La muerte que respiras Capítulo 25. En los brazos de Montu
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Capítulo 25. En los brazos de Montu

En los brazos de Montu

Las huestes hititas se aglutinaron en el Delta del Nilo.

El valle se hallaba salpicado de carros de combate egipcios en vanguardia para abrir camino a las tropas de infantería situadas en la retaguardia.

Cada unidad se conformaba con escuadrillas de doscientos soldados a pie.

Veinte de estas compañías formaban una brigada.

Junto con los cincuenta carros de guerra del ejército del faraón, componían una división. Y luego estaban los mercenarios.

Los carros se distribuían en cinco unidades de diez vehículos, situados estratégicamente para romper la línea enemiga.

De cada carro de combate tirado por dos caballos se encargaban tres hombres: el auriga, que manejaba las riendas; el guerrero, que se encargaba del ataque lanzando flechas, venablos o luchando a espada, y el corredor, un hombre ágil y diestro que defendía el vehículo corriendo a su lado, rematando a los enemigos que cayeran junto a él.

Nun había sido asignado el corredor de uno de aquellos carros.

Fenuku era el guerrero que debía defenderlo.

Asignado a la unidad principal, liderada por el general Horemheb, escuchaban la apasionada arenga motivadora mientras Nun observaba con un atisbo esperanzador las líneas enemigas.

Había oído que el faraón Tutmosis III en la batalla de Megido, al frente de un carro de combate fabricado en electrum , una aleación de oro y plata, mostró una imagen tan impresionante que atemorizó a los enemigos, logrando que se batieran en retirada.

No obstante, y aunque la imagen que ofrecía el general resultaba imponente, el grueso del ejército enemigo afianzaba posiciones.

Ver la numerosa hilera de carros de combate hitita secaba la garganta.

El rey Suppiluliuma no sólo parecía dispuesto a defender su frontera, sino a incursionar en Egipto rumbo a Menfis y, de ese modo, ir conquistando territorios hasta llegar a Tebas, o al menos ésa era la amenaza que los había llevado allí.

Y que usarían de excusa para invadir y saquear la capital de los hititas, Hattusa, anexionándola al territorio.

Sin embargo, su objetivo era otro: ganar la libertad. Y su libertad se encontraba a bordo del carro más ostentoso, murmurando órdenes a sus oficiales.

El plan de Fenuku era abatir al auriga, que Nun subiera al carro y aproximarse al vehículo del general para matarlo en el fragor de la batalla. A priori , parecía sencillo, pero en mitad de una contienda cualquier cosa podía pasar.

Cuando el general alzó su brazo derecho, el sonido agudo de un cuerno flotó en la cálida brisa matutina e, ipso facto , el rechinar de arneses tintineó entre relinchos de caballo y el fragor belicoso de los soldados.

Ambos frentes comenzaron a avanzar hacia el centro del valle. La vasta explanada fue surcada por dos grandes ejércitos que levantaban nubes de polvo a su paso.

Nun empezó a correr junto a su carro, empuñando un sable jepesh .

Cuando ambas vanguardias impactaron con violencia, el estrépito fue ensordecedor.

Los carros hititas contaban con una ventaja defensiva de la que ellos carecían.

Habían dispuesto en los ejes de las ruedas puntas de lanzas afiladas para arrasar con todo a su paso.

Vio cómo aquellas temibles púas provocaban toda una carnicería en la infantería egipcia.

Varios carros colisionaron violentamente, volcando y aprisionando a los hombres debajo.

Los combates cuerpo a cuerpo se desataron con ferocidad.

Alaridos de dolor, gritos de rabia, órdenes cruzadas y caos se amalgamaron sobre un intrincado tapiz rojo sangre que comenzaba a sembrar de cadáveres aquel valle.

Nun combatió con arrojo, despejando enemigos a su paso e impidiendo que intentaran capturar el carro. Fenuku, que al principio había lanzado flechas por doquier, ahora empuñaba un largo venablo que clavaba con saña a cuanto hitita se interpusiera en su camino.

Embregado en otra lucha cuerpo a cuerpo, oyó al nubio llamarlo con apremio. Descargó un mandoble al costado de su oponente y, cuando un torrente de sangre brotó del cuerpo de su rival, sintió un aguijonazo en el suyo. El hitita había logrado clavarle un puñal.

Nun se lo extrajo con premura, comprobando que, aunque había penetrado su carne, por fortuna el corte no era muy profundo, aunque sangraba profusamente. Tampoco tuvo tiempo para más. Otro adversario se abalanzó sobre él.

Combatió con denuedo, entre borbotones de sangre y gritos sufridos.

El dios de la guerra había extendido sus alas sobre ellos y planeaba jubiloso, devorando almas como un ave carroñera.

Casi podía oír la regocijada carcajada de Montu, con el mismo timbre de los cuervos que ya sobrevolaban la campiña.

Nun avanzó entre miembros sesgados, entrañas derramadas y cuerpos agonizantes. La extenuación comenzaba a doblegarlo. El implacable sol acuchillaba con la misma inquina que las espadas enemigas.

De repente, el sonido de un carro de combate que se aproximaba lo alertó. Descubrió a Fenuku tensando las riendas para frenar el galope.

—¡Aprisa, sube!

Nun esquivó a un soldado y saltó ágil, encaramándose a la cabina del carro.

Buscó con la mirada la del general para descubrir que había volcado. Quizá les habían ahorrado el trabajo de matarlo.

Fenuku agitaba las riendas impetuoso, dirigiéndose hacia allí. Intentando, en un alarde de habilidad magistral, esquivar los núcleos donde la batalla era más virulenta.

Cuando llegaron a la altura del carro del general, comprobaron que no estaba ni muerto ni herido, al menos en torno a su vehículo. El cuerpo de su auriga sí apareció unos pasos más adelante, con un agujero enorme en el abdomen.

—¡Por Horus! Debemos dar con él.

Escrutaron el campo de batalla, buscando su figura. Lo reconocieron por sus ropajes distinguidos. Su cota dorada refulgía bajo el sol. Ambos se miraron determinados. Nun empuñó su sable con más ahínco y Fenuku arreó a las monturas en dirección a Horemheb.

Verlo combatir cuerpo a cuerpo demostró la pericia de un hombre curtido en mil batallas. Trazaba letales estocadas con la fiereza de Seth, esquivando con habilidad innata las ofensivas de sus oponentes.

—¡Es un guerrero ducho —gritó el nubio con preocupación—, intentaré arrollarlo y luego bajas a rematarlo!

Nun asintió. Fue plenamente consciente de que jamás podría vencerlo en un combate a espada. Aquel hombre parecía haber nacido en los brazos de Montu, era la encarnación del dios de la guerra tebano.

Cuando Fenuku se precipitó hacia él, Horemheb vislumbró lo que estaba a punto de suceder, y a pesar de su estupefacción al comprobar que era un carro egipcio lo que se abalanzaba sobre él, justo en el momento fatídico, saltó lateralmente evitando el atropello

El nubio masculló una imprecación y gruñó exasperado.

—A bordo de este maldito carro jamás lo lograremos.

—Debemos enfrentarlo —aseveró Nun.

—Somos dos —animó Fenuku sin mucho convencimiento.

—Tres en realidad, tú vales por dos —apuntó él, más confiado.

Se apearon del carro y sortearon varios grupos combativos. Atisbaron entre aquella caótica masa enfebrecida la armadura del general sin encontrarla.

De repente, una espada curva se interpuso en su camino.

—¡Maldita rata traidora! —escupió el general blandiendo su acero. Entrecerró los ojos y, en un movimiento raudo y certero, lo descargó sobre él.

Se agachó en el último momento justo para evitar que el filo se hundiera en su pecho.

Fenuku lo acechó por detrás, pero el avispado general no descuidaba ninguno de sus flancos.

Ambos desplegaron su ardor combativo en un duelo letal.

Las tremebundas estocadas del nubio desestabilizaron varias veces a Horemheb, que se veía obligado a retroceder para frenar la fuerza de los envites.

Sin embargo, bien sabía que la dilatada experiencia del general conocía sobradamente la táctica para enfrentar adversarios tan corpulentos, y era agotarlos para que bajaran la guardia y de ese modo asestar una estocada mortal.

Si Nun no intervenía, Fenuku caería bajo el acero del aguerrido general. Se sumó a la lucha asediando a Horemheb por la espalda. Era una batalla desigual y deshonrosa, pero, como bien había recordado el nubio antes de partir, en la guerra la única norma era sobrevivir.

De ese modo se vio acorralado y tuvo que afilar su ingenio para enfrentar a dos duros oponentes.

Saber que era el padre de Selkis lo hizo titubear al principio, pues la imagen de ella se le perfilaba en la mente, distrayéndolo.

Con todo, había sido indirectamente ella la que lo había empujado a aquella situación.

Resultaba curioso cómo una acción podía acarrear consecuencias tan impensables en contra de uno mismo.

Buscando un hijo, perdía a un padre. Si Selkis algún día descubría que había sido él su asesino, lo odiaría por toda la eternidad.

No le importó. Ella ya no pertenecía a su mundo, sino a su pasado, uno que olvidaría en cuanto saliera de ese infierno.

Fenuku contraatacó frenético, asestando varios lances veloces.

Su negra piel refulgía bajo el sol, cubierta de sudor.

El blancor de su dentadura asomó a través de una mueca furiosa, contrastando con la fiereza de su oscuro rostro.

Su ceño se acentuó y el gruñido que emergió de su garganta acompañó la vehemencia de su estoque.

Nun impidió que el general pudiera esquivarlo retrocediendo, y finalmente el nubio logró atravesarlo con el venablo.

La punta de la lanza asomó por la espalda del hombre y éste cayó de rodillas sujetando con ambas manos el asta que aún empuñaba Fenuku.

Se derrumbó de lado, con el rictus desencajado y los ojos desorbitados. Un hilillo de sangre manaba de una de sus comisuras.

Entreabrió los labios y boqueó emitiendo apenas un quejido estrangulado.

Fenuku ya huía, alentándolo a seguirlo. Varios mercenarios egipcios corrían hacia ellos.

Horemheb fijó su mirada en él. Pudo ver en sus ojos quizá el último brillo que emitiría, el odio brotó con la impetuosidad de una cascada. Supo que aquella moribunda emoción con que lo marcaba lo acompañaría toda su vida.

Los soldados aceleraron la carrera y comenzaron a perseguirlos.

Nun corrió filtrándose en aquella masa informe de hombres luchando entre sí, intentando despistar a sus perseguidores. Había perdido de vista a Fenuku. Esquivó a varios hititas que buscaban hacerle frente y continuó su huida, cobijándose en la barbarie, sorteando a la muerte.

No se detuvo hasta que la extenuación lo venció.

El fragor de la batalla ya sonaba más lejano y, mientras recuperaba el resuello, observó a su alrededor.

Estaba en los márgenes del valle. Más allá, un bosque de eucaliptos colindaba con un curso fluvial. Decidió adentrarse en la arboleda y ocultarse hasta que llegara la noche.

Se sentía pegajoso, exhausto y miserable.

Todavía llevaba el jepesh en la mano, que se había cerrado en torno a su empuñadura con tal firmeza que el sable más parecía una extensión de su propio brazo. Le costó abrir los dedos y dejarlo caer.

Se recostó contra el rugoso tronco de un árbol y cerró los ojos.

Y entonces la vio. En su mente emergió aquella noche en que la poseyó, lo que aquella mujer lo hizo sentir. Cómo lograba que su corazón se le saliera del pecho con tan sólo una de sus miradas. Un corazón que ahora sangraba. Ella ahora estaba en brazos de otro hombre, y él en brazos de Montu.

Si al menos pudiera regresar con su familia como un hombre libre... Si acaso su corazón pudiera curarse... Si acaso pudiera encontrar algo de solaz en la paz de una vida tranquila... Aquella noche habría valido la pena.

No era consciente del tiempo transcurrido cuando unos pasos lo alertaron.

Abrió los ojos casi a la vez que intentaba incorporarse. Para encontrarse apuntado por varias jabalinas. Miró de soslayo hacia el lugar donde había depositado su espada. No estaba.

La guardia de Horemheb lo rodeaba.

Contó cinco hombres, quizá había más ocultos en la espesura.

Alzaba las manos en señal de entrega cuando captó un movimiento tras los soldados. Fenuku había aparecido de la nada y, armado con el jepesh , los atacó ferozmente.

En mitad de la contienda, Nun aprovechó el desconcierto para arrebatar una de las jabalinas y cargó contra dos de ellos. Cuando logró aniquilarlos reparó en que Fenuku ya se había encargado del resto.

Se miraron jadeantes.

—Si nos atrapan, nos matarán. Debemos regresar a Tebas y llegar hasta el faraón para obtener la libertad —murmuró el nubio.

Y en aquellas palabras refulgió con claridad la trampa de la que habían sido objeto, poniendo de manifiesto su necia ingenuidad.

Nun cerró los ojos y apretó los puños.

¿Cómo había podido ser tan estúpido?

—¡Aprisa, no tenemos tiempo que perder! —apremió Fenuku.

—Ya estamos perdidos —afirmó abatido.

—¿De qué hablas?

—¿De veras crees que el faraón nos dejará con vida? A él más que a nadie le interesa cerrar nuestras bocas.

—Hanif me dijo que...

—Fue una trampa. Usó de cebo la libertad.

Ambos nos emborrachamos con esa promesa, abandonando la sensatez y la prudencia.

Nos persiguen porque hemos matado al gran Horemheb, somos traidores al reino.

Ningún faraón puede perdonar eso. Jamás estuvo en su pensamiento hacerlo.

Todo ha sido un ardid para eliminar a un posible rival.

La expresión de Fenuku fue de absoluta desolación.

Al cabo, asintió para sí y, cuando fijó su vista en él, no halló resignación, sino determinación.

—Mi reino está cerca. Allí encontraremos refugio y anonimato.

Nun asintió. Aquélla era su única opción, el exilio.

—Algún día regresaré, y prometo vengarme de todo aquel que me ha arrebatado mi casa, mi familia y mi tierra.

El antiguo Nun murió en aquel bosque de eucaliptos. El hombre que renació era un fugitivo que clamaba justicia y destilaba odio. A partir de aquel instante, se encomendó a la diosa Maat y al vengativo Horus.