voz de la reina lo detuvo en el umbral—. Eres el único a quien la vista no puede engañar. Que tu instinto te guíe y el corazón no te ciegue.
Aquel enigmático consejo penetró en su mente, cobijándose en un rincón. Por algún motivo supo que pronto tendría que regresar a buscarlo.