La muerte que respiras Capítulo 21. Jepri, el vengador
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Capítulo 21. Jepri, el vengador

Jepri, el vengador

Le gustaban los escarabajos. Solía observarlos con verdadera fascinación.

Ver cómo aquellos pequeños insectos lograban empujar y guiar un enorme bolo de excrementos bajo el ardiente sol del desierto lo maravillaba.

De niño jugaba con ellos, los dirigía con el extremo de una vara, intentando desviar su trayectoria, pero a pesar de los continuos giros forzados a los que los sometía, no perdían el rumbo y finalmente encontraban su nido.

Se los consideraba divinos, representados por la deidad Jepri, y tan sólo hacía falta un fugaz vistazo para saber que eran superiores al hombre.

Para ello, únicamente había que observar cómo los obreros tiempo atrás trasladaban los bloques de piedra sobre sus hombros rumbo a las grandes tumbas piramidales donde enterraban a los faraones.

Muchos morían en continuos accidentes, otros de pura extenuación.

Todos llevaban sobre sus hombros un peso que de un modo u otro se cobraba un precio vital, un peso que ni siquiera les concernía.

Los escarabajos, no. Habían ingeniado la manera de trasladar algo vital para ellos de un modo fácil y cómodo.

Alimentaban a sus crías, les proporcionaban humedad contra la calima, refugio para sus huevos y protección contra los enemigos.

No servían a ningún otro, no morían por ningún otro.

La primera vez que vio uno salía de la boca muerta de su madre.

Apenas tendría tres o cuatro años y aquella imagen lo impresionó duramente.

Cuando la encontró pensaba que estaba dormida y ya corría hacia ella cuando aquel insecto emergía de su garganta.

Entonces reparó en los regueros de sangre que surcaban su cuello, en su mirada vacua, en su rictus sufrido congelado en una mueca perpetua.

Tenía el vientre abierto y ya no moraba vida alguna en él.

Recordó que, en lugar de acudir junto a ella, siguió a aquel escarabajo, como si el alma de su madre anidara en aquel caparazón oscuro y brillante.

Desde entonces, esa creencia se había afianzado.

Jepri entregaba las almas a Anubis para ser juzgadas con justicia. Hablando en su favor en el juicio de Osiris, pues aquellos desdichados no tenían más culpa que la del resto de la humanidad, servir a quien los sacrificaba para beneficio propio.

Y debía impedir que esos despreciables seres corruptos de poder, envueltos en un halo divino, protegidos por su condición, emponzoñaran con su vil ambición el saber del pueblo antiguo.

Sólo los elegidos podían custodiarlo. Pero su madre había sido asesinada y el secreto que velaba, robado por su asesino.

Encontró el sentido de su vida cuando le fue revelada la verdad sobre su estirpe, cuando supo que descendía del gran rey sumerio Gilgamesh.

Cuando le fue encomendada la custodia de aquel gran saber.

Y desde entonces había jurado recuperar la tablilla robada para su pueblo y salvaguardar el valioso poder que revelaba.

Y él, como si fuera un escarabajo, hacía rodar su propio bolo, conduciéndolo de un lugar a otro hacia objetivos precisos.

Al menos estaba logrando impedir que fuera transmitido.

Pero todavía debía averiguar dónde se hallaba la tablilla.

Aquel sacerdote infame se ocupaba de traducir los ritos y luego encargaba a un escriba de confianza que los transcribiera a un papiro adjudicándose la autoría.

Sin embargo, y a pesar de lo vital del contenido, el verdadero poder moraba en la tablilla.

La advertencia que le había hecho llegar al sumo sacerdote continuaba desoída y, por ende, debía liberar a Anubis para cegar ojos sacrílegos.

Era él, aquel falso profeta, quien enviaba a sus escribas a la muerte.

Pero pronto sus ojos también se cegarían a la vida, como los de su hermana, esa que arrancaron del vientre muerto de su madre.

El festival de Opet le brindaría la oportunidad que ansiaba.