Capítulo 27. Un observador omnipresente
Un observador omnipresente
Zaid despertó sobresaltado.
Un dolor agudo punzaba su vientre. Jadeó atemorizado y se palpó el abdomen con el pulso latiendo alocado en su sien.
Respiró aliviado al comprobar que su cuerpo estaba intacto. Sin embargo, la sensación había sido tan vivida, tan angustiosa que todavía permanecía latente, insidiosa y escalofriante.
Sus latidos continuaban desacompasados y su resuello desbocado. El miedo continuaba adherido a su pecho, pegajoso, denso y oscuro. Y el frío... el frío se había amarrado a su alma, como un ancla que parecía arrastrarlo al vacío más insondable y desolador.
Se obligó a levantarse de la cama. Necesitaba entrar en calor, recordarle a su cuerpo que estaba vivo y estaba a salvo. Caminó con cierta confusión intentando situarse. A su alrededor todo se le antojaba extraño, casi irreconocible. Necesitó unos minutos para emplazar su sentido de la orientación.
A su mente acudió la distribución de aquella villa en la que vivía temporalmente.
Y se encaminó hacia la cocina. Cada paso que daba en aquel que era su mundo lo alejaba del que acababa de despertar.
Bebió un vaso de agua de un solo trago y se sirvió otro.
En lugar de regresar al dormitorio, se dirigió a la sala y se dejó caer en su sillón Chester de piel marrón tapizado en capitoné, e inclinó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos.
Necesitaba procesar todo lo vivido y sentido aquella noche.
En su mente, las imágenes se sucedían y las emociones lo zarandeaban. A través de su sueño, ella había logrado abrir una puerta oculta en su conciencia para arrastrarlo a su mundo, a lo que aconteció en aquella remota época.
En esa fase onírica, donde la realidad se apaga y todo es posible, había atravesado océanos de tiempo para ser testigo de una vida, de cuya alma se había hecho responsable.
De todo aquel descabellado asunto, en el que la lógica y la razón no eran factores que tener en cuenta, había un elemento todavía más surrealista que le imprimía aún más desasosiego. Si era Selkis la que le había mostrado su vida, ¿por qué se había sentido un observador omnipresente?
Conocía el sentir y los pensamientos de Najmint, de Nun, de Amsu, del faraón Ay e incluso del misterioso asesino en la sombra. ¿Qué estaba pasando?
Y entonces, una necesidad urgente e imperiosa lo urgió a levantarse del sillón y acomodarse en su escritorio abattant de nogal.
Descorrió el buró, abrió un estrecho cajón y sacó varios folios en blanco y una estilográfica.
No podía permitirse olvidar ni una de aquellas vivencias.
Sintió la solemne obligación de perpetuar de algún modo aquella mágica experiencia.
Y comenzó a escribir, volcando en el papel cada recuerdo con la precisión y la fidelidad que merecía la historia.
Absolutamente embebido en aquella labor, escribió casi enajenado, reviviendo con tal intensidad cada escena que le temblaba el pulso y le bailaban las emociones.
No pudo detenerse a pesar del cansancio que hurgaba en sus ojos y de la pesadez que comenzaba a asentarse en sus músculos.
Llegó el alba y, tras la última frase, el llanto lo doblegó.
Dejó que fluyeran todas las emociones hasta vaciarse.
Y sólo entonces reflexionó sobre la historia que acababa de serle revelada.
Miró el último folio, releyó aquel último párrafo y la conclusión que extrajo fue que era una historia inconclusa.
Nun, en el exilio, convertido en fugitivo.
Selkis y su hijo nonato, asesinados tan impunemente.
Najmint, sin resolver el caso, viudo y desolado.
Amsu, sin custodio de su secreto. Horemheb, muerto, y Ay, triunfador.
Todo eran cabos sueltos, tragedias e injusticias.
Y aunque la vida en sí era todo aquello, Zaid tenía la aguda sensación de que todavía quedaba mucho por serle revelado.
Pero ¿cómo?, ¿cuándo? ¿Volvería el espíritu de Selkis cada noche para reanudar su historia?
Apiló las hojas con mimo y las arrastró hacia el fondo del escritorio.
Cerró el buró y regresó a la alcoba. Preparó una pequeña maleta con algunos enseres personales y algo de ropa.
Al cabo de unas horas debía viajar a El Cairo para supervisar el traslado de los tesoros de la tumba al Museo de Antigüedades.
Y de repente se percató de un objeto azulado que no le pertenecía y que le detuvo el pulso. Se encontraba sobre su mesilla de noche y cuando se acostó no reparó en él. Alargó la mano hacia el escarabeo y lo tomó entre los dedos. Su solo contacto le erizó la piel.
Era un colgante, y supo al punto que era una réplica exacta de aquellos que utilizaba el Chacal del Templo, el asesino de Selkis. Un abrupto escalofrío lo recorrió, como si los descarnados dedos de la muerte pasearan por su espina dorsal, dejando un rastro frío y viscoso.
Miró alarmado a su alrededor, como si el intruso que había dejado aquel objeto pudiera continuar allí, en su villa colonial, acechándolo.
Sintió el impulso de desembarazarse del colgante; sin embargo, algo en su interior lo instó a guardarlo en el bolsillo interior de su chaqueta.
Se negó a buscar una explicación a aquello, a priori no parecía tenerla.
Era imposible que alguien más conociera lo que le era revelado. Y aun así...
Ya pensaría en aquello, ahora el vértigo le impedía discernir con claridad.
Vestido con su traje de lino en color camel, su sombrero Panamá, popularizado por el expresidente americano Theodore Roosevelt, su pequeña maleta y la inquietud que lo acompañaba, se encaminó hacia la puerta.
Husein, uno de los muchachos aguadores que pululaban por la excavación, lo interceptó justo a la salida.
—Señor Stone, un chico me dejó este sobre para usted.
El muchacho tendió la mano y se lo ofreció solícito.
—¿Qué chico? —preguntó Zaid mientras lo abría.
—No lo sé, no lo había visto nunca.
—¿Y estaba solo?
—No sabría decirle.
Zaid escarbó en el bolsillo de sus amplios pantalones estilo Oxford en busca de alguna moneda y le ofreció al chico una de cinco piastras que celebró con entusiasmo.
—Gracias, Husein. ¿Están los camiones cargados y preparados para partir?
—Todo listo, amo.
Zaid torció el gesto, aunque no lo reconvino.
Una de las cosas que le desagradaban profundamente era ese tratamiento servil con que agasajaban a los ingleses.
Seguramente porque su sangre egipcia se rebelaba contra la supremacía británica sobre el carácter de un pueblo que había sido uno de los más poderosos del mundo antiguo y que desde hacía tres años había dejado de ser colonia para convertirse en reino independiente.
Pero, aun así, la influencia inglesa y la supeditación todavía al pueblo invasor subyacían en la sociedad egipcia, mostrando una pleitesía que evidenciaba una sumisión innecesaria, quizá por el nivel adquisitivo y de relevancia social de que gozaban los círculos británicos asentados en el país, quizá por un hábito adquirido.
De cualquier modo, el exceso de condescendencia por su nacionalidad, que no origen, lo irritaba.
Y más al comprobar cómo Egipto, ya libre de la ocupación inglesa, era fraccionado por dos bandos que se disputaban el reino como chacales, los seguidores del sultán Fuad y los que apoyaban al primer ministro nacionalista del partido Wafd.
Las injerencias políticas postcoloniales entre los partidos monárquicos y los nacionalistas se habían recrudecido, usando como arma política el descubrimiento de la tumba del joven faraón.
Que Carter fuera un pésimo diplomático no ayudó a suavizar el asunto, como tampoco que su mecenas, lord Carnarvon, diera la exclusiva informativa a The Times , el diario inglés, lo que despertó la animadversión de los medios egipcios.
Quizá por ello, tras la muerte de Carnarvon, la incertidumbre por la concesión de la excavación convirtió a Carter en un autócrata.
Su empeño en convencer a la hija de su mecenas, lady Evelyn, de que renovase la concesión a su nombre generó un gran revuelo entre los nacionalistas egipcios, que también la reclamaron, exigiendo a su gobierno que tomara medidas al respecto.
Carter, en una de sus muchas rabietas, decidió cerrar la tumba.
Estuvo un año clausurada y la llegada de un nuevo ministro egipcio al poder, Morcos bey Hanna, empeoró la situación.
Se celebró un juicio para la asignación de la concesión y el abogado de Carter llamó bandido al gobierno por intentar arrebatarle la concesión a la fuerza.
Aquella ofensa desató una oleada de protestas por todo Egipto que se cobró numerosos heridos entre ambas facciones.
No obstante, finalmente, ese mismo año Howard recuperaba la concesión, aunque a nombre de la hija de su mecenas.
Zaid estiró el pliego prolijamente doblado y leyó aquellas líneas con profundo desconcierto.
Tengo información sobre la supuesta maldición de Tutankamón que podría interesarle y que me gustaría compartir con usted. Mi nombre es Alison Miller, soy columnista en The Times , y me alojo en el Winter Palace. Búsqueme allí.
El hotel Winter Palace era uno de los más famosos de Luxor, había sido la residencia de lord Carnarvon, de la prensa extranjera y de altos dirigentes que habían acudido a la ciudad con motivo de la apertura de la tumba del rey Tut.
En aquel momento se alojaba en él Arthur Callender, el ayudante principal de Carter, al que tendrían que recoger, momento que aprovecharía para acudir a su inaudita cita.
El convoy debía detenerse previamente en la casa de Carter.
Una de las premisas del descubridor era supervisar personalmente todo lo que concernía a la tumba, etiquetado, conservación, traslado y demás gestiones derivadas.
Su meticulosidad, de hecho, no era más que una pantomima para ensalzarse frente a sus colegas.
Él mismo había presenciado sus numerosos descuidos en cuanto a protocolos de conservación y la desidia con que a veces ejecutaba su trabajo.
Carter sí procuraba registrar cada paso en su diario, pasos que enjaezaba con una minuciosidad ausente.
Nada como dejar por escrito a generaciones de arqueólogos posteriores los pormenores de un hallazgo tan importante como aquél, aunque el trabajo de campo distara mucho de sus apuntes.
Subió al coche, un Ford modelo T negro, y se acomodó en el asiento de atrás.
Delante del conductor, uno de los trabajadores de la excavación, tocado con turbante y vestido con su túnica, aguardó la orden de abrir la marcha.
Zaid asintió y el vehículo arrancó, seguido de la hilera de camiones repletos de valiosas valijas.
Iban naturalmente escoltados con hombres armados.
La casa de Carter, de una sola planta, se encontraba en Elwat el-Diwan, una colina en la entrada del uadi que conducía al Valle de los Reyes. Coronada de vegetación, destacaba de su baldío alrededor, donde el desierto se extendía hasta donde se perdía la vista.
El convoy se detuvo en la entrada, pero ningún conductor apagó los motores.
La vivienda se hallaba próxima a Dra Abu el-Naga, y desde la galería se podía contemplar el templo funerario de Seti I.
Era una villa amplia y bonita, confeccionada con ladrillos de importación, con el sello de manufactura de Bretby, en Derbyshire, la localidad donde Carnarvon tenía esa fábrica de ladrillos y una vasta finca.
Zaid fijó la vista en el cartel de la entrada: C ASTLE C ARTER II . Su anterior residencia se encontraba frente a Medinet Habu. En aquel instante Carter abrió la puerta principal, dejando entrever el vestíbulo abovedado de estilo árabe que conectaba varias alas de la casa.
Se ajustó el homburg a la cabeza e inclinó ligeramente el ala sobre el rostro para proteger sus ojos del sol. Balanceó el bastón y se encaminó hacia el vehículo.
Abrió la portezuela y se acomodó a su lado. Se atusó el bigote y con la punta del bastón golpeó suavemente el respaldo delantero. El conductor egipcio aguardó indicaciones.
—Al Winter Palace, Ahmed.