La muerte que respiras Capítulo 46. Heredera de un secreto #2
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Capítulo 46. Heredera de un secreto #2

»Caía la noche cuando un guardia me avisó de que una mujer suplicaba verme.

Se me paró el corazón al verla en la entrada.

La acompañé al jardín interior para conversar más discretamente.

Allí me entregó un secreto. Me confesó que su origen era sumerio y me pidió que custodiara algo sagrado para su pueblo, que no confiaba en nadie, que debía esconderlo en un lugar seguro, que era de vital importancia. Que nadie lo buscaría en palacio.

»Me entregó un saco de arpillera. Yo le dije que no podía confiar en un desconocido. Y ella me respondió algo que me tocó el corazón todavía más de lo que lo hacía su sola presencia. Me dijo que yo era la única persona que había intentado protegerla, y que ésa había sido la señal.

Horemheb suspiró embebido en sus recuerdos. Pareció perderse en ellos durante un silencioso instante, suspendido en aquel jardín, con aquella muchacha y aquel secreto.

—Se trataba de la tablilla, ¿no es así?

—Era una loseta de piedra, repleta de inscripciones en un alfabeto desconocido para mí, que supuse sumerio. Ella me dijo que era el legado de su pueblo, que contenía un secreto que debía permanecer oculto o despertaría la ira de los dioses. También había un papiro, en el mismo idioma.

Aquello le recordó a Selkis los papiros médicos que había sustraído de la biblioteca, y que a su vez habían desaparecido de su cámara.

Ahora todo comenzaba a cobrar sentido. Creían que, como hija de Anat, buscaba también el legado y por eso había robado esos papiros.

La llevaban vigilando desde el principio.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó con agudo desasosiego.

—Acepté. Con una condición.

—¿Cuál?

—La que la mató.

Selkis sintió un nudo oprimiendo su estómago.

—Quiero saberlo todo.

Horemheb asintió, tomó una honda bocanada de aire y continuó:

—Le pedí a cambio que huyera con sus hijos lejos de aquella bestia que tenía por marido.

Le ofrecí protección y cobijo. Y aceptó.

Quedé con ella días después, para llevarla muy lejos, pero no la encontré.

Mi desesperación crecía, tanto fue así que decidí llamar a su puerta.

Nadie me abrió, pero yo oí en el interior gimoteos.

Derribé la puerta de una patada y lo que allí vi. .. jamás podré olvidarlo.

Cerró los ojos, completamente desgarrado por el pasado. Tragó saliva y su rictus se crispó.

—Anat agonizaba en el suelo, sobre un charco de sangre.

La había apuñalado. Junto a ella, un hatillo con el que pensaba escapar.

No había nadie más en la casa. Me abalancé sobre ella y entre sus últimos estertores logró pedirme que salvara al hijo que llevaba en su vientre.

Ella se moría, y me hizo prometerle que esa nueva vida que le había ofrecido se la diera a su hijo.

La acuné entre mis brazos. Sabía, por las heridas que tenía, que no estaba condenada.

Intenté acompañarla en su marcha, del mejor modo que pude.

Mi corazón sangraba por ella, por aquella muchacha que sin saberlo me lo había robado con una sola mirada encontradiza.

Acaricié su cabello, su rostro, le prodigué susurros tranquilizadores y hasta le canté.

Antes de que exhalara su último aliento, le prometí que cuidaría de su hijo.

Selkis gimió abrumada. El nudo se deslizó hasta su garganta y sus ojos se anegaron de lágrimas.

—Murió en mi brazos. Su vientre comenzó a moverse ante mis ojos, como si aquella criatura me recordara la promesa. Saqué mi daga y le abrí el abdomen con toda la prudencia que pude. Y te saqué de su interior.

Las lágrimas quemaban, la garganta le ardía y el pecho le dolía.

—¿No buscaste venganza? —Las palabras se estiraron rabiosas entre sus dientes.

—Mi prioridad fuiste tú. Te llevé a palacio y te entregué a un ama de cría.

Después regresé a por él, decidido a hacer justicia.

Pero no lo encontré por ningún sitio, tampoco a aquel niño.

Y te juro que estuve mucho tiempo intentando dar con él.

Al final, el vengativo Horus que moraba en mí se apaciguó y me dediqué a ejercer de padre.

Pasaron los años, y tu parecido con Anat resultaba sorprendente.

Poco podía saber yo que aquel niño a quien castigué por hacerte daño era tu hermano.

—Por eso me hacía daño, porque lo era. Él debe de creer que yo maté a mi madre al nacer. Quizá fue su padre el que le hizo creer eso. Pero ellos sí me buscaron a mí, y me encontraron.

Le costaba asimilar que su verdadero padre era aquel ser abyecto.

—Es posible. Ellos debieron de marcharse un tiempo de Tebas para escapar de mi ira, y regresaron después. No lo sé. Pero ahora debemos identificarlo como sea y detenerlo.

—¿Dónde escondiste la tablilla y el papiro?

—Con ella.

Esa afirmación la sobrecogió.

—¿Los enterraste con ella?

—Le construí su propio hipogeo, dentro de los túneles subterráneos que hay en palacio.

Le encargué al embalsamador real que preparara el cuerpo como si fuera el de una reina.

Mandé confeccionar un sarcófago para ella, y en su tumba introduje su legado.

Sellé el sepulcro con una losa y decidí grabarla con una marca que tenía en su tobillo izquierdo, la que tú has heredado.

Lo que me pareció extremadamente curioso fue que el papiro y la tablilla también tenían ese símbolo, el escarabajo sagrado.

Selkis permaneció pensativa, intentando apartar las nubes de emociones que llovían sobre ella, para centrarse en aquel legado. Y supo que ella era ahora su custodia.

—Soy la heredera de un secreto. Me pertenece y, como parte de esa estirpe, me corresponde averiguar de qué se trata.