Capítulo 42. La azarosa vida de la crisálida
La azarosa vida de la crisálida
—Marguerite nació en Francia, en el seno de una familia pobre.
Ya a edad temprana, vivió una tragedia que la marcó.
Su padre era conductor y su madre sirvienta, con lo que ella, siendo apenas una niña, tenía que hacerse cargo de su hermano de cuatro años.
La fatalidad quiso que en un descuido a su hermano lo atropellara un camión y muriera.
Los padres la culparon de la muerte y la recluyeron en un internado de las hermanas de María.
Con quince años, las monjas la ponen a trabajar como sirvienta en casa de una familia, queda embarazada de un desconocido y la echan a patadas.
Condenada a la mendicidad y a vivir en la calle, pasa toda clase de penurias.
Da a luz a una niña que logra mandar a una granja de las afueras alejándola de la miseria y ella comienza a sobrevivir dedicándose a la prostitución.
—Una vida dura, pero no entiendo en qué puede repercutir...
—Déjeme acabar y entenderá —le pidió ella.
—Prosiga.
—La dueña de un burdel, madame Denart, la recoge de la calle y la forma como cortesana, convirtiéndola en toda una dama que ofrecer a las clases altas.
El dinero y el poder comienzan a llegar y Marguerite se convierte en una de las muchachas más cotizadas del burdel y de toda Francia.
Entonces conoce a André Meller; ella por aquel entonces tiene diecisiete años y él cuarenta.
André tiene un establo con caballos purasangres, Marguerite adora los caballos.
—Lord Carnarvon invirtió gran parte de su fortuna en carreras de purasangres, adquirió una cuadra entera, era su gran afición.
Alison asintió complacida.
—Ése fue uno de los nexos con Marguerite, el otro fue la amplia colección de desnudos pornográficos que Carnarvon coleccionaba, casi tres mil fotografías, muchas protagonizadas por ella.
—Desconocía esa faceta de George.
Ella arqueó una ceja y sonrió ladina.
—No es una afición que suela darse a conocer.
—Cierto —coincidió él devolviéndole la sonrisa—. Continúe.
—André le compra un apartamento para sus encuentros clandestinos.
Ella un día proclama que están casados y le roba el apellido, a pesar de que él todavía sigue casado con su primera mujer.
La relación se rompe cuando André descubre que ella le es infiel.
Aunque se ve obligado a pasarle una pensión.
Poco después, Marguerite es contratada por un grupo de jóvenes de alta alcurnia alistados en las tropas británicas que sirven en Francia durante la guerra mundial para que espabile en la cama a un amigo del grupo.
El joven, que tiene veintitrés años, apenas cuenta con experiencia sexual, y Marguerite lo instruye debidamente como experta en esas artes.
Se trata nada más y nada menos que del príncipe Eduardo VIII.
Alison hizo una pausa para que él asimilara toda la información. Presuponía que era más relevante de lo que había imaginado al principio.
—La relación dura un año, hasta que él pierde el interés. Durante la relación el príncipe y ella se escriben cartas de contenido sexual, y ella intenta extorsionarlo con ellas, recibe una compensación y se da por satisfecha.
»Sigue dedicándose a la caza de hombres adinerados a cambio de favores sexuales.
Se convierte en una amante excelente y logra entrar en los círculos más selectos, pero ella quiere más, mucho más.
Un año después conoce al que será su primer marido real, Charles Laurent.
El matrimonio dura tan sólo seis meses, pero ella consigue lo que buscaba, una suculenta cláusula de divorcio.
Con ella logra pagar sus caprichos, sus caballos, sus coches, su apartamento, su servicio y sus excesos.
Pero el dinero vuela y necesita reponer sus licenciosas arcas.
Entonces, en una fiesta privada conoce a Ali Kamel Fahmy Bey, se lo presentan como a un príncipe egipcio, aunque en realidad no lo es; sin embargo, es tan asquerosamente rico que le otorgan el título de bey , que es algo así cómo. ..
—Como un lord inglés —completó él.
—En efecto. Bien, en esa fiesta, Fahmy queda prendado de ella y poco después organiza una cita para pedirla en matrimonio y vivir juntos en El Cairo.
Ella naturalmente acepta, aunque no sin reservas, por la estricta religión de él.
Como condición, estipula dos cláusulas innegociables.
Una es que se le permita llevar ropa occidental y la otra, que podrá divorciarse cuando lo desee.
A cambio, accede a convertirse al islam.
—¿Conocía Fahmy el pasado de Marguerite? —inquirió Zaid adivinando la respuesta.
—Obviamente, no, un hombre musulmán, conservador y rígido jamás aceptaría a una mujer tan liberal, con tan amplio pasado amoroso.
—¿Cabe suponer que se enteró posteriormente y de ahí ese trágico final?
—Aguante un poco su curiosidad, señor Stone. Aunque para ser justa debería dejarlo con ella, como ha hecho usted conmigo hace un momento.
Miró de nuevo hacia la puerta, a continuación hacia el reloj colgado en la pared tras la barra, y su semblante se tensó ligeramente.
—Debo precipitar el relato, está a punto de llegar.
Tomó aire y cerró su cuaderno.
—En las negociaciones, la cláusula del divorcio le fue denegada y, además, Fahmy añadió otra: que podía tomar más esposas.
Como «cabe suponer» —citó sus palabras como un guiño burlón hacia él—, no fue un matrimonio feliz.
Una mujer como ella, independiente, sexual, astuta y carismática no encajaba en el papel de la mujer islámica, sumisa y obediente.
Discutían asiduamente, ella trataba de imponerse a él, lo que suponía una humillación flagrante a su figura como hombre musulmán. Pero eso no quedó ahí.
En la mente de Zaid se dibujó con claridad la degradación de una relación que acabaría en tragedia.
—Marguerite comenzó a proclamar la poca dispensa sexual que recibía de su esposo y a entender que era homosexual, pues ella misma había sido sometida a prácticas sexuales antinaturales en la cama.
El escándalo se desató y la familia de Fahmy exigió que la repudiara.
Los que conocían a Marguerite sabían que lo que pretendía era engrosar de ceros la cláusula del divorcio.
Y que incluso tenía redactada una lista con los abusos recibidos.
—Lo extraño es que el crimen no fuera a la inversa, en el islam no se tolera ese grado de perversión ni de humillación pública hacia un hombre sin recibir represalias.
—Ya, hacia una mujer es algo habitual —masculló Alison con cierta irritación.
—Por desgracia, así es. En el mundo occidental ustedes, las mujeres, también tienen una larga lucha por delante, pero al menos son más respetadas.
—Podríamos hablar largo y tendido sobre eso, pero será en otra ocasión.
—Se mesó una onda que se acomodaba sobre su oreja y continuó—: El 9 de julio de hace dos años, la pareja asiste a la representación de The Merry Widow en Londres.
Al regresar al hotel discuten violentamente y Fahmy se marcha durante unas horas.
El príncipe regresa a las dos de la madrugada, Marguerite saca de debajo de la almohada una Browning calibre treinta y dos y le descerraja dos tiros.
Ella es arrestada de inmediato y él muere a las pocas horas.
Con testigos de por medio, parece obvio el resultado del juicio. Pero nada más lejos de lo que sucedió.
—Si mal no recuerdo, ella quedó en libertad sorprendentemente. Fue un caso muy sonado, pero desconozco los detalles.
Alison sonrió con suficiencia.
—Los detalles son tan escabrosos como la vida de Marguerite.
El juicio se celebra en septiembre de ese mismo año.
Las colas para asistir eran tan largas como los rumores que rodeaban el caso.
Mandaban a sus sirvientes a coger sitio, e incluso se pagaba por un asiento.
El proceso se convirtió en la sensación del momento, y no por el asesinato en sí, sino por el pasado de Marguerite.
Al final fueron las comprometidas cartas que tenía ella del príncipe Eduardo VIII, que podían ensuciar a la casa real inglesa, las que dieron el giro inesperado al caso.
Ella amenazó con hacerlas públicas y la familia real se vio obligada a intervenir para evitar que su imagen se dañara.
Se firmó un pacto con los oficiales de la corte suprema, en el cual no saldría a colación el nombre del príncipe Eduardo ni su relación con ella.
La dispensa fue mostrar ante el jurado a un marido violento y racista que la denigraba y, de ese modo, quedó libre sin cargos.
Ella regresó a París, donde reside junto a su hija.
Alison exhaló un suspiro y se encogió de hombros.
—Al final fue su turbio pasado lo que le salvó la vida. Y quizá sea ese pasado lo que desvele al asesino que busco.
—Bueno, ya conozco a la astuta y ambiciosa Marguerite, ahora necesito saber qué la une realmente a lord Carnarvon y, por ende, a los crímenes que dice usted que camuflan con la maldición.
—Fue ese pasado el que le creó enemigos.
El príncipe Eduardo no fue el único al que extorsionaba.
Se la conocía por ser una mujer sin escrúpulos, más amante del dinero que de la piel.
A Marguerite le encargaron matar a su esposo por una jugosa cantidad.
Ella sabía de su impunidad en territorio inglés, por eso cometió el crimen allí.
Provocó la discusión con su marido para que los oyeran y así poder alegar el trato vejatorio al que la sometía en el lecho y sus pervertidas inclinaciones.
De ese modo, el jurado tendría un motivo para alegar defensa propia y que ella se librara de la pena.
—¿Cómo sabe todo eso? —la interrumpió Zaid.
—Safiya me lo contó, por supuesto, a cambio de protección y dinero. Era la doncella personal que les llevaba las cartas a sus amantes y la intermediaria en sus citas. También solía sustituirla algunas temporadas para asegurarse de que «sus» hombres le eran fieles.
—En todo crimen, el asesino suele ser el más favorecido con la muerte de la víctima. ¿Quién se benefició de la de Fahmy?
—El mismo que buscaba beneficiarse de la muerte de lord Carnarvon.
—¿A George lo mató alguien? Murió de una infección al cortarse una picadura de mosquito mientras se afeitaba. Había estado enfermo días antes y aquella infección acabó con él.
—Carnarvon murió envenenado.
—¡No puede estar hablando en serio! —gimió Zaid conmocionado.
En ese instante la puerta del café gimió en sus goznes. El bullicio de la calle invadió el local y una figura menuda se recortó contra la deslumbrante luz exterior.
Zaid reconoció a la mujer que se acercaba a ellos.
Su estupor apenas lo dejó susurrar una frase.
—Ella... ella asistió a Carnarvon... Estaba con él en el hotel Winter Palace cuando regresamos de la excavación y se hizo el corte...
Se refregó el rostro con las manos y sacudió la cabeza entre aturdido y angustiado.
La mujer, que también lo reconoció, titubeó en su avance y Alison la alentó a sentarse.
—Le juro que no tuve otro remedio —se lamentó apesadumbrada—. Yo sólo vertí ese aceite en su colonia..., no... no sabía que...
—¿Qué aceite?
—Marguerite me lo ordenó, me dijo que era una sorpresa para el señor, una esencia nueva, pero me advirtió que me cubriera el rostro con un lienzo y que fuera rápida, porque era un producto muy volátil.
—¡Dios santo! —Zaid sintió que se mareaba.