La muerte que respiras Capítulo 28. Volutas de humo e intrigas
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Capítulo 28. Volutas de humo e intrigas

Volutas de humo e intrigas

El chófer asintió y reanudó la marcha.

Zaid decidió ser discreto en cuanto a la misiva recibida.

Carter no creía en la maldición, la consideraba espuria y perjudicial.

Y sancionaba a los trabajadores a los que oía murmurar sobre ese tema.

Recordó vivamente sus recientes declaraciones a la prensa: «Si no es una difamación como tal, apunta en ese sentido tan despreciable, y toda persona sensata debería desechar tales invenciones con desdén».

Zaid le entregó el inventario de los tesoros, y Carter lo repasó mientras los clasificaban en grupos.

La imponente silueta del hotel se recortó contra el horizonte. La fachada en tonos arena y la arquitectura victoriana con elegantes detalles franceses destacaban entre el exuberante palmeral a orillas del Nilo.

El convoy se detuvo en la carretera. Y el Ford T avanzó hacia la suntuosa entrada del hotel.

—Debo hacer una consulta en recepción, de paso avisaré a Arthur.

Carter se limitó a asentir sin levantar la vista de la carpeta.

Zaid salió del coche y ascendió la amplia escalinata hacia el vestíbulo.

Acudió hacia el gran mostrador de recepción y solicitó que avisaran a Alison Miller en su nombre.

Deambuló por el lobby , observando a los distinguidos clientes sentados en la terraza. Todos eran extranjeros.

Un botones acudió a su encuentro.

—La señorita Miller lo espera en el Royal Bar.

Se encaminó hacia allí con paso aplomado.

El lujo preponderaba en cada rincón, asomando entre la exquisita decoración de estilo francés, perfilándose en el caro mobiliario, dibujándose en tapices y alfombras, drapeándose en cortinones de ricas sedas.

Todo rezumaba opulencia, incluso la clientela allí sentada, ostentando su posición social en sus poses arrogantes, en su elegante vestimenta y en la infame indolencia que mostraban con un tiempo que dedicaban en su totalidad al ocio, sin más ambición que esparcir rumores, envidiar otras fortunas o confabular contra todo aquello que no les encajara en sus estrictos esquemas mentales.

Una mujer destacaba entre las demás. No porque estuviera sola en una mesa, ni porque sus ropas evidenciaran un origen más humilde, ni siquiera porque su porte no fuera lo suficientemente distinguido, sino por la expresión aguda, concentrada y perspicaz que exhibía.

El rictus característico de alguien acostumbrado a estar alerta a su alrededor, preso de esa observación convertida en costumbrismo por necesidad.

Con una mirada analista, sagaz y perfumada de reflexiones, que maceraba al calor de un buen té.

Fue fácil adivinar que aquellos dones habían sido cultivados en la experiencia de un trabajo informativo, que habían impreso en ella aquel espíritu alerta, aquella pose casi depredadora, aquel gesto acechante.

Cuando sus ojos de halcón se posaron en él, un brillo de reconocimiento suavizó sus facciones.

Compuso una sonrisa cortés y alzó con femenina gracilidad una mano.

Zaid se dirigió hacia ella. Al aproximarse se perdió en unos grandes ojos color zafiro, tan peculiares que se permitió admirarlos quizá más de lo debido. No obstante, ello no mostró un ápice de timidez ante aquel escrutinio. Parecía acostumbrada a deslumbrar con ellos.

—Alison Miller, supongo.

—Supone bien, señor Stone.

Su voz aterciopelada y levemente rasgada vibraba con una cadencia pausada, perlada de matices sugerentes.

Se descubrió para saludarla y, tras una gentil inclinación de cabeza, tomó asiento frente a ella.

—No dispongo de mucho tiempo, estoy a punto de partir hacia El Cairo por temas profesionales.

La mujer asintió, alargó la mano hacia un platillo, tomó una pipa que humeaba y se la llevó a la boca. Zaid no ocultó su sorpresa y Alison arqueó una ceja con gesto travieso.

—Soy consciente de que los cigarrillos resultan más sofisticados en labios femeninos que las pipas, pero nada como el sabor del tabaco en ella. Una costumbre de mi padre, a la que le he tomado apego.

La pipa era un artilugio que otorgaba una masculinidad rancia. En ella, en cambio, resultaba desconcertantemente incitante.

Exhaló diversas vaharadas de humo entremezcladas con gestos tan placenteros que convirtieron el mecánico acto de fumar en algo sensual, perverso, tentador.

Zaid carraspeó ligeramente y ella sonrió ladina.

—Tengo varias preguntas —comenzó él—, además de las obvias.

—¿Qué desea saber aparte de la información con que lo he traído aquí?

—¿Por qué cree que podría interesarme precisamente a mí?

—Forma parte del equipo de Carter, estuvo el día de la apertura de la tumba, y por ende es susceptible de sufrir la maldición.

Su aseveración reverberó con un bouquet de notas condescendientes que le desagradaron.

—Yo y por fortuna más colegas, pero es a mí a quien acude.

Otra calada a la pipa y otra mirada, esta vez intrigante.

—Digamos que sé que usted tiene una preocupación mayor que el resto.

La contempló inquisitivo.

—Sé que se entrevistó con Marie Corelli, y que tiene los legajos árabes que hablan de esa maldición.

—¿Conoció a Marie?

—Digamos que facilité que publicara su artículo en el periódico.

—Vayamos al grano, señora Miller, ¿qué es lo que tengo que saber de la supuesta maldición?

— Señorita —puntualizó ella—, pero huyamos de los formalismos.

—Se reclinó en la silla y cruzó los brazos bajo el pecho.

Su espesa melena oscura se prensó contra el alto respaldo, ahuecándose sobre los hombros—.

En realidad busco un intercambio de información.

Deduzco que trabaja sobre sus propias pesquisas y yo, por mi parte, también tengo abierta una investigación sobre el tema.

Creo conveniente para ambos que unamos nuestros afanes detectivescos con el fin de destapar la verdad que se esconde tras la maldición.

Zaid clavó en ella una mirada recelosa.

—Lo que en realidad desea es un artículo incendiario que la ponga en el foco mediático de toda la prensa internacional. ¿Aspira al Pulitzer, Alison?

—Aspiro a desenmascarar a un asesino.

Aquello sí lo desconcertó poderosamente.

—No puede estar hablando en serio. Ninguna de las muertes ha sido violenta.

Varias han sido por neumonías, fiebres, uno ha sido tiroteado, otro se ha ahorcado, al príncipe egipcio Ali Fahmy lo mató su esposa.

.. Es completamente imposible que un asesino tenga semejante alcance, y mucho menos que propague enfermedades letales.

La maldición, por muy sobrenatural que nos resulte, es lo único que puede explicar algo tan inexplicable.

Zaid, mejor que nadie, era pleno conocedor de que existían en el mundo poderes sobrenaturales que escapaban a toda razón pero que convivían con la humanidad en otro plano, uno al que él había podido acceder, gracias al espíritu atormentado de un alma antigua.

—No estoy diciendo que todas las muertes hayan sido provocadas —repuso Alison, acomodando una de sus ondas de agua tras la oreja—. Estoy insinuando que, escudado en una conveniente maldición, un asesino camufla sus víctimas para alejar de él toda sospecha.

Zaid agrandó los ojos y enarcó las cejas completamente perplejo por aquella suposición.

—¿Y qué la ha llevado a esa conclusión?

—Una nota anónima me llevó a seguir la pista de Marguerite Fahmy, la esposa homicida del príncipe egipcio. Pude entrevistarla, y lo que averigüé me condujo a otras víctimas. De tal modo, pude establecer una relación con un nexo común.

—¿Y es...?

Alison Miller negó sucintamente con la cabeza.

—No voy a destapar tan pronto mis cartas si no me muestra alguna de las suyas. Es un asunto delicado y debo extremar las precauciones. Yo partiré hacia El Cairo dentro de unos días para acudir a una cita con uno de los implicados en la trama, ¿le gustaría acompañarme?

Zaid meditó un instante sobre ello. Aquella conversación lo empujaba a reconsiderar su situación y el peligro que se cernía sobre él.

Por un lado, no podía ignorar la maldición que pendía sobre Selkis, la que había lanzado la esposa de Tutankamón.

No podía olvidar las premonitorias señales que acontecieron el día que entraron en la tumba.

Justo entonces, una espantosa tormenta de arena sepultó la excavación.

Un halcón, claro representante de Horus, los sobrevoló en círculos.

La tablilla con la inscripción que rezaba: «La muerte golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del faraón».

Y al romper los sellos del sarcófago, una nueva amenaza en forma de amuleto, que Carter se aprestó a esconder para no despertar alarma en los trabajadores.

Ese amuleto contenía otro conjuro: «Yo soy quien ahuyenta a los profanadores de tumbas.

Yo soy el que custodia la tumba de Tutankamón».

.. Y entonces cayó en la cuenta de la figura que representaba ese amuleto: era Anubis.

Por otro lado, no podía ignorar aquel otro sendero de muertes provocadas que planteaba la periodista. Necesitaba estar al tanto de todo, pues si la muerte acechaba, cuantas más puertas pudiera cerrar, más a salvo estaría. No cayó en pensar que la curiosidad, por temeraria, podía ser también letal.

—Cuando llegue a El Cairo, búsqueme de nuevo —aceptó.