Capítulo 33. Sospechas fundadas
Sospechas fundadas
Mientras caminaba hacia el arrabal, intentó ordenar sus pensamientos.
Su lista de prioridades se aglutinaba desdibujando objetivos anteriormente marcados.
El asesino había desaparecido, quizá porque su misión se había completado, o tal vez por simple prudencia.
El relato de Selkis abría nuevas e inquietantes incógnitas que debía insertar desencajando piezas que tenía ensambladas, sin saber qué hacer con ellas.
Sin embargo, las evidencias siempre estaban por encima de las hipótesis.
Y más si procedían del mismo asesino. Aquellas palabras dichas por él eran la clave de todo.
El asesino había balanceado el escarabeo frente a ella y le había dicho: «Mira a tu madre.
.., debes reunirte con ella». ¿Qué podía significar aquello?
Y nuevamente, aquella palabra, madre , parecía erigirse como motivo del ataque en la explicación que le dio justo antes de asestarle el golpe que creyó final: «Porque mataste a mi madre, y a la tuya.
..». Apuntó mentalmente averiguar quién fue la verdadera madre de Selkis.
Otra frase que rondaba su cabeza era la acusación de traicionar a su pueblo y lo referente al secreto que ella ponía en peligro.
Y aunque todos aquellos datos resultaban turbadores, el hecho de que el asesino supiera que Selkis estaba encinta era lo que más lo sobrecogía.
Nadie excepto él y Amsu lo sabía, lo que significaba que alguien cercano había estado espiándolos.
Sus sospechas volvieron a dirigirse hacia la figura de Omari.
Solía pulular por la consulta silencioso, en un segundo plano, acechante y malicioso.
Esa inquina contra Selkis podía deberse a otro motivo, y no al que presuponía.
Otra cuestión que lo desazonaba era la muerte de Kosei.
Había sido lanzado al Nilo dentro de un saco de sarga lleno de piedras.
Temía la reacción de Selkis cuando descubriera la ejecución del padre de Nun.
Tampoco sabía que había sido Nun quien había matado a Horemheb.
Dos importantes detalles que podían volver a llevarla a ese estado de ausente deriva, de abandono vital, de desarraigo con el mundo y con su alrededor.
No podía perderla, porque, aunque jamás ganara su corazón, ya no podría vivir sin saber que ella respiraba el mismo aire que él.
Inspiró profundamente ante la puerta a la que debía llamar, llenando sus pulmones de aquel aire seco y polvoriento que remolineaba entre las chabolas, insuflado por el árido pulmón del desierto.
Las largas varas de madera que sobresalían del muro frontal de adobe proyectaban franjas umbrosas delante de la puerta.
Ésta, de color rojo para repeler las fuerzas hostiles, lucía descascarillada, con grandes huecos irregulares entre los goznes.
En la planta baja no se abría ventana alguna, así que alzó el rostro hacia las angostas aberturas protegidas por esteras que punteaban el piso superior.
Le pareció percibir un tenue movimiento en la esterilla de una de ellas.
El chillido de los niños inmersos en sus juegos y el rumor de conversaciones pausadas contrastaban vivamente con el sepulcral silencio que parecía rodear aquella vivienda.
Llamó con los nudillos, suavemente, temiendo desconchar más la pintura o incluso derribar la cochambrosa puerta. Aguardó paciente hasta que oyó unos pasos arrastrándose al otro lado.
Contuvo la respiración cuando una mujer le abrió.
La reconoció de inmediato. Jamás olvidaría aquel rostro desencajado, aquella mirada rota, aquel grito derrotado cuando lanzaron a Kosei a las profundidades del Nilo.
Como tampoco olvidaría nunca el llanto rasgado de la pequeña que ahora atisbaba tras su madre.
¿Qué hacían la madre y la hermana de Nun en aquella casa?
—¿Qué más vais a arrebatarnos? —Su tono era afilado y resentido.
—No es a ti a quien a busco.
—Alejaos de ella. —Y por el modo en que lo dijo, supo que no se refería a la dueña de esa casa.
—Necesito hablar con la mujer que ha perdido a su hijo.
—También yo lo perdí, y ahora a mi esposo. Y sólo hay una culpable. Una mujer que es la encarnación de Apofis, que provoca una desgracia tras otra, que destroza el corazón de los hombres condenándolos a la muerte. Alejaos de ella o seréis el siguiente.
—Berenice, hazlo entrar. —Aquella voz que emergió del interior sonó tan desolada que supo a quién pertenecía.
No aguardó a que la viuda de Kosei lo dejara entrar, hizo el amago de hacerlo y la mujer se aprestó a retirarse del umbral.
El interior era sombrío pero agradablemente fresco. Apenas había mobiliario, lo imprescindible para una familia humilde. Vislumbró una figura encorvada sentada sobre un camastro y se acercó a ella.
—Lamento profundamente la pérdida de tu hijo, y soy consciente de mi molesta intromisión en tu duelo, pero se me ha encargado que averigüe qué ocurrió.
La mujer alzó la mirada y la clavó en él con una intensidad abrumadora.
—Lo que sucedió fue que ella no siguió las indicaciones de su maestro y eso provocó la muerte de mi pequeño. Y no, no fue accidental, ni siquiera un desafortunado mal paso, ella sabía lo que hacía. Yo misma la oí contradecir a su mentor y actuar por su cuenta.
Najmint decidió ignorar la última frase.
—Pero la operación fue exitosa, logró desanudar la hernia y su proeza fue alabada por su maestro.
—Pues algo mal debió de hacer, porque días después mi pequeño empeoró y murió.
—Era una intervención delicada, en la que la recuperación se basaba en los días posteriores a ella. El riesgo de padecer fiebres era alto.
—Se me entregaron unos remedios para evitarlas. Ella misma los preparó.
Najmint frunció el ceño. Ese detalle no estaba incluido en el relato de Selkis.
—¿Estás segura de ello?
—Por supuesto, su ayudante acudió días después para dármelo.
—¿Omari?
—No sé su nombre, pero es ese joven que estaba en la consulta.
Najmint asintió. Al parecer, tenía ya a su culpable.
—¿Tu hijo comenzó a sentirse mal tras beber el remedio?
La mujer compuso un gesto dolido. La humedad que ya acompañaba su mirada se engrosó hasta desbordarse.
—Así es.
—En tal caso, podemos ya asegurar que fue ese preparado el culpable y no la operación en sí.
—Ese muchacho me confesó que las licencias que se había tomado la senut podían tener fatales consecuencias. Ella... —su voz tembló de odio y rabia— ella le metió la mano en el vientre...
—¿La viste hacer eso?
—No, pero...
—¿Recuerdas acaso la conversación que mantuvieron durante la intervención?
—Estaba asustada y rezaba a Sejmet por la curación de mi pequeño.
—O sea que no recuerdas lo que se dijo. Fue Omari quien te informó de todo, ¿no es así?
La mujer asintió.
—Muy bien, te agradezco tu tiempo. Te aseguro que tu hijo será vengado.
—Lo creeremos cuando esa serpiente que tenéis por esposa pague sus crímenes —escupió Berenice.
Najmint se limitó a mirarla. Entendía todo el resentimiento que ambas mujeres sentían por Selkis, la desgracia se había cebado con ellas, y de un modo u otro ella había estado presente en ambas.
—Muy pronto todo se aclarará, y aunque la verdad no te devuelva a tu hijo, al menos el culpable será castigado.
Inclinó la cabeza y se volvió hacia la entrada.
Berenice lo interceptó.
Clavó sus grises ojos en él, tan parecidos a los de su hijo, y le dedicó un gesto duro y una mirada airada.
—Protegéis a un demonio, no tardará en volverse contra vos.
—Persigo a un demonio y seguramente no tarde en buscarme, pero no duerme conmigo: se esconde de mí.
Najmint inclinó la cabeza respetuosamente y salió de la vivienda.
Reparó en los racimos de vecinos que lo miraban con evidente belicosidad y recelo.
Los cuchicheos lo acompañaron calle abajo.
Berenice tejía su venganza indisponiendo a la gente contra Selkis, y aquellos enconos eran peligrosos, pues siempre terminaban anidando en alguien belicoso que se erigía en justiciero.
Debía reforzar la escolta de Selkis, aparte de conseguir algo más complicado: sofocar el imperioso deseo de sacarla de Tebas.
Atravesó la ciudad, inmerso en reflexiones desazonadoras.
Amsu iba a ser juzgado al día siguiente, aparentemente por la muerte de un niño, pero en realidad estaba pagando la envidia de los sacerdotes médicos. Hasani estaba cumpliendo su amenaza de llevarlo al destierro. Necesitaba una razón, y la había encontrado.
Y, sumido en aquellas divagaciones, llegó a la Casa de la Vida.
Encontró al anciano apoltronado en su camastro. Parecía más menudo y más vulnerable. En su rostro observó con preocupación una expresión apática que nunca le había visto. Parecía haberse rendido ante sus adversarios.
Najmint se acercó a él y se apoyó en la mesa de alabastro.
—No lamento abandonar este lugar, aunque mi destino sea perecer entre dunas —comenzó sin mirarlo—. Lamento no concluir con mi propósito sagrado, no poder ayudarla a aferrarse de nuevo a la vida. Me siento impotente y estúpido.
—Pues deja de sentirte de ese modo, porque sí la has ayudado.
Esta vez dirigió la cabeza hacia él y entornó sus opacados ojos; uno de ellos estaba mucho más velado que el otro. Arqueó las cejas y ese gesto acentuó los surcos de su frente.
—Bien sabes que no, mi buen capitán, pero confío en que el tiempo y tu cariño la saquen de ese rapto maldito al que ha decidido abocarse.
—Pues has sido tú —insistió esbozando una tenue sonrisa.
Amsu compuso una mueca incrédula, pero su faz relumbró interesada.
—¿Quiere eso decir que...?
Najmint asintió, estirando considerablemente las comisuras de los labios. La sonrisa le alcanzó los ojos.
El sunu se incorporó abruptamente, haciendo alarde de una agilidad poco habitual en un hombre de su edad.
—Que Selkis ha regresado de su duelo y lo ha hecho por ti.
—Se lo has contado y ha reaccionado.
El tono de su voz rasposa brilló con timbre ilusionado.
—No va a permitir que tú pagues sus deudas, como yo no voy a consentir que pague ella las de otros.
Aquella aseveración frunció el ceño del anciano. Su rictus se contrajo pensativo.
Se aproximó a él para estudiarlo.
—A pesar de esta cortina acuosa que reduce mi visión, puedo observar complacencia en tu gesto. ¿He de deducir, pues, que tienes un plan para eximirme del destierro?
—Tengo algo más que eso. Tengo a un culpable.
En ese preciso instante, y como si hubiera acudido a su llamada, Omari abrió la puerta y se filtró en la cámara. Apenas les dirigió un fugaz vistazo, dedicándose a revolver entre los potes de remedios en busca de algo.
—Como acabo de decirte, tengo al culpable. —Najmint elevó el tono intencionadamente.
Pudo comprobar cómo el muchacho tensaba los hombros. Se había detenido un ínfimo instante, pero el suficiente para que el capitán pudiera asegurar que aquella frase lo había inquietado. Tras aquel breve lapsus, retomó una búsqueda errática, haciendo tintinear los tarros de fayenza.
—¿Y has capturado ya a tu culpable? —inquirió Amsu con mirada gatuna.
Aquel anciano tendría mermada la vista, pero no su agudeza. Najmint terminó de lanzar el cebo.
—Puedo asegurarte que asistirá al juicio de mañana.
El estrépito de un tarro estrellándose contra el suelo los hizo volverse hacia Omari, que, trémulo, se disculpaba. El muchacho intentaba recoger el estropicio, pero sus ademanes torpes alargaban la intención.
—Ojalá Maat bata sus alas mañana, azotando a ese hombre —murmuró Amsu.
—Así será, a él y a los que lo secundan.
Oyeron la puerta al cerrarse.
—Debería haberlo imaginado —se lamentó el sunu .
—También yo. Pero ahora no dejo de imaginar más cosas.
El anciano oprimió los labios y asintió.
—Ese muchacho es siervo de la envidia, pero no lo creo capaz de muchas más hazañas. Carece del entendimiento suficiente para elaborar un plan más ambicioso.
—Si algo he aprendido durante mi cargo es que nunca hay que subestimar al contrario. Y aunque comparto tu impresión, Omari bien puede ser la herramienta perfecta de una mente más refinada y maléfica.
—¿Crees que puede ser cómplice del Chacal del Templo?
—No lo sé, pero estoy seguro de que el asesino que busco cuenta con ayuda. Y ahora dame un saquito con cualquier remedio que tengas a mano.
Amsu lo observó con extrañeza.
—¿Puedo saber para qué?
—Para conseguir tu libertad.