La muerte que respiras Capítulo 37. Piezas que se mueven
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Capítulo 37. Piezas que se mueven

Piezas que se mueven

Najmint deambulaba por la cámara de Perennefer con el ceño fruncido y la mente repleta de pensamientos atropellados.

Tras haber examinado el cuerpo del primer profeta, constató que se ajustaba por completo al rito de los asesinatos del Chacal. Escarabeo en la boca, idénticos signos de muerte por asfixia y el borrón de tinta en la yema de su índice derecho.

Había examinado el escritorio del sacerdote en busca de alguna pista, a pesar de anticipar que no hallaría nada incriminatorio.

El escenario del crimen sólo mostraba lo que el Chacal les permitía ver.

Sin embargo, Najmint inspeccionaba con exhaustivo detenimiento aquel cuarto, sacando conclusiones precisamente de lo que no veía.

Había dos tipos de muerte. El crimen burdo de eliminar un estorbo y el principal, aderezado con elementos rituales. Y uno de aquellos elementos había desvirtuado sus deducciones, por considerarlo un mero envoltorio del veneno, un simple útil de escriba, pero era mucho más.

La tinta era otra pista, era el sello de aquellos crímenes, la advertencia y la sentencia, era el vínculo directo con el secreto que custodiaba.

Perennefer no era escriba, pero no era necesario serlo para traducir él mismo el mensaje de una tablilla y adjudicarse así su autoría, puesto que conocía la lengua acadia.

Y si no lo había hecho desde un principio era por una sola razón: nunca había tenido en su poder la tablilla.

En ese caso, los asesinatos de los escribas en la biblioteca del templo eran tan sólo una elaborada pantomima.

Un artificio llamativo para ocultar un único crimen, el único que le interesaba.

Otra posibilidad era que aquellos asesinatos fueran un mensaje claro y contundente para quien ocultara la tablilla.

Quizá el asesino necesitaba escarbar la tierra para atrapar a un topo.

Esto último le pareció más factible, pero también más enrevesado.

Najmint profirió un gruñido reflexivo y Bomani se acercó a él.

—¿Por qué lo habrá matado? ¿Quizá temía que él mismo transcribiera el mensaje de esa tablilla?

—No, lo ha matado porque lo que temía era dejar cabos sueltos.

—No entiendo.

—Ambos eran aliados. Perseguían el mismo fin.

La expresión de Bomani dibujó su completo desconcierto.

—Pero eso no puede ser, el asesino buscaba impedir que el secreto de la tablilla fuera descubierto, que era lo que pretendía el sumo sacerdote.

—Eso tan sólo fue una teoría, que ha resultado ser errónea.

Perennefer me mintió cuando hablé con él, jamás tuvo esa tablilla en su poder, pues, de haberla tenido, no habría precisado de ningún escriba para traducirla.

En aquella conversación reconoció que conocía el alfabeto acadio, y en aquel momento supe que nada era lo que parecía.

—Entonces, ¿por qué han muerto los escribas del templo?

—Es lo que pienso averiguar, tengo varias conjeturas sobre eso, y muchos cabos sueltos que debo empezar a atar. Uno de ellos conduce a Anjesenamón.

Najmint le contó su conversación con la reina y el convencimiento de que aquella trama convergía en un punto común: la tablilla sumeria.

—¿Crees que por eso le robaron la llave y los planos a Tutankamón? ¿Porque creen que la han escondido en los túneles secretos? —masculló Bomani.

—El asesino la busca, no la encuentra y decide matar para lanzar un mensaje claro a su poseedor.

Ese mensaje mortal está adornado con símbolos que a buen seguro hacen referencia a lo que haya escrito en ella —dedujo Najmint—.

Veamos, el escarabajo encarna la inmortalidad, el hecho de encontrarse en la boca sugiere que se trata de la inmortalidad de un secreto transmitido de generación en generación.

La tinta es el peligro, la muerte, el enemigo, la advertencia de que el secreto no debe salir a la luz.

La cabeza de Anubis es el verdugo, el guía del inframundo.

Que el asesino se esconda bajo la apariencia de un dios le confiere a la misión un manto divino.

Se detuvo, analizando detenidamente aquellas reflexiones. Algo se le escapaba, pero ¿qué?

Decidió no forzarse a buscar una respuesta, pues sabía que la mente era engañosa y que si se concentraba en la resolución obsesiva de una cuestión en particular ésta podía dibujarle la pieza que le faltaba, aunque no fuera la correcta.

Y en aquel punto, él procuraba ser cuidadoso en extremo, mantener la mente lúcida y saber cuándo no debía continuar maquinando posibles respuestas.

Solía ser más efectivo no pensar en el hueco, despejar la mente, distraerla, y entonces la pieza aparecería cuando menos se la buscara.

—¿Cómo sabes que Perennefer y el Chacal eran aliados? Que te mintiera no conduce a esa reflexión.

Observó a Bomani. Era un tipo sagaz, pero no solía perder mucho tiempo en elaborar teorías y suposiciones. Era más un hombre de acción.

—Perennefer me confesó que estaba salvaguardando intereses más elevados cuando lo acusé de proteger con su silencio al asesino. El Chacal mata para preservar un gran secreto. Ambos estaban en el mismo lado del tablero, lo que lleva a suponer que jugaban la misma partida contra el mismo oponente.

Uno de los guardias lo llamó con urgencia desde la puerta.

Najmint acudió presto y se detuvo en el umbral. Fijó su vista en la parte del suelo que le señalaba el hombre. Era la huella de un pie silueteado con sangre seca.

Se agachó para observarla con atención.

—Es un hombre grande, a juzgar por el tamaño de la huella.

Alzó la vista y Bomani asintió con el ceño fruncido.

—Más o menos de tu talla —agregó.

—Eso parece.

—No hay muchos hombres tan grandes como tú —murmuró Najmint con cierta excitación—. Es un claro elemento diferenciador que lo destaca del resto. Hemos de prestar atención a todo aquel que sea de tu tamaño y pulule por el templo.

—Al menos ya tenemos una pista física del Chacal —celebró Bomani.

Najmint asintió complacido. Aquel dato podía acotar considerablemente la lista de sospechosos, cuando los tuviera.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Bomani.

—Presionar a la reina para que me dé una respuesta.

—¿Y cuál será el del Chacal?

—Seguir matando. No se detendrá hasta encontrar la tablilla. La única manera de atraparlo es adelantarnos nosotros y usarla como cebo.

En ese preciso instante, el fogonazo de una idea destelló en su cabeza.

—Conozco esa expresión —murmuró Bomani con sonrisa ansiosa—. ¿Qué se te ha ocurrido?

—Saltarnos un paso —respondió ufano.

Ante la expresión curiosa de su amigo, agregó:

—No hará falta encontrarla, lo único que importa es hacerle creer que la tenemos.

Bomani no pudo más que congratularse ante el ingenio de su capitán.

—Una gran idea, que además desconcertará al misterioso propietario de la tablilla.

Aquella acotación le hizo pensar en ese hombre, en su propósito. Y por las referencias que tenía sobre el contenido de la tablilla, imaginaba que pretendía desgreñar sus secretos y beneficiarse de algún modo de ellos.

—No hay nada más interesante que mover una pieza para reconfigurar el tablero, veamos qué sucede tras nuestra jugada.

—¿Cómo vas a hacerle creer que tenemos la tablilla?

—Esparcir un rumor en palacio es como prender fuego a la brea: arde rápido y se extiende de manera fulminante, incluso si se está lejos, el resplandor es tan intenso que se ve desde la lejanía. Así que, sí, centraremos su mirada en nosotros.

De repente la expresión de Bomani se oscureció con una preocupación inesperada.

—Irá a por ti —comprendió.

—Así es, pero yo lo estaré esperando.

— Estaremos —puntualizó con decisión.

Najmint sonrió, no esperaba menos de su amigo.

El eco de pasos acelerados, casi a la carrera, los sobresaltó.

Salieron al pasillo para contemplar cómo un soldado se precipitaba hacia ellos con la urgencia pintada en el rostro.

Cuando se detuvo, jadeante, se envaró y saludó a su superior con la correspondiente muestra de respeto.

—Habla, ¿qué ocurre?

—Han regresado las tropas de la frontera.

Najmint no entendió en qué podía interesarle aquel dato.

Ante su extrañeza, el soldado añadió:

—El general regresa con ellos.

—Ahora iré a presentar mis respetos al fenecido general.

—No está muerto.

* * *

La noticia de que Horemheb estaba vivo convulsionó a la corte.

Tras remontar las Elefantinas y navegar el Delta del Nilo atravesando las primeras cataratas en un viaje largo y agotador, el general llegaba con un hálito de vida gracias al buen hacer del sunu que acompañaba a las tropas.

El revuelo en palacio se extendió por todo Tebas, que se aglutinó a sus puertas vitoreando a su héroe. A pesar de que Ay ya había sido investido, sus detractores atisbaron en aquel sorprendente regreso un resuello esperanzador que avivó la llama de la insurrección.

Mientras el general continuaba luchando con la muerte, se desataron intrigas políticas entre sus seguidores, que confabulaban en los rincones y se agrupaban en reuniones secretas.

El ambiente era tenso, expectante y pincelado de incertidumbre. Resultaba paradójico que bajo el lecho de un hombre moribundo se estuviera gestando una rebelión.

A Najmint lo desazonaba aquella impronta sediciosa que se extendía, sinuosa, por cada rincón del palacio como el rastro viscoso de Apofis.

Un rastro hediondo y pegajoso que emponzoñaba los ánimos y los enfrentaba, obligándolos a posicionarse.

Y como en todo mar revuelto, las olas salpicarían la orilla de espuma y furia.

Najmint había decidido colocar dos centinelas en la puerta de la cámara del general temiendo por su vida, pues nada sofocaba más una rebelión que acabar con su semilla, por muy marchita que estuviera.

Y aunque lo pareciera, él no había tomado partido más que por el bienestar de su esposa y la justicia a la que servía.

Selkis, todavía convaleciente, pero cada día más vigorosa, visitaba a su padre desplegando sobre él sus conocimientos médicos y su cariño.

Era su único pariente vivo, y el único modo de averiguar más sobre ella misma.

El inaudito regreso de Horemheb no sólo había alterado la tranquila vida en palacio, también representaba la posibilidad de arrojar algo de luz sobre el caso, y por supuesto sumaba un nuevo y poderoso aliado contra el Chacal, suponiendo que pudiera restablecerse por completo.

A pesar de que Amsu no podía ejercer su profesión y se había trasladado a una casa del arrabal, presuntamente para acabar sus días apelando a la caridad de sus vecinos, era allí, en aquella desvencijada vivienda, donde continuaba aleccionando a Selkis.

Ella buscaba en el anciano su sabiduría, experiencias y consejos para aplicarlos sobre su padre.

Y aquella guía se extendió también a todo aquel que precisara de curación.

A través de aquel subterfugio, Amsu continuaba dedicándose a lo único que hacía latir su corazón de sunu : sanar y transferir sus valiosos conocimientos.

No fue, pues, de extrañar que el hombre más afectado por el regreso del general mandara llamar a Najmint aquella mañana.

El capitán acudió a la cámara real para encontrarse con un ceño feroz y una expresión severa.