Capítulo 44. Entre la pasión y la razón
Entre la pasión y la razón
La magia del ocaso abrazó la triangular silueta de las pirámides de Guiza, resaltándolas en un fondo de acuarela.
Los colores degradados se diluían en franjas difusas, como los pigmentos acuosos que usarían virtuosos como Sandby o Girtin en sus lienzos, componiendo una paleta de belleza arrebatadora.
En la terraza del cenador del Mena House, rodeada de exuberantes jardines, farolas y lujo, Zaid observaba otro paisaje igual de subyugador.
La imagen que tenía frente a sí rivalizaba con su entorno. Alison, ataviada con un vestido azul cobalto de satén con pasamanería ribeteando un profundo escote en uve, cortaba el aliento.
Se había maquillado y recogido el pelo en un moño bajo.
Dos lágrimas de plata colgaban a ambos lados de su cara, captando la luz de las velas y proyectándola en la esbeltez de su cuello.
Sus hipnóticos ojos zarcos destacaban en la oscuridad de sus ahumados párpados, intensificando su color, resaltándolos en su pálido rostro, como si fueran dos deslumbrantes zafiros.
Cuando la vio aparecer bajando la escalinata, algo en su pecho se contrajo. Afortunadamente, le dio tiempo a recomponerse hasta que ella llegó a la mesa.
No le resultaba fácil apartar la mirada de ella, tenía que obligarse para evitar que ella se sintiera incómoda y que a él se le notara lo vulnerable que era a sus encantos.
Procuró centrarse en la conversación, que de momento era fluida y superflua.
Ambos estaban decididos a disfrutar de la cena sin que los contubernios que los habían unido estropearan la velada.
Cuando llegaron los postres, ya habían dado cuenta de dos botellas de chardonnay.
Alison tenía la mirada más brillante y las mejillas más sonrojadas, también se mostraba locuaz, hablando de sus inicios en la prensa, intercalando alguna anécdota familiar de su niñez que lo había hecho reír.
Era una mujer fascinante, inteligente, divertida, ocurrente, observadora, carismática.
Y muchos más adjetivos que, aunque se intuían con claridad, Zaid ardía por comprobar.
—Me temo que he acaparado la conversación —se disculpó ella, más por educación que porque lamentara aquel hecho—. Dígame, ¿quién es realmente Zaid Stone?
Acercó el borde de la copa a los labios y la detuvo un instante ahí, presionándolos suavemente.
Luego los entreabrió en un gesto tan sugerente que se perdió en ellos, como si en realidad lo que buscara no fuera beber, sino sentir la caricia del cristal.
Cuando inclinó la copa y el espumoso líquido llegó a su boca, lo imaginó remontando su lengua hasta deslizarse por su garganta.
El excitante gemido de placer que profirió al apurar la copa pinzó su hombría como una tenaza al fuego.
Escarbó en su mente la enterrada pregunta formulada por ella y, al encontrarla, decidió centrarse en la respuesta para sofocar la pulsión sexual que lo dominaba.
—Bien, pues no hay mucho que contar. Un niño egipcio adoptado en el seno de una familia inglesa, apasionados de la arqueología, que no habían conseguido tener descendencia.
Un niño que tuvo que adaptarse a una sociedad que lo miraba con curiosidad y con recelo.
Mis marcados rasgos físicos árabes destacaban, y no para bien, en cualquier ámbito donde me moviera.
El trato hacia mí cuando mis padres no estaban presentes solía ser despectivo, ofensivo incluso. Pero nunca me quejé de ello.
—¿Aceptaba que lo consideraran de una casta inferior?
—No, no se trataba de eso. No me quejaba ni lo contaba para que mis padres no sufrieran por ello.
Ya les preocupaban suficientemente los desplantes que sí presenciaban, los castigos injustos que sufría en el colegio o las peleas a que era abocado sólo por el color de mi piel.
Todos decían que yo era conflictivo. Pero lo único que hacía era defenderme. Jamás empecé una pelea.
—Me sorprende que no generara rencor hacia nosotros.
—Lo hice, hasta que comprendí el verdadero motivo de su rechazo hacia mí. Entonces cambié ese rencor por compasión.
Alison enarcó las cejas y lo observó intrigada.
—¿Y cuál fue esa conclusión?
—Me temían. Todos adolecían de esa mente estrecha constreñida por el miedo a lo desconocido.
Yo era diferente, y eso los asustaba. Podían saber qué esperar de sus congéneres, todos compartían cosas en común, se habían criado en la misma sociedad, con los mismos principios y valores.
Yo no. No era que mi piel fuera más oscura, eso sólo les recordaba que era un extraño, un extranjero, alguien que no encajaba en sus normas.
Alguien de quien no sabían qué esperar. Súmele a eso que Egipto era colonia británica, por ende, los ingleses estaban acostumbrados a la servidumbre de mi pueblo de origen.
De ahí que les costara tanto aceptar a un niño de casta inferior, procedente de una sociedad consagrada a servir al Imperio británico, como a un igual.
Cuando a un hombre le cambias los esquemas en los que se ha educado, sus alarmas saltan, porque eso altera su orden social.
Esa estructura rígida en la que conciben su mundo.
Era miedo, nada más, simple confusión e inseguridad hacia esa pieza que no está donde debería.
Percibió en ella una mirada admirada que lo halagó.
—¿Y de ese asombroso análisis nació su compasión hacia nosotros?
—Vivir con miedo es digno de lástima, ¿no le parece?
Al final comprendí que era yo quien tenía el poder, no ellos.
Yo tenía el poder de no dejarme influir por su actitud hacia mí.
Y cuando vieron que no sólo era indiferente a sus desprecios, sino que los miraba con suficiencia e indolencia, empezaron a respetarme.
Yo los trataba como a iguales, caminaba con altivez, actuaba con desenvoltura, derrochaba educación y me formaba intelectualmente con más ahínco, no para demostrarles nada, sino para aprovechar mi suerte de vivir en un país más desarrollado.
—Un hombre inteligente, sin duda.
—Jamás olvidé las miserias que viví antes de ser adoptado.
—¿Con cuántos años llegó a Londres?
—Con siete.
—Tuvo que ser duro.
—Hasta ese momento lo fue, pero después fui el niño más afortunado de todos. Por eso cuando llegué a Inglaterra y vi aquel nuevo mundo, a pesar de ser tan joven, supe que era mi gran oportunidad, que era un privilegiado y que debía aprovecharlo y agradecer mi suerte.
—¿Cómo murieron sus verdaderos padres?
—No lo sé, nunca los conocí.
La atención de Alison se agudizó tanto que apoyó los codos en la mesa para acercarse más a él. El impulso que lo acometió teniendo su boca más cerca fue tan feroz que se conminó a apartar la vista y fijarla en sus recuerdos.
—Me crie en la calle —explicó—. Cuando tuve cuatro años me echaron del orfanato, y fui acogido por una panda de críos que se dedicaban a robar para sobrevivir.
El líder tendría unos catorce años, y a los más pequeños nos ponía a mendigar en las puertas de los hoteles y de los monumentos turísticos.
Si volvíamos con las manos vacías, nos azotaba, así que la lección era regresar con algo.
Empecé a robar carteras, bolsos, pulseras, cualquier cosa que se pudiera vender.
Algunas veces me pillaban y, tras apalearme, me soltaban.
Una vez estuvieron a punto de cortarme la mano.
Aquella aterradora situación se convirtió en mi salvación.
Hizo una pausa para admirar el semblante embelesado de Alison. Bebió de su copa y retomó su relato.
—Dos hombres me sujetaban mientras yo me debatía como un perro rabioso.
Uno de ellos presionaba mi brazo contra un tocón.
Un tercero alzaba ya el alfanje para amputarme a la altura de la muñeca cuando el grito de una mujer los detuvo.
Cuando, entre lágrimas, logré enfocar la vista, la vi correr hacia mí.
Tras ella iban tres hombres uniformados.
Me soltaron alarmados y yo caí al suelo.
Me habían dado una buena paliza y apenas me tenía en pie.
Cuando ella me recogió del suelo, pensé que era el ángel que vendría a llevarme lejos de aquella barbarie que vivía a diario. Y lo era.
Alison suspiró emocionada. Tragó saliva y se enjugó discretamente la humedad que asomaba a sus ojos.
—Se me ha encogido el corazón —confesó—, todo lo que afecta a niños despierta en mí un vehemente arrebato de protección. Y saber que eso mismo sigue ocurriendo en estas calles es desolador. Una pena que no haya más ángeles como sus padres.
—Ésa no es la solución. La solución no es salvar a los niños de sus orígenes y llevarlos a un lugar mejor.
El verdadero remedio es mejorar el lugar de origen.
Es transferir ese modo de vida más civilizado, la estructura de una sociedad avanzada, amparada por una sabia y ecuánime legislatura, implantar un modelo económico occidental y fomentar la cultura para que el bienestar social termine erradicando la barbarie, y, aun así, conservar las tradiciones inherentes al país.
Toda una utopía, me temo, pues a los países ricos siempre les interesará que haya países pobres para poder explotarlos.
Mano de obra barata, soldados que aleccionar, recursos que agotar.
—Reliquias que expoliar...
— Touché , señorita Miller. Quizá piense que soy un traidor a mis orígenes, secundando una empresa dedicada al expolio de esos tesoros, pero no lo soy.
Me siento más británico que egipcio, por mucho que el espejo contradiga esa impresión.
Además, es un tema peliagudo, la reliquias son parte de la historia del país donde se descubren, qué duda cabe, pero los descubrimientos y la financiación son de otro.
Así pues, la pregunta tiene una respuesta dual.
Por consiguiente, debemos ceñirnos a otra cuestión, ¿cuál de los dos países sabrá salvaguardar mejor los hallazgos?
—Tengo entendido que son muchos los tesoros encontrados, por tanto no veo el problema en dividirlos.