La muerte que respiras Capítulo 41. Confidencias con aroma de café
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Capítulo 41. Confidencias con aroma de café

Confidencias con aroma de café

Zaid atravesó el umbral del café Riche, uno de los más emblemáticos del centro de la ciudad, en el chaflán de la calle Talaat el-Harb.

Los ventanales ojivales de la fachada labrada en madera dejaban ver los estantes de libros, las mesas con coquetas lámparas de pantalla, el mobiliario francés, los camareros uniformados con chaquetas blancas sirviendo la típica cerveza egipcia, que acompañaban con mezze , o las variopintas y deliciosas infusiones que servían con pastelillos dulces.

Se descubrió y acarició el ala de su sombrero mientras buscaba con la mirada a la intrigante periodista de The Times que lo había citado allí.

La localizó en un reservado del fondo con su pipa en la boca, propagando volutas ahumadas en torno a su cabeza.

Aquel halo nebuloso la envolvía con un velo de misterio que la destacaba del resto.

Era la única mujer del local, pero aunque hubiera estado repleto de féminas, ella irradiaba un aura más brillante, su presencia se le antojaba más sólida, como si su marcada personalidad estuviera dotada de un rasgo físico, tangible, contundente.

Caminó hacia ella, que, cuando fijó sus peculiares ojos en él, acompañó el gesto de recibimiento con una sonrisa complacida. Zaid tomó asiento frente a la mujer, descubriendo un inusitado cosquilleo en su vientre ante la observación a la que era sometido.

Carraspeó y centró la mirada en la taza humeante que ella acariciaba en un gesto mecánico mientras lo miraba.

—¿ Awha sada ? —preguntó él.

Ella asintió alzando la taza y sorbiendo delicadamente. Le gustaba el café fuerte y negro, otro rasgo masculino que la distinguía como una mujer con carácter.

—Con la cantidad de azúcar que tienen estos pastelillos, me gusta una bebida amarga para contrarrestar.

—¿Ha probado el ahwa ariha ? No es tan dulce como el ahwa mazboot o el ziyada .

—Sigo prefiriendo el sada .

El camarero se acercó a la mesa y lo miró aguardando la petición.

—Tomaré un yansun .

El joven asintió y se retiró a ordenar la comanda.

—¿Problemas de garganta, señor Stone?

Zaid la miró con complacencia. Por algún motivo le agradaba que conociera tan bien las costumbres egipcias. El yansun era una bebida con sabor a anís, ideal para resfriados.

—Anoche debí de coger frío. Pasé más tiempo del debido admirando las pirámides desde mi balcón.

Alison depositó la taza en el platillo y asintió.

Se reclinó con su habitual indolencia en el respaldo y cruzó las piernas.

Iba vestida con un blazer blanco de fino algodón y unos pantalones náuticos, un look tan masculino como sus gustos.

Sin embargo, no había sucumbido completamente a la moda flaper , que tanta tendencia estaba creando en el resto del mundo gracias a la controvertida diseñadora Coco Chanel.

Todavía conservaba una melena larga, peinada con ondas al agua, en lugar del corte de pelo tipo bob , irregular y a la altura del mentón.

Y tampoco se maquillaba de esa manera tan teatral y excesiva, su fresca tez no parecía lucir cosméticos.

En verdad no necesitaba realce alguno, la tupida línea de sus oscuras pestañas ya remarcaba suficientemente la belleza de sus ojos, acentuando su tono cerúleo.

Tampoco precisaba carmín en los labios, pues gozaban de un color cereza natural.

Su piel nívea destacaba en el marco de su oscuro cabello.

Pero no era sólo su atractiva apariencia lo que cautivaba, era ella, en toda su esencia.

—Yo también me alojo en el hotel Mena House, y esas vistas bien merecen un buen resfriado.

Clavó sus ojos zarcos en él, y a Zaid se le secó la garganta, y no por la irritación del frío nocturno.

El camarero le sirvió el yansun . Sus perfumados efluvios penetraron en sus fosas nasales anticipándole el delicioso sabor con que se iba a prodigar.

—La variopinta gastronomía egipcia no puede ser más opuesta a la insipidez inglesa, observo que ese contraste también se da en sus gentes. ¿Se siente usted más egipcio que inglés, señor Stone?

—No sabría decirle, es evidente que yo represento el mestizaje de ambas culturas.

—Interesante —murmuró ella tras una larga mirada apreciativa.

¿Era interés carnal lo que parecía refulgir en su mirada? Zaid desechó de inmediato aquella cuestión. Debía centrar su cabeza en el asunto que lo había llevado allí, y no en la atracción que aquella mujer despertaba en él.

Bebió un largo trago de su yansun y paladeó aquellas notas de anís mientras aterciopelaban su boca.

—Compruebo que es un hombre que goza de los pequeños placeres —añadió ella en tono sugerente.

—Y de los grandes —matizó con una mirada pícara que provocó en ella una sonrisa provocadora.

Sin duda, estaba coqueteando con él. Su ego masculino se erizó como el vello de sus brazos. Hacía tiempo que no yacía con mujer alguna, y pensar que quizá pudiera hacerlo con ella obnubiló momentáneamente su raciocinio.

La visión de tenerla entre sus brazos lo estremeció. Bebió otro sorbo, el calor acarició su garganta extendiéndose por todo su cuerpo. Inspiró hondo y repasó la raya de su pantalón entre los dedos.

Cuando consiguió abrazar de nuevo el hermetismo emocional, la observó extraer un cuaderno de su bolso.

Lo abrió por una página y releyó las últimas líneas antes de volver su atención a él.

—¿Quién es el invitado sorpresa?

Alison dirigió la mirada a la puerta antes de responder.

—Lo he citado más tarde, antes quería ponerlo en antecedentes.

Deslizó varias páginas hacia atrás buscando un dato, cuando lo encontró frunció el ceño y asintió para sí.

—Se trata de Safiya, la doncella de Marguerite Fahmy, la esposa homicida del príncipe egipcio.

—¿La información que le ha dado está ya contrastada?

—Sí, he comprobado cada punto, y lo que se deriva de la investigación concuerda con mi teoría. Estoy recopilando pruebas para poder demostrarla. Aún quedan muchos cabos sueltos que espero me ayude usted a unir.

—Por eso estoy aquí, supongo, aunque todavía desconozco en qué puedo ser de ayuda.

—Maneja datos que quizá no crea relevantes, pero que lo son con el enfoque correcto. Conoció usted a lord Carnarvon y conoce a lady Evelyn, ¿no es así?

—Así es, he estado alojado en su castillo de Highclere, en Hampshire. Y nos reunimos con él en su habitación del hotel Continental, muchas veces.

—En ese caso, nuestra invitada no le será indiferente.

Aquella observación despertó su ya acicateada curiosidad.

—Me necesita para que constate sus pruebas.

Alison apuró su ahwa y cebó su pipa con la parsimonia y la dedicación de quien gusta de preliminares.

—Entre otras cosas, pero ahora preciso que me diga de qué habló con Marie Corelli. Necesito saber por qué ella le dio a usted ese legajo árabe.

—Esa misma pregunta se la hice a ella —comenzó Zaid retrocediendo a aquel momento—, y su respuesta fue tan enigmática como toda la conversación que mantuvimos.

Recuerdo que atrapó mi mano entre las suyas y me miró de un modo penetrante antes de decirme que ese legajo me pertenecía a mí, que sólo yo era capaz de descifrarlo, que ella lo había custodiado hasta que el propietario apareciera.

Alison alzó las cejas con marcado asombro y creciente interés.

—Evidentemente, le señalé que aquellos textos árabes no me pertenecían, que jamás había oído hablar de ellos, que se confundía de persona, pero ella insistió en ello con sorprendente determinación.

Me reveló que lo había visto en sus sueños, que me conocía incluso antes de presentarme en su puerta y que sabía que algún día la buscaría.

Que todo estaba escrito en el tiempo, que la profecía se cumpliría en mí.

Intenté desgreñar sus palabras, encontrar algún sentido, incluso simbólico, a aquel desconcertante mensaje, pero sigo siendo incapaz de llegar a ninguna conclusión.

—Fascinante —murmuró ella, absolutamente arrobada por su narración.

—Añadió algo más —recordó en aquel preciso instante—. Me dijo que en la muerte se escondía la verdad.

Alison exhaló un gemido impresionado y frunció el ceño desgajando aquella información, intentando racionalizarla.

—Marie fue una mujer muy particular, una gran dama del misticismo.

Según decían de ella, poseía una sensibilidad extraordinaria, una percepción sobrenatural que reflejaba en sus escritos.

Aficionada al espiritismo y muy amiga de la mujer de Conan Doyle.

Y aunque por mi mundana condición de periodista me cueste creer en ese otro lado, lo respeto. No me atrevería a cuestionarlo.

—De eso ya se encarga Houdini.

Ambos rieron, aligerando el ambiente.

Harry Houdini, el afamado ilusionista, estaba consagrando su carrera a destapar el fraude de las médiums, que en el Reino Unido proliferaban como setas en los días lluviosos. Aquel tema enemistó a ambos hombres posicionándose en bandos contrarios.

—Quizá que usted, señor Stone, sea de origen egipcio y conozca la lengua árabe convenció a Marie de que era el hombre idóneo para desvelar el mensaje del legajo.

—Ésa es la teoría racional. Exprimiendo terrenalmente su mensaje es con lo único con lo que podríamos quedarnos. Sin embargo, no fueron sus palabras como ve. Y puedo asegurarle que su mirada era clara y su gesto sereno. Sabía lo que decía, y su convencimiento era absoluto.

—¿Qué pone en ese legajo?

—Advierte sobre la tumba del rey Tut. Ella envió una carta a Carter avisándolo de ello, contándole que si abría la tumba una terrible maldición se desataría sobre todo aquel que guardara alguna relación con ella.

—Hizo una pausa, cuestionándose si lo que iba a decir a continuación lo haría quedar como un imbécil crédulo ante ella.

Sin embargo, decidió seguir su impulso—: También describe el ritual que hay que seguir para anular la maldición.

Alison entreabrió ligeramente la boca y lo observó embelesada.

—¡Por Dios, este relato es digno de novela!

—En realidad, lo estoy transcribiendo todo, más por necesidad que por documentarlo.

—Es una gran idea —opinó Alison, dando una calada a su pipa.

Si hubiera sabido qué era lo que en realidad estaba escribiendo, se le habría caído la pipa de la boca.

—¿Y se ha planteado poner en práctica ese ritual, por muy absurda que sea la solución?

—Ya lo he hecho.

Y fue esa aseveración lo que desencajó su mandíbula. La pipa cayó sobre sus pantalones. Ella se apresuró a recogerla y a sacudirse la ceniza que manchaba su pernera.

—¡Por Cristo redentor! ¿En serio?

Zaid asintió, ocultando la diversión que le producía su estupor.

—Bueno, cuando la gente muere a tu alrededor y compartes con ellos una maldición, uno es capaz de todo.

Dejas de considerar descabelladas cosas de lo más insólitas.

El miedo a la muerte suele anular el juicio y el instinto de supervivencia se desata feroz, agarrándose a cualquier cosa por irracional que parezca.

Alison apoyó los codos en la mesa, acercándose todo lo posible a él, con expresión ávida y mirada ansiosa.

—No podré dormir esta noche si no me cuenta qué hizo exactamente.

Zaid observó curioso ese característico brillo febril de la curiosidad más implacable y le sonrió negando con la cabeza.

—Ya habrá tiempo para ello. Mas me temo que nuestra invitada no tardará en aparecer y ahora la prioridad es que me ponga en situación respecto a su investigación.

Ella resopló y compuso una mueca decepcionada tildada de resignación.

—No puedo más que darle la razón.

Repasó sus notas y pareció ordenar sus pensamientos. Su gesto adquirió gravedad, borrando aquella expresión tan cautivadoramente expectante de entusiasmo desbordado. Era una mujer pasional pero que sabía controlar sus emociones.

—Bien —comenzó—. Para ponerlo en antecedentes, debo hacerle entender quién es verdaderamente Marguerite Fahmy.

Zaid cruzó sus largas piernas y se reclinó en el respaldo, atento a su explicación.