La muerte que respiras Capítulo 39. El despertar del pasado
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Capítulo 39. El despertar del pasado

El despertar del pasado

Selkis escurría el lienzo húmedo sobre el balde mientras repasaba la lista de remedios que podía aplicar para ayudar a su padre a recobrar la conciencia.

Lo aseaba y lo alimentaba a diario tras comprobar sus heridas y efectuarle la cura. Había superado el proceso de la fiebre y, aunque lucía mejor color, continuaba perdido en el inframundo.

Amsu aseveraba que, cuando el cuerpo aceptara volver al mundo de los vivos, lo traería de vuelta.

Pero que hablarle también era importante, para que no perdiera el vínculo terrenal, para que no olvidara que había alguien a este lado que lo esperaba.

Y así, Selkis, tras sus cuidados diarios, solía sentarse a charlar con su padre.

Curiosamente, en aquella inaudita intimidad, lejos del feroz juicio de su progenitor y del respetuoso temor que siempre le había mostrado, Selkis se abría por primera vez a él con la confianza que siempre había anhelado tener.

Solía cogerlo de la mano, un gesto absolutamente impensable de haber estado despierto, y le hablaba no sólo de los sucesos diarios, de las noticias del reino o de la abundancia de las cosechas de aquella estación; también le confiaba sus sentimientos, sus miedos, sus pensamientos más profundos y recónditos.

Aquella inusitada situación había tendido entre ellos un lazo de complicidad unilateral, tan liberador que casi lo consideró un regalo divino.

No sabía si su padre regresaría, ella se desvivía por retenerlo, comprendiendo de ese modo el afán de sus cuidadores cuando ella estuvo en la misma situación, pero tener esa oportunidad de cercanía tan ansiada cuando era niña le llenaba el corazón de gozo.

Verlo allí, tan vulnerable, cuando había sido un titán, la conmovía. Aquel que yacía en ese inmenso lecho no era el general Horemheb, era su padre. Y por fin ella podía entregarle su cariño, sus cuidados y sus confidencias.

Decían que haber visto tan de cerca el rostro de Anubis confería a los supervivientes una sensibilidad nueva ante el mundo.

Y ella lo había tenido enfrente dos veces, el Anubis ejecutor y el guía.

Y en realidad, el primero la había matado y el segundo había dejado su particular impronta en su ser. Porque ella jamás podría ser la misma.

Siempre había creído que, cada noche, la persona que había vivido ese día y sus consecuencias moría para renacer al alba como una persona distinta. Y más cuando, en efecto, la muerte había venido a buscarte, te había llevado y te había soltado por motivos que todavía desconocía.

Aquella Selkis murió bajo la mano del Chacal, y la que regresó de la muerte era una nueva Selkis.

No sabía si mejor o peor, pero, sin lugar a dudas, más sabia, más resistente y más consciente de lo efímera y cambiante que era la vida.

Tal vez por eso, los detalles más nimios se dimensionaban a sus sentidos, pues no saber si el simple perfume del jazmín podría ser disfrutado un día más le confería una importancia insólita.

Así como embeberse de un amanecer, de un ocaso, de un perfil, de una prenda, de una sonrisa, de las notas de un arpa, del sabor de un alimento o simplemente de la plenitud de la soledad y el silencio, la paz o el resuello nocturno de alguien querido, durmiendo a su lado.

Pensó en Najmint y en la tranquilidad que su sola presencia le otorgaba.

Y no porque se sintiera protegida y cuidada, sino porque la esencia que irradiaba su espíritu abrazaba al suyo.

Era la pura complacencia de sentirse en el lugar correcto, de saberse en casa, porque eso empezaba a ser él, su hogar.

Al menos, así lo sentía cuando se ceñía a su pecho y oía sus latidos.

Cuando se mecía rítmicamente acunada por su respiración.

Había descubierto que no concebía dormir sin tenerlo a su lado, sino entre sus brazos, sí arrullada por su presencia, por su calor corporal o su simple proximidad.

Cuando cerraba los ojos, ya no eran los de Nun los que veía, sino los de su esposo. Ya no fantaseaba con los abrazos imposibles de un amor marchito, ahora saboreaba los posibles de uno incipiente.

Bien era cierto que a menudo pensaba en Nun, lamentando la desdicha a que lo había condenado.

Y rezaba por su libertad y su felicidad, que no por su perdón, pues ni aspiraba a recibirlo ni lo pediría incluso si tuviera la ocasión.

Jamás había obrado con inquina, al contrario, siempre había actuado siguiendo los dictados de su corazón.

Quizá si hubiera obrado con más juicio, aquella cadena de tragedias se habría evitado.

Mas de nada valía lamentarse ya. El pasado no podía cambiarse, pero sí se podía aprender de él para mejorar el presente.

La vida era una escuela de aprendizaje constante, con lecciones de dolor, de amor, de derrotas, de éxitos.

Todo era importante, una cosa no podía existir sin la otra, pues, sin el fracaso, la gloria no sería valorada; sin sufrimiento, no anhelaríamos la felicidad; sin el odio, el amor no destacaría; sin negrura, no buscaríamos la luz.

Al final, la suma del todo nos revelaría el sentido de la vida.

Conseguir el equilibrio de esa dualidad definía nuestra búsqueda constante de quiénes somos en realidad.

Morir y vivir en un solo día, morir y vivir, una vez más.

Todo se reducía a eso, a renacer de la adversidad para consagrarnos a perseguir el bienestar. No importaba cuántas veces se mordiera el polvo, sino el arrojo con que se regresaba a la carga.

Oyó un débil resuello tras ella que la envaró.

Aquel gemido, quebrado y seco, procedía de la boca entreabierta de su padre.

Acudió a su lado y le acarició el rostro. El tacto era un sentido que debía ser recordado, un puente al mundo de los vivos.

Detectó un tenue movimiento en sus párpados, apenas un sutil temblor.

—Padre, estoy aquí, a tu lado, aguardando tu regreso.

Se prodigó en caricias tiernas y en susurros almibarados, comprobando solazada cómo despertaba de su letargo.

Primero un gruñido, estirado y áspero, apenas un hálito revitalizador. Después, un parpadeo intermitente, torpe, confuso. Lo siguiente fue un gesto contraído y una mueca tensa.

Selkis tomó una de sus manos entre las suyas y las frotó con fruición, queriendo alejar aquel frío que todavía campaba a sus anchas por su piel. Continuó hablándole, invitándolo a abrir los ojos, a mirar a su alrededor, a congraciarse de su regreso.

Contuvo el aliento cuando sus labios se entreabrieron intentando emitir algún sonido. Boqueó varias veces, logrando exhalar una suerte de gemido con el que intentaba vocalizar una palabra. La que finalmente brotó de su boca la conmocionó:

—Nun...

Entonces, abrió los ojos con sorprendente desmesura, confiriendo a su rostro una expresión casi enloquecida. Miró en derredor y finalmente fijó su aturdida mirada en ella.

Comprobó con alivio el reconocimiento que brillaba en ella. Al menos, parecía que la memoria no había sufrido ningún percance.

—Padre, no debes preocuparte, estás a salvo en casa.

Entrecerró los ojos. La luz le molestaba.

—Nun... —repitió. Su tono débil y quebradizo no sofocó la inquina que imprimía en aquel nombre.

Selkis le aproximó un odre con agua y lo ayudó a beber.

—Acabas de regresar del mundo de Osiris, no fuerces la garganta, ya habrá ocasión de hablar.

Horemheb cerró los ojos y se reclinó sobre la almohada. Pero su rictus continuaba tirante.

Su pecho subía y bajaba rítmicamente, su respiración era agitada.

Logró llevar una mano a su abdomen, donde el vendaje cubría la perforación que tenía en el vientre provocada por la punta de un venablo.

La herida lo atravesaba de parte a parte, pero había tenido suerte de que ningún órgano importante hubiera sido dañado de gravedad.

Aun así, el desgarre de los tejidos, la ruptura de los metu , la perforación de los músculos del abdomen y de la espalda, el derrame interno y el resto de las heridas de batalla que cruzaban su cuerpo lo habían casi desangrado.

Le humedeció los labios con un lienzo empapado en agua fresca y él sorbió con avidez.

Selkis sonrió, tantas veces la había protegido su padre que ahora era su turno... Y en aquel preciso instante, un recuerdo acudió a su memoria...

Un niño un poco mayor que ella era azotado por Horemheb.

Recordó vivamente la expresión del crío.

La miraba con un odio feroz. Apretaba los dientes mientras recibía en completo silencio varazos en las nalgas.

Aquel niño era el mismo que había organizado a su pandilla para apedrearla.

El mismo que solía ponerle la zancadilla, que le tiraba del pelo y que le susurraba insultos cuando pasaba junto a ella.

.. Uno de ellos acudió con contundencia a su mente. .. «Bastarda»...

Sintió un vuelco en el estómago y un amargor acerbo en la garganta.

Era él. Aquel niño era el Chacal. Intentó rememorar sus rasgos, aunque ahora debía de ser un adulto, todavía conservaría características físicas.

Escudriñó en su memoria rebuscando algo distintivo en aquel chiquillo, pero no encontró nada destacable, era tan sólo un niño bien parecido, de ojos almendrados, cabello oscuro y voluptuosa boca.

Sin embargo, sí logró evocar un gesto reiterativo en él, quizá una manía que aún conservara: solía juguetear con su oreja izquierda.

Se centró en la acentuada animadversión que le profesaba a ella, una inquina que arrastraba desde la infancia, y ahora ya sabía por qué. La acusaba de haber matado a su madre...

De pronto recordó algo y corrió hacia el espejo del cuarto.

El reflejo le devolvió unos ojos almendrados, unos rasgos armónicamente cincelados y una boca voluptuosa...

Cerró los ojos y resopló ante aquella verdad tan dura de asumir.

Era su hermano.

Y cuando la había acusado de haber matado a su madre y a la de él se refería a la misma.

Aquel escarabeo que le había puesto frente a los ojos, pidiéndole que mirara a su madre, era justo eso.

Su madre. La marca de nacimiento que ella lucía en su tobillo debía de ser idéntica a la que su madre tenía. Por eso... el escarabeo...

Todo parecía envolver la enigmática figura de su madre. El origen de todo estaba en el pasado.

Miró a su padre, que ya parecía sumido en un sueño reparador.

Él era el único que tenía acceso a aquel tiempo.

Selkis sintió la urgencia de buscar a Najmint para confirmarle que, en efecto, el Chacal era su hermano. Y que el escarabeo hacía referencia directa a su madre.