La muerte que respiras Capítulo 30. El sonido descarnado de un alma rota
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Capítulo 30. El sonido descarnado de un alma rota

El sonido descarnado de un alma rota

Amsu se sorbió la nariz y se refregó el rostro arrastrando con el dorso de la mano el reguero de lágrimas que brotaba incontenible.

Había hecho cuanto estaba en su mano por ella.

Las brechas que se abrían en el cuerpo de la muchacha como sonrisas oscuras y malignas habían sido cosidas.

La habían apuñalado reiteradamente en el abdomen, sesgando vilmente la vida de su hijo nonato.

La herida en el costado había representado mayor gravedad para ella, pues había lacerado un órgano importante.

Sin embargo, lo que más lo preocupaba era la pérdida de sangre.

Además de las heridas, tener que extraerle el bebé muerto había agravado la situación.

Dirigió la vista hacia el saco donde el bebé, apenas del tamaño de una mano, pero totalmente formado, aguardaba el descanso eterno y quizá una pronta resurrección en otro vientre más venturoso.

Tragó saliva y miró a Omari, que esperaba instrucciones apesadumbrado.

La lividez mortal de Selkis la situaba a las puertas del Duat , el descenso de su temperatura corporal alejaba su Ka , su fuerza vital, liberando su alma, su Ba , al mundo de los espíritus.

El fétido aliento de la muerte inundaba la sala y él ya no sabía qué más hacer para alejarla, tampoco los sacerdotes médicos que habían acudido a ayudarlo. Incluso Hasani se había mostrado interesado en ofrecer sus conocimientos y sus rezos por ella.

Amsu se sentó en la camilla a su lado y tomó una de sus manos, frías como el alabastro. Intentó fatuamente calentarlas con su aliento, frotándolas con las suyas, pero en lugar de entrar el calor en ella se introdujo el frío en él.

Le dolía el pecho, le sangraba el corazón, se le rompía el alma, constreñido por la pérdida y la frustración.

Selkis estaba a punto de exhalar su último aliento, y no le correspondía a él despedirla.

Suspiró dolorosamente y asintió mirando hacia la puerta. Omari obedeció cabizbajo su silente orden.

Cuando la abrió, el capitán se adentró en la sala de curas.

Cada paso que daba era acompañado de un gesto sufrido.

Como si en lugar de caminar sobre pavimento liso, lo hiciera sobre brasas.

Cuando se detuvo frente a su esposa, un gemido estrangulado emergió de su garganta.

Aquel resuello quebrado era el sonido descarnado de un alma rota.

Su gesto, contrito, desgarrado, hizo temblar los músculos de su rostro en espasmos de contención que resultaban desoladores.

Se derrumbó cuando Amsu le ofreció las manos de su esposa agonizante.

Las llevó a su boca, las besó y gimió en ellas.

Los sollozos llegaron, sacudiéndolo, flagelándolo, rasgando hasta el centro mismo de su ser. En cada uno de ellos brotó todo ese amor que no pudo darle en vida.

El dolor lo arrolló de tal forma que Amsu temió que partiera con ella.

Aquel ser devastado por la tragedia abrazó el exangüe cuerpo de su esposa como si deseara fundirla en su interior, como si pretendiera traspasarle un propio Ka , imprimiéndole la vida que latía en su interior incluso perdiendo la propia.

Cuando Najmint lo miró en busca de esperanza, Amsu negó con la cabeza, aplastado por la derrota.

El capitán acarició el rostro de su esposa con un mimo conmovedor. Sus dedos trémulos vagaban por las facciones de Selkis con absoluta veneración.

—Juro por los dioses que vengaré cada gota de tu sangre derramada. Juro que no descansaré hasta atrapar a tu asesino. Juro que sufrirá mil tormentos de mi mano. Y juro encontrarte en el Duat para protegerte como no supe hacerlo en vida.

Su voz se quebró agónica. Sus hombros se sacudieron y se desplomó sobre su mujer.

Que un hombre como aquél, firme, templado, contenido, mostrara tan abiertamente sus emociones evidenciaba hasta qué punto se había roto.

Amsu posó una mano sobre su hombro en un fútil intento por consolarlo y presionó ligeramente para recordarle que no estaba solo en aquel trance.

El anciano los dejó a solas y caminó abatido hacia la sala de oración. Invocó a Isis, a Sejmet, a Hathor, rezó con fervor, ofreció su alma a cambio de la de Selkis.

Prendió varias velas, recitó su petición y cayó de rodillas. La noche sumió el templo en lóbregas sombras, apenas apartadas por los cercos dorados de las lucernas.

No supo cuánto tiempo había transcurrido en aquella posición, pero le costó incorporarse. Sus miembros engarrotados y su espíritu transido pesaban más que las losetas sobre las que se asentaba el templo de Amón.

Regresó a la sala de curas para encontrar a Najmint en la misma posición: aferrado al cuerpo de Selkis. Amsu se sentó y junto a él aguardó el final sumido en un silencio sufrido.

Pero la mañana llegó y ella seguía viva. Continuaba luchando cuando ellos ya la daban por perdida.

Amsu se maravilló ante aquella encomiable resistencia.

—Quizá no todo esté perdido, es la mujer más terca que conozco —profirió animoso.

La expresión ansiosa de Najmint se iluminó vivamente.

—Jamás se doblegó ante nada, ni ante la muerte.

Sonrió conmovido y se inclinó hacia ella.

—Resiste, mi amor. Regresa a nosotros —susurró contra su boca. Depositó un beso en sus pálidos labios y acarició su cabello.

Acto seguido se irguió y su faz se transmutó. La ternura dejó paso a la determinación. Sus facciones se endurecieron y su mirada se afiló con un acerbo resentimiento.

—Ayúdala a volver del Duat , yo debo atrapar a su verdugo.

—¿Tienes alguna sospecha de quién ha querido matarla?

—No, pero te juro que azuzaré hasta el último rincón de Tebas para averiguarlo. Y cuando caiga mi ira sobre él, deseará no haber nacido.

* * *

Trasladaron a Selkis a su cámara en palacio, y allí Amsu acudía para practicarle las curas mientras era atendida por sus sirvientas.

Los días pasaron y las pesquisas de Najmint se toparon con dos personas que ese día habían mostrado su animadversión por ella.

Una era Merit, su propia amante; la otra, el padre de Nun.

Varios testigos habían presenciado ambos enfrentamientos aquel día.

Y tanto una como otro tenían razones de sobra para eliminarla de sus vidas.

Merit quizá ambicionaba su lugar marital, y al padre de Nun, de nombre Kosei, podría haberlo movido la venganza por el destino de su hijo.

Ambos se encontraban presos ya y estaban siendo torturados en busca de una confesión.

El primero que confesara le salvaría, sin saberlo, la vida al otro.

Si ninguno se autoinculpaba y no aparecía otro culpable, morirían los dos. Eso establecía la ley.

Otra vertiente que tener en cuenta era la amenaza que Selkis había recibido por parte del Chacal del Templo. Y aunque el ataque no guardaba ninguna relación ritual con los asesinatos de los escribas, no podía obviar aquel dato.

Bomani y él barajaban aquellas teorías antes de someterlas a juicio ante el faraón, que era quien finalmente dictaría sentencia.

No obstante, y a pesar de la sed de venganza que lo consumía por dentro, su intuición le decía que ninguno de aquellos dos desdichados habría sido tan insensato como para perpetrar un acto tan abominable, tan cruel y tan frío al tiempo.

No podía asegurar que conociera bien a Merit, pues su trato con ella se reducía al lecho; aun así, y a pesar de la rivalidad que había nacido entre ellas, no justificaba la saña desplegada.

Tampoco tenía un motivo de peso, pues aunque el carácter de la cortesana era díscolo y celoso, no era una mujer codiciosa.

En cuanto a Kosei, resultaba natural su rencor hacia Selkis; además, tenía constancia de que la familia al completo había ido a visitar a Nun antes de que éste partiera a la frontera hitita.

¿Qué habrían hablado en aquella reunión?

¿Habrían planeado la venganza? ¿Era Kosei la mano de su hijo?

En aquel momento se abrió la puerta de su cuarto y asomó Amsu con expresión preocupada. Se dirigió hacia los hombres y Najmint contuvo el aliento.

—Debemos informar a todos de que Selkis se ha recuperado de sus heridas y pronto estará restablecida.

El capitán exhaló un gemido aliviado y sonrió afectado.

—Sigue en brazos de Anubis, por desgracia. No hay avance alguno en su frágil estado, ni garantía alguna de que sobreviva —añadió ante el inicial desconcierto de Najmint.

—¿Entonces? —replicó Bomani.

Amsu fijó la vista en el capitán y en su aguda mirada éste comprendió el significado de aquella incongruente petición.

—Sugieres que use a mi esposa de cebo para cazar al asesino, ¿no es así?

—Así es —reveló el anciano—, es el único modo de capturarlo y evitar que dos inocentes paguen su crimen injustamente.

—¿Tan seguro estás de la inocencia de los acusados?

—No estoy seguro de nada, excepto de que, si el asesino sabe que ella está viva, intentará terminar su trabajo. Si el culpable es uno de los apresados, nada pasará, con lo que al menos tendrás la certeza de que uno de ellos es el asesino.

—No obstante, no tenemos mucho tiempo. En apenas unos días, nuestro faraón celebrará el juicio —adujo el capitán

Amsu asintió e inspiró largamente.

—Tendría que estar muy desesperado para arriesgarse tanto —opinó Bomani.

—Cierto, no le resultará fácil infiltrarse en palacio y mucho menos adentrarse en mi cámara.

Tendría que vigilar los movimientos día y noche para buscar la oportunidad que necesita.

Además, debe de suponer que no dejaré a Selkis sin protección.

Me parece un plan demasiado complejo y arriesgado para él.

Mis hombres detectarían de inmediato una persona ajena al palacio.

.. —Najmint se detuvo y su semblante adquirió el brillo de una suposición inaudita—, si acaso lo es.

Amsu frunció el ceño ante lo temerario de aquella teoría.

—Si se trata de alguien habitual de palacio, pasará peligrosamente desapercibido. Sin embargo, sólo las personas autorizadas podremos acceder al cuarto.

—Naturalmente —aseguró Najmint—, siempre habrá dos guardias escoltando la entrada, y otros dos dentro cuando yo no esté. Las únicas personas con permiso para atravesar mis puertas seréis tú, Amsu, y tu ayudante Omari, Salama y yo. Los escoltas son de mi entera confianza.

Aunque había trazado el plan en tono firme y convencido, en su rostro flotaba la sombra del miedo como un velo oscuro.

—Entiendo tu preocupación, Najmint, pero mientras el hombre que intentó matarla siga libre, ella no dejará de estar en peligro.

—Bien lo sé, de otro modo no la expondría. Mi impulso es coger a mi esposa y sacarla de Tebas, aunque tampoco sería aconsejable en su estado.

—El destino de Selkis está aquí, sea el que sea —adujo Amsu.