La muerte que respiras Capítulo 43. La pieza que falta
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Capítulo 43. La pieza que falta

La pieza que falta

Safiya se encogió en su asiento y aguardó cabizbaja a que continuaran las preguntas.

—Creo que necesito un trago.

Zaid llamó al camarero y pidió una copa de bourbon añejo.

La doncella compuso un semblante pesaroso y enlazó las manos sobre el regazo con nerviosismo.

—¿Carnarvon era amante de Marguerite?

Aquella pregunta iba dirigida a ambas, pero Alison invitó con un gesto de la barbilla a la doncella a responderla.

—No exactamente. Lord Carnarvon era de los que les gustaba más mirar.

Zaid inspiró profundamente, preparándose para asimilar la íntima faceta del mecenas de Carter. El camarero le entregó oportunamente la copa y la apuró de un solo trago.

—Ella... —reanudó—, mi señora solía acudir a las citas con lord Carnarvon para.

.. —Bajó la mirada con timidez y se retorció los dedos sobre el regazo con nerviosismo—.

Una vez, los sorprendí en la salita, creí que ocurría algo grave cuando oí a la señora gemir.

.. y, bueno, yo... abrí la puerta. —Otra pausa, se mordió el labio inferior y de nuevo bajó la vista incapaz de sostener sus atentas miradas—.

La señora estaba desnuda, sentada sobre una silla.

Tenía... las piernas abiertas y se tocaba.

.., mientras el señor la observaba y la fotografiaba.

La perversión de todo tipo en los círculos altos solía ser habitual.

Pornografía, orgías, fumaderos de opio, alcohol, sodomía y toda clase de excesos en reuniones privadas o en clubes selectos.

Sin embargo, el carácter tan recto y severo de Carnarvon dificultaba imaginarlo abocado a semejantes desenfrenos.

—George tenía ese tipo de inclinaciones, de acuerdo, Marguerite era su musa sexual.

Entiendo que ése fue el nexo entre ellos y la manera que tuvo ella de acercarse a él.

Pero lo que realmente nos importa es por qué lo mató.

Carnarvon murió antes que Fahmy, es lógico presuponer que la misma persona que le encargó el segundo asesinato le encargó el primero.

Y como ha afirmado hace un momento, señorita Miller, el beneficio de ambos crímenes parece ser el mismo. ¿Cuál cree que es?

—La concesión de la tumba de Tutankamón.

Aquello no lo esperaba, aunque el vínculo era innegable, y el pegamento era la conveniente maldición. Empezó a intuir un trasfondo político relacionado con la codicia del gobierno egipcio respecto a la tumba de Tut.

—Safiya intercambió correo de su señora con el ministro de Obras Públicas Morcos Bey Hanna.

—Ese hombre tuvo una cruda disputa con Carter —recordó Zaid—, el motivo fue la restricción de los horarios de visita a la excavación.

Carter montó en cólera y en un arrebato cerró la tumba con el sarcófago de Tut colgando de unas poleas.

Morcos ordenó cambiar las cerraduras, y el pueblo egipcio aplaudió aquella medida.

Como es evidente, consideran suya la tumba, no de un extranjero.

Y lo que impiden y temen es el expolio de los tesoros encontrados. Además de lucrarse con el hallazgo.

Alison asintió con semblante reflexivo, su gesto concordante le mostró que aquél era el móvil de los crímenes.

—Carter no pasará a la historia por ser un gran diplomático —aseveró—, su intransigencia y sus malos modos han despertado en sus rivales el deseo de conseguir como sea lo que ambicionan y creen merecer por derecho propio.

Y no se ha creado un enemigo, sino dos, los dos bandos que se disputan el gobierno del país, los monárquicos y los nacionalistas.

Ambos saben que, si uno de los dos consigue alzarse con ese premio, contarán con la aprobación del pueblo.

La tumba del rey Tut se ha convertido en realidad en un conflicto de intereses políticos.

En el arma para terminar de batir el imperialismo británico y conseguir afianzar el independentismo egipcio, dejando atrás su reciente pasado colonial.

—Entiendo que hayan matado al mecenas y protector de Carter. Desde que él murió, Howard sólo ha sabido meterse en problemas. Carnarvon contaba con contactos importantes en las altas esferas, y su posición y su fortuna lo habían respaldado desde el principio. Pero ¿por qué matar al príncipe Fahmy?

—Por muchas razones —comenzó Alison consultando sus notas de nuevo—.

Una de ellas fue dar más veracidad a la coartada con la que pensaban camuflar los crímenes: la maldición.

Todos sabían de la existencia de aquel ostracón de arcilla en la entrada de la tumba con la famosa advertencia: «La muerte golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del faraón».

La segunda razón, la principal en realidad, fue por qué Carter necesitaba otro mecenas tras la muerte de Carnarvon, y Fahmy, con su gran fortuna y su origen egipcio, le pareció la mejor solución a sus problemas.

Un respaldo perfecto. Safiya puede constatar que Carter fue recibido en casa de los Fahmy.

La doncella asintió queda, permaneciendo silente ante las cábalas de ambos.

—Y la tercera y última: Marguerite ansiaba deshacerse de su molesto marido. Todo se conjugó para que Fahmy muriera.

—Pues parece que el destino ha querido favorecer la coartada, porque hay más muertos, todos relacionados con la tumba.

—El resto han sido producto de la fatalidad y la casualidad. Pero en lo que a usted respecta, señor Stone, creo que no tiene nada que temer.

—Hay algo que no me encaja —caviló Zaid—. Si lo que desea el gobierno egipcio es ser propietario de la tumba, ¿por qué no han ido directamente a por Carter? Al final él ha conseguido que lady Evelyn, la hija de Carnarvon, pleitee por ella, la gane y se la ceda de nuevo a él.

—Imagino que porque eliminar a Carter habría levantado muchas suspicacias. Un golpe demasiado evidente, pues el conflicto directo es con él. De todos modos, todo este gran ardid no ha sido eficaz. Al parecer, no pensaron que lady Evelyn tomaría cartas en el asunto.

—No, tiene que haber algo más —conjeturó él—, es un plan demasiado enrevesado y trabajado para que no caigan en eso.

Alison se encogió de hombros y suspiró abatida.

—Lleva razón, algo se nos escapa.

—De todos modos, aparte del testimonio de Safiya, no tiene pruebas concretas de toda esta confabulación.

De repente, el semblante de Alison se iluminó con el chispazo de una idea.

—Safiya, ¿cree que esa colonia estará todavía entre los enseres de Carnarvon?

—No pudo gastarla, estaba prácticamente llena.

Ambos se miraron ansiosos.

—Los objetos personales estarán en poder de su hija —adujo Zaid.

—Necesitamos esa colonia —murmuró ella.

—Concertaré una cita con lady Evelyn esta misma semana. Aunque hace ya dos años de su muerte y es más que posible que no la conserve.

—Aun así, tenemos que cerciorarnos. Sería la prueba que desmontara la maldición y que señalara a los verdaderos culpables.

—Ya ve lo peligroso que es cargar contra el gobierno, señorita Miller.

—La verdad suele tener esos inconvenientes.

Zaid sonrió ante el coraje y la determinación de aquella carismática mujer.

—Debo marcharme, estamos organizando la exposición sobre los tesoros de Tut en el Museo de Antigüedades.

—Estamos alojados en el mismo hotel, ¿le apetecería que cenáramos juntos para seguir desentrañando el caso, señor Stone?

—Me encantaría.

Le dedicó una sonrisa cómplice que Zaid bebió mientras se tocaba con su sombrero.

Luego él se despidió con un gesto cortés y salió del café.

Mientras caminaba entre el bullicio de las calles céntricas rumbo al museo, su mente analizaba toda la sorprendente información recibida.

A su alrededor, El Cairo latía de vida. Los puestos de comida desplegaban sus aromáticos efluvios, impregnando cada rincón.

El penetrante aroma de las especias parecía perseguirlo en cada recodo.

Los vociferantes mercaderes clamaban las virtudes de sus productos, tentando al transeúnte.

Los gritos de chiquillos sumidos en juegos y pillerías se sumaban a las bocinas de los coches, al rebuzno de las mulas cargadas de alforjas, a las melódicas notas de un oud brotando de algún balcón y al traqueteo rítmico de las carretas.

Todo contribuía a un estallido sensorial ininterrumpido.

Cada uno de los sentidos era golpeado con contundencia, pero aun así no logró interferir en su particular abstracción.

Y entre sus muchas cavilaciones, un dato se presentó ante él, secándole la garganta. Ese veneno aceitoso... ¿Sería posible que se tratase del mismo que había usado el Chacal del Templo? Y, de serlo, ¿qué conexión tendría con aquella época, con aquellos crímenes?

Tuvo la aguda sensación de que lo que le era revelado a través de los sueños, aquellos otros crímenes, aquellas otras vidas, estaba íntimamente relacionado con lo que sucedía en ésta. Por algún motivo, la tumba de Tut había despertado un secreto que exigía sangre.

Se detuvo un instante a meditar sobre aquello, sobre los vínculos que podían unir ambos casos, y repasó mentalmente todo lo relacionado con el del Chacal.

En principio, no compartían elementos rituales, ni siquiera una motivación.

En el del Chacal, buscaba la tablilla sumeria para preservar su legado.

En la actualidad, la motivación parecía gozar de intereses políticos, el único nexo de unión podía ser ese veneno inhalado.

Era un puente peregrino entre ambos, una mera coincidencia, sin embargo, algo en su fuero interno repiqueteaba con insistencia advirtiéndolo sobre la importancia del pasado en el presente, y no sólo eso, también en su propio destino.

Pero algo se le escapaba.

Alargó sus zancadas y su alrededor se distorsionó en un remolino de color difuso, los sonidos se amortiguaron y a su mente acudió la investigación de Najmint hasta el momento de su ataque.

Todo parecía confluir en la reina Anjesenamón y en el misterioso hermano de Selkis.

Astutamente, el capitán había sabido interpretar el significado de los objetos que el asesino dejaba en los cadáveres, pero se había equivocado en uno de ellos.

La cabeza de Anubis no sólo representaba al guía del inframundo, sino también al maestro de las necrópolis, y era patrón de los embalsamadores.

Una afilada intuición lo atravesó.

La pista de Anubis señalaba con claridad en una dirección, al embalsamador real. Al embalsamamiento de Tut. Eso se le había pasado por alto a Najmint. ¿Era posible que Adom fuera el hermano de Selkis? ¿Era así como firmaba sus crímenes?

Recordó entonces una fascinante conversación con un inspector de policía de Scotland Yard sobre asesinos en serie.

Al parecer, una de las características que compartían era un ego desmedido, la necesidad de adjudicarse lo que para ellos eran obras de arte.

Sus macabras creaciones. Un asesino ritual no sólo jugaba con pistas para retar al mundo, también dejaba su impronta en ellas.

Según él, ese tipo de asesinos reincidentes firmaba sus crímenes y se vanagloriaba de ellos.

Incluso llegaban a tener la osadía de frecuentar los lugares donde los perpetraban, relacionándose además con el círculo de sus víctimas.

Esa sórdida vanidad era la causante a menudo de que acabaran en prisión.

En el caso que lo atañía, el asesino se cuidaba bien de no dejar rastro. O al menos, no lo habían encontrado de momento.

Y en aquel preciso instante un dato crucial lo atravesó como si lo hubiera atravesado un rayo.

¡Dios santo!, ¿cómo podía haberlo olvidado?

Se detuvo en seco, y aquel objeto restalló en su mente como si resplandeciera, deslumbrante, pulsante, abrumador.

Desanduvo sus pasos y regresó veloz hacia el café Riche, rezando por que ellas todavía estuvieran dentro.

Atravesó la puerta y suspiró aliviado al encontrarlas donde las había dejado.

Alison lo observó curiosa avanzar en su dirección.

Zaid se sentó junto a Safiya, que mordisqueaba tímida unas zalabya .

—¿Qué ocurre?, parece que haya visto usted un fantasma.

Zaid dedicó un fugaz vistazo a Alison, su gesto urgente se centró en la doncella.

—Safiya, ¿le suena haber visto en algún sitio un escarabajo?

La mujer agrandó sus oscuros ojos con harto asombro, frunció el ceño y su expresión fue confusa y desconcertada.

—Es muy importante que haga memoria.

—No hace falta que recuerde —murmuró.

Zaid sostuvo la mirada intrigada de Alison, conteniendo a duras penas su creciente ansiedad.

—La señorita lo lleva siempre encima.

Se miraron desconcertados. En la mente de Zaid comenzó a hacerse la luz...

—¿Es una marca de nacimiento?

—Así es.

Zaid cerró los ojos y suspiró quedo. Sentía el pulso palpitando en la sien y el estómago revuelto.

—¿Está en el tobillo izquierdo?

La doncella asintió.

Alison lo observó consternada.