Capítulo 44. Entre la pasión y la razón #2
—Compartir es una virtud que no poseen los gobiernos, ni la ambición.
—Cierto —concordó Alison.
Repasó su escote con la yema de los dedos en un gesto que quiso ser casual, pero que en realidad iba enfocado a que miradas masculinas se prendaran de aquella opulencia.
Cuando su mirada se volvió escrutadora, ratificó la intención. Deseaba comprobar el efecto que causaba sobre él. Zaid mantuvo una expresión hierática, que pareció decepcionarla.
—He estado pensando sobre la compleja trama que parece envolver los crímenes que investiga —barbotó, decidido a apartar la poderosa atracción que aquella mujer provocaba en él—, y en especial en ese cabo suelto que desmonta su teoría.
—Todo cabo suelto es susceptible de ser atado —adujo ella—. Eso no implica que mi teoría sea incorrecta, sino que esconde evidencias que han de ser descubiertas.
—En ese caso, ¿por qué cree que mataron a Carnarvon para conseguir la concesión de la tumba, sabiendo que la concesión iría a parar a manos de su hija Evelyn y no al gobierno egipcio, como pretenden?
Ella pareció reflexionar mientras acariciaba, aparentemente distraída, las perlas del collar que adornaba su pecho, nuevamente atrayendo su atención sobre él.
Esta vez Zaid decidió complacerla, mostrando su apreciación hacia la tersura de un escote níveo y generoso.
A cambio, recibió una mirada congratulada.
—No lo sé, pero lo descubriré. Nuestro encuentro con lady Evelyn puede que nos facilite esa respuesta.
—¿«Nuestro»? No recuerdo haberla invitado.
Ella enarcó una ceja y lo miró reprobadora.
—Daba por hecho que estábamos juntos en esto.
—¿Intentar seducirme es otro modo de adherirme a la causa?
Ella sonrió de medio lado, tan condenadamente sensual que le costó mantenerse imperturbable.
—Según la teoría de la navaja de Ockham, la explicación más sencilla suele ser la más acertada, como sucede en mi caso. —Alison se puso en pie y le dirigió una mirada insinuante—. Intento seducirlo porque me atrae, señor Stone, por ninguna otra razón.
Zaid la imitó y se acercó a ella.
—Señorita Miller, no precisa esfuerzo alguno, en ese aspecto ya me convirtió en su siervo la primera vez que puso sus ojos sobre mí.
Ella sonrió provocadora y le tendió la mano.
Zaid la tomó y se dejó llevar por ella. Supo adónde lo conducía.
No bien hubieron cerrado la puerta de la habitación de Alison, ella lo empujó contra ella y se cernió sobre su boca.
El beso fue rudo, hambriento, urgente.
Alison introdujo las manos por las solapas de su chaqueta y forcejeó para quitársela. Zaid ahuecó las manos en las turgentes nalgas de la mujer y ella rodeó sus caderas con una de sus piernas.
La pasión se desató, arrolladora y candente.
Ambos pugnaban por liberar la piel de ropa, para vestirla de caricias.
Se devoraban con esa ansia de quien nunca se colma.
Sus cuerpos clamaban con ardorosa desesperación fundirse, dejarse arrastrar a ese abismo insondable e incandescente al que los abocaba aquel deseo voraz.
El mundo se diluyó.
El fuego se desató.
La locura estalló.
Zaid la alzó y ella le rodeó las caderas con los muslos. Y, sin despegar sus bocas, llegaron a la cama. Su último pensamiento consciente antes de perderse en ella fue desear que no amaneciera.
* * *
Su deseo no se cumplió.
El sol asomó por el horizonte. Sus mortecinos haces delineaban un cuerpo sinuoso y grácil de piel de alabastro, arrancaban reflejos a una abundante melena oscura y enmarcaban una estampa que Zaid grababa en su retina con absoluto arrobamiento.
Alison dormía boca abajo, con una pierna flexionada y las sábanas arremolinadas en las pantorrillas. Tenía el rostro vuelto hacia él, con los labios ligeramente entreabiertos, tentadores, suculentos.
Alargó la mano hasta su espalda y apartó los mechones que la cubrían para deslizar la yema de los dedos por el suave cauce de su columna. Navegó por ella, deteniéndose en la desembocadura de sus nalgas. Alison se estremeció y abrió los ojos.
Una radiante sonrisa le dio los buenos días.
Ronroneó mimosa y él besó su boca.
Ella enlazó las manos en la nuca de Zaid. Sus dedos se movieron alborotando su espeso cabello bruno.
—Es usted un hombre de grandes y fogosas pasiones, señor Stone.
—Y usted, señorita Miller, es la culpable de despertarlas.
—Creo que es la primera vez que me siento feliz de ser culpable de algo.
—¿Le apetece desayunar en la terraza?
—Me parece una excelente idea.
Encargó el desayuno a recepción y, mientras se vestían, curiosamente se generó una inusitada timidez entre ellos, como si cada prenda los devolviera a la realidad, a ese trato formal, a sus identidades anteriores.
Cuando ella terminó de arreglarse, el escudo acabó de formarse.
Él no entendió aquel súbito cambio, pero lo respetó.
Reprimió el deseo de enlazar su mano en la de ella, de robarle un beso entre bocado y bocado, de saborear el zumo de naranja en la comisura de sus labios y de devolverla a la cama para terminar allí de desayunar.
Pero no hizo nada de eso, permaneció comedido y correcto, manteniendo una conversación insustancial y conformándose con contemplarla.
—Nos quedaron temas que tratar —musitó ella conduciendo la conversación hacia donde deseaba desde el principio.
—Creí que ya teníamos la suficiente confianza como para no andarnos con rodeos.
Bajó la mirada y dio un largo sorbo a su taza de café.
—Hay que saber separar las cosas, señor Stone. Anoche nos dejamos llevar por la atracción que sentimos, y créame si le digo que fue una noche memorable de la que no me arrepiento en absoluto.
—No lo parece.
—Pues así es. Pero la rutina nos devuelve a nuestras vidas y debemos retomar los roles anteriores, dejando la parte emocional a un lado para que nuestra investigación conjunta no se vea afectada.
—No suelo dejar que mis emociones interfieran en mi raciocinio, señorita Miller.
Alison se agitó incómoda en la silla.
—Tampoco preciso explicaciones ni justificaciones sobre lo que pasó anoche, simplemente sucedió, ambos lo deseábamos y, como adulto que soy, no lo considero el principio de nada, si es eso lo que le preocupa.
—He creído necesario aclarar...
—Se lo agradezco, pero ya que ambos tenemos claro el asunto, me gustaría pedirle un favor.
—Adelante.
—Me parece ridículo, permíteme la expresión, que no nos tuteemos. Que me llames por mi nombre no creará en mí ninguna expectativa, te lo aseguro. Ni mermará mis capacidades deductivas o contribución de cualquier forma, al caso que nos ocupa.
Ella lo observó un instante antes de asentir.
—Llevas razón, Zaid —aceptó—. En realidad, detesto los formalismos, no soy tan estirada como aparento.
Aprisionó entre los dientes la frase irónica que acudió a su boca.
—Con estos puntos ya aclarados, imagino qué temas quedaron pendientes.
—¿Cómo sabes lo de la marca del escarabajo de Marguerite? ¿También fuiste su amante?
—A eso se lo llama andarse sin rodeos, sí. Pues no, no conozco de nada a esa señora, y espero no conocerla nunca, dado su convulso y letal pasado.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
No podía decirle la verdad, tampoco debía mentirle. Así que optó por el camino del medio.
—Te lo diré cuando sea el momento, hasta entonces tendrás que confiar en mí.
—¿A qué tanta reserva?
—Hay verdades para las que se tiene que estar preparado.
—Empiezas a asustarme...
—Nada más lejos de mi intención.
—Zaid, no creo conveniente que haya secretos entre nosotros. Si debemos esclarecer unos crímenes, ocultarnos datos dificultará...
—Alison..., te lo contaré todo a su debido momento. Ahora tenemos las suficientes pesquisas para trabajar sobre ellas.
Ella compuso un mohín contrariado, pero terminó asintiendo regañadientes.
—Hay otra cosa que nos quedó en el tintero.
Él adivinó esa otra cosa y se preparó para una nueva evasiva.
—Adelante.
—¿En qué consistía el ritual que practicaste? El que describían los legajos árabes de Marie Corelli para frenar la maldición.
Inspiró hondo y decidió contar parte de la verdad.
Le contó el ritual que había desplegado en la tumba, omitiendo la aparición del fantasma de Selkis.
—De momento, no ha muerto nadie más, puede que haya dado resultado. —No le pasó por alto el tono sardónico.
Zaid decidió omitir el dato de que no había concluido el ritual a petición de Selkis.
—No me quedaré de brazos cruzados para comprobarlo —respondió en cambio—. Por eso intento descifrar la vertiente más terrenal de la maldición, que podríamos denominar, más acertadamente, ambición.
—En esa versión no veo en qué puede peligrar tu vida.
—Nunca se sabe. Mi mentor, el profesor White, se supone fuera de tu hipótesis y está muerto. Se ahorcó, dicen que debido a una depresión nerviosa, pero yo trabajaba con él, y era un hombre optimista y positivo. Jamás detecté el menor síntoma de apatía ni de enajenación.
—Dicen que los verdaderos suicidas nunca dan signos de su plan, simplemente lo ejecutan.
Zaid permaneció un largo instante sumido en el silencio. Contempló la frondosa ribera del Nilo, los palmerales, las magnificentes pirámides y, cuando por fin habló, su tono adquirió una gravedad casi solemne.
—Hay algo más —comenzó sumergido en pensamientos profundos—, algo que escapa a la razón, al entendimiento, a las leyes de la física, al mundo tangible que nos rodea.
Algo que sólo puede ser detectado por nuestros más primarios instintos.
Esos adormecidos por la bulliciosa civilización, por vivir deprisa, sin más preocupaciones que encajar y subsistir en un mundo que gira incesante.
Y en ese progreso, en esa adaptación a tiempos mecanizados, donde el tiempo es medido y programado, donde la rutina nos arrebata ese libre albedrío, hemos roto el vínculo con nosotros mismos, con nuestra más primigenia esencia.
Ya no nos escuchamos, renegamos de esa parte mística de nuestros ancestros.
Como arqueólogo, sé de lo que hablo. Estudio civilizaciones extintas, más avanzadas mentalmente que nosotros.
Personas que dotaban la espiritualidad y las percepciones de la importancia que merecían.
Ese instinto condenado, esa intuición desoída, esa percepción descreída, nos hace pensar que lo que no vemos no existe.
Y ése es un gran error. Recibimos señales que apartamos continuamente porque no gozan de una base real, científica, demostrable.
Y entonces caemos en esa mente estrecha y limitada de la que te hablé anoche.
Nos da miedo lo que no entendemos, y por eso lo condenamos.
Nos tememos a nosotros mismos, a esa parte espiritual que hemos cegado.
A lo intangible, y no por ello menos cierto.
Hizo una pausa y suspiró quedo. Finalmente clavó en ella una mirada penetrante.
—Alison, mi instinto, ese al que he decidido escuchar, me advierte de un grave peligro.
Es una sensación tan aguda, tan física, que no puedo ignorarla.
Genera en mí tal malestar que incluso siento un aliento frío en la nuca.
No pretendo que me creas, ni siquiera que entiendas lo que te digo, pero existen fenómenos inexplicables, sucesos inverosímiles que de momento no entendemos, y el primer paso para hacerlo es aceptarlos.
Según tu minuciosa investigación, está claro que hay dos víctimas de asesinato por maquinaciones políticas, que, insisto, sospechosamente, no han sido eficaces.
Pero hay más muertes vinculadas con la maldición que no entran en tus parámetros y presiento que habrá más.
Hay algo siniestro en esa tumba, pude sentirlo la primera vez que puse los pies en ella.
Es como si la muerte fuera un ente latente y palpable que nos susurrara su tétrico canto de sirena.
La mirada de la mujer se tornó afectada. Tenía el ceño suavemente fruncido y un gesto concentrado.
—Quiero visitarla —pidió.
—No voy a ponerte en peligro.
—Si no me ayudas a entrar en ella, cuento con los recursos suficientes para hacerlo por mi cuenta. Sólo has de decidir si quieres acompañarme o no.
La inquebrantable decisión que congestionó sus facciones le advirtió que no podría disuadirla.
—No, en lo que a ti respecta, poco puedo decidir sobre nada. Iremos hoy mismo.