La muerte que respiras Capítulo 40. Morirás por ella
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Capítulo 40. Morirás por ella

Morirás por ella

Neftis extendió sus negros mechones sobre Waset, y entre aquellos sinuosos cabellos emergió el dios Bes, adormeciendo a sus gentes.

La quietud de la noche flotaba en aquel jardín, que, azulado, ofrecía una estampa onírica e ilusoria. La profusa vegetación desdibujaba los rincones, creando un ambiente místico y engañoso. Las sombras se le antojaron acechantes y el rumor del agua, inquietante.

Najmint llegó hasta el banco de piedra, que, nacarado por el dios Iah, parecía resaltar en la penumbra como la losa de una sepultura.

Se sentó en su fría superficie y agudizó el oído, aguardando oír pasos hacia él.

Colocó a su lado el saco donde había introducido un trozo de piedra que debía simular ser la tablilla y repasó los pasos que seguir.

No transcurrió mucho tiempo hasta que una figura umbrosa se deslizó hacia aquel rincón.

Anjesenamón miró con recelo a su alrededor antes de dirigirse hacia él. Luego fijó sus ojos en el saco, un brillo ansioso delató su intención.

—Tengo la llave —susurró.

Najmint tendió la mano, pero ella no se la entregó, como imaginó que pasaría. Sonrió para sus adentros. Todo iba según lo planeado.

—Soy responsable de esta llave, si no la devuelvo a su lugar antes del alba estoy perdida —recordó.

—Tienes mi palabra.

—No es suficiente, capitán. No estoy dispuesta a morir de ansiedad hasta que me la devuelvas. Te acompañaré.

Aquel ofrecimiento despertó una idea en su cabeza. Decidió ponerla en práctica para confirmar sus sospechas.

—De acuerdo. Vayamos, entonces.

Fingió cortesía invitándola a caminar delante de él, necesitaba comprobar una suposición.

Anjesenamón atravesó el jardín con premura y se encaminó hacia la sala del trono. A Najmint no le pasaron inadvertidas sus miradas subrepticias en torno a ellos. Varias figuraciones lo pusieron en guardia; sin embargo, optó por centrarse en su ardid.

Como había presupuesto, ella enfiló sin titubeo alguno hacia un rincón en particular, oculto por una gran columna.

Palpó la rugosa piedra deteniéndose en un punto concreto y extrajo con decisión el colgante con la cruz anj de un bolsillo.

Encaró el extremo de la llave y la introdujo en un orificio apenas perceptible.

En el acto, chirrió un mecanismo y el enorme bloque comenzó a deslizarse accionado por un sistema de poleas y engranajes.

Ante ellos se abrió una oquedad oscura y polvorienta.

Su suposición había sido certera. Aunque no era el momento de preguntarle cómo sabía dónde se encontraba uno de los accesos. Resultaba más que evidente que no era la primera vez que incursionaba en aquellos túneles. Aquella desenvoltura era fruto del costumbrismo.

Najmint tomó una de las escasas antorchas prendidas de la sala.

—Te esperaré aquí —decidió ella.

—En tal caso, habéis de darme la llave, no sabemos si estas puertas se cierran pasado un tiempo.

—Ya te he dicho que no pienso separarme del colgante.

—Entiendo, las damas primero. —Trazó con su diestra un gesto gentil invitándola a entrar. No era tan imprudente como para aceptar tenerla detrás en un angosto corredor oscuro.

El cerco de luz anaranjó la piedra y el eco de sus pasos los siguió por aquel pasadizo que olía a rancio y a peligro.

Doblaron un recodo y se toparon con una bifurcación. La llama titiló al recibir una corriente del túnel de la derecha. Anjesenamón se detuvo indecisa. Najmint no creyó aquel gesto, pero le dio la oportunidad de elegir dirección. Estiró el brazo y señaló el corredor de la derecha.

Ella obedeció y caminaron por un corredor que comenzaba a descender paulatinamente, como si se adentraran en las entrañas de la Tierra. Le recordó a los hipogeos, lo que provocó en él una sensación ominosa.

Sin planos era aventurarse en una trampa laberíntica, pero aquella incursión no tenía más objetivo que desenmascarar implicados.

El cebo no era la falsa tablilla de piedra que portaba, sino él.

Pues no albergaba duda alguna de que el asesino estaba siguiendo sus pasos y de que Anjesenamón era su cómplice.

Había dejado a Bomani intencionadamente a un lado, y aquello era justamente lo que más lo preocupaba.

Aquélla sería una noche de revelaciones.

Continuaron el descenso hasta llegar a un rellano en el que se abrían otras dos derivaciones: la izquierda bajaba y la derecha subía.

Najmint optó esta vez por la izquierda. Anotaba mentalmente los desvíos para poder regresar, pues, aunque sabía que había varias salidas y entradas, encontrarlas no sería fácil.

En aquel tramo vislumbró en el dorado resplandor de la tea unas marcas en la piedra. Se detuvo y las repasó con la yema de los dedos. Tuvo la corazonada de que se trataba de una lengua antigua, anterior a la egipcia. Inmediatamente pensó en el alfabeto sumerio.

Acercó la antorcha a la pared y observó con curiosa atención los símbolos grabados en la roca.

En una escena, un grupo de figuras humanas parecían postradas ante un ser de gran tamaño con cabeza de Anubis que emergía de un artefacto extraño.

Portaba una lanza que alzaba al cielo. Sobre él figuraban varios soles, o estrellas que formaban un triángulo.

Anjesenamón, a su lado, contemplaba aquel grabado sin formular preguntas ni mostrar un mínimo atisbo de curiosidad.

—Prosigamos —la alentó.

Ella avanzó por el pasadizo, esta vez reduciendo extrañamente el ritmo. El agudo instinto de Najmint lo alertó del peligro.

Sintió una presencia tras él y se llevó la mano libre al cinto. Miraba hacia atrás continuamente y, aunque sólo atisbaba negrura, supo que no estaban solos.

La persona que los acechaba procuraba sagazmente compaginar sus pasos con los de ellos.

En la siguiente encrucijada, Anjesenamón no aguardó la decisión de Najmint y enfiló hacia el corredor que ascendía.

—Sigamos bajando —instó él.

La mujer se le encaró.

—¿Cuál es tu plan exactamente?

—Recorrer estos túneles.

—Creí que sólo se trataba de dejar esa tablilla en algún lugar y vigilar la entrada a ellos.

—Es lo que haré. Pero no pienso desperdiciar la oportunidad de explorarlos.

—No contamos con demasiado tiempo. Yo tengo que devolver la llave al cuello de su dueño.

El reverberante resplandor de la antorcha iluminó una expresión urgente y desazonada en el rostro de la reina.

—Os he dado mi palabra, habréis de confiar en mí.

Ella asintió con desgana y continuaron avanzando.

En aquel tramo la humedad surcaba la piedra en regueros oscuros.

El gorgoteo de un canal subterráneo próximo acompañó el eco de sus pasos.

El aire se volvió más espeso y sofocante, un regusto acre arañaba la garganta.

Najmint carraspeó varias veces para aclarársela.

Anjesenamón tosió y se cubrió la boca con la mano ahuecada.

Desembocaron en un espacio abierto y circular, sellado por una gran losa de piedra, rodeada por un friso labrado con inscripciones ininteligibles. Era el mismo alfabeto que los grabados anteriores. Tan sólo un elemento destacó a sus ojos, como si resplandeciera por sí mismo.

En el centro habían cincelado un escarabajo.

Se adelantó y acercó la llama por toda la superficie de la piedra, buscando una hendidura.

No encontró nada susceptible de encajar la llave anj .

Chasqueó la lengua con impotencia y dio un paso atrás para inspeccionar la puerta.

Entrecerró los ojos, absorbiendo los detalles del friso, y le pareció que el escarabajo de piedra sobresalía más que el resto de los símbolos que lo acompañaban. ¿Y si...?

Absortó en su escrutinio, oyó un rumor tras él. Se volvió sobresaltado para descubrir que la reina ya no estaba. En su lugar, una gran figura se recortaba contra el umbral del corredor que desembocaba en aquel rellano curvo.

Era el Chacal.

La sombra que proyectaba se dibujó en el suelo alargándose hacia él, como si aquel ser pudiera atacarlo en dos planos diferentes. Retrocedió instintivamente y extrajo del cinto su puñal.

Se puso en posición de defensa, cubriéndose con la antorcha. Esperaba un ataque frontal y directo, pero se equivocó.

Aquella inmovilidad debería haberlo alertado. La cabeza de Anubis dio la impresión de negar con la cabeza, tan negra e inquietante que parecía salida del mismísimo averno.

Todos los sentidos de Najmint despuntaron en una alarma común. Sus latidos se aceleraron cuando el Chacal le mostró una cánula de arcilla.

Contuvo el aliento cuando lanzó la cánula contra el suelo y se estrelló rompiéndose en mil pedazos junto a sus pies.

¡El veneno!

Los efluvios ponzoñosos que manaron de los trozos de arcilla ascendieron en volutas hacia su rostro.

Se volvió y se cubrió la boca y la nariz con el antebrazo.

Percibió horrorizado cómo la picazón del veneno recorría sus conductos internos.

Se le escurrió la antorcha de la mano y, al caer en el charco del veneno, lo prendió con llamas incandescentes.

El pánico lo constriñó. Estaba atrapado.

Y aunque aquella ratonera fuera de piedra, el humo que comenzaba a llenar aquel pequeño espacio empezó a aturdirlo.

¡Tenía que salir de allí como fuera!

Le lagrimeaban los ojos, le escocía la garganta y una sensación de asfixia comenzaba a angustiarlo.

Trastabilló hacia la entrada del corredor, donde permanecía inmóvil la figura del Chacal.

Se dobló en dos y cargó contra él. Impactó la cabeza contra su vientre y lo hizo retroceder.

Oyó un gemido dolorido y aprovechó la cercanía para atacarlo con el puñal.

Fue más rápido de lo que imaginaba, lo eludió arrebatándole el arma y se la clavó en el costado.

Najmint se desplomó sobre sus rodillas, pero se agarró a una de las piernas del Chacal intentando derribarlo. Forcejearon un instante, hasta que la debilidad lo rindió. Comenzó a toser abruptamente.

—Morirás por ella, como siempre has deseado...

Alzó la cabeza y apenas pudo enfocar la vista.

Recibió una patada que lo tumbó peligrosamente cerca del fuego. Jadeó conmocionado y sintió cómo le cogía la mano e impregnaba la yema de sus dedos en una sustancia pringosa, sedosa y fría. Supo que era tinta.

Se revolvió combatiendo contra el dolor del costado y la quemazón en sus pulmones. Una nueva patada lo dejó inconsciente. Su último pensamiento fue una visión sobrecogedora: un escarabajo saliendo de su boca.