La muerte que respiras Capítulo 26. En los brazos de Anubis
46%

Capítulo 26. En los brazos de Anubis

En los brazos de Anubis

El reverencial sonido de los sistros se elevó trenzándose con la armónica melodía de arpas y el tintineo de los crótalos.

La brisa olía a incienso y a misticismo, como si el perfume del dios se desplegara por aquella vía ceremonial, impregnando de devoción el espíritu de su pueblo.

La muchedumbre, ataviada con sus mejores galas, se apiñaba en torno a la avenida de los dromos , ávidos de ver a sus dioses y venerarlos. El pueblo llano no tenía acceso a los templos, y la única oportunidad de verlos era aquélla.

Los altos dignatarios disfrutaban del acto en palcos elevados, abanicados por sus siervos y degustando el mejor shedeh especiado.

Selkis se hallaba en uno de ellos junto a su esposo, admirando la concurrida avenida.

Momentos antes, el faraón había oficiado el despertar de los dioses, un culto divino que tenía lugar en el sanctasanctórum de cada uno de los templos.

Tras los salmos, cánticos y libaciones recitados por los sacerdotes lectores, el rey rompía los sellos y sacaban a las deidades, que eran bañadas y vestidas con coloridos linos para adornarlas a continuación con las joyas del tesoro del templo, mientras en el patio central preparaban las barcas rituales donde las portarían.

La procesión partía del templo de Amón-Ra, pasando por el de su hijo adoptivo, Jonsu, para finalmente llegar al santuario de la diosa Mut, esposa de Amón.

Cada imagen era retirada de su capilla para introducirla en una barca sagrada y se cubría con un velo translúcido.

A continuación, los sacerdotes más puros, de cráneo rasurado, los uab , cargaban sobre sus hombros las embarcaciones rituales, lo que era conocido como el «soporte de esplendor», con las estatuas vivientes de las deidades ocultas, en dirección al embarcadero, donde serían trasladadas a barcas fluviales rumbo al templo de Ipet-resit, para reunirse allí con Amón-Min, el dios de la fertilidad.

El faraón Ay encabezaba la procesión en una cuarta barca destinada a su transporte, ya que el propósito de aquella pomposa ceremonia era reafirmar los lazos existentes entre el rey y el dios, convirtiéndolo en la encarnación viviente de Horus sobre la Tierra, título que consagraría su trono y manifestaría a su pueblo su origen divino.

La expresión de Ay no podía ser más reveladora.

Embriagado de complacencia y arrogancia, paladeaba las mieles de su triunfo.

Aquello era la consecución de muchos años de esfuerzo, la recompensa a su ambición.

Anjesenamón permanecía hierática, como una de aquellas estatuas que recorrían la amplia avenida de las esfinges.

Su gesto ausente la situaba lejos del desfile, posiblemente en tiempos pasados, donde fue dichosa.

Bailarinas, acróbatas y músicos acompañaban el júbilo del pueblo desplegando sus destrezas.

Bandejas de ofrendas con comida y cerveza eran ofrecidas en abundancia a la concurrencia.

El alborozo de las gentes sumaba risas y vítores a aquel festejo, convirtiéndolo en la celebración religiosa más importante de todo Waset.

Cuando la comitiva llegó a la dársena cargaron la tríada tebana en barcos que recorrerían el curso del Nilo hasta el templo de Ipet-resit, para ser depositados en la capilla triple y agasajados con ofrendas de agua, carne, flores e incienso.

Selkis, Najmint y toda la comitiva de cortesanos acompañaron la procesión fluvial en el barco Userhat , chapado en oro. De su proa y de su popa emergía una cabeza de carnero adornada con collares y pectorales. Era el que alojaba a la deidad principal, Amón.

Remontaron el río a contracorriente a fuerza de bogar entre el reverencial sonido de sistros y laúdes. El pueblo llano los seguía en embarcaciones como devotos peregrinos.

Cuando llegaron al muelle, atracó la flota sagrada y desembarcaron entre himnos y tambores.

Najmint tomó la mano de Selkis y avanzaron hacia la avenida de las esfinges. Se dejó llevar a través de una sala hipóstila abierta hasta el patio solar, rodeado por tres de sus lados por hileras de columnas, y penetraron en la oscuridad del santuario.

Allí, el faraón debía realizar los ritos de coronación y la apertura de la boca. Para transmitir mágicamente a Amón-Ra la energía vital de Amón-Min. Y, de ese modo, poder transferirle al rey aquel Ka sagrado, convirtiéndolo en un ser divino.

Después regresarían a Karnak, donde los festejos culminarían con el sacrificio de varios bueyes astados adornados con flores.

—No me encuentro bien —confesó Selkis—. Necesito aire fresco.

El ambiente denso y recargado de efluvios rituales la mareaba.

Najmint la observó preocupado.

—Te acompañaré fuera —propuso tomándola del brazo.

—No es necesario. Es un momento solemne que has de presenciar.

Ante un gesto imperativo de Najmint, la guardia se acercó a ellos.

—Acompañad a mi esposa al exterior.

Selkis le sonrió agradecida y salió del santuario hacia el patio solar, que en aquel momento estaba rebosante de gente ansiosa por celebrar la metamorfosis de su faraón en dios viviente.

Intentó atravesar aquel manto vital de fibra apretada, filtrándose en su urdimbre. Tan decidida estaba a encontrar algo de espacio entre las columnas que lo bordeaban que no reparó en que su guardia era incapaz de seguirla, atrapada entre la multitud.

Tampoco fue consciente de que sí había alguien que había logrado seguirla. Y que ganaba terreno en su afán por alcanzarla.

Selkis comenzó a agobiarse. Miró hacia atrás en busca de su escolta sin localizarla, y de repente sintió un extraño acceso desazonador que la impelía a seguir. Pero la fatalidad fue más rauda que su instinto de conservación.

Sintió un aguijonazo en el costado y una presencia adherida a su espalda.

Unos brazos la rodearon inmovilizándola. El pánico detuvo sus latidos y cerró su garganta.

—Selkis..., por fin se cumple mi deseo. Y tu destino.

Aquella voz rasgada...

Uno de los brazos que la sujetaban alzó la mano e hizo pendular ante sus ojos un colgante de escarabeo en lapislázuli.

—Mira a tu madre..., debes reunirte con ella.

Algo en su interior se revolvió, arrancándola de su parálisis. A su alrededor, la muchedumbre cantaba himnos y celebraba con danzas el Opet. Y ella por fin supo reaccionar.

Deslizó el codo hacia atrás con todas sus fuerzas y lo clavó en el costado de su captor. Oyó un quejido y la presión del abrazo se aflojó lo suficiente para escapar de él. No lo dudó, salió de aquella pinza humana y se abalanzó hacia delante.

Se escurrió entre el gentío todo lo velozmente que la dejaban. Apartaba a empellones a los demás, pidiendo auxilio, pero nadie parecía tomarla en serio. Todos jaleaban dichosos y saltaban alborozados, ajenos a su angustia.

Sintió próxima la presencia de su atacante, pero no se atrevió a mirar atrás.

La desesperación comenzaba a consumirla. Una especie de flato se expandió doloroso por su cintura. No se detuvo, a pesar de que percibía una sustancia pegajosa y cálida brotar de ella.

Comenzó a jadear, el pánico constriñendo ya todo su ser. Cuando por fin llegó a una hilera de columnas, comenzó a gritar clamando ayuda, pero la algazara eclipsaba sus chillidos.

Se ciñó a una robusta columna y observó aterrada a su alrededor. Lo que vio acercarse a ella le cortó la respiración.

Anubis venía a buscarla.

Un miedo seco, afilado y devastador prensó su ánimo con una convicción desoladora. Iba a morir en mitad de aquella muchedumbre jubilosa, sin que ni una de aquellas almas supiera el drama que tendría lugar entre canciones y vítores.

Anubis se detuvo frente a ella. Intentó huir, pero aquel hombre con cabeza de chacal se lo impidió.

—Piedad... —suplicó llorosa.

—Sólo deseo abrazarte.

La cubrió con su cuerpo y otro aguijonazo atravesó su vientre. Esta vez, el dolor sí la fustigó. Se dobló ligeramente hacia delante, exhalando un gemido quebrado, sintiendo cómo la vida se le escapaba lentamente del cuerpo.

Alzó el rostro y contempló a su verdugo. A través de aquella máscara descubrió una mirada que le resultó estremecedoramente familiar.

—¿Por... qué? —gimoteó.

—Porque mataste a mi madre, y a la tuya... Porque traicionas a nuestro pueblo con tu desmedida ambición, porque encarnas un peligro para el gran secreto que he de proteger. Y porque nunca deberías haber nacido, como no nacerá el hijo que llevas en tu interior.

Otra punzada abrió su carne. Todos sus sentidos se agudizaron ante la inminencia de la muerte, como si la vida que se apagaba acentuara sus últimas sensaciones físicas.

Sintió el filo acerado de aquel puñal dentro de ella, lo notó salir lentamente y percibió cómo su carne maltrecha lloraba sangre y derramaba su Ba a través de aquella brecha.

Su alma abandonaba el cuerpo resollando su cálido aliento.

En su lugar, el gélido hálito de la muerte comenzó a anidar en su interior.

Sintió un frío atroz, y luego nada. Y, en efecto, Anubis se la llevaba al Duat . ..

Que Osiris se apiadara de ella...