La muerte que respiras Capítulo 32. Mil pedazos unidos en un abrazo
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Capítulo 32. Mil pedazos unidos en un abrazo

Mil pedazos unidos en un abrazo

Dolía.

Mirar dolía.

Comer dolía.

Respirar dolía.

Su cuerpo entero gemía, pero era su corazón roto en mil pedazos lo que sollozaba en su interior, desconsolado, yermo, contrito.

Sus afilados fragmentos se clavaban en ella en cada aliento, en cada movimiento, en cada pensamiento.

Le habían arrebatado un hijo, un padre, un amor, un futuro, un destino. Y ahora sólo era un caparazón quebrado que sufría. Un envoltorio vacío que el viento del desierto azotaba sin piedad.

No hablaba.

No escuchaba.

No se movía.

No tenía razones para ello.

La obligaban a alimentarse y ella consentía más por debilidad que por ganas de fortalecerse.

Odiaba su cuerpo, que había resistido la ponzoña de la muerte.

Odiaba su alma, que se había debatido contra Anubis.

Odiaba su alrededor, que se afanaba por retenerla.

Pero lo que más odiaba era la compasión que le mostraban.

Y rezaba por que su corazón sangrante acabara por languidecer ante su apatía, ante el tormento diario, que, por fiel compañero, parecía compadecerse de ella y no se decidía a asestarle el golpe final.

Podía morirse de pena. Pero ¡qué larga y tortuosa la espera!

Los dioses no sólo la habían abandonado, sino que se habían burlado vilmente de ella.

Aquel maldito presagio sobre el hijo que traería al mundo del hombre al que amaba.

Un hijo que sería vital para el destino de Kemet.

Y habría sido su orgullo, su razón, su todo.

¿Por qué?, se preguntaba constantemente. ¿Por qué se cebaban así con ella?

Una mano ajada cogió la suya. Ella se mostró indiferente.

—No busques explicaciones, mi querida niña.

—Aquellas palabras la envararon. Amsu parecía leer en ella—.

A menudo no las hay, y si las hay, da igual, no hay vuelta atrás.

Las cosas suceden, las tragedias se solapan, la vida es injusta, pero debemos seguir adelante más fuertes, más resistentes, más sabios.

Le vino una réplica a los labios, pero la retuvo en ellos, la masticó y la tragó.

Mantuvo su gesto lacónico y aguardó con mirada ausente el ansiado silencio.

Le molestaban muchas cosas, el brillo de la luz, el sonido de la brisa, el croar de las ranas, el ulular de la noche, el crepitar del día.

Le irritaba el murmullo de conversaciones, el cascabeleo de carcajadas, el graznido de las garzas, el bullir de la vida.

—Te empeñas en cerrarte a la vida, pero la vida te abraza, quieras o no. Y como no piensas pronunciar palabra, seré yo quien hable.

Selkis se dispuso a cerrar los oídos a su cháchara incesante.

Amsu comenzó a detallarle los casos médicos que acudían a la consulta, describiendo el procedimiento y el tratamiento posterior.

Su intención era despertar su atención, acicatear su curiosidad, darle un motivo para vivir.

Y aunque en su mente surgían multitud de preguntas, incluso sugerencias, se mantuvo callada, sofocando uno a uno cada estallido de curiosidad.

Cada día obraba de igual modo. Y aunque el anciano desconocía el avance de su plan, bien era cierto que poco a poco su interés crecía y la voluntad de permanecer en silencio se iba resquebrajando lentamente, como el suelo del desierto ante una prolongada sequía.

Su esposo dormía a su lado, y varias veces al día acudía a verla, le hablaba con dulzura y le procuraba mimos que ella fingía no recibir.

Aquella mañana no apareció ninguno de los dos.

Y una desazón extraña comenzó a embargarla.

Se dijo que seguramente Amsu se hallaba atendiendo a sus pacientes, o quizá le hubiera surgido algún imprevisto, así que esperó y esperó, pero el sol bajaba y, a excepción de los guardias y de Salama, no recibió más visita que el oro viejo de Atum-Ra filtrándose por las ventanas.

Cuando el oro se hizo bronce, Najmint atravesó las puertas y el alivio la inundó, aunque se guardó muy bien de mostrarlo.

Se sentó en la cama, donde ella se hallaba reclinada sobre almohadones, y la obligó a mirarlo tomándola de los hombros y acercando su rostro de gesto grave y rictus preocupado al suyo.

—Sé cuánto dolor almacenas dentro de ti. Sé que has decidido centrarte en las pérdidas, llorar a los muertos, compadecerte de ti misma, entregarte sumisa a la muerte. Y debo decirte que no debes esforzarte más, porque ya estás muerta.

Selkis abrió los ojos con desmesura fijándolos en él.

—Sí, porque la Selkis que yo conocí era una guerrera, una luchadora, no esta efigie pétrea que se limita a dejar la vida pasar, indiferente a la gente que la quiere y que ahora la necesita más que nunca.

Aquella última frase prendió sus ojos de curiosidad.

—Somos los vivos los que precisamos de ti.

Su mirada bruñida de cobre refulgió con abrumadora intensidad.

—¡Maldita sea! Rompe ya ese maldito silencio, esa desesperante apatía y ese condenado egoísmo.

No, ella no era egoísta, se dijo. Intentó apartar la mirada, pero él no se lo permitió.

—No pienso consentir que sigas evadiendo la vida, que sólo pienses en ti, que te regodees en tu dolor y no repares ni un triste instante en los que te queremos.

¿Cómo demonios crees que me siento yo? ¿Te lo has preguntado alguna vez?

¿Crees que ha sido fácil amarte? No, no lo ha sido, y dudo que lo sea alguna vez.

Pero mi corazón es tan necio que, aun sabiendo que nunca tendrá el tuyo, no puede dejar de latir por ti.

Y ahora, ahora no sólo debo renunciar a tu corazón, también a tu alma, a tu esencia, esa que brillaba encandilando tu alrededor, convirtiéndonos a todos en polillas obnubiladas.

Amsu ha perdido a una amiga, a una discípula, a una sucesora.

Kemet se perderá a la mejor senut de todos los tiempos.

Y si estas palabras no te hacen reaccionar lo que ahora está sucediendo debe hacerlo.

Pero no pienso decirte cuánto te necesitamos, si no preguntas tú.

La mirada penetrante, urgente y desesperada de Najmint caló en ella casi más que su conmovedor discurso. Su escudo se fragmentó, y las lágrimas brotaron.

Él la estrechó contra su pecho y acarició su espalda con extrema ternura.

—Mi amor, sé que no soy nada para ti. Pero tú siempre lo serás todo para mí —susurró afectado contra su pelo.

Selkis liberó su llanto y se dejó mecer. Sintió cómo la calidez del cariño recibido derretía los últimos conatos de resistencia. Aquel hombre tenaz y entregado empezaba a ser algo para ella, no sabía muy bien qué, pero su ser se estremeció en el cobijo de aquel abrazo.

Cuando logró alzar el rostro de su pecho y lo miró de nuevo, descubrió en él una mirada húmeda que la enterneció profundamente.

Alargó la mano hasta su rostro y acarició titubeante su mejilla mientras ambos se perdían en una mirada larga y sentida.

Najmint llevó la mano de ella hasta su boca y le besó la palma. La caricia de aquel beso despertó en Selkis el deseo de recibir más.

—¿Qué está pasando? —pronunció. Su voz ronca y rasposa emergió trémula de sus profundidades.

La sonrisa de su esposo compitió en belleza con el fulgurante ocaso. Al cabo, compuso de nuevo un gesto más sobrio e inspiró hondo antes de responder. Aquella preparación le anticipó la gravedad de los acontecimientos que iba a oír.

—Amsu ha sido acusado por los sacerdotes del templo de la muerte de un niño que había sido atendido por él. Al parecer, el pequeño fue operado de una hernia y él no siguió los procedimientos habituales.

—Fui yo quien no los siguió.

—Cuéntame qué sucedió aquel día.

Selkis así lo hizo y, tras concluir su relato, supo quién estaba detrás de aquello.

—¿Quién denunció a Amsu?

—La madre del niño.

—Pero la madre desconoce cuál es el procedimiento correcto.

—Estuvo presente en la operación, según relatas, oyó vuestros comentarios.

—Dudo que entendiera nada, pero sí hay alguien que me recordó que había sido temeraria y me advirtió de problemas si el niño moría.

El rostro de Najmint se prensó preocupado.

—¿Omari?

—¿Cómo lo sabes? —inquirió perpleja.

—Porque es el único que presupongo estaría en la cámara, porque es un ser envidioso, codicioso y mezquino. Cree que le has arrebatado la oportunidad de ser sunu , y sabe que sólo hay una manera de desbancarte. Sólo que la jugada no le ha salido como esperaba.

—Omari pensaba que sería yo quien pagaría la negligencia.

—No contaba con que Amsu se culparía para protegerte.

Selkis cerró los ojos y un fogonazo rabioso estalló dentro de ella. No, otra vez no. No permitiría que nadie volviera a cargar con su responsabilidad.

Hizo ademán de salir de la cama y Najmint la detuvo.

—Estás muy débil todavía, y si, como creo, deseas luchar esta batalla, úsame de arma.

—¿Cómo?

—Yo moveré piezas y cuando estés fuerte serás tú quien termine de encajarlas.

Ella asintió y lo observó con gratitud.

—No vuelvas a decir que no eres nada para mí.

—Estaré agradecido con lo que me dejes ser.

—Te ganas honrosamente cuanto obtienes, tal y como me asegurabas al principio.

—Las mejores recompensas son fruto de las más feroces batallas.

—Luchemos juntos, entonces.

Entrelazaron sus dedos y se observaron largamente. Najmint la acarició con los ojos y ella ansió otro abrazo.

—Sigue doliendo, moverme, respirar, recordar... —confesó Selkis.

—Y lo hará un tiempo, sólo has de resistir, mirar hacia delante y dejarte ayudar.

—Lo haré —prometió.

—Ahora Amsu nos necesita, y no vamos a fallarle.

—Visita a la madre del niño —sugirió—, tengo la sospecha de que la denuncia no fue idea suya.

—Así lo haré.

Najmint ya se levantaba cuando ella lo retuvo. La observó con esperanzada expectación.

—¿Se sabe algo del Chacal del Templo?

—No ha vuelto a matar.

—Yo fui su última víctima, sólo que regresé de la muerte.

Najmint asintió contrito, su mentón se pulsó remarcando el odio que profesaba al asesino.

—No quise soliviantarte preguntándote sobre lo ocurrido en el estado en que te encontrabas. Pero ahora que eres la única testigo viva de sus crímenes necesito saber con detalle qué fue lo que ocurrió. Hasta que lo capturemos no estarás a salvo.

Selkis le narró lo que recordaba. Casi todas las noches revivía la terrorífica escena, despertando sobresaltada, llorosa y confusa.

Un escalofrío la recorrió mientras hurgaba en su memoria convirtiendo en voz las imágenes de su cabeza.

Cuando terminó, se acarició el vientre, la sensación de pérdida fue devastadora.

Najmint la abrazó de nuevo y ella se dejó arrullar.

—Lo atraparé, te lo juro por cuanto soy.