Capítulo 46. Heredera de un secreto
Heredera de un secreto
Selkis despertó de un sueño inquieto.
A su lado, la nada, el frío, la ausencia.
Se frotó los ojos, bostezó y lamentó que Najmint se hubiera ido ya. Tampoco pudo cobijarse en su abrazo antes de dormirse. Debía de haber llegado tarde de sus obligaciones. La necesidad de verlo, de sentirlo, de hablar con él la constriñó.
Suspiró hondo y se desperezó melosa.
Se encontraba mucho más vigorosa y restablecida. Su ánimo también había mejorado considerablemente, a pesar de la inquietud por los recientes y sobrecogedores descubrimientos. Lamentó no poder haberlos transmitido a Najmint.
Salió de la cama, se lavó, se acicaló, se vistió con la intención de ir a visitar a su padre y, después, de buscar a su esposo. Necesitaba un abrazo más que un buen desayuno.
Cuando abrió la puerta de su cámara encontró a Salama, su doncella, flirteando con Bomani. Ambos parecían susurrarse intimidades mal cobijados por una columnata. En la búsqueda de un rincón privado para sus devaneos se evidenciaba su apasionada complicidad.
Selkis decidió enfilar el otro pasillo para no incomodarlos.
Pensó en la curiosa pareja que hacían. Ella, menuda y de corta de estatura, parecía una niña al lado de un hombre alto y de gran envergadura como Bomani, que además solía llevar una barba espesa y mal cuidada, lo que le daba un aspecto más varonil y maduro.
Atravesó varias salas hasta llegar a la cámara del general. Saludó a los soldados que custodiaban la entrada y se adentró en la estancia.
Encontró a Amsu inclinado sobre Horemheb.
Selkis contuvo el aliento. Su padre estaba despierto y parecía lúcido y despejado.
Sonrió feliz y caminó hacia ellos.
Amsu le regaló una sonrisa luminosa.
—La curación ha sido exitosa y los procedimientos acertados. Le has salvado la vida.
Ella sonrió entre lágrimas y miró a su padre.
La gratitud y el orgullo que relucían en su gesto le llenaron el corazón.
Llegó hasta él y se abrazó a su pecho.
Una mano se posó titubeante en su espalda.
—Hija..., no sólo han sido tus cuidados los que me han anclado al reino de los vivos, ha sido tu cariño.
Alzó el rostro hacia él y le regaló una mirada tierna.
—Me alegra tanto verte así... ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele? ¿Tienes hambre? ¿Sed, quizá?
Amsu rio ante la batería de preguntas ansiosas.
—Tampoco conviene aturullarlo, muchacha.
—Amsu me ha ayudado a beber algo y masticar una torta de trigo con miel. Estoy dolorido, pero más anquilosado.
—Ha caído en lo que llamamos sueño curativo —explicó el sunu —. No todos despiertan de él, por muchos cuidados que reciban. Pero ha tenido a la mejor senut para que eso suceda, y el favor de Osiris. Es un hombre afortunado.
—Así me siento —murmuró derramando en ella una mirada encandilada.
—Pero no hemos de confiarnos —añadió Selkis con prudencia—, mi maestro me enseñó que la convalecencia es crucial para el completo restablecimiento del paciente.
Amsu la miró divertido.
—Me temo, general, que pasaréis desde ya a soldado raso.
Horemheb rio la gracia. La sacudida de la carcajada le arrancó un gemido dolorido.
—He liderado tropas de hombres bravíos, he luchado y vencido en batallas atroces, pero jamás he conseguido dominar el talante de mi hija, ese del que ahora me siento tan orgulloso.
Selkis no pudo reprimir el impulso de tomar la mano de su padre y depositar un beso en el dorso.
Resultaba curioso cómo la cercanía de la muerte realzaba el sentido de la vida.
Esa nueva conciencia de pérdida daba brillo a lo realmente importante.
A valorar cuanto se poseía, a disfrutar del afecto, de cada sensación, por pequeña que fuera.
A aprovechar el tiempo en todo su esplendor, pues se evaporaba como el rocío de la mañana, se filtraba como arena entre los dedos, se malgastaba con la falsa creencia de tener suficiente.
No, el tiempo lo era todo. Y justo por eso cada instante debía ser saboreado con absoluto placer y con la complacencia de haberlo utilizado correctamente.
—Han pasado muchas cosas desde que partiste a la guerra, padre.
Los hombres se miraron cómplices.
—Amsu ya me ha puesto al corriente de algunas cosas.
—¿Sabes lo del Chacal?
—Sí, me ha puesto en antecedentes. Pero me gustaría que Najmint aportara todos los detalles sobre el caso, como investigador oficial.
—Iré a buscarlo y te informará de todo. Yo también poseo información que es relevante, y que me atañe de manera personal.
El asombro ensombreció de preocupación su rostro.
—¿Qué relación puedes tener tú con los crímenes?
Selkis titubeó un instante indecisa. Finalmente optó por contarles cuanto sabía del caso. Y la constatación de su vínculo con el asesino.
Cuando concluyó su narración, ambos hombres la miraron sobrecogidos.
Tras un silencio de asimilación, Horemheb cerró los ojos y su gesto se contrajo en una mueca afectada.
Recuerdos punzantes parecieron acudir a su mente, tensando más sus facciones.
—¿Recuerdas el nombre de aquel niño al que castigaste?
Negó con la cabeza. Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada estaba nublada por un paño apesadumbrado y contrito.
—Mejor os dejo solos, iré en busca del capitán. Por suerte, sólo estoy vedado en las inmediaciones del templo.
Amsu, tan avispado como siempre, intuyó la floración de un pasado familiar que en nada lo incumbía.
Cuando salió de la cámara, su padre al fin pudo sostenerle la mirada.
—El pasado siempre regresa —lamentó con voz derrotada.
Selkis se sentó a su lado y tomó su mano.
—Padre, sé que estás muy débil todavía, y seguramente tu mente siga confusa. Quizá mañana, si amaneces con más energía, puedas...
—No —la interrumpió él vehemente—, hay un asesino suelto, tú corres peligro, no hay tiempo que perder. Y aunque los recuerdos me hieran, la preocupación por ti ahora mismo me desborda. No sé en qué puede ayudar lo que voy a contar, pero sin duda tiene relación con Anat.
Vio a su padre hacer acopio no supo si de valor o de voluntad. Su mirada se volvió huidiza, sus ademanes nerviosos. Aquellos significativos gestos la pusieron en guardia. Inspiró hondo y aguardó pacientemente a que terminara de reunir las fuerzas necesarias para vomitar la historia.
—Tropecé con ella una mañana en el mercado.
Era muy joven, tan hermosa que robaba el aliento.
Yo caminaba distraído y casi la derribo en una esquina.
Ella portaba un balde de agua y al trastabillar derramó la mitad del contenido.
Yo me disculpé y me ofrecí a ayudarla, ella se negó y continuó su camino.
Por alguna razón, mis pasos decidieron seguir los suyos.
Hizo una pausa y su porte se envaró.
—No albergaba más intención que la de saber más de ella.
Fue como si un hilo invisible tirara de mí hacia aquella muchacha, y me dejé arrastrar por él.
La seguí unas calles hasta que un hombre se interpuso en su camino.
Yo me refugié en la entrada de una casa y oteé con prudencia.
Los gritos aumentaron y me puse en guardia.
Aquel hombre la abofeteó y la empujó con violencia.
Ella cayó al suelo y yo salí de mi escondite y me enfrenté a él.
Era mayor que yo, pero no me importó, lo golpeé y le advertí que, si volvía a ponerle una mano encima a su hija, lo lamentaría.
Su rictus se estiró. La vividez de aquel recuerdo agrió su semblante.
—Él me dijo que no era su hija, sino su esposa. Aquello me desconcertó y me molestó. Sin embargo, mantuve mi amenaza, ayudé a la muchacha a levantarse del suelo y... me apercibí de su estado.
Selkis contuvo la respiración.
—Estaba embarazada —aclaró Horemheb—. Mi estupor no quedó ahí. Del interior de la casa salió un niño pequeño que me miró con extrañeza y que corrió a los brazos de su madre. Con una amarga desilusión acompañando mis pasos, me alejé de allí, cortando mentalmente aquel hilo que me había unido a ella.
»Pasaron los días, y yo seguía pensando en ella.
Evocaba su rostro, sus grandes ojos, tan similares a los tuyos.
Su expresión inocente, vulnerable, asustada.
La vileza de su esposo. La condena que debía de suponer para ella estar atada a un hombre como él.
Una bestia que golpeaba a su mujer embarazada.
La desazón por su bienestar se convirtió en un acicate diario.
Mis pies de nuevo ansiaban acudir a su encuentro, azuzados por mi corazón, pero mi cabeza me mantenía inmóvil.
Su vida no era mi problema, su destino no me concernía.
Estaba casada, con un hijo pequeño y otro en camino.
Pero un día no pude soportarlo más y salí a buscarla.
»Estuve acechando su puerta hasta que la vi salir, llevaba a su hijo pequeño de la mano y una cesta en la otra.
Y la seguí de nuevo. Llegó al mercado, deambuló por algunos puestos.
Intercambió productos y, cuando ya se disponía a regresar, la intercepté en una plaza.
Ella me reconoció y su expresión fue temerosa.
Quise saber si solía golpearla, ofrecerle mi ayuda, pero ella me suplicó que me alejara, que no volviera a acercarme o lo pagaría ella.
Entonces me fijé en los moratones que lucía en el lado derecho de su rostro y la furia me inflamó.
Y, llevado por un arrebato apasionado, le ofrecí escapar de aquella vida para venirse conmigo.
Le hablé de mi buena posición. Yo todavía no era general, apenas un oficial sin rango, pero me instruía para alcanzar posiciones.
Mi noble cuna y mi determinación me auguraban un glorioso destino.
Ella me rechazó y se escabulló entre las callejas.
Volví a masticar mi derrota y me marché.
»No pude quitármela de la cabeza. Hathor jugaba conmigo cruelmente, impidiéndome olvidarla, y yo tuve que apelar a mi buen juicio para combatir aquella inefable atracción que sentía.
»No obstante, fue ella la que acudió a mi encuentro.