La muerte que respiras Capítulo 22. El sagrado manto de la mentira
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Capítulo 22. El sagrado manto de la mentira

El sagrado manto de la mentira

Najmint abrió la puerta doble de la cámara de Perennefer sin aguardar permiso para entrar en ella.

Avanzó con aplomo sin amilanarse ante el ceño del sumo sacerdote, que ya se ponía en pie tras la gran mesa que presidía. Posó las palmas de sus manos en el tablero y se inclinó hacia delante con semblante amenazante.

—¿Cómo osáis invadir mi intimidad sin permiso?

—No creo que prefiráis que un tema tan delicado como el que vengo a exponeros se trate en un lugar menos discreto. Y la cuestión goza de un carácter tan urgente que no puedo permitirme perder tiempo en autorizaciones que a buen seguro esquivaríais.

Aquella introducción sembró brotes de alarma en su gesto.

—Yo tampoco tengo tiempo que perder. Debo terminar de organizar el festival más importante de Tebas —apremió Perennefer tomando asiento de nuevo. Una sombra de recelo oscureció su mirada.

—No pretendo robaros mucho más tiempo, así que iré directamente al grano.

El primer profeta de Amón se irguió en su silla y cubrió su rostro con un velo inexpresivo.

—Adelante, entonces.

Najmint se acercó unos pasos. Precisaba imponer su autoridad con la imponente presencia física que le otorgaba su porte marcial y sus hechuras, no pretendía amedrentarlo, sino igualar su estatus, pues lo que iba a decir a continuación era de vital importancia.

Si el sumo sacerdote vislumbraba en él cualquier brizna de inseguridad, si captaba titubeo alguno, cuanto dijera perdería el sentido.

Buscaba un golpe de efecto para hacerlo hablar, para desmontar su arrogancia.

Así que optó por noquearlo a la primera.

—¿Qué secreto merece tantos sacrificios humanos?

El hombre enarcó las cejas asombrado. Su primera reacción fue la esperada.

—No sé a qué os referís, capitán.

—A vuestros escribas. A los que ordenáis trabajar a escondidas en plena noche, donde la muerte los aguarda dentro de un tintero.

—¡Yo no los mandé a la muerte! —esquivó airado.

—Acepto que desconocierais la suerte del primero, pero, tras ése, era bastante probable que el asesino volviera a actuar. Y, aun así, continuasteis, con lo cual sois tan culpable como él.

El rostro cuarteado del anciano se congestionó de ira. Su piel enrojeció y sus ojos parecieron despedir fuego.

—No pienso permitir más acusaciones. ¡Esto es un imperdonable agravio contra la mayor representación divina de Amón! Pagaréis por ello.

Najmint no se amilanó. Salvó los pocos pasos que le quedaban hasta la mesa y se apoyó en el tablero para alzarse sobre el sacerdote. Lo encaró con la misma fiereza desdibujando sus facciones y lo taladró con una mirada retadora.

—Debéis elegir bando: u os ponéis de mi lado para que pueda salvaros la vida, o decidís encubrir al asesino y lo que persigue dejando que finalmente os mate.

Perennefer palideció. El impacto de aquellas palabras consiguieron transmutar la furia en miedo. El temor hizo tambalear su orgullo, y éste finalmente se derrumbó.

Bajó la mirada y, con ello, desapareció la tensión de su rostro. Se hundió en su asiento con aire derrotado y resopló resignado.

—Sólo puedo deciros que lo que buscáis puede cambiar el destino del hombre.

Najmint apretó los dientes. No iba a ser tan fácil sonsacarle toda la verdad, después de todo.

—¿Qué trabajo les encomendasteis a los escribas del templo?

—Que tradujeran un texto y lo transcribieran en un papiro que debían sellar y entregarme.

—¿Dónde hallasteis ese texto y de qué trata?

—Es el grabado de una tablilla que encontré.

Najmint supo al punto que mentía. No obstante, decidió no evidenciarlo.

—Y si no entendíais el idioma, ¿cómo sabíais que era vital para el destino del hombre?

Perennefer lo miró con hondo resentimiento.

—Sois implacable, capitán.

—La única manera de cazar moscas es remover el puñado de estiércol donde se esconden.

Asintió, sin ocultar su desagrado.

—Contestad.

—El hombre que me lo entregó me dijo de quién procedía. Y yo conozco la leyenda que envuelve esa tablilla. Reconocí la escritura cuneiforme por la cuña de sus trazos, y supe así que el grabado era en lengua acadia, lo que dio veracidad a la procedencia.

—Habladme de esa leyenda.

Perennefer inspiró profundamente y, tras dedicarle una mirada larga y contrita, asintió.

—Hace mucho tiempo que nuestro pueblo busca esa tablilla, creo que desde que se conoció su existencia.

En ella se narran las epopeyas del rey sumerio Gilgamesh en su búsqueda de la inmortalidad.

En realidad son doce tablillas de arcilla, pero ésta es la más valiosa de todas.

Desde tiempos inmemoriales, los faraones han ambicionado ese saber y lo han perseguido.

Las tablillas fueron compiladas por un asipu que vivió en Mesopotamia, Sîn-léqi-unninni; su nombre aparece en el texto, otra garantía de veracidad.

La leyenda cuenta que en ella se revela el secreto de la inmortalidad, creemos que se trata de un ritual.

Pero hasta que sea traducido no podemos acceder a ese conocimiento.

—Por eso el asesino sustrae el papiro en el que trabajan los escribas.

—Al parecer, está más interesado que nosotros en ese ritual —murmuró el profeta pesaroso.

Najmint permaneció caviloso, estudiando aquella observación. El asesino estaba interesado, de eso no cabía duda. A priori , parecía la motivación de sus crímenes, pero algo no terminaba de encajar en su lógica.

—Si sólo estuviera interesado en conocer el supuesto ritual de inmortalidad, con aguardar a que el primer escriba completara su trabajo y acabar con él inmediatamente después no hubiera precisado matar a los demás.

No, en realidad, su interés está más enfocado en evitar que ese ritual sea traducido. Lo que me conduce a otra pregunta.

Clavó sus ambarinos ojos en el anciano, taladrándolo con una mirada suspicaz.

—Hace que me pregunte por qué no roba directamente la tablilla.

El hombrecillo se encogió de hombros, pasó ambas palmas por su tonsurado cráneo en un claro ademán nervioso y desvió la mirada, ambos, claros gestos evasivos indicadores de que sabía más de lo que pretendía revelar.

—Una pregunta que no puedo contestaros, capitán. —En su tono reverberó un tenue matiz trémulo, inseguro.

—Puede, pero algo enmudece vuestra lengua. Y lo único que conseguís con ello es atarme las manos. ¡Estáis protegiendo al asesino! ¿Sois consciente de eso? —presionó acusador.

El rostro del hombre se contrajo en un rictus angustiado.

Algo en su interior pujaba contra el deseo de confesión.

Sus labios se fruncieron al igual que su ceño en una mueca tensa, se estaba debatiendo consigo mismo, librando una batalla que decidiría el rumbo de la investigación y quizá el de su propio destino.

Najmint aguardó paciente, mientras en su mente discurría nuevas tácticas disuasorias.

—Hay intereses más elevados que debo proteger —profirió el sumo sacerdote finalmente.

—¿Incluso arriesgando vuestra vida?

—Si los dioses así lo disponen, así será.

El capitán miró a Perennefer mientras estudiaba el modo de girar la conversación para desbloquear, de alguna forma, la determinación del clérigo.

—Hay dos cuestiones que no logro entender y otras dos que me quedan muy claras —comenzó ladino, acicateando la curiosidad del anciano.

Logró encender su curiosidad lo suficiente para atraer toda su atención. Necesitaba que el sacerdote dejara de abrazar su decisión mientras lo escuchaba.

—¿Y son?

—No entiendo por qué no mandasteis llamar a esta cámara a cualquiera de vuestros escribas para que transcribiera directamente la tablilla con total discreción y en vuestra presencia. Menos aún que, tras ser asesinado el primero, continuarais enviando al resto a la muerte.

—¡Yo no podía imaginar lo que iba a sucederles, ni siquiera sabía por qué habían matado al primero! Que el divino Amón arranque mi lengua si miento.

—¿Y cuando mataron al segundo?

El clérigo guardó silencio. Quizá temiendo que el dios que veneraba cumpliera su ofrecimiento.

—¿Qué pensáis hacer ahora para traducir la tablilla sabiendo que un asesino la busca y trata de impedir que su secreto sea revelado?

—La tablilla está a buen recaudo. Lejos del templo. El secreto que alberga deberá esperar a ser descubierto hasta que el asesino sea capturado.

Najmint asintió levemente. Sabía que no podría arrancarle más información. No obstante, le había proporcionado más de la que imaginaba.

Ya se retiraba cuando el sacerdote lo llamó.

—¿Qué dos cuestiones tenéis claras, capitán?

Aquel interés evidenció una preocupación que le resultó esclarecedora.

—Una, que mentís, y la otra, que descubriré por qué.

Tras una inclinación cortés de cabeza salió de la cámara del sumo sacerdote con el mismo aplomo con que había irrumpido en ella.

Antes de abandonar el templo se dirigió a la biblioteca.

Se aseguró de que sólo hubiera una puerta de acceso y comprobó con extrañeza que si el asesino era uno de ellos sólo tenía un camino de ida y vuelta, y se trataba de un corredor que llevaba al área de descanso de los sacerdotes y heka , donde se abrían las puertas de las cámaras privadas.

En tal caso, ¿por qué había tenido que precipitarse a la cámara de Amsu para ocultarse la noche que mató al primer escriba?

Aunque la Casa de la Vida era un anexo del templo, para llegar a ella había que tomar el corredor del lado opuesto.

De pronto cayó en la cuenta de un dato que, aunque parecía superfluo, se le antojó importante.

Uno de los testigos, de hecho, el único que había visto al Chacal del Templo huir de él, era también una víctima.

Algo bastante oportuno, en su opinión. Quizá Lukma, el oráculo, podría haber facilitado más información al respecto, quizá por eso estaba muerto, y aquello redirigió nuevamente sus sospechas hacia Perennefer.

¿Y si el primer profeta había encomendado la traducción aquella noche en particular intencionadamente a Lukma, sabiendo el destino que lo aguardaba?

Deambuló por el templo buscando un rostro en particular. Cuando por fin encontró al joven ayudante, Mensah, lo abordó sin dilación.

—¿Sueles asistir a todos los habitantes del templo?

—Soy novicio todavía, mi tarea es asistirlos en cuantos cometidos me asignen.

—En ese caso, conocerás la función de todos ellos.

—Así es.

—¿Cuál era el cometido de Lukma en el templo?

—Era nuestro oráculo. Gozaba del don divino de la clarividencia. Estaba en contacto directo con los dioses y nos revelaba sus designios, advertencias y bendiciones.

—¿Era, además, uno de los escribas?

—No, Lukma era ciego.

Najmint agrandó los ojos conmocionado por aquella información.

—No puede ser, alegó haber visto a un hombre huyendo del templo cubierto con una cabeza de Anubis.

—Lukma veía, pero no con los ojos, tenía visiones.

El capitán asintió tras un resoplido. En su cabeza, las conjeturas comenzaron a girar buscando la forma de encajar una teoría plausible.

—¿A quién acudía cuando los dioses le hablaban?

—Primero, a nuestro sumo sacerdote, y luego se comunicaba a todo el clero de Amón en una ceremonia para tal fin. Se elevaban plegarias a los dioses y ofrendas en agradecimiento a su mensaje.

—Puedes reanudar vuestras obligaciones, buen Mensah, me has sido de gran ayuda.

Mientras Najmint salía del templo rumbo a palacio, sus especulaciones se afianzaron en dos bases que le parecieron sólidas.

Una, que, en efecto, Lukma había sido asesinado para que nadie conociera su último presagio, y que astutamente había sido colocado en mitad de una serie de crímenes para no levantar sospechas sobre la verdadera motivación de su muerte.

Y otra, que el asesino no pertenecía a la casta sacerdotal de Amón ni habitaba en el templo.

Primero, porque no sabía que Lukma era ciego y, segundo, porque su camino de huida era hacia el exterior del templo, no hacia el interior.

No obstante, el asesino indirecto sí pertenecía a aquel recinto sagrado; de hecho, era su máxima autoridad.