Capítulo 34. El emisario de Maat
El emisario de Maat
La mañana amaneció prometedora.
Jepri-Ra asomaba tímido por la ventana, iluminando las penumbras con su halo. Jnum se retiraba a su morada, sometiéndose a aquella progresiva conquista. Y Najmint sonrió ante el regalo que le dejaba el dios de la noche.
Descubrir a Selkis entre sus brazos dibujó una sonrisa complacida en su boca.
Ella dormía aún, y él aprovechó para paladear aquel inaudito regalo.
No supo en qué momento de la noche se había acurrucado contra él, pero incluso sumido en el sueño, su cuerpo de manera inconsciente, hambriento de su contacto, le había abierto los brazos.
No pudo resistirse a besar su frente ni a perfilarle el rostro con los dedos. Se prodigó en acariciar la tersura de su mejilla y en oler su piel acanelada. La contempló arrobado, paladeando aquel momento.
Tenerla así, tan cerca, tan conmovedoramente hermosa, tan vulnerable, tocada con la abrumadora inocencia que sólo el sueño concedía a su semblante, despertó en él todo un mundo de emociones que se conjugaron en la necesidad imperiosa de meterla dentro de sí.
De protegerla de todo y de todos, de cobijarla en su interior y cubrirla con todo el amor que almacenaba desde que la vio por vez primera.
Aun plenamente consciente de no recibir ni una ínfima parte de lo que él le había entregado, se conformaba con sus miradas, con aquella cercanía casi robada, con embriagarse del perfume de su piel, con oírla respirar a su lado, con la calidez que manaba de su cuerpo, con el cautivador sonido de su voz o el vibrante eco de sus pasos.
Migajas para quienes concebían el amor como un objeto de trueque, no era su caso.
Para él, amarla era una parte más de sí mismo, lo había hecho desde niño, sin saber muy bien cómo, ni por qué, sólo sabiendo que era incapaz de no hacerlo.
Quizá a aquella temprana edad, y sabiéndola tan inalcanzable, se concienció de aquel imposible, y creció así, llenándose de un amor no correspondido, sin la frustración de una ambición absurda.
Pero los dioses la habían colocado allí, entre sus brazos. No tenía su corazón, pero la tenía a ella. Y ese privilegio era sin duda un favor divino. O eso había creído.
No obstante, en aquel momento, prodigándole caricias, ansiando perderse en la profundidad de su mirada, se descubrió deseando mucho más. Él, un hombre contumaz y perseverante, realista en exceso, amigo de la lógica y hermano de la sensatez, codiciaba un corazón sobre el que nunca tuvo miras.
Un suave aleteo de pestañas lo distrajo. Se apartó apenas para poder deleitarse con un nuevo amanecer, mucho más hermoso que el que se desperezaba sobre las dunas.
Selkis parpadeó aletargada, asimilando la luz de la mañana. Cuando por fin fijó la vista en él, le prodigó una sonrisa que le cortó el aliento.
Dibujó el contorno de aquella boca voluptuosa con la punta del índice, subyugado por sus formas. El impulso de apresarla en un beso resultó devastador. Apartó la mirada e inspiró profundamente.
No estaba preparado para sentir la mano de Selkis repasando su mentón. La ternura del gesto lo estremeció.
Ella entreabrió los labios, apenas un resquicio, pero tan dolorosamente tentador que no pudo reprimir un gemido hambriento.
Su cuerpo se tensó ante la abrumadora necesidad de dejarse arrastrar por aquel punzante deseo. Cuando vio asomar la punta rosada de su lengua humedeciéndolos, como una muda invitación, su voluntad se quebró en mil pedazos.
Apresó su boca con febril desesperación.
El beso fue voraz, urgente, impetuoso. Paladeó su sabor, se obnubiló de pasión y sus manos se volvieron audaces.
La quemazón del deseo anidó en su interior, extendiéndose progresivamente, inflamándolo, derritiendo su conciencia, apresándolo con implacable saña.
Ella volcaba gemidos ardorosos en su boca que él bebía con desespero. La pulsión de su ingle se volvió dolorosa, la voracidad de su pasión comenzaba a desbordarse.
Se conminó a apartarse, pero su intención moría ante la entrega de su esposa. Se cernió sobre ella, y fue su peso el que pinchó la burbuja de pasión que los envolvía. Ella exhaló un gemido dolorido y entonces recordaron que estaba convaleciente.
Najmint se retiró presto y regresó a su posición de costado, jadeante y con gesto de disculpa.
—Lo he provocado yo —asumió ella con mirada golosa y sonrisa pícara—, ya que no tomas lo que te has ganado, me ha nacido ofrecértelo.
Sonrió complacido y se inclinó para besarla de nuevo.
—Con semejantes recompensas, me marcaré objetivos más pretenciosos.
Salió de la cama y comenzó a vestirse. Se acercó a la ventana del lado este e inspiró hondo.
Un regusto acre flotaba en el aire. La calima se suspendía sobre la ciudad como una neblina refulgente y difusa, apartando a empellones el frío de la noche.
A través de la ventana podía contemplar un horizonte de dunas doradas, donde la magnificencia del desierto se abría hasta donde se perdía la vista.
—Quiero ir contigo.
Najmint hundió las manos en su espeso cabello oscuro, retirándolo del rostro, y negó con la cabeza.
—No es buena idea, todavía estás muy débil.
—Quiero mirar a Omari y escupirle en el rostro.
—Tendrá su merecido, te lo prometo.
—¡Que los demonios del Amenti despedacen su alma, mató a un niño sólo por perjudicarme a mí!
—Y lo pagará. Confía en mí.
—Lo hago.
Se acercó al lecho y se sentó a su lado. Le prodigó una mirada tierna y le tomó la mano.
—¿Llegaste a conocer a tu madre?
—No, murió en el parto.
—¿Cómo se llamaba?
—Anat.
—¿Qué más sabes de ella? ¿De dónde procedía?
—No lo sé. Mi padre hablaba muy poco de ella.
—¿Recuerdas algo de lo poco que te contó? Cualquier detalle nimio podría ser importante.
Selkis rebuscó en su memoria.
—En una ocasión mencionó que la había traído de Desheret.
—Eso sólo significa que era extranjera.
Kemet era la tierra negra y fértil donde Egipto tenía su cuna. Desheret era la tierra roja y árida de los territorios enemigos. Pero había muchos reinos colindantes situados en sus términos.
—No logro recordar si concretó algo más respecto a su origen.
—No importa, ¿recuerdas algo más sobre cualquier cosa?
Selkis frunció el ceño y buceó en su interior.
—Heredé de ella una marca de nacimiento. —Estiró su pierna izquierda y la giró ligeramente para mostrarle una mancha rosácea circular sobre el hueso del tobillo.
Najmint se agachó y amusgó los ojos para inspeccionarla.
—Tiene forma de escarabajo —pronunció ella con cierta aprensión.
Se miraron un instante con idéntico estupor.
Selkis gimió sobrecogida y Najmint tuvo que reconocer que, en efecto, se asemejaba a un escarabajo.
Estudió la mancha con atención, podía pasar por el cuerpo de ese insecto.
De ella nacían tres filamentos a ambos lados, no de proporciones similares, pero visualmente encajaban perfectamente como patas del insecto.
—¿Crees que tendrá algo que ver...?
El timbre agudo con que matizó la pregunta evidenciaba su desazón.
—No lo sé, pero no creo en las casualidades.
De lo que no tengo duda es de que el escarabeo era una pista, y de que parece que todo ha dado un giro y por alguna razón se ha centrado en ti.
Y ahora esto. No sé qué pensar, quizá sea una simple marca de nacimiento a la que le estemos dando demasiada importancia.
Quizá nuestra mente, impresionada por lo sucedido, vea cosas que no son.
Sin embargo..., mi instinto me dice —alargó el brazo y acarició la mancha— que esto es importante.
—¿Crees posible que pudieras tener hermanos?
Aquella pregunta no la sorprendió. A buen seguro, ella ya habría cavilado sobre esa posibilidad.
—¿Y que uno de ellos sea mi asesino?
Najmint asintió y deseó borrar a besos su rictus apesadumbrado.
—Todo puede ser. Si mi padre viviera... —Selkis tragó saliva y bajó la vista.
Él abrió los brazos para ella y la cobijó en su pecho.
—¿Qué han hecho con su cuerpo?
—Viene de camino.
—No podrás impedir que asista a su enterramiento.
—No lo haré. Y ahora descansa.
* * *
Amsu estaba flanqueado por dos guardias.
En ese juicio no estaría presente el faraón. Todo lo concerniente a la Casa de la Vida competía a los sacerdotes del templo de Amón.
El primer profeta, Perennefer, rodeado de sus más fieles acólitos, presidía el estrado.
Un escriba del templo ocupaba un pupitre a la izquierda.
El juicio no era público, la totalidad de la concurrencia eran habitantes de Karnak: sacerdotes, heka y sunu .
Tan sólo una pequeña facción de los cuerpos de seguridad de palacio habían sido autorizados a presenciarlo, él como jefe de mando a cargo, y los guardias que escoltaban al acusado y que se harían cargo de la condena una vez sentenciada.
Najmint descubrió a Omari entre los asistentes y respiró aliviado. Había ordenado a sus hombres que cerraran todas las salidas del templo. Palpó el saco que le había entregado Amsu, y que llevaba atado al cinto, y ordenó en su cabeza su línea defensiva.
Las grandes columnatas cinceladas de vistosos y coloridos jeroglíficos se alzaban imponentes, empequeñeciéndolos. El penetrante aroma del incienso se ondulaba entre ellas. Sus volutas se elevaban sinuosas, perfumando el ambiente, recordando que se encontraban en un recinto sacro.
La tenue luz que atravesaba las angostas aberturas de la parte alta de los muros apenas contaba con el suficiente vigor para morder la penumbra que se señoreaba de su conquista, extendiendo sus dominios por toda la sala.
Tampoco los diseminados candiles de aceite que habían colgado cada ciertos tramos lograba apartar la sensación de nocturnidad, acentuando aquel ambiente místico más inclinado a la abstracción espiritual que al pensamiento racional.
—Hoy nos reunimos aquí, con hondo pesar, para juzgar a uno de nuestros médicos laicos —pronunció solemne el sumo sacerdote.