Capítulo 29. El corazón desaparecido
El corazón desaparecido
El procedimiento se había topado con diversas dificultades: tanto la máscara de oro que cubría el rostro de Tut como la momia en sí se habían adherido al féretro por culpa de los ungüentos funerarios utilizados, una mezcla de aceites y resinas que habían carbonizado el cuerpo.
Esa sustancia pegajosa se había solidificado, lo que obligó a usar procedimientos poco ortodoxos.
Dejaron al sol el ataúd esperando que el calor ablandara el material adhesivo, y para asegurar el resultado tuvieron que aumentar la temperatura cubriendo el féretro con planchas de zinc.
Se protegió con mantas empapadas en agua y, en vista de los nulos resultados, se sometió al calor de lámparas de parafina a quinientos grados durante horas.
No funcionó. Tampoco untar las vendas de lino con parafina derretida.
Así pues, la última medida desesperada, que no se reflejó en los diarios, fue tirar de cuchillos calientes, martillo y cincel.
Tras aquella ardua tarea se toparon con otra, la extracción del deteriorado cuerpo.
Fue necesario cortar en trozos a la momia para poder examinarla debidamente.
En aquel momento conversaban sobre el lamentable estado de conservación, lo que implicaba un descuidado trabajo de embalsamamiento. La piel de Tut aparecía negruzca debido a la combustión química producida por una negligencia en el rito.
El joven faraón adolecía también de malformaciones congénitas que lo habían convertido en un ser enfermizo y débil, probablemente por la relación incestuosa de sus padres. Pero lo que más llamó su atención fue lo que oyó de ellos mientras detallaban en el dossier sus propias apreciaciones.
—La momia del joven rey estaba cuidadosamente envuelta con el oro de la máscara —dictó Carter a su asistente mientras releía el informe forense—, de expresión fría pero tranquila, simbolizando a Osiris.
A tenor de las medidas se considera un hombre alto: medía un metro ochenta.
En la garganta de la máscara de oro, bellamente labrada con semblante juvenil, se encuentran tres collares con cuentas de oro macizo.
Más abajo, sobre las manos cruzadas, se halla un escarabeo. ..
«Un escarabeo», pensó Zaid. En el sarcófago del faraón se encontraban los elementos con que firmaba los asesinatos el Chacal del Templo en aquella época.
Y aunque eran objetos funerarios utilizados como parte de un ritual por su estrecha correspondencia con la muerte y la vida eterna, algo le decía que esos objetos guardaban relación con los asesinatos, uniendo de ese modo la figura del rey al papiro que el asesino buscaba.
Los arqueólogos continuaron confeccionando el dossier. Carter, a su vez, consultaba su diario y añadía notas sobre la autopsia.
—Lo que más me llama la atención es la ausencia del corazón dentro de la caja torácica —masculló Carter reflexivo.
Zaid, que ocupaba el asiento delantero junto al conductor, se volvió hacia ellos con gesto atónito.
—¡Eso no puede ser! —exclamó con estupor.
Existían muchos métodos de embalsamiento, pero el referente a los reyes y las clases altas era el mismo.
Se evisceraba el cuerpo, extrayendo hígado, pulmones, estómago e intestinos a través de un corte en el abdomen, se lavaban con vino de palma y especias y se desecaban y vendaban para guardarlos en los vasos canopos.
Sin embargo, el corazón se dejaba en su lugar, porque era el órgano donde residía la fuerza vital y la conciencia de los hombres.
Además, en el más allá, Osiris extraía el corazón para ponerlo en uno de los platillos de la balanza; en el otro estaba la pluma de Maat, la verdad universal.
En ese juicio se le hacían preguntas sobre los actos realizados en vida, y en relación con las respuestas el corazón se agrandaba o menguaba, al igual que su peso, de ese modo la balanza decidía el destino final.
Si la sentencia de Osiris era benevolente, la fuerza vital del corazón regresaba a la momia y, así, el fallecido podía seguir viviendo en los campos de Aaru , el Nilo eterno, el paraíso egipcio. Por esa razón era tan vital para los antiguos egipcios que el cadáver tuviera corazón.
—Pues lo es, yo mismo presencié la apertura del cuerpo. Cuando el profesor Derry abrió la cavidad torácica descubrimos que estaba vacía —explicó Carter.
—Pero es inconcebible que privaran al faraón de la vida eterna.
—Sin duda debe de haber una razón para ello. Y creemos por el maltrecho estado del lado izquierdo de su cuerpo que un accidente mortal lo mató, y que su corazón quizá estaba tan dañado que decidieron extraerlo.
—Pero en aquellos días una plaga de malaria asoló Tebas, y el rey enfermó gravemente —repuso Zaid, procurando no desvelar más información de la debida.
—Desconocemos de qué pudo morir, pero las fracturas que muestra el cuerpo son claros síntomas de un accidente, posiblemente un atropello —interpeló Arthur—.
Otra teoría barajada es que quizá en el indolente proceso de embalsamamiento dañaron el corazón y ocultaron al resto aquel suceso.
También hemos detectado una pésima utilización del natrón, la sal divina que usaban para desecar el cadáver.
Usaron algo que quemó la piel, todavía no sabemos qué.
¿Un accidente? Si aquello fuera cierto... Selkis no habría sido la culpable indirecta de su muerte, como ella creía.
—También es probable que ambas situaciones se conjugaran fatalmente —apostilló Carter.
—Estoy en desacuerdo: o murió de una cosa o de otra —contravino Zaid—, pues si el accidente hubiera dañado el corazón, habría muerto en el acto.
—Llevas razón —concedió al cabo—, las costillas quebradas estaban machacadas, es inviable que pudiera sobrevivir. El corazón debió de reventar por dentro.
—Aun así —caviló él—. No existe ninguna mención a ese accidente. Y me parece muy extraño que los cronistas de la época, los escribas reales, no lo reflejaran.
En realidad, en palacio tampoco habían sido conscientes de aquello, pues en caso contrario Selkis lo habría sabido. Y de repente cayó en la cuenta de que tal vez habían escondido a todos el accidente por algún motivo. Pero ¿cuál?
—Quizá hubo constancia de ello, pero todavía no hemos encontrado el papiro o la tablilla con esa información —masculló Arthur.
—Es una posibilidad.
Durante un largo instante quedaron los tres sumidos en un silencio pleno de conjeturas y cábalas sobre aquel enigma.
La entrega de aquellos tesoros al Museo de Antigüedades de El Cairo, a más de seiscientos kilómetros al norte de allí, supuso más de doce horas de trayecto a través del desierto.
Entre alguna duermevela, cabeceos exhaustos, infames traqueteos y una sed infernal, Zaid llegó a destino con la cabeza llena de reflexiones contrapuestas, inquietudes incesantes y la aguda sensación de estar en el epicentro de un huracán.
«De dos », se recordó. Se sintió como si dos mujeres con objetivos marcados tiraran de cada una de sus manos en direcciones opuestas.
El convoy se detuvo entre una árida polvareda en la parte trasera del museo, donde los aguardaba el comisario de la exposición junto a su equipo de operarios.
Los guardias armados cortaron los dos extremos de la calle mientras los peones procedían a la descarga de las valijas.
Carter, Arthur y él acompañaron al comisario a su despacho para entregarle el listado de objetos con su etiquetado y su descripción.
—Dedicaremos toda la primera planta del museo a la exposición. Va a ser un éxito de asistencia antológico —murmuró relamido.
—O no —masculló Carter agorero—. Si la gente piensa que la maldición de Tutankamón se extiende también a los objetos funerarios, nadie querrá visitar la exposición.
El comisario torció el gesto y su rostro se ensombreció con un espeso paño de preocupación.
—Apelo a que la curiosidad sea mayor que la prudencia, señor Carter.
—Será la temeridad innata del hombre la que llenará la sala —vaticinó Zaid.
Los demás lo miraron intrigados.
—Creo que será justamente la maldición el reclamo de la exposición —prosiguió—.
Todo lo relacionado con el rey Tut suscitará más atención que cualquier otra dinastía expuesta.
El público acudirá en masa acicateado por la excitante audacia de retar un maleficio, protegidos por la racionalidad de lo imposible.
Un cóctel emocional difícilmente reprimible.
Las comisuras de la boca del comisario se estiraron en una sonrisa lobuna.
—Y díganme, caballeros, ¿ninguno teme ser la siguiente víctima de la maldición?
—Yo no —aseveró Carter contundente—. Son sólo absurdas supercherías que me han privado de mano de obra y de asistentes que huyen asustados.
El condenado artículo de Marie Corelli y las declaraciones de ese maldito Conan Doyle dándole veracidad han dificultado tremendamente mi trabajo.
La prensa sensacionalista ha reforzado esa creencia sólo para vender más ejemplares.
Son peores que buitres carroñeros. Si descubro que alguien de mi equipo tiene contacto con esas hienas, lo despediré en el acto.
Aquella última aseveración condenó la próxima cita de Zaid con Alison a la clandestinidad.
* * *
Anochecía cuando por fin se adentraba en su lujosa habitación del hotel Mena House, de la exclusiva cadena Marriott.
El adjetivo exhausto quedaba superfluo para definir su estado, sin embargo, la subyugadora visión de las pirámides de Guiza, tamizadas por la tenue muselina blanca de las cortinas, lo revitalizó en el acto.
Reunió las pocas energías que le quedaban para abrir la doble puerta que daba al balcón y poder absorber aquella maravilla que se alzaba ante él.
Oyó el canto del muecín remolinear entre los puntiagudos minaretes de la urbe, cascabeleando en una brisa perfumada que acarició su olfato y nutrió su espíritu.
Frente a él, el crepúsculo incendiaba el horizonte silueteando el contorno de las pirámides.
Los tonos cobres, magenta y oro descendían sumisos ante los imperiosos morados, tejiendo en hebras la alfombra que pronto recorrería la noche.
Los frondosos palmerales que poblaban la ribera del Nilo perdían los luminosos verdes tiñéndose de sombras. El río bajaba sereno, punteado de oro viejo, adormeciendo a sus ocupantes, susurrando a sus moradores. Los sonidos del ocaso se armonizaron en una melodía hipnótica que acunó sus sentidos.
Las sombras se alargaron y Zaid permaneció inmóvil, extasiado ante aquel fulgurante arrebato de belleza celeste. Cuando el fuego se apagó y la noche azuló el horizonte, despertó de aquel hechizo y se adentró en la penumbra del cuarto.
Se desvistió con movimientos pesados y torpes y cayó a plomo en la cama.
En algún lugar alguien tocaba una lira, sus notas se sumaron a aquella nana que aletargaba su conciencia.
Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño. Sin embargo, no fue Morfeo quien acudió, sino que una mano femenina y suave se enlazó con la suya. En su susurro rasgado y en su mirada invitadora la reconoció.
Ella había regresado a buscarlo...