Capítulo 45. Un buen lugar para morir
Un buen lugar para morir
Al igual que odió el amanecer en aquel día, detestó profundamente el ocaso.
Habían viajado en un coche de alquiler todo el día.
Llegaron a la casa de Zaid al atardecer. De ahí, fueron caminando hacia el Valle de los Reyes.
Alison y él, ocultos bajo chilabas con capucha, aguardaban tras un murete medio derruido el cambio de guardia.
Zaid confiaba en que la maldición estuviera ligada solamente al féretro de Tutankamón, que ya no se encontraba allí, y no a la tumba en sí. Aunque no confiaba mucho en ello.
Durante el tiempo de espera, se recriminó mil veces haber accedido a esa locura.
De camino a la tumba KV62, intentó asustarla, a pesar de saber la futilidad de su empeño.
Al menos, logró contener el impuso de cargarla sobre su hombro y alejarla de aquel lugar.
Si algo tenía claro de Alison es que era una mujer que no se dejaba influenciar por nada ni por nadie, que sentía la imperiosa necesidad de comprobar las cosas por sí misma, de formarse su propia opinión.
Su alma periodística se nutría de esa honestidad y fidelidad a sí misma.
No era una mujer que vendiera sus principios por un titular, su incorruptibilidad resultaba patente.
Consagrada a la búsqueda de la verdad, sólo encontraba un camino para llegar a ella, y era experimentarla en carne propia.
Algo loable que la ensalzaba todavía más a sus ojos.
Las sombras comenzaron a alargarse paulatinamente. La luz retrocedía mordida por la oscuridad, devorada por una noche incipiente.
—En el cambio de guardia, los centinelas conversan un rato y se distraen, ése es el momento idóneo para escabullirnos al interior de la tumba.
—¿Y cuál será el momento idóneo para salir?
—El momento en que se duerman.
—¿Y si no lo hacen?
—Lo harán, no les pagamos tanto.
Alison dejó escapar una risa sofocada y lo miró divertida. Al cabo, recompuso su gesto serio. Parecía preocupada por algo.
—¿Y si yo no siento esa presencia, ese algo intangible y oscuro que percibiste tú?
—Pues dormirás más tranquila.
Alzó una ceja y sus labios se curvaron en una sonrisa dúctil.
—Mi profesión está basada en pruebas y testimonios, esa faceta mística me temo que ha quedado relegada, cegada, como dices.
Pero justamente es mi oficio, esa pasión por descubrir misterios, lo que me impele a abrirme a toda clase de posibilidades.
El hecho de que yo no perciba lo que tú no te quita credibilidad, simplemente tenemos sensibilidades diferentes. Sólo quería que lo supieras.
Zaid sonrió indulgente.
—El gran problema de la humanidad siempre ha sido intentar imponer una verdad absoluta, creer que sólo hay una, pero hay tantas como formas de ver el mundo.
Mi verdad es sólo mía, de nadie más, y si se da el caso de poder compartirla con alguien afín, debe de ser maravilloso, pues debe de hacerte sentir menos solo en un mundo tan caleidoscópico.
—Eres un hombre peculiar.
—Espero que tanto como tú.
Sus miradas se engarzaron un instante, en los ojos de ella creyó ver ese brillo distintivo que asomaba cuando el interés por alguien tomaba otro cariz.
Pero quizá ese brillo fuera tan sólo el reflejo de los suyos.
Tal vez estaba proyectando en ella lo que comenzaba a palpitar en él.
Alison era una mujer liberal, independiente, madura, que se sentía atraída físicamente por él, no había nada sentimental en eso.
Descartó de inmediato aquellos pensamientos y se asomó por la esquina del muro.
La oscuridad ya los amparaba lo suficiente para acechar con más libertad.
Oyeron el traqueteo de un carro aproximándose. Zaid oteó entre los bloques de piedra. El momento se acercaba.
Un hombre bajó de la carreta y el guardia de turno recogió un hatillo y se acercó a él.
—¡Ahora!
Salieron de su escondrijo y corrieron encorvados hasta el siguiente punto donde guarecerse, un peñasco.
Zaid volvió a vigilar los movimientos de los guardias.
Las carcajadas de los hombres relajaron su ánimo.
Fijó la vista en el rodal de luz derramado por la hoguera donde se haría la guardia nocturna, que, a excepción de algún paseo rutinario, pasaría junto al fuego toda la noche.
Las frías noches del desierto mordían tanto como el sofocante calor de las mañanas.
Fuera de ese cerco de luz parpadeante, la negrura ganaba intensidad.
En el cielo lucía una delgada luna menguante que apenas agrisaba las sombras con su sonrisa de nácar. Todo parecía arroparlos.
Pasaron de un peñasco a otro, hasta llegar muy cerca de los escalones de acceso a la tumba.
El murmullo de la conversación se elevó ante la cercanía. Le pareció que se despedían y la urgencia lo acometió.
—No hay tiempo que perder, un último tramo y ya.
Corrieron de nuevo y, justo antes de llegar a la escalera, oyó un sonido sordo y un gemido estrangulado.
Se volvió y vislumbró una figura oscura tirada en la arena. Alison se incorporó a medias y se arrastró hasta él. Un movimiento cercano lo alertó. Zaid contuvo la respiración y oyó el rumor de la carreta alejándose. El centinela no estaba dentro del cerco de la hoguera.
Amusgó los ojos y rastreó su alrededor. Tuvo la aguda sensación de ser observado, pero no detectó nada alarmante.
Cuando Alison llegó a su altura, le cogió la mano y la guio hasta el acceso. Por fortuna ya no había antorchas iluminándolo. La tumba estaba vacía y, a pesar de su inefable valor, ya no se tenían las mismas precauciones.
Descendieron la escalera completamente a ciegas. Zaid no quería arriesgarse a prender la linterna hasta llegar al primer rellano. Fue tentando cada paso con necesaria prudencia. Alison estaba ceñida a su espalda, casi sincronizada a sus movimientos.
Cuando por fin consideró seguro encender la linterna, el haz de luz iluminó un pasadizo estrecho y claustrofóbico que parecía descender hasta las entrañas de la Tierra.
Motitas minúsculas de polvo suspendidas en la luz parecían levitar congeladas en el tiempo, confiriendo a aquella incursión un matiz casi onírico.
El rasguño de las suelas de los zapatos contra la tierra los acompañó en la bajada. Otro sonido, amortiguado pero reconocible, lo hizo volverse hacia ella; era un quejido suave, pero regular en cada paso.
—¿Estás bien?
—Sí, he tropezado antes con una maldita piedra y me duele un poco la rodilla.
Zaid la tomó en brazos y cargó con ella los siguientes tramos de escalera.
Llegaron a la antecámara del tesoro. Allí, la depositó en el suelo.
—Habéis hecho un buen expolio —musitó ella observando el vacío de una sala sin decorar.
Zaid le dedicó media sonrisa socarrona.
—Han sido muchos años de trabajo, nos hemos esmerado bien —susurró burlón.
—¿Puedes caminar?
—Sí, sólo ha sido un rasguño, aunque escuece como si me hubiera frotado ortigas en la rodilla.
Zaid se puso en cuclillas y le alzó lentamente la chilaba. Su rodilla izquierda lucía un arañazo que sangraba y tenía la piel levantada y rasgada. Nada de gravedad, aunque molesto.
—Sobrevivirás.
—Me quedo más tranquila.
Intercambiaron una sonrisa cómplice y se dirigieron al siguiente pasadizo, que conducía a la cámara del sarcófago.
Cuando Zaid deslizó el haz de luz por las paredes, Alison gimió sobrecogida por la belleza polícroma de los murales.
Se acercó a la pared de la derecha, la más llamativa, y permaneció inmóvil, absorbiendo cada detalle.
—Son representaciones de Anubis, Isis y Hathor.
—Es impresionante...
—El estado de conservación es sublime, los pigmentos siguen vivos, la definición de los contornos permanece inalterable. Este espacio es como una cápsula en el tiempo.
Alison prestó atención a la pared del fondo, pasando la yema de los dedos por la superficie.
—Esa escena representa a Nut y Tutankamón, al que lo sigue su Ka , mientras es llevado al reino de los muertos.
—¿Qué es el Ka ?
Zaid se acercó a ella y señaló con el dedo el símbolo.
—Según la mitología egipcia, es uno de los componentes del espíritu humano, el que representa la fuerza vital. Es una pizca del principio universal e inmortal de la vida.
—¿Qué más componentes hay?
Se volvió hacia él. Sus rostros estaban tan cerca que, para estrangular el impulso de besarla, Zaid se apartó unos pasos.
—Además del Ka , están el Ib , el Ba , el Aj , el Ren y el Sheut .
Y como tu siguiente pregunta será qué simboliza cada uno, te respondo ya.
El Ib es el corazón, el elemento más importante de todos, es la sede de los pensamientos y las emociones, es el que hace de contrapeso junto con la pluma de Maat, que simboliza la verdad en la balanza de Osiris.
Ella dio un paso hacia él.
—El Ba simboliza el alma humana, englobando el concepto de la personalidad.
El Aj representa la iluminación del individuo, la consecución de metas elevadas; solía ser un componente exclusivo de faraones y dioses, pero luego el pueblo llano acogió este concepto llegando a él a través de trabajo y dedicación.
Otro paso más. Zaid tuvo que retroceder de nuevo.
—El Ren es el nombre que recibe la persona al nacer, aunque puede cambiar si la persona evoluciona. Vive mientras sea pronunciado.
Ella volvió a acercarse. Zaid mantuvo la posición.
—Y por último está Sheut , la sombra. Para los antiguos egipcios tenía una importancia vital, pues la sombra no existía sin la persona y viceversa. Mientras hay sombra, hay corporeidad, siendo esta misma, a su vez, un elemento incorpóreo.
—Interesante... —murmuró ella alzando el rostro hasta él.
—También... —Su mirada se prendó de una boca entreabierta e invitadora.
Se conminó a resistir toda tentación, carraspeó y continuó—: También estaba el Sejem , que se podía conseguir.
.. mediante un proceso de iniciación, era algo así como.
.. como la manifestación de la fuerza y la voluntad divinas.
Se llegaba a él con trabajo duro, y confería poder a aquel que lo portaba.
Era representado como un cetro sagrado, por eso lo llevaban los sacerdotes o magos y, por supuesto. .., el faraón.
Sintió el suave aliento de Alison atormentando su boca. Frunció los labios con un mohín contenido y la miró intrigado. Su excesiva cercanía lo perturbaba.
—Mi Ib precisa de algo urgente.
—Mi Ka se ve afectado por tu cercanía.
—Liberemos ambos a ver qué sucede —propuso ella. El rasgado timbre de su voz le erizó la piel.
Alison sonrió sugerente, se alzó de puntillas y lo besó.
Las reservas de Zaid se evaporaron ante la fuerza de su deseo.
Y en mitad de aquella rendición, obnubilado por las emociones que ella despertaba en él, algo más se filtró en aquel beso.
Una nota que no supo identificar pero que sonaba a un susurro lejano, al silbido del viento, al eco de pasos.
Su sabor contenía matices añejos, familiares, estremecedores.
Su mente comenzó a abrirse, a llenarse de luz, de oscuridad, de color. Y entonces oyó unas pisadas.
Percibió el peligro antes de verlo. Era una sensación viscosa y fría que se apelmazaba en su nuca.
Se volvió sobresaltado y en ese instante oyó con pavorosa precisión el característico sonido de una pistola amartillándose. Vio el fogonazo emerger de la penumbra, la bala atravesó el espeso aire de la cámara y penetró en su tórax.
Un grito femenino lo acompañó en su caída.
Mientras la negrura se deshilachaba en hebras para envolverlo y devorarlo, como una voraz tarántula, pensó que aquél era un buen lugar para morir.