Capítulo 23. El mordisco de Apofis #2
Se ocultó tras una de aquellas pilastras y aguardó con el corazón en un puño. De nuevo, aquella voz flotó en el reverencial ambiente de la sala. Su tono, melódicamente siniestro, le provocó escalofríos.
Agrisados haces de luz atravesaban los angostos espacios entre las columnas, formando charcos de sombras a ambos lados. La penumbra que gobernaba aquella sala y que siempre se le había antojado mística ahora le parecía amenazadora.
Debía salir de allí.
El eco reverberaba su nombre con aquel matiz diabólico tan inquietante, urgiéndola a moverse.
En aquel exuberante bosque pétreo respiró una profunda bocanada de miedo que decidió combatir.
Comenzó a sortear los altos fustes sin mirar atrás, rumbo a la salida. Oyó pasos acelerados tras ella y empezó a correr aterrada atravesando luces y sombras en una secuencia tan rauda como vertiginosa.
Se precipitó a la salida del templo en busca de la luz diáfana del día y de la seguridad de sus guardianes.
—¡Alguien me persigue! —anunció jadeante, señalando al interior.
Los hombres se miraron con extrañeza un instante. Uno de ellos permaneció con ella y el otro se adentró para inspeccionar el lugar.
Selkis se sentó en los escalones trémula y ansiosa. Se abrazó las rodillas e intentó tranquilizarse, analizando lo ocurrido.
El Chacal del Templo había estado observándola, casi con toda seguridad la llevaba siguiendo todo ese tiempo.
Su interés en ella resultaba todo un misterio.
El único vínculo que podía relacionarla con el asesino eran los papiros que había robado de la biblioteca, pero ya los había recuperado, ¿por qué continuaba tras ella?
El guardia salió del templo y negó con la cabeza.
—No he observado nada extraño. Tan sólo me he cruzado con algunos sacerdotes. Les he preguntado por la presencia de algún intruso y ninguno parece haber visto nada inusual. ¿Qué aspecto tenía el hombre que os perseguía?
—No lo sé, sólo he visto su sombra.
—Quizá algún juego de luces os ha confundido.
Selkis asintió. Era inútil explicar sus sensaciones a aquellos hombres. Tampoco tenía ánimos para nada más.
Se puso en pie y se encaminó hacia la Casa de la Vida. Decidió contener sus emociones y centrarse en el trabajo. Había recibido más impresiones de las aconsejadas en su estado y sabía que si las expresaba se derrumbaría.
Observó la fila de pacientes y su mente divagó sobre la diversidad de dolencias que parecían sufrir.
Cuando entró en la consulta la recibieron dos miradas muy dispares: una rezumaba alivio y la otra, desagrado.
No obstante, tras un escrutinio más profundo, el alivio de Amsu se tornó en preocupación.
Acudió junto a ella y la tomó de las manos.
—¡Estás pálida como un muerto, muchacha!
—No eres el primero que acusa mi horrible aspecto.
—¿Te encuentras bien? No deberías haber venido hoy. Tienes que cuidarte —reprochó con dulzura.
Sintió el deseo de contarle lo sucedido, pero supo que si lo hacía ese torrente de lágrimas que había logrado contener brotaría irrefrenable.
—Estoy bien, sólo necesito estar ocupada.
Omari terminaba de cortar varios lienzos para un vendaje mientras le dirigía continuas miradas irritadas.
—De acuerdo entonces, justamente ahora necesito una vista aguda y un pulso firme.
Selkis dirigió la mirada hacia el paciente que había sobre la mesa; era un niño, que parecía medio aturdido. Su madre le cogía la mano con gesto apesadumbrado.
—¿Qué le ocurre?
—Es una hernia estrangulada, debemos liberarla o lo matará.
Selkis asintió con semblante circunspecto. Escarbó en sus conocimientos el procedimiento adecuado, pero no halló referencias similares. Cuando una tripa se trababa si no se atendía a tiempo, el paciente solía morir entre agudos dolores.
—Seguiré tus indicaciones, y que la diosa Sejmet me asista.
—Te advierto que el procedimiento es muy arriesgado.
—Pero al parecer necesario, ¿no es así?
—Me temo que sí —aseguró el sunu .
Selkis comenzó a lavarse las manos y se cubrió con el mandil.
—Ya le he administrado jugo de semillas de amapola. Está adormecido, no tardará en caer inconsciente.
Se acercó a la madre y posó una mano en su hombro. La mujer sollozaba en silencio. No fue capaz de imaginar el miedo que debía de embargarla en aquel momento. Sin embargo, debía hacerla salir, la operación podía impresionarla demasiado.
—Debes esperar fuera, quizá una oración a la diosa nos ayude durante la operación.
La mujer negó rotunda con la cabeza.
—No voy a separarme de mi hijo.
Su tono fue casi hostil.
—No va a ser agradable —informó.
—No me importa, pero no pienso soltar su mano.
Amsu asintió y ella imitó su gesto.
—De acuerdo, fija la vista en el rostro del pequeño y avísanos si detectas algún síntoma de que comienza a despertar.
Su intención era que no mirara la zona de trabajo. Ver el abdomen abierto de su hijo podía hacer que se derrumbara.
Amsu desplegó una serie de indicaciones en Omari para tener todo el instrumental preparado y los tres se acercaron a la mesa.
El niño apenas tendría cinco años. Ver su flaco cuerpecito allí tendido lo empequeñecía más.
—¿Seguro que estás preparada?
—Lo estoy —aseveró con determinación.
—Pues adelante.
El sunu eligió una lanceta pequeña y afilada y se la entregó.
Con la yema del dedo índice dibujó la línea invisible de corte.
La hernia era de un tamaño considerable, casi como un puño.
El trazo que marcaba el médico era transversal al bulto, en el lado izquierdo, pues si se cortaba justo encima se corría el riesgo de diseccionar la tripa y entonces Osiris se lo llevaría.
Selkis inspiró hondo y apoyó la punta del instrumento en la suave piel del abdomen.
—Desliza el filo como si lo acariciases con una pluma. Es una zona delicada, repleta de órganos vitales. Debes procurar ocasionar el menor daño posible. Esta vez tu paciente está vivo.
Obedeció imprimiendo toda la delicadeza de la que fue capaz. De la delgada brecha comenzó a manar sangre.
—Debes acceder a su cavidad abdominal lo suficiente para poder insertar estas pequeñas tenazas y recolocar la tripa en su sitio. Está anudada, seguramente tengas que efectuar un leve giro con el instrumento.
Amsu llamó a Omari y éste le entregó las tenazas a Selkis.
Decidió palpar antes el corte para asegurarse de que podía penetrar al interior. Con la yema de los dedos, acarició la suave viscosidad de los intestinos. Pudo comprobar cómo estaban endurecidos por comida digerida que no podía evacuar. La oclusión de la hernia lo impedía.
Introdujo la punta de las tenazas en la abertura y se percató de que había perdido un sentido necesario para localizar el nudo: el tacto. Con las tenazas y trabajando a ciegas, le era imposible.
—No puedo estar pinzando a ciegas ahí dentro.
—Con la otra mano sobre el bulto puedes situarte desde el interior.
—Aun así, es arriesgado. No puedo ver ni sentir lo que hago, desanudarla no será fácil.
—No tenemos otra opción —masculló Amsu con preocupación.
Selkis comenzó a mover las pinzas dirigiéndolas hacia la hernia. A pesar de saber dónde se encontraba, no podía imaginar cómo era el nudo y de qué manera manipular la tripa para liberarla. Así que tomó una decisión.
—Necesito usar las manos, el tacto será mis ojos —anticipó.
Amsu se limitó a asentir, aunque la gravedad de su rostro aumentó.
Selkis extrajo las tenazas de la abertura e introdujo sus dedos. Comenzó a palpar con extremo cuidado y dio con el problema sin dificultad. A través del tacto averiguó el modo de desanudar el conducto. Efectuó un leve giro hacia la derecha y la tripa se soltó, acomodándose en su lugar.
Acto seguido dejó escapar un gemido complacido, enarbolando una sonrisa triunfal.
—¡Lo logré!
Amsu liberó una exhalación aliviada y compartió su alborozo.
—Ahora, a cerrar la herida con sutura y a rezar por su restablecimiento. Las siguientes horas tras la intervención son vitales.
Le fue entregada una aguja enhebrada con hilo encerado y comenzó a suturar. Dio puntadas cortas y precisas, procurando no dejar espacios abiertos. Remató al final como le había enseñado el sunu y cortó el hilo sobrante.
—Omari, termina la cura —ordenó Amsu—. Ya sabes, embebe un lienzo en miel y jugo de ajo y cubre la herida.
El ayudante no ocultó su acritud con aquel encargo. Ni la envidia insana con que miraba a Selkis.
—¿Ya está? —preguntó la madre con voz trémula.
—Así es, hemos resuelto el problema —informó Selkis orgullosa.
—La dolencia que obstruía su vientre ha desaparecido, pero sigue en peligro. Una herida en el vientre es cosa delicada, los ujedu todavía pueden poblar sus metu y ocasionarle la muerte. Esos pequeños diablillos lo acecharán estos días.
—¿Y puede hacerse algo con ellos?
—Pídele a un heka que recite un sortilegio contra ellos. Nosotros no podemos hacer más.
La mujer asintió y acarició con ternura la mejilla de su pequeño.
Cuando se llevó a su hijo en brazos y Omari se entretuvo limpiando la mesa y el instrumental, Amsu llevó a Selkis a un aparte.
—Selkis, hay algo que nunca aprenderás de los papiros, y es a cubrirte las espaldas.
—¿Por eso has hecho recaer la responsabilidad final en los heka ?
—En la medicina, nunca hay garantías de nada, por muy bien que se ejecuten los tratamientos o las intervenciones; hay muchas reacciones del cuerpo que nos son desconocidas.
La muerte siempre anda cerca, y debemos compartir la responsabilidad con los dioses y con los heka .
Aunque seamos nosotros quienes hagamos todo el trabajo.
Aquella herética afirmación podía acarrearle más problemas si alguno de los sacerdotes lo oía.
—Me queda claro.
—Nunca asegures una curación por muy halagüeños que sean los resultados.
No puedes imaginar lo rápido que puede torcerse una situación favorable.
Has de ser prudente en tus aseveraciones, y nunca dar por sentada una mejoría.
El completo restablecimiento del paciente depende de muchas cosas, y algunas escapan a nuestro control.
Ve con tiento, tanto en los diagnósticos como en los tratamientos y, sobre todo, en el pronóstico final.
Selkis asintió absorbiendo sus palabras.
Mientras se lavaba las manos, notó cómo el cansancio hacía mella en su cuerpo. No el físico, sino el emocional. Inspiró hondo, haciendo un esfuerzo por conservar el temple cuando Omari se puso a su lado.
—Pareces al borde del desmayo. Cuando se combate la enfermedad, uno se expone a ella. Deberías meditar sobre las consecuencias de tu ambición.
Selkis oprimió los labios, intentando contener el exabrupto que emergía impetuoso.
Se conminó a no responder, aunque en su fuero interno una embrionaria bola de fuego comenzó a gestarse peligrosamente.
Aquel maldito día parecía perseguida por la serpiente Apofis, de lengua maledicente y colmillos afilados.
Ante su silencio, el ayudante se creció imprudente.
—Has sido temeraria en la intervención: si el niño empeora estarás en apuros.
La bola creció flamígera y su empeño por ignorar el acicate se volatilizó en el acto.
—Que es justo lo que tanto ansías —replicó—. Pero esté yo en apuros o no, no menguará un ápice tu incapacidad para convertirte en un buen sunu . Apenas sirves para cortar lienzos y machacar hierbas.
Omari la fulminó con una mirada resentida rezumante de odio.
Cuando se alejó de ella lo oyó musitar un susurro ininteligible pero cargado de animadversión en el tono.
Aquel nuevo encontronazo en un día en que los dioses parecían confabular en su contra la llevó al borde de las lágrimas.
Cuando oyó la puerta abrirse, se mordió el labio inferior, su ánimo trastocado comenzaba a resquebrajarse. Comprendió que no tenía fuerzas para continuar las curas. Inspiró hondo y ya se volvía para despedirse de Amsu cuando lo vio.
Estaba en el umbral, y clavó en ella una mirada tan cargada de preocupación que, cuando extendió los brazos invitador, avanzó hacia ellos como un náufrago hacia su tabla de salvación.
En el instante en que Najmint los cerró en torno a ella, aquel torrente que ya apenas lograba contener se desbordó. Sollozó en su pecho, liberando el miedo, la culpa, la rabia, la angustia. Dejó que el dolor reprimido emergiera y se sacudió trémula bajo sus caricias.
Bajo aquel paño de cariño inesperado, descubrió lo ávida que había estado de contacto. Se sintió querida, arropada, protegida, y la tensión sufrida comenzó a evaporarse en el calor de aquel abrazo sentido.
—No permitiré que nada malo te pase —murmuró él contra su pelo.
Ella suspiró afectada y entonces se apercibió de que Najmint también temblaba. Alzó la vista hacia el rostro de su esposo buscando su mirada. En ella descubrió temor, y algo más que la desconcertó.
—Estoy bien —lo tranquilizó.
Najmint tomó el rostro de Selkis entre sus grandes manos y derramó sobre ella una mirada tan tierna que la conmovió.
—No, no lo estás, pero dedicaré mi vida a que lo estés.
—Najmint...
El hombre le retiró un largo mechón oscuro de su rostro con exquisito mimo, acomodándolo tras su oreja. Aprovechó ese gesto para acariciar con el dorso de sus dedos la piel de su mejilla. Sus ojos refulgieron con un brillo revelador que ella supo interpretar.
La amaba.
Y entonces, ese alivio que cosquilleaba su pecho, esa seguridad que él le imprimía, ese dulce cariño que le regalaba tomaron otra dimensión.
Una en la que ella se sentía desmerecedora de todo eso.
Ese día había tomado una decisión que acabaría por tener la más fatal de las consecuencias: rompería un corazón.
Después de todo, el veneno de Apofis lo inocularía ella.