Capítulo 23. El mordisco de Apofis
El mordisco de Apofis
Selkis observó con detenimiento su imagen en el espejo.
Su rostro macilento evidenciaba el cansancio que arrastraba, la incipiente curva de su abdomen la vida que portaba y la nostalgia de su mirada, la persona que extrañaba.
Había llegado el momento de enfrentar la situación.
El fracasado plan de seducción sólo había conseguido alejar más de sí a su esposo.
Ya ni siquiera dormían juntos. Tras sellar todo el muro donde se encontraba la puerta secreta con una nueva hilera de bloques de piedra, Najmint consideró que se encontraba a salvo.
Y tras disponer a dos guardias frente a la puerta de su alcoba, decidió regresar a su cámara en los barracones.
Suspiró queda y ahondó en sus ojos, escudriñando en ellos un atisbo de determinación al que aferrarse.
No podía demorarlo más. Su estado comenzaba a ser visible, por mucho que lo disimulara con prendas más holgadas.
Además, su ánimo sufría de altibajos continuos.
Lo mismo sufría abruptos accesos de llanto que era incapaz de refrenar, como se entregaba a un júbilo inesperado que la empujaba a un estado de excitación absurdo.
Y aquel desbocado estado emocional la desequilibraba sobremanera, sembrando dudas sobre casi cualquier situación.
No obstante, había decidido que, antes de que Neftis asomara sus negros cabellos, Najmint conocería la verdad sobre su estado. Él mismo le había pedido honestidad y ella se reprobaba cada día no complacerlo ni tan siquiera en eso.
Que además su vida corriera peligro no ayudaba a sosegar sus muchos temores. Debía sumar a sus tribulaciones la preocupación que sentía por el destino de Nun, que en aquellos momentos debía de estar ya en la frontera combatiendo a las tribus del norte.
Cada noche cerraba los ojos e imaginaba que se encontraba en sus brazos, rememoraba su contacto, su calidez, su intensidad, y aunque al principio sentía el alivio de aquel recuerdo que atesoraba, al final resultaba contraproducente, pues la ansiedad porque aquella ensoñación se hiciera real terminaba por convertirse en un puñal en su pecho.
Y entonces la soledad la aplastaba, demoliendo cualquier aspiración a ser feliz.
Nun jamás estaría a su lado, viviera o no.
Y aquella certeza abrasaba su corazón hasta dejarlo convertido en cenizas.
Sólo había dos cosas que aligeraban su pena. Una era el hijo que traería al mundo, y la otra su instrucción como senut .
Podía vanagloriarse de que su pasión en el arte de sanar comenzaba a extenderse por todo Tebas. Ser la discípula de Amsu ya acarreaba una buena disposición en los pacientes; sus habilidades y sus conocimientos se los ganaban, siendo objeto de recomendaciones.
Las colas de pacientes en la consulta del viejo sunu crecían al mismo ritmo que menguaban las de los demás. Y aquello sólo sumó malestar al resto de los sacerdotes médicos del templo.
Amsu conocía a sus enemigos y sabía que harían todo lo posible por desterrarlo de allí. Que no se dedicara únicamente a su especialidad y que, además, el pueblo lo prefiriera sobre los demás precipitaba la animadversión que ya despertaba en sus colegas.
Hasani, Mosi y Ebo ganaban adeptos a la causa y, según le había asegurado el sunu , no tardarían en tener serios problemas provenientes del supervisor y sus acólitos.
Ya había recibido su primera amenaza, no tardarían en tratar de cumplirla.
Sin embargo, aquello no los detenía en su labor curativa, pues la vocación era un impulso difícilmente irrefrenable.
Selkis se lavó la cara con fruición, arrancando color en sus mejillas a base de burdas friegas, y supo que si no llenaba pronto su estómago comenzaría a quejarse con un malestar que derivaría en náuseas.
A veces se obligaba a comer una pieza de fruta antes siquiera de incorporarse del lecho para evitar el asedio de las arcadas matinales.
Acarició con suavidad su vientre, resopló hastiada y eligió una manzana del frutero que había junto al tocador. La mordisqueó con desgana, masticando mientras peinaba su cabello. Había perdido el brillo y lucía tan mortecino como su ánimo.
En su mente ya anticipaba el modo de anunciarle a Najmint su embarazo. Y, sin poder evitarlo, barajaba las diferentes reacciones que provocaría, temiendo las consecuencias de la confesión.
Si la expulsaba de su lado, al menos podría compartir la cámara con Amsu. Su padre no estaba para arroparla, y lo prefería, pues seguramente su reacción sería mucho más virulenta que la de su esposo.
Decaída, salió de palacio.
El alborozo de las gentes, excitadas porque al día siguiente se celebraba el festival de Opet, contrastaba con su apatía.
Atravesó el mercado principal y se detuvo en un puesto de telas. Acarició la perlada seda de un gran pliego y pensó en que pronto necesitaría renovar su vestuario para acomodarlo a su nuevo estado. Mandaría a Salama para adquirir telas.
—Una seda de gran calidad.
Selkis salió de su ensimismamiento para toparse con la sesgada mirada de una gata.
Merit la contempló sin ocultar su desdeñoso escrutinio.
—Tienes mal aspecto, Selkis, deberías cuidar más tu apariencia.
—Espero que no tan malo como tu reputación. Tú deberías cuidar más tu lengua, suele meterse donde no la llaman y algún día te creará un problema.
La mujer dibujó una sonrisa tensa disfrazada de indiferencia.
—Vaya, tu pésimo humor acompaña tus pintas. No me extraña que nuestro apuesto capitán me busque cada noche.
Selkis oprimió los labios encajando la punzada de los celos, sin cuestionarse si tenía algún sentido o derecho a sentirlos.
—Si te busca es porque yo lo permito.
—En tal caso, debo agradecerte la dispensa. Pocas veces he gozado tanto en el lecho con un hombre como con él.
Aquellos detalles ahondaron más el puñal, hiriendo su orgullo y acicateando un absurdo sentido de pertenencia.
—No me lo agradezcas, haría lo mismo con un perro hambriento: lanzarle las sobras de mi comida.
Esta vez, Merit no disimuló su indignación. La fulminó con una mirada airada, y ella le regaló una sonrisa condescendiente que irritó más a la cortesana.
Alzó la mano para llamar la atención del mercader, ignorando a la mujer.
—Me llevaré esta seda, esta tarde pasará mi sirvienta a recogerla.
El hombre asintió con la cabeza y, tras pagarle un shat , que equivalía a medio deben , volvió a centrar su atención en la mujer.
—Que te aprovechen las migajas de mi caridad.
Merit le dedicó una mirada resentida que ella contrarrestó con una sonrisa arrogante y se alejó calle abajo, manteniendo un porte regio, aunque en su interior era desolación lo que arrastraba.
¿Por qué ese aguijonazo inexplicable de celos con un hombre que no amaba? Ni siquiera había mantenido relaciones con él. Su corazón latía por otro y, aun así, las palabras que había escupido esa víbora se le habían clavado como púas ardientes.
Procuró alejar aquellos insidiosos pensamientos mientras caminaba rumbo a la Casa de la Vida, seguida de los guardias que componían su escolta y que marcaban con ella una distancia prudencial.
Atravesaba la avenida de las esfinges cuando se topó con ellos.
Los padres y la hermana pequeña de Nun la reconocieron en el acto. El rencor que despidieron sus miradas la taladró.
Se llevó instintivamente las manos al vientre y lo acarició. El impulso de contarles la verdad emergió de su garganta y se atoró en sus labios. Contuvo la emoción y, evitando la dureza en los semblantes de los padres, se inclinó ligeramente para dirigirse a la pequeña Acenath.
—¿Te acuerdas de mí, Acenath?
La niña asintió, pero se cobijó huidiza tras su madre.
—No sé cómo te atreves a dirigirnos la palabra, cuando has traído la desgracia a nuestra familia —acusó el hombre.
La madre posó tranquilizadora la mano en el brazo de su esposo.
—Kosei, no derrames tu ira innecesariamente. El pasado no puede deshacerse, pero el presente sí puede complicarse todavía más.
—Llevas razón, Berenice, pero esta mujer nos arrebató a nuestro hijo, y a saber si él...
La voz del hombre, dura y áspera, terminó por rasgarse en las notas finales.
—Lo... lo siento, yo...
Kosei cogió a su mujer y a su hija y se alejaron de ella como si los persiguieran los demonios del Amenti .
Selkis se abrazó a sí misma y cerró los ojos en un fútil intento por contener las emociones. La culpa la asaltó voraz, implacable, contundente, y comenzó a despedazarla, devorándola en pequeñas dentelladas, continuas y agónicas.
Dejó escapar un gemido atormentado y dos gruesos lagrimones descendieron sinuosos por sus mejillas.
Se obligó a proseguir su camino avanzando trabajosamente, como si cargara con una losa de granito. Cuando al fin llegó, decidió detenerse unos instantes en la sala hipóstila del templo en busca de serenidad y, quizá, de consuelo divino.
Rezó en silencio y se dejó invadir por la paz que exudaba el lugar. El penetrante aroma del incienso elevó su espíritu y la carga pareció aligerarse con cada oración ofrecida a Amón.
De repente, se sintió observada. La sensación fue tan física que hasta notó un picor en la nuca.
Se volvió y escrutó a su alrededor. No vio a nadie.
Y sin embargo, sabía que no estaba sola.
Su escolta se había quedado en las puertas del templo.
Y entre aquellas imponentes columnas no atisbo ninguna otra presencia humana.
Su fuero interno desató las alarmas, y todos los sentidos se agudizaron. Era como si su instinto supiera que algo maligno la acechaba desde las sombras.
Comenzó a escabullirse entre las gruesas columnas con la aguda sensación de que la seguían.
Volvía la cabeza en todas direcciones con el pulso martilleándole en la sien. En uno de los giros le pareció atisbar una sombra y aquello aceleró sus pasos. Y de repente oyó un susurro pronunciando su nombre. Sus latidos parecieron detenerse un instante.