La muerte que respiras Capítulo 24. Esperando a Hathor
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Capítulo 24. Esperando a Hathor

Esperando a Hathor

La llevó a un claro en la ribera, desde donde la magnificencia de las vistas solazaba el espíritu, impregnándolo de paz. La belleza de aquel rincón robaba el aliento.

La plácida superficie del Nilo, salpicada de minúsculos destellos, reverberaba en un cielo azul atravesado por esponjosas nubes desgajadas que tamizaban la luz, proyectándola en una miríada de haces solares. Más allá, tras los espesos palmerales, se elevaban los muros de la ciudad.

La majestuosa Waset se alzaba altiva, imponente y poderosa.

Junto a ella emergía la fortificación de Ipet Sut, el lugar más venerado de Kemet.

El templo de Karnak asentaba sus ritos entre muros de piedra caliza, altas columnas policromadas, largas avenidas, vistosos pilonos y lagos artificiales, toda una magistral obra de arquitectura.

En la orilla occidental se levantaba la necrópolis, salpicada de hipogeos, las tumbas que ahora cavaban bajo tierra para protegerlas de los saqueadores.

La ribera bullía de vida. El nivel del río había disminuido formando islotes de arena donde los cocodrilos tomaban indolentes el sol.

El bramido de los hipopótamos solía espantarlos, resucitándolos de su letargo.

Las oropéndolas se posaban pizpiretas sobre las descomunales cabezas de los paquidermos, picoteando su rugosa piel.

El graznido de garzas y patos terminó de timbrar aquella bucólica melodía.

Observar las animadas márgenes del Nilo invitaba a la abstracción. Entre los marjales, diversas especies de peces, anfibios y reptiles subsistían encajando en aquella nutrida cadena alimentaria, entre chapoteos y croares. Hasta le pareció entrever un okapi pastando entre los cañaverales.

En aquel claro, en una meseta algo más elevada, podían observar, ajenos al peligro que suponía estar cerca de depredadores, el estallido de vida que tenía lugar frente a ellos.

—¿Por qué me has traído aquí? —preguntó Selkis con la mirada perdida en el horizonte.

Parecía haber recuperado el color en sus mejillas. Aunque su rictus continuaba contrito y su tez macilenta.

—En este lugar suelo encontrar la paz que el mundo me arrebata.

—Es un hermoso rincón con la mejor ventana. Min refulge hasta donde se pierde la vista.

Sin duda, el dios de la fertilidad había bendecido la Tierra Negra, cubriéndola con su divino manto, donde brotaba la vida por doquier.

Un gran árbol de acacias lloraba lágrimas amarillas sobre ellos.

La suave brisa estival arrastraba las pequeñas flores, remolineándolas a su alrededor.

Algunas se enredaron en el lacio cabello bruno de Selkis.

Najmint no reprimió el impulso de liberarlas con la excusa de sentir la sedosidad de sus mechones.

Ella pareció no percatarse de aquel gesto. Continuó inmóvil con la vista perdida en el horizonte. Por su expresión ausente supo que estaba muy lejos de allí, posiblemente en la frontera hitita, y ese pensamiento agrió su ánimo.

Dejó caer los brazos a lo largo de su cuerpo con hondo desencanto y se apoyó en el tronco del árbol. Ya no rivalizaba con un hombre, sino con un fantasma. Algo irreal, idealizado, intangible y, por tanto, difícil de batir.

Contempló la silueta de su esposa delante de él.

Se había abrazado la cintura, como si se acunara a sí misma.

La percibió tan vulnerable, tan desprotegida, tan frágil que tampoco contuvo su siguiente impulso.

Avanzó hacia ella y la abrazó por detrás, acomodando los brazos sobre los de ella.

Como si un caparazón carnal la cubriera, resguardándola del mundo.

Permanecieron así un largo instante. El contacto le otorgó algo de solaz, pero el hecho de no poder adivinar las emociones de su mujer lo desazonaba.

La sintió suspirar. Aquel suspiro le sonó abatido, resignado. Lo inquietó.

—Hay algo que debo decirte, Najmint.

—No es necesario —murmuró él.

Entonces ella se volvió entre sus brazos para estudiar su semblante.

—Lo es —insistió. Bajó la vista un fugaz instante, en un claro gesto abatido. Cuando volvió a mirarlo, era determinación lo que relucía en su felina mirada.

Cuando abrió la boca para liberar su confesión, Najmint posó el dedo índice en sus labios, negando con la cabeza.

—Soy hombre observador, y perspicaz —comenzó dúctil—. Mi trabajo así lo exige. Tu cuerpo me reveló la verdad que esconde mucho antes quizá de que la conocieras tú.

Selkis enarcó las cejas y sus ojos se engrandecieron en una mirada asombrada.

Najmint llevó la palma de su mano al vientre de su esposa y la posó con extrema dulzura. Una sonrisa tímida asomó a sus labios, casi emocionada. Aquella reacción conmovió a Selkis. Un velo de lágrimas empañó sus ojos.

—Entonces... ¿tú...?

Él asintió. Con su otra mano acarició la mejilla de su esposa.

—Lo criaré como si fuera mío —aseveró grave.

—¿Cómo es posible que no te enoje que vaya a parir el hijo de otro hombre?

—Me duele más que ese hombre posea tu corazón. Y sin embargo, no me queda más que aceptarlo.

—Él llegó antes a mi vida —quiso consolarlo Selkis.

—No, yo siempre estuve en ella, sólo que nunca me prestaste atención.

Ella frunció el ceño y lo observó con extrañeza, rebuscando en sus recuerdos.

—Yo fui ese niño escuálido y tímido que siempre estaba solo.

El niño que te cubrió con su cuerpo en aquel callejón, que te gritó que huyeras, que fue lapidado aquella tarde por aquella cuadrilla de críos crueles que deseaban atacarte.

Desde entonces, siempre he estado cerca de ti, aunque en la sombra.

En la mirada de la mujer emergió la luz de aquellos recuerdos. Su hermoso rostro se empañó de emociones. Alargó la mano y señaló la liviana cicatriz que cruzaba su sien. Él asintió.

—¿Por qué nunca saliste de las sombras?

—Lo hice, pero nunca reparaste en mí, y yo no me atreví a cortejarte.

—¿Por qué?

—Eres una mujer arrojada, con carácter, inquieta e impetuosa. Temía tanto un desplante que me conformé con disfrutarte en la distancia. Siempre fuiste inalcanzable para mí. Te idealicé y te veneré como si fueras una diosa más, y un simple mortal no concibe pretender a un ser divino.

Selkis negó con la cabeza. La confesión la había consternado lo suficiente para dejarla sin palabras. Tardó un rato en encontrarlas, y las que halló no fueron del agrado de Najmint.

—Por eso aceptaste desposarme, incluso sabiendo que amaba a otro hombre, porque era la oportunidad soñada que inesperadamente llamaba a tu puerta.

—No. No pensé en mí.

Aquello desconcertó a Selkis.

—No te creo.

—No niego que acepté de buen grado, pero no soy un necio, Selkis.

Tomarte como esposa con todo lo que suponía para mí fue todo un reto.

Amabas a otro hombre, hasta el punto de canjear tu libertad por la suya.

Tener tan cerca algo que deseaba tanto y al mismo tiempo sentirlo tan lejos es un tormento que no le deseo a nadie.

Acepté desposarte para salvarte a ti, una vez más.

—¿Salvarme a mí?

Najmint la soltó y regresó al tronco. Apoyó la espalda en él y la miró largamente.

—Tu padre marchaba a la guerra. Tu amante estaba preso.

Tú, mancillada ante la corte, por tu defensa al supuesto culpable de la muerte del faraón.

¿Acaso crees que Anjesenamón no supo que intentaste proteger al hombre que mató a su adorado esposo?

Sin mi protección, habría ordenado matarte.

Todo estaba en tu contra. Sólo yo podía salvarte de confabulaciones.

No ganaba nada, excepto tu presencia. Y engañarme de vez en cuando diciéndome que a ojos de los hombres eres mía.

El rostro de Selkis se ensombreció, teñido de pesadumbre y culpabilidad.

—No te confieso todo esto para obtener un ápice de gratitud —se apresuró a añadir—. Es lo último que deseo de ti. Tan sólo quiero que sepas toda la verdad sobre quién soy, qué siento y qué puedes esperar de mí.

—¿Y qué puedo esperar de ti?

—Todo aquello que precises. Porque yo sí soy tuyo, me entregué a ti aquel día en los arrabales, cuando aquella caterva de críos me apedreó por defenderte.

—¿Y qué esperas tú de mí?

—Nada que no quieras darme. Mi entrega es desinteresada.

Selkis avanzó hacia él. Najmint contuvo el aliento.

Ella clavó su penetrante mirada de ónix en él y él sintió cómo su piel se erizaba y su corazón se detenía.

Posó sus gráciles manos en su pecho y entreabrió los labios, humedeciéndolos. Aquel sensual gesto lo abocó al oscuro y candente pozo del deseo. Notó una apremiante pulsión en la entrepierna, y oleadas lujuriosas se desataron hambrientas en su interior.

Oprimió los labios y apretó los dientes, endureciendo su mentón. La tentación por besarla lo devastó. Hizo acopio de toda su fuerza de voluntad para apartar la mirada de aquellos ojos de hechicera.

No obstante, ella lo obligó a mirarla.

—Aquella tarde te mereciste un beso, creo justo que lo recibas hoy.

Se alzó de puntillas y atrapó su boca.

Najmint aguardó un beso dulce y corto, casi cortés.

Pero, aunque comenzó así, los arrastró hacia abismos más insondables, donde lenguas de fuego comenzaron a incendiarlos con una pasión que se alzó voraz, exigente, implacable.

La lujuria más desbordante los apresó en sus flamígeras garras.

Y sus bocas, a pesar de devorarse con desatado frenesí, parecían no colmarse nunca.

Perdieron todo contacto con su alrededor, con el mundo en sí.

En aquel claro sólo había lugar para aquel punzante deseo que los consumía con una avidez casi dolorosa.

Sus cuerpos se fundieron como si ansiaran traspasar aquel muro de carne y huesos para penetrar en el alma del otro, para buscar el alivio a aquella hambrienta quemazón.

Las manos se sumaron a esa necesidad, despertando más focos en lugar de encontrar alivio.

Sin saber cómo, Najmint se encontró devorando sus turgentes senos mientras ella gemía gozosa atrayéndolo hacia sí más si cabía.

En un repentino fogonazo de conciencia, él encontró las fuerzas necesarias para detenerse. Apeló a toda su voluntad, luchando contra sí mismo. Jamás en toda su vida le había costado algo tanto esfuerzo.

Cuando logró separarla, ella lo observó confundida, todavía congestionada por esa bruma de deseo insatisfecho que la convertía en la criatura más sensual sobre la faz de la Tierra. Su gesto confuso, su boca hinchada y su mirada turbia a punto estuvieron de hacerlo flaquear de nuevo.

—Así no —logró pronunciar él con voz rasgada.

—Así, ¿cómo?

—Así, sin amor.

Selkis retrocedió unos pasos, trastabillando ligeramente. En su semblante comenzó a anidar la conciencia y con ella asomó el pudor y sangró de nuevo su orgullo. Aquélla era la segunda vez que la rechazaba.

—He querido darte mi cuerpo —comenzó en tono dolido— porque he de reconocer que Qadesh, la diosa del placer, parece habernos tocado con su vara, y no te es suficiente. Así que, no, no te conformas con lo que yo quiera darte.

—Sólo espero que sea otra diosa la que nos una. Porque cuando Qadesh y Hathor se conjuguen, la espera habrá merecido la pena.

—¿Y si Hathor desoye tus ruegos? —inquirió ella.

—Soy un hombre pertinaz.

—Y yo una mujer impetuosa.