Capítulo 38. Cambio de planes
Cambio de planes
Ay clavó en él una mirada afilada.
—¿Hay algún adelanto en la investigación?
Aquel comienzo lo desazonó.
—Acabo de lanzar un anzuelo que no tardará en dar sus frutos.
El faraón frunció los labios y entrecerró los ojos enarbolando una mirada recelosa.
—Ni siquiera tienes una triste pista sobre el culpable —acusó—, y el asesino cada vez se muestra más audaz. Ha cometido el peor de los crímenes, asesinar al primer profeta de Amón, el sumo sacerdote, ¿qué será lo próximo?
Resultaba evidente que temía por su vida.
—A excepción del ataque a mi esposa, todas las víctimas son habitantes del templo.
—Lo que no significa que haya más excepciones.
Najmint no pudo refutar aquella observación.
Ay se puso en pie y caminó por la sala con aire exasperado.
—Confié en ti, Najmint —comenzó timbrando con falso pesar su tono—, pero hoy compruebo tristemente que me equivoqué.
—Estoy a un paso de capturarlo —replicó temiendo la decisión del rey—, tan sólo preciso de un poco más de tiempo. He lanzado el anzuelo y lo morderá, estoy completamente seguro de ello.
—El pueblo clama justicia, se impacienta, espera que su flamante gobernante los proteja, y tu incompetencia los pone en mi contra.
Y no puedo seguir tolerándolo, y más en la delicada situación en que me ha puesto el regreso del general.
Debo acallar sus dudas, he de demostrarles que soy el faraón que merecen y aplacar estos vientos adversos que se arremolinan en torno a mí.
Najmint cuadró los hombros y se tensó casi involuntariamente en un impulso natural de protección. Estaba a punto de recibir un golpe y todo su ser así lo anticipaba.
Ay se aproximó hacia la balconada, dándole la espalda. Una bandada de estorninos surcó el cielo como una mancha negra, ondulante y ruidosa.
—Los estorninos suelen controlar las plagas en los sembrados, son como un enorme abanico que sacude el aire infecto y lo purifica. Ésa es también mi misión, debo limpiar de malas hierbas el reino de Kemet, que tan dado es a cobijarlas.
Najmint no pudo reprimir su resentimiento.
—Los estorninos suelen representar a alguien que no es quien aparenta ser, que se camufla entre el resto escondiendo su verdadera naturaleza, sembrando confusión y engañando al mundo.
El faraón volvió el rostro hacia él, su gesto ofendido y furioso lo fulminó desde aquella distancia.
—Tu osadía y tu impertinencia podrían costarte la vida con una simple palmada mía, así que en pos de la amistad que nos unió, te exijo prudencia.
—Esa amistad no os impide deshaceros de mis servicios, al parecer.
—Mi amistad ha tenido la suficiente paciencia con tu investigación infructuosa, pero ahora los asuntos de Estado me obligan a apartarme de favoritismos y a obrar con juicio. Necesito capturar al Chacal y lo necesito ya.
—¿Y en quién habéis pensado para sustituirme?
Ay caminó hacia él con paso pausado y semblante grave.
—En Hasani.
Aquel nombre lo conmocionó. El desconcierto y el estupor se amalgamaron en una punzada ominosa y amarga.
—Hasani es un simple sacerdote médico ajeno a investigaciones —resaltó sin ocultar su ofensa.
—Es un hombre de mi entera confianza, suspicaz e inteligente, y será nombrado en breve primer profeta de Amón. Un hombre que está dentro del espectro del asesino, y, por tanto, nadie mejor que él para otorgar carácter de urgencia a este caso.
Najmint apretó la mandíbula, cerró los puños y sofocó cuanto pudo su ofuscación.
—Esas funciones no competen al futuro sumo sacerdote ni él dispone de las habilidades necesarias para ejercerlas.
—El miedo despierta habilidades inauditas —alegó el rey, amusgando la mirada—.
Saberse en peligro afina la agudeza. No hay herramienta más útil que la que provee el instinto de supervivencia.
Para Hasani, no se tratará de efectuar un trabajo, sino de proteger su propia vida.
En ese pequeño matiz radica una gran diferencia.
Por eso lo elegí. —Hizo una pausa en la que inspiró profundamente y, tras regresar a su silla, alzó la barbilla con gesto regio y agregó—: Así pues, considérate a partir de hoy destituido del caso, aunque conservarás el resto de tus funciones de protector de palacio y jefe de los diferentes cuerpos de seguridad.
Najmint asintió con aspereza, sometiéndose al capricho de su faraón.
Por un fugaz instante se sintió tentado de usar la baza que guardaba: amenazar al faraón con contar la verdad sobre la muerte de Tut y, de ese modo, conservar su puesto, pero logró reprimir ese feroz impulso por dos motivos.
Uno, porque intuía que la necesitaría más adelante y el otro, porque quizá lograra avanzar más trazando una investigación paralela sin estar al frente.
—Puedes retirarte —concluyó Ay aleteando impaciente la mano.
El capitán salió de la sala del trono con el convencimiento de que lo apartaban del caso justo por el motivo contrario que alegaba el rey.
Se estaba, quizá, acercando demasiado a una verdad que incomodaba.
El rastro que dejaba el asesino se bifurcaba en caminos peliagudos que conducían hacia intereses ocultos.
Necesitaban poner al mando a alguien que velara por salvaguardar aquellos secretos que con tanto afán parecían proteger. Era como si el asesino...
Se detuvo en aquel pensamiento. Lo que acudía a su mente era tan complejo y retorcido que debía examinar con detenimiento aquella impactante teoría antes de otorgarle alguna credibilidad.
Pero, por Horus, ¡resultaba tan descabellada como factible!
Aquella nueva vertiente encendió una miríada de lucecitas en su cabeza que comenzaban a alinearse marcándole una dirección.
Avanzó a buen paso hacia la cámara de la reina.
Lo atendió su doncella. Anjesenamón se encontraba en el templo de Amón, orándole al Oculto.
O al menos, aquélla era la excusa. El papel de la reina en aquella trama cada vez se le antojaba más relevante. Que visitara el templo, y sin escolta además, le indicaba que no temía convertirse en objetivo del Chacal.
Ya salía de palacio cuando se topó con ella en la entrada.
Iba acompañada de su séquito, ningún guardia protegía la comitiva.
El gesto contrariado que esbozó reveló su indisposición a aquel inesperado encuentro.
—Me urge hablar del tema que tenemos pendiente.
No sería él el que anunciara que ya no llevaba el caso del Chacal.
La reina frunció con disgusto los labios, pero asintió.
—Vayamos al jardín, ahí encontraremos la intimidad que precisamos.
Despidió a su cortejo y lo guio hacia el jardín principal.
El gorgoteo incesante del agua y el croar de las ranas envolverían suficientemente el arrullo de su conversación.
Anjesenamón lo invitó a sentarse en un banco de piedra, bajo la generosa sombra de un sicomoro. Aquel rincón ofrecía una privacidad excepcional, ocultándolos de miradas curiosas.
—¿Y bien, capitán?
—¿Habéis encontrado los planos?
Un leve rictus estiró sus comisuras.
—No. —Su voz, aunque modulada en una seguridad ensayada, desprendió una levísima fluctuación en el timbre que resquebrajó aquella negación.
—En tal caso, necesito ajustarme a un nuevo y necesario plan.
Ella agrandó sus oscuros ojos y lo contempló intrigada.
—Siento no haberte sido de ayuda, espero que tu plan se complete con éxito y que Toth ilumine tus pasos.
Ya se levantaba cuando Najmint la detuvo con un gesto sutil aunque ineludible.
—En realidad apelo a vuestra buena voluntad y a vuestro desesperado deseo por capturar al asesino de Tut para ello.
Anjesenamón se sentó de nuevo, con desgana. Unió las manos sobre el regazo, respiró hondo y lo miró resignada.
—¿Qué necesitas de mí?
—Vuestro permiso para abrir la tumba de Tut y tomar prestada su llave.
El semblante estupefacto de la reina le anticipó la respuesta, como ya había supuesto.
—¡Me propones un sacrilegio! —exclamó escandalizada.
—No me queda otra opción.
—No te lo permitiré —insistió irritada—. Me juré que nadie más perturbaría el sueño de Tutankamón, sellé la tumba con sortilegios. Todo aquel que ose entrar se enfrentará a un trágico y precipitado final.
Najmint sabía que ella mentía, que Tutankamón no descansaba en el Aaru con esa llave al cuello, ni dentro de su sarcófago. Tanto la llave como los planos estaban en el poder de su viuda.
—Tendré que arriesgarme.
El gesto de horror que pintó el rostro de la reina no alteró su determinación.
—¿Para qué demonios necesitas esa llave?
Era el momento de plantar otra semilla.
—Para rastrear los túneles, es ahí donde se esconde la presa que busco, y donde debo lanzar el cebo.
Su mirada brilló interesada. Najmint estranguló una sonrisa capciosa.
—¿Qué cebo?
—Tengo en mi poder la tablilla que busca el Chacal, un legado del pueblo sumerio que parece guardar un secreto ancestral.
—¿Dónde la has encontrado?
—Eso no importa, para mí sólo es la herramienta que necesito para capturarlo.
—Puedo conseguirte una llave.
Najmint fingió una expresión ansiosa e ilusionada.
—¿Una llave? No os referís a la de Tut, ¿no es así?
—No, me refiero a la de Ay, pero habrás de devolvérmela antes del alba.
—Así será —afirmó imaginando su plan—. Pero ¿y si se despierta en mitad de la noche y nota su falta?
—El jugo de adormidera suele ser un remedio infalible para atrapar a los hombres en el mundo de los sueños.
—¿Esta noche, entonces?
La mujer asintió mientras se ponía en pie.
—Espérame aquí, en este mismo lugar.