Capítulo 36. Sed de tinta
Sed de tinta
Miró la máscara.
Oía su llamada. Ansiaba beber otra alma. Y no una cualquiera. Anhelaba con escalofriante avidez aquella que corrompía con viles intereses su sagrado cometido.
Acarició el oscuro rostro de Anubis paladeando su inminente venganza. Inspiró profundamente y elevó una plegaria a Osiris.
Se vendó la boca y la nariz, se colocó la máscara con lenta solemnidad y prendió tres varillas de incienso en honor a la tríada de dioses sumerios: Ann, Enlil y Enki.
Fuera, la tormenta arreciaba, el silbido afilado del viento ya era rugido, las finas agujas de lluvia se habían convertido en granizo, el cielo encapotado en noche temprana.
Había prendido el candil de aceite y la llama danzante, aplaudida por las corrientes del marco de la ventana, reverberaba en la penumbra de manera intermitente.
Se acercó a la mesa y, en un cuenco de alabastro, machacó minuciosamente las semillas crudas de ricino.
Se afanó en aquella labor de manera concienzuda y metódica pero rápida.
Cuanta menos exposición al veneno, mejor.
Toda precaución era poca. El veneno de ricino era, con poco, mucho más potente que el de una cobra.
Inhalado provocaba presión en el pecho, inflamación de los conductos y los órganos respiratorios, náuseas, y finalmente la víctima moriría por asfixia, dejando en la piel el característico tono azulado.
A pesar de su alta toxicidad, se usaba para extraer el aceite.
El proceso era similar, excepto porque se hervían las semillas trituradas con agua y eso neutralizaba el efecto del veneno y ayudaba a que soltaran el aceite, que poseía multitud de propiedades beneficiosas.
Lo que él buscaba era la más pura esencia de la semilla cruda, extrayendo los efluvios de uno de los venenos más potentes que existían.
Cuando consiguió que todo fuera una masa pardusca, lo pasó a una prensa hasta obtener una pasta fina y emoliente que filtró hasta obtener un líquido espeso que se apresuró a envasar.
Tan sólo quedaba mezclarlo con la tinta y preservar hermético el frasco con el letal contenido.
La noche cayó y el ensordecedor rugido de la tormenta acalló los pasos del Chacal en el interior del templo.
Luego, volvería a terminar lo inconcluso.
Una vez preparado el frasco, lo introdujo en un zurrón y salió de su cámara.
Sabía que la tinta no sería usada por su presa, sin embargo, era primordial para transmitir el mensaje.
La tinta implicaba muerte cuando era utilizada clandestinamente, cuando se empleaba con ambición, cuando era cómplice de un sacrilegio, de un robo, cuando acompañaba a la vileza, cuando se ofendía a los dioses.
La tinta era la herramienta de la venganza, el azote de los usurpadores, la justicia de un pueblo olvidado.
El eco de sus pasos rebotaba en aquel profuso bosque pétreo perdiéndose en las bóvedas.
Las lucernas, faltas del suficiente vigor para empujar las sombras a los rincones, parecían titubear retrocediendo.
Un moribundo resplandor titilaba en la sala hipóstila que atravesaba, tímida guía de sus pasos.
Emergió de aquella lóbrega penumbra hacia un pasillo más iluminado.
Él, amigo de las sombras, se ciñó a los muros cobijado por ellas.
Dobló un recodo y enfiló otro largo y solitario corredor. La cámara que buscaba se hallaba al fondo. Se palpó la daga que llevaba al cinto. Ya vislumbraba al guardia que custodiaba la puerta. Perennefer se había vuelto cauto, pero de poco le valdría.
Se detuvo en el filo de la sombra, su capa oscura lo ocultaba. Contuvo el aliento y comenzó a avanzar hacia el centinela. El hombre rondaba la puerta, de un lado a otro. Tras varios paseos se detenía, se apoyaba en la pared y se miraba los pies, sumido en sus pensamientos.
Emitía bostezos, sacudía la cabeza y tarareaba canciones.
Había dejado la lanza apoyada en el rincón.
Se aproximó sigiloso, enmascarado en las sombras, con la cabeza de chacal y el puñal en la mano.
Cuando su presencia ya no pudo pasar desapercibida, se plantó en el centro del pasillo y el soldado quedó atónito ante su imagen.
Su gesto se transfiguró en una mueca aterrada, sus ojos se agrandaron y su boca se abrió como si gritara, pero ningún sonido emergió.
En aquel instante de perplejidad, paralizado por el miedo, vio la oportunidad que buscaba.
Se abalanzó como un demonio sobre él y lo apuñaló con saña en el vientre.
La sangre caliente caldeó su aterida mano mientras el filo continuaba en el interior del abdomen.
Era una sensación agradable, excitante. El gemido entrecortado del hombre asimilando que la vida se le escapaba paulatinamente le produjo un escalofrío placentero.
El cuerpo se derrengó y lo dejó caer lentamente.
Lo acompañó en aquel descenso, más por no interrumpir aquellas deleitosas sensaciones que por evitar el ruido de un golpe seco.
Lo extasiaba ese breve lapso de tiempo en el que la muerte combatía con la vida, sacudiéndola a su antojo en una revancha ansiada.
Las abruptas convulsiones, el descenso de la temperatura, la rendición, y luego ese cascarón, vacío de su esencia.
El fin del ciclo de la metamorfosis, exacta a la del escarabajo.
Principio, fin y un nuevo comienzo. Vida, muerte y resurrección.
Tres fases, tres eras, tres símbolos unidos y la profecía se cumpliría. Ellos volverían.
Depositó el cuerpo en el suelo y se alzó. Inspiró hondo y comenzó abrir la puerta tan subrepticiamente como pudo.
Al otro lado, el silencio, la negrura.
Se adentró en aquel incierto espacio y aguardó a que sus ojos se acostumbraran a la ausencia de luz. Gradualmente descubrió que la oscuridad era parcial y ante él se perfilaron contornos: un escritorio, una silla, una mesa, una cama.
Agudizó el oído y una respiración regular y sibilante llegó hasta él. Perennefer poco podía imaginar que aquél sería su último sueño en vida.
Se acercó a la cama y vislumbró una silueta bajo la sábana.
Aquel perro que decía consagrarse a Amón se consagraba en realidad a sí mismo y a su codicia.
Se inclinó sobre el hombre y lo sujetó por los hombros contra la cama.
Una difusa cortina agrisada se proyectaba justo donde él se encontraba.
Su sombra de chacal se dibujaba en el suelo, alargada y amenazante.
Sacudió ligeramente al sumo sacerdote y, al cabo, sintió una resistencia contra sus manos. Lo ciñó con más vigor y oyó un jadeo angustiado. Le cubrió la boca con la mano y aproximó su rostro de chacal al del hombre, que lo miraba aterrado.
—Anubis ha venido por ti. Siente su fétido aliento en el rostro.
Sacó el frasco de tinta y lo agitó ante sus ojos.
El sacerdote se revolvió, sintió que deseaba replicarle. Él despegó la mano de su boca y le permitió expresar su última voluntad.
—He hecho cuanto me has pedido —alegó Perennefer con timbre desesperado—, ¿por qué...?
—Has hecho más de lo que te he pedido.
—¡Iba a delatarnos! Era necesario —se defendió.
—No me refiero al oráculo.
—Me obligó... —fue toda su excusa.
—¿Quién es tu cómplice?
Pronunció el nombre en apenas un susurro.
—La tinta aún tiene mucho por hacer... —sentenció él.
Destapó el frasco, inmovilizó al clérigo con una sola mano y le acercó el envase abierto a la nariz. Tras unas cuantas sacudidas, perdió el conocimiento. Todavía no estaba muerto, tardaría algo más en hacerlo. Se apresuró a cerrarlo y sonrió para sí.
Aferró su mano diestra, tomó su dedo índice y lo introdujo en el tarro. Tiznó la yema marcándolo como a los otros.
Se incorporó y salió de la cámara con aquel nombre dando vueltas en la cabeza.
Ya se ocuparía de Selkis más adelante, ahora tenía otro enemigo, uno formidable.