La muerte que respiras Capítulo 31. En busca de la verdad
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Capítulo 31. En busca de la verdad

En busca de la verdad

Nadie intentó matarla, lo que cerró el círculo a los dos acusados que serían juzgados ante el representante de Horus en la Tierra.

Aquella mañana, uno de los dos sería juzgado y condenado. Y muy posiblemente ejecutado de inmediato.

Selkis continuaba en el mundo de los vivos, gracias a su tesón vital y a los pródigos cuidados de su mentor.

Amsu había ideado un modo de alimentarla, empapaba un lienzo en caldo de carne y lo escurría sobre su boca.

Su encomiable dedicación y su admirable obstinación daban sus frutos.

Ella recuperaba el color y sus heridas sanaban, pero continuaba sin despertar, como si no pudiera desprenderse de ese abrazo porfiado de Anubis por mucho que lo intentara.

Ningún otro escriba había sido asesinado, como si el depredador se hubiera saciado obteniendo lo que pretendía.

Najmint había cavilado mucho sobre aquello.

Y el cese de las muertes sólo podía deberse a dos cosas.

Una, que hubiera recuperado el papiro que tanto temía que fuera traducido y mostrado al mundo.

Y la otra, que el sumo sacerdote estuviera involucrado de algún modo.

Pues, a raíz de su conversación con él, nadie más había muerto.

No obstante, tenía pendiente interrogar a un hombre clave en la investigación: el embalsamador real.

Tampoco había descartado que el Chacal del Templo no fuera el atacante de su esposa.

Y no olvidaba las palabras de Amsu cuando mencionó la ocasión en la que el asesino había podido matar a Selkis en su propio cuarto aquella noche y no lo había hecho, alegando que quizá buscaba algo de ella y que la mataría cuando lo obtuviera.

¿Qué lo había empujado a intentar matarla esa vez?

Selkis solía ocultarle las cosas que ella creía que él reprobaría.

¿Habría hecho algo que hubiera provocado el ataque, sin ser ella consciente de la gravedad del acto?

Otra cuestión que no había olvidado eran los túneles secretos.

El asesino tenía una llave de acceso a ellos.

Y esa llave pertenecía a Tutankamón. Y sólo la persona que lo atendió cuando murió y su esposa podrían haber sustraído el colgante que llevaba al cuello.

Apuntó mentalmente otros dos nombres a su inminente lista de interrogados: Anjesenamón y el médico que constató su muerte.

Además, existía un plano de los túneles, y debía encontrarlo. O al menos descubrir quién podía haberlo robado. Pero para eso tenía que saber quién conocía su paradero y comprobar que no seguía allí.

Algo le decía que había intereses elevados en que la verdad no saliera a la luz. Y esa misma intuición lo llevaba a la conversación con el primer profeta, Perennefer. Ese papiro podía ser la clave de todo.

Demasiados hilos sueltos en un tapiz confuso y aparentemente inconexo. Sin embargo, no cejaría hasta tejerlo por completo, desvelando el dibujo oculto que se escondía entre sus hebras.

Cuando Bomani acudió a buscarlo al pabellón de la guardia, tuvo la corazonada, intensa y amarga, de que estaba a punto de presenciar una injusticia.

Caminó con acritud tras su oficial hacia la sala del trono.

No solían celebrarse juicios en ella, pero Ay, por deferencia a la hija de su general más laureado, había decidido implicarse en aquel escabroso asunto, erigiéndose en la mano vengadora de Horemheb.

Cuando atravesó las puertas, se encontró con una concurrencia inesperada. Casi toda la alta alcurnia de Tebas aguardaba expectante.

Recorrió el pasillo de curiosos hasta donde se encontraban los dos acusados de rodillas frente al trono de Ay.

Comprobar el lamentable estado de ambos punzó su conciencia y alimentó su culpa.

Merit clavó en él una mirada suplicante y angustiada.

Su hermoso rostro lucía magullado y sucio, sus ropas eran harapos hechos jirones, su antaño altivo porte se había trocado en humillante sumisión.

Aquella lamentable transformación lo golpeó.

Tragó saliva y se dijo que él no era culpable, que simplemente había hecho su trabajo.

Por otra parte, a pesar de ofrecer también un aspecto deplorable, la mirada y el porte de Kosei, el padre de Nun, eran desafiantes. Aquella actitud retadora le recordó vivamente a su hijo.

En ambos olió la inocencia con la intensidad del incienso.

Como si Maat, la diosa de la verdad y la justicia, los hubiera perfumado con su esencia.

Poco podía hacer ya por ellos, excepto alzarse en defensor de cuanto proclamaran en aquel juicio.

Y que fuera el faraón quien se adjudicara la muerte de un inocente.

Porque de lo que no cabía duda alguna era de que uno de los dos moriría aquel día.

Ay apareció junto a su flamante esposa, seguido de su séquito. Esgrimía un gesto adusto y regio mientras ocupaba el sitial. Al cabo, derramó una severa mirada sobre los acusados.

No atisbó en su semblante ni una pizca de misericordia; muy al contrario, percibió un brillo ansioso, como el de un ave rapaz planeando sobre su presa.

Uno de sus asistentes dio comienzo al juicio.

A la derecha se hallaban sentados los magistrados locales asistidos por sus escribas. Ante la ausencia del chaty , que debería ser Horemheb, el sumo sacerdote Perennefer oficiaría aquel tribunal.

—Bajo la advocación de Maat, apelo a la clarividencia de su manto para que guíe nuestra sentencia en el sendero de la justicia humana y divina que hemos de dirimir —pronunció solemne Perennefer.

—Que así sea —murmuró Ay—. ¿Alguno de los acusados ha confesado?

—No, mi señor —respondió Najmint—. Quizá ahora tengan a bien confesar su delito, hallándose tan cerca del cadalso.

Ay dirigió nuevamente su vista hacia los apelados.

La respuesta de Merit fue un llanto desconsolado acompañado de reiteradas negaciones de cabeza. Kosei, en cambio, permaneció entero y aplomado. En su rictus decidido pudo adivinar Najmint cuáles serían sus palabras.

—No puedo confesar algo que no hice.

—En el acta he leído que tuviste un enfrentamiento con Selkis.

—Sólo le pedí que no se cruzara nunca más en nuestro camino. Ya lo sembró suficientemente de desgracias, o eso creí equivocadamente.

A Najmint lo asombró que fuera Ay quien hiciera las preguntas, en lugar del magistrado que se encargaba de ello.

—Denoto una gran dosis de resentimiento contra ella —prosiguió ladino.

Kosei no fue capaz de discernir que estaba siendo empujado a una trampa.

—Un resentimiento natural, a mi parecer. Puesto que esa mujer condenó a mi hijo al peor de los destinos.

—Cuéntanos exactamente qué te empujó a intentar matarla.

—¡Yo no hice tal cosa!

—Acabas de darnos un motivo de peso para hacerlo.

—Pero no lo hice —insistió vehemente.

—Eso debemos decidirlo nosotros en este tribunal. —La gelidez en el tono de Ay sonó como el silbido de un látigo en el aire.

Kosei apretó los labios, frunció el ceño y, con rictus furioso, asintió.

Por un momento admiró el coraje de aquel hombre, pero lamentó su falta de perspicacia y su nula capacidad para mostrar sometimiento y humildad ante el señor de las Dos Tierras, que decidiría en virtud de su propio criterio si vivía o moría.

—Tu hijo fue acusado del delito más grave que existe: matar a su rey.

El malintencionado acicate de Ay hacia aquel hombre buscaba una reacción. Y la obtuvo.

—Mi hijo no mató a nadie, jamás en toda su vida alzó su mano sobre persona alguna.

Tampoco robó la medicina que provocó la muerte del rey Tut.

Fue ella. Mi hijo confesó haberlo hecho para exculparla a ella.

Sólo quiso proteger a la mujer que amaba.

Ése fue su único delito, amar a la persona equivocada, pero es que ella lo buscaba, se le ofrecía.

La muchedumbre al unísono exhaló una especie de gemido colectivo, abrumada por aquella confesión. Najmint maldijo en silencio. El secreto que habían querido preservar tanto él como Horemheb para protegerla era ahora desvelado públicamente ante la ignominia que supondría para su esposa.

—¿Cómo te atreves a acusar de semejante agravio a una mujer de noble cuna que goza de todo nuestro respeto y credibilidad? ¿Acaso crees que vas a librarte de castigo por ello?

Kosei no se amilanó ante el faraón.

—Podéis ajusticiarme, pero jamás confesaré algo que no he hecho. Hablo con la verdad, sea creída o no.

En la sala se habían desatado murmullos soterrados con opiniones cruzadas y opuestas. Pero el daño estaba hecho ya.

—¿Y tú, Merit, tienes algo que confesar a este tribunal?

La aludida alzó el rostro anegado en lágrimas y negó con la cabeza.

—Yo no la maté. Es cierto que tuvimos un cruce de palabras respecto a las telas de un puesto, una banalidad.

Ay dirigió un gesto al magistrado principal para que continuara en su lugar.

—Podría considerarse un pulso entre mujeres rivales, puesto que consideraba a Selkis una rival que batir, ¿no es así?

—No, yo siempre he tenido muy presente mi lugar.

—Tu lugar se hallaba en la cama de nuestro capitán, lo que no quita que aspirases a algo más.

Merit clavó sus ojos en Najmint y negó con la cabeza, su gesto contrito evidenció una aspiración que a él le había pasado por alto y que rezó por que no saliera de sus labios.

—No, soy una mujer realista, no aspiro a lo que no puedo tener. Sólo quería ayudar al capitán despertando los celos de su esposa hacia mí.

Todos los ojos se clavaron en él. Cerró los puños y compuso un rictus impertérrito, aunque en su interior un volcán de emociones amenazaba con erupcionar.

—¿Y qué pretendías con eso?

—Ayudar al capitán a conseguir el corazón de su esposa.

Najmint la observó absolutamente atónito.

—¿Por qué motivo?

—Porque merece ser correspondido. Ya que yo no puedo tener su corazón, ¿qué menos que despertar el corazón que él desea?

Una emoción intensa constriñó su pecho. Miró a aquella mujer desde un prisma diferente, y en sus ojos vio la grandeza de un sentimiento tan puro y sacrificado que lo conmovió.

Los murmullos ganaron intensidad. Él y Selkis eran los protagonistas de todos ellos. Era su turno.

Pidió permiso para intervenir como defensor de los acusados y, tras recibirlo, se colocó frente al faraón.

La complacencia en su regio semblante le reveló que todo lo que estaba ocurriendo seguía un orden preestablecido.

Ay había planeado que los trapos sucios que lo afectaban de algún modo salieran a la luz.

Desconocía la intención de todo aquello, pero se juró descubrirlo.

—Ya hemos escuchado los testimonios de ambos acusados.

Y en ninguno existen evidencias de culpabilidad.

Que hubiera o no un motivo de peso no justifica un crimen en modo alguno.

El aplomo y el coraje de Kosei reflejan el corazón de un hombre justo y magnánimo, no de un asesino cobarde y miserable. Yo creo en él y en su inocencia.

»En cuanto a Merit, quizá el tribunal piense que por mi relación con ella no puedo hablar con ecuanimidad, pero soy hombre versado en la conducta de mis semejantes.

Y gracias a la observación he logrado discernir si la verdad brilla en ellos.

Merit es inocente. Ya no por su corazón próvido, sino porque la ambición le es ajena, y su única aspiración es darse a los demás, sin recibir ni una ínfima parte de lo que merece.

Y creo que no soy el único en esta sala que puede testificarlo.

—Sin embargo, no se han hallado más sospechosos, ni tenemos constancia de que Selkis tuviera más enemigos —objetó el magistrado.

—Mi esposa sí sufrió una amenaza, en realidad dos, del mismo individuo.

Otro gemido compartido se extendió entre los presentes, enroscándose en las columnas, rizándose en el ambiente como interrogantes suspendidos en el aire.

—En tal caso, ¿por qué esa persona no comparece hoy ante la justicia del faraón? —intervino Perennefer.

—Porque desconocemos su identidad.

La expresión inquisitiva y sorpresiva del magistrado lo impelió a continuar.

—El Chacal del Templo la amenazó y la acechó.

Esta vez, los cuchicheos casi se convirtieron en clamores sobrecogidos. El público, abrumado por aquellas confesiones inesperadas, desgranaba las jugosas comidillas que pronto incendiarían todo Tebas.

—Selkis no guarda ninguna relación con los crímenes perpetrados por el Chacal del Templo —remarcó el sumo sacerdote con honda extrañeza.

—También es un misterio para mí. Llegué a pensar que en realidad era una táctica disuasoria para que yo temiera continuar con la investigación.

—¿Por eso atacaron a vuestra esposa?

—No, ahora creo firmemente que su motivación es otra y afecta directamente a mi mujer.

—No obstante, capitán, también son suposiciones.

—No hay evidencias en ninguno de los casos. Por ello creo justo no condenar a los prisioneros.

—Presos que vos habéis traído a nosotros.

—Es mi trabajo —se defendió— y el vuestro, dictar sentencia.

En ese preciso instante se abrieron las puertas e irrumpieron en la sala tres soldados, encabezados por un heraldo.

El emisario inclinó reverente la cabeza y, ante el gesto impaciente del faraón, éste se acercó al trono y le susurró el mensaje al oído.

El rostro de Ay se transfiguró. El horror pintó sus facciones y al cabo asintió con expresión furiosa.

Se puso en pie. La gravedad de su semblante sobrecogió a los presentes.

—Te equivocas en tu juicio, capitán. —Señaló con el dedo a Kosei—. Este hombre es un asesino, como lo es su hijo. Es una estirpe maligna que hemos de borrar de la faz de la Tierra.

La sala contuvo el aliento ante las palabras y la intensidad de su rey.

Najmint guardó silencio. Por algún motivo se sintió el peón de un juego que desconocía y la prudencia asomó alertándolo.

—¡Mi hijo no es ningún asesino! —clamó Kosei.

Un atisbo de sonrisa atildó las comisuras de Ay, y aunque mantuvo la dureza en su rostro, el brillo de sus ojos refulgió victorioso. Todas las alarmas sonaron en su interior. Aquel juego se perfilaba mucho más peligroso de lo que sospechaba.

—Acabo de ser informado de un hecho trágico.

Nuestro amado general Horemheb ha sido asesinado en las contiendas fronterizas.

.. —forzó una pausa dramática, en la que el estupor y la aflicción revolotearon como polillas entre los asistentes—, pero no por los hititas, sino por uno de nuestros soldados.

Nun, el hijo de este malnacido, lo ha matado a traición y ha escapado.

Pero juro por los dioses que me asisten que pagará ese horrendo crimen con su vida.

Al igual que su padre pagará por el suyo.

La guardia tomó a Kosei por los brazos y lo obligó a ponerse en pie. El hombre se debatía frenético.

—¡Es una vulgar falacia! —gritó iracundo.

—Te condeno a morir por ahogamiento. Tu hijo sufrirá una pena capital a su altura. Será empalado y sus restos entregados a los carroñeros.

El desgarrado grito de una mujer acompañó aquella sentencia.