Capítulo 47. Secretos compartidos
Secretos compartidos
Amsu regresó al cabo con el rostro prensado de preocupación.
—Najmint no aparece por ninguna parte —anunció.
El semblante de Selkis se descompuso en una mueca angustiada.
—Quizá esté fuera de palacio ocupado en alguna diligencia —barajó Horemheb.
—Es posible, pero he hablado con Bomani, y él tampoco lo ha visto desde ayer. Ni sabe en qué puede estar ocupado.
—Es extraño, Bomani trabaja con él, es su mano derecha —resaltó ella.
Amsu tenía el agudo presentimiento de que algo le había ocurrido al capitán; sin embargo, esbozó una sonrisa tranquilizadora.
—Por eso he acudido a él, pero quizá le haya surgido algún imprevisto sin importancia que ha decidido solventar.
Selkis negó con la cabeza, el miedo en sus ojos reveló que compartía la misma intuición que él.
—Anoche lo estuve esperando, pero al final me dormí sin verlo llegar. Y esta mañana tampoco ha amanecido a mi lado. ¿Y si desapareció anoche?
Aquella posibilidad hizo que los embargara un desasosiego creciente.
—No saquemos conclusiones apresuradas. Sigamos buscándolo —propuso Amsu.
Ella asintió y se volvió hacia su padre.
—Ordenaré a la guardia que rastree cada palmo de palacio y cada rincón de Tebas. Lo encontraremos —aseguró.
Selkis y Amsu salieron de la cámara para comenzar la búsqueda por su cuenta.
—¿Qué fue lo último que hablaste con Najmint sobre el caso del Chacal?
—El Chacal es mi hermano, Amsu.
El anciano la observó con la mandíbula desencajada. Selkis le detalló todo lo que sabía hasta el momento, incluso la reciente confesión de su padre.
Con cada revelación, su mente trazaba hebras que luego se iban tejiendo en un intento de esclarecer el dibujo oculto que subyacía bajo aquel siniestro tapiz.
La urdimbre era cada vez más densa y completa, pero faltaba el hilo que terminara de dar forma a aquel enigma.
Y de algún modo tuvo la sensación de que todas las piezas estaban sobre la mesa y sólo debían ordenarlas.
—El asesino es tu hermano —comenzó caviloso—, por tanto, es posible que comparta contigo la marca de nacimiento. No sé si en el mismo lugar, aunque si tu madre y tú coincidís en esa ubicación, es probable que, de tenerla, también sea en el tobillo izquierdo.
Ella frunció el ceño y asintió comprendiendo que aquel dato podría identificarlo.
—Por otro lado, según tus vagos recuerdos, os parecéis físicamente. Habremos de fijarnos detenidamente en los rasgos comunes que puedan tener contigo. Incluso si nos transmite una difusa sensación de familiaridad, que Thot nos asista en esa tarea.
—Quizá haya más datos sobre el caso que yo desconozca —adujo Selkis reflexiva.
—Sólo hay una persona a quien Najmint deba rendirle cuentas.
—Al faraón.
—En efecto. Debemos conseguir hablar con él. Es probable que tenga información relevante que quizá nos dé una pista del paradero de Najmint.
—Pues no perdamos más tiempo.
Selkis alargó las zancadas hacia las dependencias privadas del faraón, seguida del sunu .
Los medjay , el cuerpo de élite de seguridad, custodiaban el acceso a esa zona privada del palacio.
—Preciso hablar con el Horus reencarnado.
—Para solicitar audiencias, debéis elevar la petición al escriba real y será incluida en la orden del día.
—Es urgente —apremió ella.
—Eso lo decidirá el motivo que aleguéis en la petición.
Selkis oprimió impaciente los labios.
—El capitán de la guardia de palacio, tu capitán, ha desaparecido.
El soldado la contempló con extrañeza y un marcado deje de desconfianza.
La duda hizo mella en su determinación y finalmente desapareció hacia el pasillo que conectaba las estancias privadas.
Aguardaron nerviosos ante la atenta mirada del resto de los centinelas. Cuando el oficial reapareció, su ceño evidenciaba que su intromisión no había sido bien recibida.
—Podéis entrar, pero él no —informó con acritud, señalando con desdén al anciano.
Selkis fue guiada hasta la cámara donde sería recibida.
Cuando la doble puerta de la antecámara se abrió, se adentró en un espacio íntimo y opulento. Ay se hallaba tumbado en un diván, disfrutando de una bandeja de fruta.
No cambió su postura, ni su indolencia, pero al menos tuvo la deferencia de mirarla.
—¿Es cierto que Najmint ha desaparecido?
—Lo es.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
Ay dibujó un mohín desdeñoso y sonrió condescendiente.
—Quizá Merit sepa dónde está —murmuró ladino—. Ya sabemos la afición de tu esposo por los goces de tan hermosa cortesana. Harías bien en mirar en el harén antes de atreverte a molestar a tu faraón.
Selkis sintió cómo su interior hervía de furia. Sin embargo, se conminó a contener sus emociones.
—No suele eludir sus obligaciones para abandonarse a placeres, es un hombre responsable y eficiente, mi señor, bien lo sabéis. Persigue a un asesino y puede que... —tragó saliva nerviosa— puede que se haya topado con él.
—¿De qué obligaciones hablas?
Selkis lo observó confusa.
—De su cometido como capitán y encargado del caso del Chacal.
La expresión relamida de Ay la confundió todavía más.
—Es obvio que no deposita en su esposa la suficiente confianza. Quizá por eso se halle en los brazos de Merit, en busca de consuelo.
Selkis apretó los dientes y los puños. Acopió mesura e inspiró hondo antes de replicar.
—¿Por qué iba a buscar consuelo?
—Cómo lamento ser yo quien resalte los secretos de tu esposo. Najmint ya no está a cargo de la investigación. Ayer mismo lo destituí.
Aquella noticia la dejó sin habla. El estupor la envolvió en una nube densa que la inmovilizó un instante.
—¿Por qué?
Ay se llevó una uva a la boca y la degustó con minuciosidad, alargando la agonía de la joven.
—¿Por qué se destituye a alguien de sus funciones?
Selkis no respondió, su mente intentaba encontrar explicación a aquello.
—Porque no está a la altura del caso. No posee las habilidades necesarias para capturar a un simple asesino y su ineptitud se ha cobrado ya demasiadas vidas.
—¡Eso no es cierto!
Lamentó al punto ese exabrupto. Bajó la cabeza temerosa de la reacción del rey.
—Voy a pasar por alto tu osadía, porque entiendo tu desencanto y tu preocupación por tu esposo. Pero será mejor que abandones este recinto antes de que cambie de opinión.
Selkis salió con las mejillas encendidas y el pulso acelerado.
Amsu la encontró alterada y furiosa. Se encendió mucho más tras narrarle lo ocurrido.
—Creo que la respuesta a la destitución de Najmint está clara, ¿no? —murmuró Amsu, tan contrariado como ella.
—No quieren que resuelva el caso.
El sunu asintió y el semblante de Selkis se oscureció temeroso.
—¿Crees que...?
—No —se apresuró a responder el anciano—, una cosa es destituirlo, y otra acabar con él. Debemos hablar con la única persona que está al tanto del avance de la investigación. Bomani.
—Esta mañana lo he visto flirteando con Salama.
—Bomani es un hombre apuesto que gusta de la compañía femenina de todos los estratos, es un conquistador nato. Yo lo he encontrado en el pabellón, en la cámara de Najmint. Quizá siga allí.
Abandonaron el recinto real y atravesaron el palacio hasta el extremo opuesto, atentos a su alrededor sin perder la esperanza de toparse con Najmint. Una esperanza que resultó vana.
Encontraron a Bomani impartiendo órdenes a Hanif, el instructor de las levas. Ambos parecían disgustados.
Cuando Bomani reparó en ellos, despachó al instructor con urgencia y se les acercó.
—¿Ha aparecido?
—Todavía no —contestó Amsu—. Venimos de hablar con el faraón. Y las noticias recibidas no son nada halagüeñas.
—¿Sabías que Ay destituyó a Najmint del caso del Chacal? —intervino Selkis.
Bomani agrandó los ojos con estupor.
—¡Eso no puede ser! —exclamó atónito—. Ayer mismo estuvimos comentando el caso. Nada me dijo a ese respecto.
El hombre se pasó ambas manos por su espeso cabello oscuro en un ademán ansioso y desconcertado. Los miró con absoluto desconcierto.
—Necesitamos que compartas todo lo referente al caso. Me temo que es vital para tener alguna pista del paradero de Najmint.
El tono pausado y sereno de Amsu, destinado a tranquilizarlos, consiguió que los jóvenes apartaran la preocupación para centrarse en dilucidar la cuestión principal.
—Mientras los soldados rastrean la ciudad, hemos de intentar meternos en la cabeza del capitán para averiguar cuál fue el último paso que lo llevó a desaparecer —propuso el sunu .
Bomani inspiró hondo, frunció el ceño y comenzó a enumerar los datos más relevantes que Najmint había conseguido discernir hasta aquel momento:
—Llegó a varias conclusiones importantes. Una de ellas fue descubrir que Perennefer le había mentido. Su teoría se basaba en una especie de alianza entre el Chacal y el sumo sacerdote. Creía que ambos buscaban la tablilla sumeria.
—¿Por qué en ese caso mató a Perennefer? —inquirió Selkis.
—Según el capitán, para no dejar cabos sueltos, o porque había cometido algún error en el plan formulado por ambos.
—Continúa —pidió Amsu.
—En realidad, Najmint tenía la convicción de que los asesinatos de los escribas eran sólo un mero artificio teatral para camuflar el verdadero crimen: la muerte del oráculo.
Selkis y Amsu se miraron conmocionados.
—El oráculo debió de ver algo que pensaba compartir mediante un rito de anunciación en el templo. Y los implicados trazaron toda esta trama para matarlo sin que nadie centrara sus recelos en la posible conveniencia de aquella muerte.
—Ese planteamiento por parte de Najmint me parece de una mente preclara y brillante —musitó Amsu—, pero imagino que tiene su base en argumentos sólidos.
—Sus elucubraciones iban tejiéndose a raíz de los descubrimientos. A medida que avanzaba la investigación y conseguía los testimonios de testigos y sospechosos, sus hipótesis se ajustaban a la verdad que iba descubriendo.
—No pongo en duda la inefable agudeza del capitán, pero necesitamos detalles concretos en este instante —urgió Amsu.
—Najmint tenía la sospecha de que Anjesenamón también mentía.
—Les contó todo lo referente a los túneles secretos, las tres llaves con sus respectivos planos y el convencimiento de que alguien había sustraído la llave del fallecido rey Tut para poder registrar los túneles o que su esposa los tenía en su poder y se negaba a reconocerlo por alguna razón.
Selkis meditó detenidamente sobre aquello.
—Sólo hay un motivo para que no colabore —caviló—, y es que también sea cómplice del Chacal. Y ambos busquen la tablilla.
—Es lo que barajaba tu esposo —alegó Bomani—, por eso lanzó un cebo.
—¿Qué cebo?
—Anunciar que tenía en su poder la tablilla.
—Atrayendo de ese modo al asesino hacia él —exhaló Selkis abrumada.
—Todo converge en ese legado sumerio, sabe que es la pieza clave de todo este misterio.
Amsu jugueteaba con uno de sus anillos, cambiándoselo de dedo mientras su semblante se contraía meditabundo.
—En efecto, a esa conclusión llegó Najmint —corroboró Bomani.
—¿Ése fue el último plan que trazó?
El oficial negó con la cabeza.
—Lo último que sé es que iba a presionar a la reina para conseguir respuestas.
—Bien, al menos ya tenemos un nuevo punto de partida donde indagar —espetó el anciano—. Sin embargo, me consta que Najmint también analizaba el simbolismo de los elementos rituales utilizados en los crímenes. Tengo la intuición de que nada en este caso está sometido al azar.
—Cierto —convino Bomani—. Según él, el asesino estaba transmitiendo un mensaje, escenificando el crimen.
La tinta representaba la amenaza de transmitir un secreto.
La advertencia sobre las implicaciones de usurpar un legado ajeno.
El escarabeo en una boca muerta representa un secreto transmitido de generación en generación, como el bolo que hace rodar un escarabajo.
La cabeza de Anubis, además de proteger de los letales efluvios del veneno, representa el guía del inframundo.
Amsu dirigió una significativa mirada al tobillo de Selkis, acompañada de un sutil movimiento de barbilla. Ella asintió en un gesto apenas perceptible.
—Entonces es lógico suponer que los asesinatos de los escribas no sólo han servido para camuflar el objetivo principal, y si, como pensamos, no ha sido nada dejado al azar, los cadáveres de los escribas son en realidad mensajes contundentes para el propietario de la tablilla. Amenazas, en realidad.
Bomani asintió coincidente.
Amsu extrajo por enésima vez el anillo de su dedo índice con más ímpetu del necesario y el cilindro de plata salió impulsado hacia el suelo y cayó a los pies de Bomani.
El anciano, haciendo gala de una agilidad inaudita, se abalanzó hacia los pies del oficial, calzados con livianas sandalias, tanteando torpemente el suelo entre ellos. Selkis también se acuclilló para ayudar a buscarlo. Lo cogió y se lo entregó al sunu .
—Gracias, muchacha, mi vista ya no es la que era. Siento la interrupción —se disculpó—. Como iba diciendo, no sabemos el alcance de esas elaboradas amenazas, o son desoídas, o el propietario, asustado, ya está muy lejos de aquí.
Entrecerró su aviesa mirada para escrutar la expresión de Bomani, lo que era más bien un aviso a Selkis que un gesto dirigido a discernir la reacción del hombre por sí mismo. Detestó profundamente su mermada visión, pero confió en la perspicacia de su discípula.
—Eso parece —aseveró Bomani circunspecto—. Pero ahora lo que nos atañe es encontrar al capitán. Y es bastante posible que haya conseguido la llave de manos de la reina y que se haya quedado atrapado en los túneles.
Aquella posibilidad fue compartida por los tres.
—Bien, pues no perdamos más tiempo —apremió Selkis.
—Dispondré unidades especiales para buscarlo por todo Waset, y así cubriremos todas las posibilidades. Mientras, intentad averiguar si la reina le dio la llave de los túneles al capitán.
Bomani ya se marchaba cuando se detuvo de pronto, asaltado por una duda.
—Un momento —se volvió hacia ellos—, si el faraón ha destituido a Najmint, ¿quién ocupa ahora su lugar?
Selkis cayó en la cuenta de que no lo había preguntado.
—No lo sé, en ese momento estaba tan ofuscada que no pregunté.
—Bien, voy a informarme al respecto.
Amsu y Selkis salieron de los barracones de la milicia rumbo de nuevo a las dependencias reales.